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Full text of "Polibio. Historias 1 (Libros I IV) [G] [1991]"

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POLIBIO 


HISTORIAS 


LIBROS I-IV 


INTRODUCCIÓN DE 
A. DÍAZ TEJERA 


TRADUCCIÓN Y NOTAS DE 
MANUEL BALASCH RECORT 


E 


EDITORIAL GREDOS 


BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 38 


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL. 


Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revi- 
sada por JuaN MANUEL GUZMÁN HERMIDA. 


OSO 


O EDITORIAL GREDOS, $. A. 


Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1991. 


PRIMERA EDICIÓN, 1981. 
1.* reimpresión, 1991, 


Depósito Legal: M. 6084-1991. 
ISBN 84-249-0082-0. 


Impreso en España. Printed in Spain. 
Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1991. — 6379. 


INTRODUCCIÓN 


I. VIDA DE POLIBIO 


1. En la batalla de Pidna, en el año 168 a. C., el 
cónsul romano Paulo Emilio venció al rey Perseo de 
Macedonia. Este acontecimiento fue trascendente para 
la Hélade, en general, y crucial para Polibio: un año 
más tarde, en el 167, es llevado como rehén a Roma 
por no haberse mostrado abiertamente filorromano en 
dicha batalla. La vida, pues, de Polibio queda así di- 
vidida en dos grandes etapas: una anterior, en su pa- 
tria y como hombre de acción y con mirada hacia el 
futuro; la otra, posterior, en Roma, como hombre de 
análisis y con mirada histórica y retrospectiva. El año 
168, pues, es determinante en la vida de Polibio. 

2. Su fecha de nacimiento ! la podemos situar entre 
210 y 200 a. C. Ello se deduce de los siguientes datos: 
a) Polibio fue elegido embajador?, en misión diplomá- 
tica ante Ptolomeo V Epífanes, con su padre Licortas 
y Arato, hijo del famoso Arato de Sición, en el año 
181 y «cuando —se dice textualmente— aún no tenía 


"1 Para un análisis de los problemas en detalle, así como 
para una discusión bibliográfica, cf. A. Díaz TEJERA, Polibio, 1, 
Madrid-Barcelona, 1972. (En adelante, citado Díaz TETERA, Po- 
tibio.) 

2 PoLiBio, XXIV 6, 3-5. 


8 HISTORIAS 


la edad legal»; b) Polibio fue nombrado hiparco * de la 
Liga aquea en el año 170. Ahora bien, dado que, según 
doctrina común *, era inadmisible participar en asam- 
bleas federales antes de los treinta años, parece con- 
gruente deducir que Polibio no pudo nacer antes del 
210, pues en ese caso ya tendría la edad legal para ser 
embajador, pero tampoco después del año 200, porque 
entonces habría sido hiparco antes de la edad de treinta 
años y embajador a los diecinueve, una edad dema- 
siado ilegal. 

3. Sin embargo, cabe precisar algo más dentro del 
margen de tiempo entre 210-200. Y ello, porque hay 
que suponer que tenía al menos dieciocho años cuando 
se encontró * en Sardes con Quiomara, la mujer del rey 
galo Ortiagonte, encuentro que, en opinión de Mioni£, 
se sitúa en el año 190-189. Puede deducirse, en conse- 
cuencia, que Polibio nació hacia el 209 6 208 a. C., fecha 
bastante diferente de la propuesta por Walbank”, que 
defiende con argumentos no muy convincentes que 
Polibio no pudo nacer antes del año 200. Y si la fecha 
del 209 ó 208 de su nacimiento se combina con la no- 
ticia de Ps. Luciano * de que el historiador vivió ochen- 
ta y dos años, entonces Polibio debió de morir hacia 
el año 127 a. C. 

4. Polibio nace en Megalópolis, capital de la Liga 
aquea, en Arcadia, región ideal de la poesía bucólica. 


3 Poio, XVITI 6, 9. 

4 No así K. NrrzscxH, Polybius. Zur Geschichte antiker Politik 
und Historiographie, Kiel, 1824, pág. 113. 

5 PoLIBI0o, XXI 38. 

é E. MioN1, Polibio, Padua, 1949, pág. 4. En adelante, citado 
Mi10N1, Polibio. 

7 F. W. WaLBANkK, A historical Commentary on Polybius, 1-111, 
Oxford, 1957, 1967 y 1979, pág. 7. En adelante, citado WALBANK, 
Commentary. 

8 Macrobioi 23. 


INTRODUCCIÓN 9 


Fue hijo de Licortas, un hombre honrado, hiparco? en 
el año 192 y estratego en el 184-182. Fue, de otro lado, 
discípulo de Filopemen, militar consumado 10, que luchó 
en Selasia !! en el año 222, completó la obra de Arato ?, 
reformó el ejército aqueo ' y fue considerado como un 
auténtico hombre de estado '* en la segunda centuria. 
El ambiente familiar, pues, no podía serle más propicio 
y adecuado para adquirir una formación política y mi- 
litar. 

5. Sin embargo, los estudiosos hablan también de 
una formación literaria y filosófica de Polibio. En este 
punto todas las precauciones son pocas. Desde luego 
en su obra se dice que había estudiado música ' y que 
le gustaba la medicina y la geografía. Igualmente, el 
propio Polibio hace referencia, ya a poetas célebres, 
como Homero, Simónides, Píndaro y otros, ya a histo- 
riadores como Heródoto *, Tucídides *, Jenofonte *. 
Con todo, estas citas y alusiones no deben entenderse 
en el sentido de que Polibio poseía una educación lite- 
raria profunda. Una cultura dada genera un ambiente 
del que, sin necesidad de un conocimiento directo, cual- 
quier hombre de formación media participa. Cuestión 
muy diferente implica las alusiones a historiadores 
como Timeo, Filarco, Teopompo y Éforo: a éstos los 
estudia y critica desde una concepción historiográfica 
propia. 


9 T. Livio, XXXV 29, 1. 

10 Cf. P. Peoecm, La Méthode historique de Polybe, París, 
1965, pág. 554. En adelante, citado PÉDECH, La Méthode. 

1 PoLmro, Il 67-69. 

12 Porro, II 40, 6. 

13 PoLimro, X 22, 6. 

14 Cf. HOFFMANN, «Philopoemen», RE 21, cols. 76-95. 

15 PoLIBIO0, IV 20, 3. 

16 PoLrBr0, XII 2, 1. 

17 Pomo, VII 1, 1. 

18 PoLimi0, VI 45, 1. 


10 HISTORIAS 


6. Y se ha discutido hasta la saciedad si esta con- 
cepción historiográfica propia la elabora Polibio desde 
posturas estoicas o peripatéticas. Me inclino a pensar, 
frente a autores como Hirzel '* y otros, que si hoy hay 
que hablar de una concepción filosófica, ésta debe ser 
la filosofía peripatética. Pues, de un lado, en general 
cita a autores peripatéticos, como Aristóteles, Teo- 
frasto y Dicearco y, de otro, Megalópolis recibe un 
código de leyes elaborado por el peripatético Prítanis ?. 
Y, además, la fórmula básica * de cuándo, cómo y por 
qué, con la que quedan enmarcados los hechos histó- 
ricos, remeda de cerca las célebres categorías aristo- 
télicas 2, 

7. Ello no quiere decir que Polibio conociera a 
fondo la filosofía de Aristóteles ni que desconociera to- 
talmente la doctrina estoica. Pero sí parece que su 
concepción historiográfica se conjuga y se explica mejor 
a partir de los postulados de la filosofía peripatética, 
porque incluso el contenido de Fortuna, del que tanto 
se insiste como de procedencia estoica, se ve raciona- 
lizado en Polibio. 

8. De su ambiente familiar podría deducirse que 
Polibio intervino intensamente en la vida política. Sin 
embargo, aparte su nombramiento de embajador, en 
el año 181, ante la corte de Ptolomeo, su actividad po- 
lítica se reduce a los años 170-168. En el 170 es elegido 
hiparco de la Liga aquea. Pero es un momento clave: 
por entonces se desarrollaba la tercera guerra mace- 


19 Cf. R. HERCORD, La Conception de l'histoire dans Polybe, 
Lausana, 1902, págs. 76-94, donde se discute la tesis de Hirzel. 
En adelante, citado HercorD, La Conception. 

2 PoLrmro, V 93, 8. 

2 Cf. aquí págs. 24 y sigs. 

2 Cf. A. Díaz TEJERA, «Concordancias terminológicas con la 
Poética en la historia universal: Aristóteles y Polibio», Habis 9 
(1978), 33-48, 


INTRODUCCIÓN 11 


dónica, una guerra entre Roma y Macedonia, cierta- 
mente, mas con irradiación a toda Grecia. La Liga 
aquea, que había manifestado una postura de neutrali- 
dad, al fin decide enviar una embajada al cónsul 
Q. Marcio Filipo poniendo a su disposición el ejército. 
Polibio marchó en esa embajada. Pero fue demasiado 
tarde %, porque ya el cónsul acampaba en la propia 
Macedonia y no necesitaba de aliados. Se permitió, in- 
cluso, la arrogancia de pedir a la Liga aquea que negara 
el envío de cinco mil soldados que Apio Claudio Cen- 
tón, entonces en el Epiro, había solicitado. 

9. En el año 168, Paulo Emilio vence a Perseo y 
todo quedó decidido”. Se felicitó al cónsul romano, 
pero también le fue entregada una lista, en número de 
mil, con los nombres de aquellos que habían seguido 
un comportamiento tibio para con Roma. Estos sos- 
pechosos, entre los que iba Polibio, debían justificarse 
en Roma, justificación que duró diecisiete años. 

10. Polibio llegó a Roma en el año 167 y en el 150, 
junto con trescientos prisioneros que aún sobrevivían, 
recuperó la libertad oficial, sin duda debido a la in- 
fluencia de P. Cornelio Escipión Emiliano y a la de 
Catón. Su estancia en Roma, frente a sus compañeros 
que fueron recluidos en ciudades de Etruria, fue, por 
tanto, bastante larga, pero en modo alguno dura, es 
decir, no privada totalmente de libertad. 

11. Y debe quedar claro que Polibio gozó en Roma 
de libertad de movimientos, porque ello implica el que 
pueda entenderse con ciertas garantías” el cómo fue- 
ron redactadas las Historias. Las pruebas son bastantes 
convincentes. He aquí las más significativas: a) A di- 
ferencia de los otros rehenes, él se queda en Roma y 


23 PoLiBio, XXVIII 13. 
24 PoLiBro, XXX 13, 1. 
25 Cf. aquí págs. 23 y sigs. 


12 HISTORIAS 


además entra en el círculo de los influyentes y cultos 
Escipiones. Llegó a ser maestro % de Escipión Emilia- 
no. b) Podía salir de caza con Escipión, según dice el 
propio historiador, que cita el lugar, esto es, la región ? 
de Agnania. Esto sucede en el año 162 y, por la misma 
época, se permite el riesgo de preparar la huida del 
príncipe seléucida Demetrio %. c) Visitó en varias oca- 
siones? a los locros epizefirios, considerados compa- 
triotas suyos. d) El propio Polibio afirma que hizo el 
recorrido a través de los Alpes para informarse de las 
vicisitudes que había sufrido Aníbal cuando éste los 
cruzó en el año 218. Esta visita debe situarse antes del 
año 150 como bien opina Pédech Y. e) Asimismo puede 
afirmarse que Polibio vino a España en el año 151, en 
compañía de Escipión Emiliano, a la sazón tribuno mi- 
litar* de Licinio Lúculo. 

12. Parece, pues, demostrado que el confinamiento 
de Polibio en Roma no fue el de un hombre retenido 
en el Lacio bajo pena de muerte, como opina Cuntz ?, 
sino que, por el contrario, gozó de máxima libertad, 
con la excepción de poder marchar a Grecia. .Y no 
cabe duda de que esa libertad de movimientos le per- 
mitió adquirir, ya del círculo culto en que se movía, 
ya de sus numerosos viajes, un bagaje de conocimien- 
tos y noticias, de primera mano, muy útiles para la 
elaboración de su obra histórica. 

13. En el año 150, Polibio regresa a Grecia. Y, 
claro está, vuelve cargado de evidencias culturales y 


PoL1BIO, XXXI 23-24, DioDoRo, XXI 26, 5. 
PoLisi0, XXXI 14, 3; 15, 2; 29, 8. 
Porro, XXXI 11, 15. 
PoLim10, XII 5, 1-3. 
La Méthode, pág. 528. 
Cf, H. NisseN, «Die Oekonomie des Geschichte des Poly- 
bios», RhM. 26 (1871), pág. 271; MioNn1, Polibio, pág. 13, y WaL- 
BANK, Commentary, pág. 4 y pág. 383 a III 48, 12. 
32 D. Cunrz, Polybios und sein Werk, Leipzig, 1902, págs. 46-49. 


EeEBRENSR 


INTRODUCCIÓN 13 


políticas. No es el mismo hombre que un día tuvo que 
abandonar su patria. Ahora, de una parte, siente agra- 
decimiento hacia Roma y, de otra, se percata de que 
Roma se constituye en atalaya desde la que todo el 
acontecer histórico del momento recibe explicación. 
Mas, al mismo tiempo, mantiene vivo su amor a la 
tierra de sus mayores. De aquí que pueda estar tanto 
del lado de Roma como de Grecia. 

14. Esta bipolaridad personal de Polibio enmarca 
su actuación a partir de su libertad oficial. Durante 
la segunda guerra púnica fue solicitado por Roma como- 
experto militar y acudió sin reservas. Acompañó a Es- 
cipión Emiliano y así pudo conocer la zona norte de 
África. Por el propio Polibio sabemos que estuvo pre- 
sente en el asedio 3 y destrucción de Cartago en el 
año 146. Pero, mientras Polibio había compartido con 
su acción el triunfo de Roma sobre Cartago, en su pro- 
pia tierra, la ciudad de Corinto, orgullosa de patriotis- 
mo, caía calcinada bajo el mismo poder, en septiembre 
del mismo año 146. Y el historiador, en persona, según 
nos cuenta %, asistió igualmente a la quema y saqueo 
de Corinto: no deja de ser una jugada irónica de la 
Fortuna. Polibio no aprobó la conducta soberbia de 
Roma, pero tampoco el comportamiento orgulloso de 
los griegos. 

15. Esta situación casi trágica de los últimos años 
de Polibio encuentra su síntesis en el encargo que le 
hizo el Senado de conciliar los derechos de vencedores 
y vencidos, lo que le permitió volver, una vez más, a 
Roma 3. Esta función de conciliador la comprendieron 
bien los propios griegos, al grabar al pie de una esta- 
tua levantada en su honor, en Megalópolis, lo siguien- 





33 PoLmmro, XXXVIII 19, 1. 
34 PoLimro, XXXIX 2, 2. 
35 Pombo, XXXIX 8, 1. 


14 HISTORIAS 


te*: «Grecia, de haber seguido los consejos de Poli- 
bio desde el principio, no habría decaído, y cuando 
Grecia erró, sólo él pudo ayudarla algo.» O aquellas 
otras palabras, en versos elegíacos, que, según Pausa- 
nias *, rezaban en otra estatua colocada en el ágora de 
su ciudad natal: «recorrió toda la tierra y el mar, fue 
aliado de los romanos e hizo cesar la cólera contra 
los griegos». Nada más congruente y sintético. 

16. Poco más se sabe de Polibio hasta su muerte. 
Según Estrabón *, estuvo en Alejandría, probablemen- 
te hacia el 140 a. C. También quizá en Rodas, donde 
consultó los archivos de la ciudad conforme deducen 
algunos del propio Polibio *. Su viaje a Numancia es 
hipotético, y de acuerdo con la cronología establecida 
por nosotros, de que murió hacia el año 127, muy poco 
probable *, 


II. LA OBRA DE POLIBIO 


A) Estructura de las «Historias» 


1. Polibio es conocido por su magna obra las His- 
torias. Cierto es que escribió tratados menores, de los 
que no ha sobrevivido nada. Lo sabemos ya por el 
propio Polibio, ya por otras fuentes: por ejemplo, en 
X 21, 5-8, dice el historiador que no se entretiene sobre 
el estratego Filopemen, porque acerca de él ya ha com- 
puesto una monografía en tres libros. Al respecto, re- 





36 PAUSANIAS, VIII 37, 2 

37 PAUSANIAS, VIII 30, 9 

$ XVI 1, 12. 

39 XVI 15, 8. 

4% La noticia transmitida por CICERÓN, Ad Fam. V 12, 2, de 
que Polibio escribió una Numantinum Bellum, sigue siendo ex- 
trañía. Es la única noticia, y si es verdad que esta obra fue com- 
puesta, debió de serlo después del año 133. 


INTRODUCCIÓN 15 


sulta interesante observar que este tipo de tratados, 
aunque no subsista fragmento alguno, tuvo su influen- 
cia. La vida de Filopemen de Plutarco está basada fun- 
damentalmente en el tratado de Polibio, de tal suerte 
que Pédech* ha podido, creo que con éxito, recons- 
truir, a partir de la de Plutarco, la de Polibio. Con 
todo, no siempre el caso es tan simple. A veces los es- 
tudiosos deducen consecuencias arriesgadas a partir 
de hipótesis. La obra La Guerra de Numancia, que 
Cicerón atribuye a Polibio y sólo por aquél es men- 
cionada, no resulta seguro que Polibio la hubiera es- 
crito. Sin embargo, sobre esa hipotética obra se anali- 
zan las fuentes de La Historia de Iberia de Apiano *, 
lo que, de otra parte, indica la autoridad que los es- 
tudiosos han atribuido a Polibio en materia historio- 
gráfica. Autoridad fundamentada en su gran obra his- 
tórica. 

2. Las Historias fueron divididas por su autor en 
cuarenta libros %. De ellos se conservan completos los 
cinco primeros; del VI al XVIII se disponen de ex- 
tractos antiguos, amplios y en los que se registra el 
libro al que pertenecen los extractos, lo que garantiza 
su orden propio. A partir del XVI sólo se conservan 
fragmentos que provienen de los florilegios realizados 
por orden de Constantino Porfirogéneta 4, 

3. La obra polibiana narra la realidad histórica que 
va desde el año 265, comienzo de la primera guerra 
púnica, hasta el año 146, final de la tercera guerra 
púnica y destrucción de Corinto. Ésa es la realidad 
histórica y el período narrado por Polibio en cuanto 


41 P. Pívecm, «Polybe et l'Éloge de Philopoemen, REtGr. 64 
(1951), 82-103. 

2 Cf. A. Sancho RovYo, «En torno al Bellum Numantinum 
de Apiano», Habis 4 (1973), 23-41. Cf. también nota 40. 

43 PoLrBr0, MI 32, 2. 

4 Cf. más adelante, págs. 46-47. 


16 HISTORIAS 


resultado. Pues, desde el punto de vista del propósito 
original del historiador, esa realidad, en cuanto totali- 
dad, no fue concebida así; lc que implica revisión de 
propósitos sobre la misma elaboración de las Historias. 
Y esta programación y revisión la proporciona el pro- 
pio Polibio ya desde el libro primero * y de forma de- 
tallada en los tres capítulos del libro tercero*%, Su 
esclarecimiento tiene gran interés. 

4. El propósito central fue historiar el período que 
abarca desde el año 220, comienzo de la segunda guerra 
púnica, hasta el 168, que coincide con la batalla de 
Pidna. A la parte de la obra, libros IM-XXX, que narra 
ese período, la llama Polibio «la obra propia» *. Pero 
antes contamos con los dos primeros libros, 1-11, que 
constituyen una especie de «preparación», de «intro- 
ducción», donde los hechos son narrados por encima 
y con la intención de que sirvan de antecedentes ex- 
plicativos de lo que viene después. La realidad histó- 
rica de estos dos primeros libros es la que va desde 
el año 265, y así continúa la Historia de Timeo, hasta 
el año 220, donde terminan los últimos hechos narra- 
dos por Arato de Sición y comienza su obra propia- 
mente dicha, hasta el año 168. 

5. Cabe preguntar cómo se distribuye este período 
real en la obra histórica. Los capítulos segundo y ter- 
cero del libro 111 nos servirán de guía. Y en efecto, 
de su análisis queda claro que el hilo conductor es la 
segunda guerra púnica. Todo el libro tercero se dedica 
al estudio etiológico de esta guerra y termina cuando 
los cartagineses han invadido Italia y han puesto a 
los romanos %, tras la batalla de Cannas, en un peligro 
grave. Á este peligro alude Polibio con las siguientes 


45 PoLxbro0, 1 1, 8. 

4 PoLrsro, III 1, 3. 
47 Pomo, III 26, 5. 
48 PoLiBIO, III 2, 1. 


INTRODUCCIÓN 17 


palabras: «A continuación —comienzo del libro 1lI—, 
intentaremos explicar cómo, en esta época, Filipo de 
Macedonia libró una guerra contra los etolios, tras la 
cual dispuso los asuntos de Grecia y se lanzó a com- 
partir las esperanzas de los cartagineses.» 

6. La obra, en este punto, deja como una atmós- 
fera de amenaza sobre Roma y pasa a narrar los acon- 
tecimientos de Grecia y Asia: en Grecia se da razón de 
la guerra de los aliados, narrada en IV 3-37, 57-58, y 
V 1-30, 91-106, y que termina con la paz de Naupacto 
en el año 217. En Asia, se trata de la guerra que se 
inició en el año 219 entre Antíoco y Ptolomeo Filopator 
por la Celesiria, narrada en V 31-87, y de la guerra de 
los rodios y Prusias contra Bizancio, narrada en V 
38-52. Por tanto, la atmósfera amenazante con que ter- 
mina el libro 111, se agrava aún más en el IV y V con 
una posible alianza entre Filipo y Aníbal como, según 
hemos visto, explicita el propio Polibio %. Desde un 
punto de vista historiográfico, la explicitación alberga 
un efecto extraordinario en función del libro VI. El 
historiador, sin duda, quiere resaltar que grande fue 
el peligro que se cernía sobre Roma, pero mayor y más 
efectiva fue la uirtus romana que permitió conjurar 
la amenaza. Y esa uirtus romana, esa virtualidad cons- 
titucional y política es la que Polibio describe en el 
libro VI. Este libro, al igual que el libro XII, consti- 
tuye una especie de escorzo en la linealidad histórica, 
pero supone aguda visión de historiador, no sólo por 
el contenido, sino precisamente por su posición dentro 
de la obra. Este libro viene a dar razón de por qué la 
amenaza se tornó éxito: «Aquí —anuncia Polibio %, pre- 
cisamente, al comienzo del libro JlI—, detendremos 
nuestra exposición y trataremos de la constitución ro- 


4 PoLisr0, TIT 2, 3. 
56 PoLII0, 111 2, 6. 


38. — 2 


18 HISTORIAS 


mana; demostraremos luego que las características de 
esta constitución contribuyeron, al máximo, no sólo a 
que los romanos dominaran Italia y Sicilia, sino tam- 
bién a que extendieran su imperio a los iberos y a 
los galos, y además a que, tras derrotar militarmente 
a los cartagineses, llegaran a concebir el proyecto de 
dominar el universo.» 

7. Esta recuperación ocupa el relato de los libros 
VIT-XV, pues el libro XV pone fin a la guerra anibá- 
lica en la célebre batalla de Zama, con lo que el pe- 
ligro que amenazaba a Roma desaparece. En medio, 
se narra la conquista de Italia y Sicilia: estas conquis- ' 
tas configuran el trenzado principal que se realiza en 
los libros VII al XIV; de forma intercalada y en un 
segundo plano, se historia la conquista de Iberia en 
VIII 38; IX 11; X 2-20, 34-40; XI 24-33. También la 
conquista de la Galia cuyo texto no ha sobrevivido. 
De otra parte, se insertan narraciones, sin duda exi- 
gidas en el plano cronológico, sobre la ruina de Hierón, 
las rebeliones en Egipto y acerca de la ambición de 
Antíoco y Filipo. 

8. Como puede observarse, Polibio, en un primer 
propósito, polariza su quehacer histórico en torno de 
Roma y su contexto más próximo hasta la batalla de 
Zama: los libros 111 al V presentan los hechos que 
sitúan a Roma en una situación límite. El libro VI 
pone en primer plano el vigor y la excelencia de la 
constitución romana que salva esa situación límite, y 
los libros VII al XV —excepción hecha del XII— na- 
rran los acontecimientos triunfales de Roma hasta la 
batalla de Zama que son consecuencia de la excelencia 
de la constitución romana. 

9. Mas la victoria sobre Cartago entraña un punto 
de partida para trazar una nueva dirección historio- 


INTRODUCCIÓN 19 


gráfica. Al comienzo del capítulo *! tercero del libro 1II, 
Polibio anuncia que cambiará el escenario histórico 
hacia Grecia y sus contornos, lo que, en verdad, implica 
la realización del propósito universalista romano: hasta 
aquí Roma tenía puestas sus ambiciones en Occidente; 
ahora, asegurada su posición, mira con fuerza hacia 
Oriente. Y como no podía ser menos, esta realización 
se distribuye en tres momentos bien diferenciados. En 
primer lugar, la segunda guerra macedónica entre 
Roma y Filipo, habida entre los años 200-197, por la 
que la hegemonía de Macedonia sobre Grecia se pierde. 
Su expresión histórica se encuentra en el libro XVI, 
donde da comienzo; en el libro XVIII 1-12, 16-27, 33-39, 
donde se narra el período de acción bélica, y en XVIII 
42-48, que cuenta el final de dicha guerra. 

10. En segundo lugar, la guerra contra Antíoco, 
entre los años 192-187. En torno a esta guerra se narra 
una serie de acontecimientos por los que los romanos 
adquieren indiscutible supremacía en Asia Menor. Esta 
guerra y sus acciones paralelas debieron ocupar, en 
cuanto expresión literaria, los libros XV al XXYV. Por 
último y en tercer lugar, se registra la tercera guerra 
macedónica con el triunfo sobre Perseo en la batalla 
de Pidna y la ruina total de Macedonia, entre los años 
171-168. Esta última realidad histórica habría sido na- 
rrada en los libros XXVII al XXIX. El libro XXX se 
dedicó a la celebración del triunfo de Paulo Emilio 
por los propios griegos. 

11. Estos tres momentos, en su conjunto, ocupa- 
rían, pues, los libros XV al XXX. Y, con ello, termina 
el programa que había sido trazado en el libro HT: en 
una primera travesía, Roma, en Occidente, logra la 
victoria sobre Cartago; en una segunda, Roma, en 
Oriente, logra la victoria sobre Perseo. Y, así, se cum- 


5 PoLimr0, III 3, 1. 


20 HISTORIAS 


plió «el que los romanos en cincuenta y tres años no 
completos pusieron bajo su dominio el mundo ha- 
bitado» *, 

12. Mas la obra polibiana no termina con la narra- 
ción de los acontecimientos que cierran el año 168. 
Polibio decide ampliar su obra hasta el año 146, con 
diez libros más, hasta el XL. Y da razón del porqué 
de esta ampliación: de un lado, para explicitar la con- 
ducta del vencedor absoluto; de otro, porque fue testigo 
ocular de los hechos y participó en muchas de las 
acciones %. Sin duda, son razones que la capacidad 
historiográfica de Polibio no podía dejar de aprove- 
char. Si bien, desde un punto de vista objetivo, esta 
tercera travesía implica como el resultado sintético 
del dinamismo dialéctico de las dos primeras travesías. 
Pues ahora, en ese período, tanto Occidente como 
Oriente quedan absorbidos dentro del poderío romano: 
Cartago es totalmente destruida y Corinto —y, con ello, 
toda Grecia pierde su libertad— saqueada y arrasada. 
Roma se torna dueña y señora del mundo conocido. 
Mas ello lleva una responsabilidad y es, quizá, el modo 
como se comportó Roma lo que más interesó a Polibio. 

13. Sin embargo, esta parte de las Historias ha 
llegado muy fragmentaria y se vuelve difícil descubrir 
su estructura originaria. Con todo, parecen seguros los 
siguientes momentos: que el libro XXXIV constituía 
una monografía dedicada a describir los lugares con- 
quistados %, y que el libro XL, del que no se conserva 
fragmento alguno, recopilaba toda la obra de las His- 
torias. Y no resulta aventurado aceptar que el libro 
XXXIV serviría para dividir este período en dos ver- 
tientes: la primera, de dominación tranquila por parte 


52 PoLmro, 1 1, 5. 

33 PoLImro, III 4, 6 y 4, 13. 

5 Cf. P. PénecH, «La géographie de Polybe: structure et 
contenu du livre XXXIV des Histoires», REfCI, 24 (1956), 3-24. 


INTRODUCCIÓN 21 


de Roma de los estados conquistados, durante los años 
168-151; la segunda vertiente, de nuevas alteraciones 
y alborotos, lo que pudo influir en el cambio que se 
observa en Polibio respecto a la excelencia de la cons- 
titución política romana. 

14. He aquí, de manera muy apretada, de un lado, 
la realidad histórica y, de otro, su conformación histo- 
riográfica: un período que va desde el año 265 hasta 
el 146. Su expresión literaria recorta dicho período 
en varias facetas: los dos primeros libros, a modo de 
introducción, los años 265-220; los libros ITM-XXX, los 
años 220-168, en dos momentos claros: el primero hasta 
la batalla de Zama, libro XV, y el segundo, hasta la 
batalla de Pidna, libro XXX 5, Y, por último, los libros 
XXXI-XL, los años 168-146, con la destrucción total de 
Cartago y Corinto. 


B) Fecha de composición de las «Historias» 


1. Se trata de un problema difícil y complejo, pues 
al no disponer de notificación explícita, su análisis debe 
partir de los datos que la obra proporciona. Y estos 
datos se encuentran en las alusiones a hechos históri- 
cos, en general bien fechados; a los viajes de Polibio 
y en las descripciones geográficas *. 

2. Pues bien, la postura que hoy es más aceptada 
al respecto podría resumirse así: a) Que Polibio co- 
menzó a escribir las Historias en el exilio y, con más 
probabilidad, hacia su final. b) Que los quince prime- 
ros libros los compuso antes del año 146. c) Que los 
restantes los redactó después del año 146. 


55 Recuérdese que éste estaba dedicado al triunfo de Paulo 
Emilio. 

56 Como ya practicó R. HARTSTEIN, «Uber die Abfassungszeit 
der Geschichten des Polybios», Philologus 45 (1886), págs. 715 y 
siguientes. 


22 HISTORIAS 


3. Esta postura, en líneas generales, puede ser de- 
fendida con los siguientes hechos. Respecto al aserto 
a), de que Polibio no comenzó a escribir su obra antes 
del año 168, queda claro por el pasaje I 1, 5, donde se 
dice que el objetivo de la obra es narrar cómo Roma 
en cincuenta y tres años se hizo dueña de casi todo 
el mundo habitado. Pero esos cincuenta y dos años 
terminan con la destrucción del reino de Macedonia. En 
cuanto al aserto b), que los quince primeros libros fue- 
ron escritos antes del 146, parece probado porque, de 
un lado, se habla de la Confederación aquea como flo- 
reciente aún” y, de otro, porque, en IV 74, 8, Polibio 
aconseja a los eleos que procuren recobrar su inmuni- 
dad al saqueo. Asimismo, porque, en XV 30, 10, se 
cuenta que los niños en Cartago y Alejandría partici- 
pan en los tumultos ciudadanos no menos que los 
hombres. Y, claro es, se vuelven difíciles estas apre- 
ciaciones en una Grecia sometida a Roma y en una 
Cartago destruida. A su vez, en lo que respecta al 
aserto c), esto es: que los libros restantes, XVI-XL, 
fueron compuestos después del año 146, se apoya, de 
una parte, en que no hay indicio alguno de que fueran 
compuestos antes y, de otra, en que, en XVIII 25, 9 
y en XXIX 12, 8, se alude a la destrucción de Cartago. 
Por lo demás, el hecho es meridiano para los diez últi- 
mos libros conforme a lo que hemos dicho %, 

4. Con todo, debe aceptarse una vez más que esta 
tesis es admisible en líneas generales. Porque surge 
una dificultad en la claridad del razonamiento. Me re- 
fiero al hecho de que se producen varios pasajes que 
contradicen esta tesis. De éstos sólo voy a citar cuatro, 
en la medida en que por oposición esclarecen el ra- 
zonamiento. Contradicen el aserto b) los pasajes III 4, 
que presentan las razones por las que se amplía la obra 


571 Porro, II 37, 8-10. 
58 Cf. lo dicho aquí en pág. 20. 


INTRODUCCIÓN 23 


hasta el año 146; III 5, que adelanta el programa, y 
sobre todo, III 32, 2, donde Polibio habla de su obra 
compuesta de cuarenta libros. Contradice el aserto c) 
XXXI 11-15: aquí se narra el episodio de la huida de 
Demetrio. Su descripción es tan viva que no se tiene 
dudas de que fue escrito al tiempo de su realidad. Ésta 
sucedió en 162. Pero, según la tesis general, el libro 
XXXI fue escrito después del año 146. 

5. Ahora bien, puesta en parangón la tesis general 
con estos pasajes que perturban la propia tesis gene- 
ral, la solución que aportan los estudiosos es que di- 
chos pasajes han sido insertados una vez que la obra 
había sido terminada. Es, desde luego, la solución tó- 
pica en este tipo de problemas. Sin embargo, mi opi- 
nión %, ya expuesta en otra ocasión, difiere en parte. 
Para mí —y me apoyo sobre todo en el episodio de 
Demetrio— la elaboración definitiva de la obra no tuvo 
lugar antes del año 146. Seguro, por supuesto, para los 
diez últimos libros. Los anteriores, en cambio, y a ex- 
cepción hecha de T-II, habían ido siendo redactados 
por partes conforme a la información y las circuns- 
tancias de los hechos y, sobre todo, desde la perspec- 
tiva del cómputo por olimpiadas. Así Polibio dispuso 
de un material ya ordenado y en parte redactado. Mas 
la redacción definitiva, con el ensamblaje de toda la 
labor previa, tuvo lugar después del año 146. Por tanto, 
los pasajes que hay que considerar como inserciones 
tardías no son tales, sino producto de una elaboración 
total y definitiva. La explicación propuesta no contra- 
dice, en realidad, la tesis general, sino que la apoya y 
da sentido a los numerosos pasajes considerados como 
inserciones %, 


59 Díaz TesERa, Polibio, págs. LXIX y sigs. Al respecto, re- 
seña y opinión de PévecH, Rev. Philologie 52 (1978), 169-170. 

é Cf. Pévecu, La Méthode, págs. 563-572, y WALBANK, Com- 
mentary, I, pág. 296. 


24 HISTORIAS 


C) Concepción historiográfica de Polibio 


1. Polibio, dentro de la historiografía antigua, ocu- 
pa un lugar destacado por su concepción del fenómeno 
histórico y su manera peculiar de interpretarlo. Ya 
desde el comienzo mismo de su obra propia“ define 
su posición: «el trabajo y objeto de nuestra empresa 
consiste única y exclusivamente en escribir el cómo, 
el cuándo y el porqué todas las partes conocidas del 
mundo habitado vinieron a caer bajo la dominación 
romana». Roma, pues, significa la realidad energética 
que genera las acciones históricas, pero es misión del 
historiador no sólo captar esa realidad, sino el dar 
cuenta razonable de los hechos históricamente dados. 
Para ello, Polibio configura, quizá conforme a modelo 
peripatético %, una especie de categorías que, de forma 
constante, enmarcan los fenómenos de suerte que éstos 
se encuentren encuadrados en esas categorías y, a la 
vez, expliciten su razón de ser. Y esas categorías o di- 
mensiones son modo, tiempo y causa. 

2. Cabe, sin embargo, una observación urgente, 
pues podría parecer que las tres categorías se encuen- 
tran en el mismo plano de importancia e, incluso, que 
se trata de tres dimensiones discretas. Y no es así. La 
dimensión de causa trasciende a las dos primeras, pues 
no basta decir cuándo un hecho sucedió, ni tampoco 
cómo, sino que se hace necesario aclarar el porqué ese 
cuándo y el porqué ese cómo. El cómo y el cuándo 
son como los moldes en que se insertan los fenómenos 
históricos; la causa, por el contrario, no sólo explicita 
el acontecimiento en sí, sino la forma que toman tales 
moldes: «afirmamos % que los elementos más necesa- 


él Pozo, III 4. 
62 Cf. aquí nota 22 y art. cit. en dicha nota. 
é3 PoLIBI0o, MI 32, 6. Asimismo, PénbecH, La Méthode, pági- 


INTRODUCCIÓN 25 


rios de la historia... son sobre todo los relativos a las 
causas». 

3. Mas la dimensión de causa se relaciona con 
otras dos dimensiones, la de inicio y la de. pretexto. 
Su análisis, pues, requiere un enfoque global y no por 
separado. En efecto, el texto que mejor refleja el 
pensamiento polibiano al respecto se encuentra en III 
6-7. Polibio comenta que algunos historiadores de Aní- 
bal, cuando exponen las causas de la guerra entablada 
entre Roma y Cartago, aducen como primera causa el 
sitio de Sagunto por los cartagineses y como segunda 
el paso del río Ebro. Polibio observa aquí que estos 
dos hechos son los inicios, pero no las causas. Es 
como si se admitiera —añade el historiador— que el 
paso de Alejandro a Asia hubiera sido la causa de la 
guerra contra los persas. «Éstas son cosas —cito tex- 
tualmente— propias de hombres que no han descubier- 
to en qué se diferencia y cuánto se contrapone el 
inicio de la causa y del pretexto. Porque la causa y el 
pretexto son lo primero de todo, y el inicio, en cambio, 
la última parte de las mencionadas. Yo sostengo —Ccon- 
tinúa Polibio— que los inicios de todo son los prime- 
ros intentos y la ejecución de obras ya decididas; cau- 
sas, en cambio, lo que antecede y conduce hacia los 
juicios y las opiniones; me refiero a nuestras Concep- 
ciones y disposiciones y a los cálculos relacionados con 
ellas.» 

4. El texto es explícito y no necesita de un comen- 
tario exhaustivo. Basta deducir las conclusiones. Y 
éstas son: a) Que lo más relevante es la noción de causa 
y que ésta se diferencia del inicio no sólo porque, 
paradójicamente, es anterior, sino porque está en la 





nas 432-495, y WALBANK, Commentary, I, pág. 35. También Díaz 
TuyERa, Polibio, pág. LXXVI, donde se practica un análisis fi- 
lológico. 


26 HISTORIAS 


base de toda acción. b) Que la causa la constituye una 
serie de operaciones mentales, ideas, razonamientos, 
sentimientos, que, apoyándose en la realidad, abocan a 
una decisión que determina el fenómeno histórico: el 
que los griegos pudieran retirarse de Asia sin encontrar 
oposición y el paso cómodo de Agesilao, permiten a 
Alejandro conformar un plan razonado de marchar con- 
tra los persas. La causa, pues, es una operación mental 
pero no gratuita ni utópica. El inicio, por el contra- 
rio, se mueve en el plano de la acción y de lo real; 
la toma de Sagunto es el comienzo de la segunda guerra 
púnica. La causa hay que buscarla en las consideracio- 
nes de todo tipo que se hacen en torno al poderío de 
Cartago y a las aspiraciones romanas. En este nivel 
teórico se encuentra, asimismo, la noción de pretexto 
que es el otro término que aparece en el pasaje citado. 
La noción de pretexto se descubre, ciertamente, en el 
plano intelectual, al igual que la causa, pero frente a 
la noción de principio. Mas la causa' da lugar a la 
acción, mientras que el pretexto justifica la causa y el 
inicio a la vez: adquiere un carácter axiológico evi- 
dente. Alejandro formula como pretexto de la guerra 
contra Asia el castigar las injurias 4 de los persas con- 
tra los griegos. 

5. Asi pues, la concepción historiográfica de Polibio 
se ve teñida de gran dosis de intelectualismo, en la 
medida en que la dimensión de causalidad reposa en 
el plano de las ideas y de los razonamientos. Sin em- 
bargo, este intelectualismo no implica una formulación 
tan abstracta como del texto citado podría conjeturar- 
se. Polibio tiene gran cuidado en dejar claro que se 
trata de una formulación, fruto de su pensar historio- 
gráfico, sin duda, y que, en cuanto tal, le sirve de ca- 
tegoría acusadora y explicativa para preguntar a la 





é PoLimro, TI 6, 12; DioDoro, XVI 89, 2. 


INTRODUCCIÓN 27 


realidad histórica. De tal suerte que esa formulación 
recibe contenido concreto e histórico, ya mediante los 
personajes y protagonistas de los acontecimientos que 
encarnan y proyectan ese plano intelectual, ya me- 
diante las constituciones que permiten que ese plano 
intelectual se realice. 

6. La atribución, pues, de un excesivo intelectua- 
lismo a Polibio no es correcto. Lo que acontece es que 
Polibio es un historiador que, no sólo descubre lo que 
constituye el contenido del cuándo y cómo, sino que 
interpreta y, para ello, necesita de categorías formales 
de pensamiento que, en dialéctica real, encarna en los 
personajes históricos y en las instituciones políticas. 

7. En efecto, el individuo, como personaje histó- 
rico, es el forjador de un conjunto de operaciones 
mentales que conforman la dimensión de causa. Se ex- 
plica que sea llamado «causante» y «responsable» de 
la acción 6 y se explica, asimismo, que grandes acon- 
tecimientos históricos reciban el nombre del agente 
histórico principal: la segunda guerra púnica es Ha- 
mada con el nombre de «guerra % de Aníbal». Y se 
habla, igualmente, de la guerra de Cleómenes 6, de la 
de Filipo % y de la de Perseo %. No debe extrañar, por 
tanto, que un estudio de los personajes históricos en 
Polibio coincida necesariamente con el análisis de la 
causalidad histórica, en cuanto que aquéllos son for- 
jadores y encarnan el plano intelectual. 

8. Si se opera con inteligencia y con previsión ”, 
es probable acertar en el éxito: Antígono es para los 





PoLiBIO, 1 43, 2. 

PoLmio, 1 3, 2. 

PoLmi0, 1 13, 5, y II 46, 7. 
PoLiBr0, 111 32, 7. 

PoLxwr0, JIM 3, 8. 

Pomo, IX 12, 4. 


JLSLARA 


28 HISTORIAS 


lacedemonios causante de los mayores bienes”, y Fi- 
lipo, el hijo de Amintas, es el que da origen a la gran- 
deza del reino de Macedonia”, Y, por supuesto, es 
igualmente válido el caso contrario: si se opera con 
ignorancia e irreflexión, el fracaso es casi seguro. Clau- 
dio” fracasa en Drépana porque actúa al «azar y sin 
cálculo». Perseo emprende sus acciones sin congruen- 
cia y con falta de cálculo, y ello le conduce al fracaso 
total. 

9. De otra parte, la causalidad histórica alcanza 
también su plasmación real en las constituciones po- 
líticas. Polibio concede, en su obra, particular atención 
a este tema, si bien deben distinguirse dos aspectos 
fundamentales. El primero, la constitución como plas- 
mación de causalidad y su mutua interacción. El segun- 
do, la constitución política en sí, en cuanto se analiza 
su origen, su composición, perfección y evolución, as- 
pecto este último tratado de forma original en el li- 
bro VI. 

10. Tocante al primer aspecto, el capítulo segundo 
del libro VI (y en concreto los parágrafos 8-10) es re- 
velador. Dice textualmente: «lo que atrae y reporta 
utilidad a los estudiosos es precisamente el estudio de 
las causas y la elección de lo mejor en cada caso. Pues 
ha de considerarse en todo asunto como causa suprema 
tanto para el éxito como para el fracaso la estructura 
de la constitución política, pues de ella, como de una 
fuente, no sólo surgen todas las intenciones y proyectos 
de los actos, sino también el resultado». Este texto 


1 PoLIBr0, V 9, 9. 

Tr PoLmio, V 10, 1. 

73 Porro, 1 52, 1-2, 

714 Cf. para una interpretación más detallada, A. Díaz Tk- 
JERA, «La Constitución política en cuanto causa suprema en la 
historiografía de Polibio», Habis 1 (1970), 31-43. 


INTRODUCCIÓN 29 


desmiente de raíz la opinión de Hercord * de que Po- 
libio es poco explícito respecto a la interacción entre 
constitución política y causalidad. Aquí, por el contra- 
rio, Polibio defiende que la constitución política es no 
sólo causa histórica, sino causa suprema, en la me- 
dida en que es fuente de la que surge el plano intelec- 
tual, donde se forjan las operaciones mentales de que 
hemos hablado. El resurgir de Roma después del desas- 
tre de Cannas se debió a la constitución romana, y la 
Liga aquea logra la adhesión de todo el Peloponeso 
gracias a sus leyes. 

11. Mas tampoco la constitución es una formula- 
ción abstracta. Pues «los fundamentos * de toda cons- 
titución son las costumbres y las leyes. Porque —se 
añade” más adelante— cuando observamos que las 
leyes y costumbres de un pueblo son acertadas, juz- 
gamos sin temor que por ellas sus hombres también 
serán rectos y su constitución acertada.» De nuevo se 
observa en Polibio esa dialéctica real de relación entre 
plano intelectual y realización concreta. Es más, Po- 
libio llega a puntualizar que una constitución casi per- 
fecta como la romana, si no hubiera dispuesto de hom- 
bres como Escipión que la proyectaran con su virtua- 
lidad en la realidad histórica, habría rendido muchos 
menos éxitos a Roma”. El hecho queda demostrado 
por las derrotas de Roma ante Cartago hasta la lle- 
gada a escena de Escipión. 

12. Tocante al segundo aspecto, esto es, al análisis 
de la constitución política en cuanto a origen, compo- 
sición y evolución, Polibio le dedica el libro VI de su 
obra. El tema es complejo y aquí sólo lo esbozamos. 


715 La Conception, pág. 142. 
76 PoLimro, VI 47, 1. 

TI PoLmio, VI 47, 2. 

73 PoLrsBio, XVIII 28, 6-11. 


30 HISTORIAS 


Para un estudio más detallado remito a K. von Fritz ”, 
cuyo trabajo, pese al título, está dedicado casi entera- 
mente a Polibio. También a K. F. Eisen % y a un artículo 
mío *!, donde hago un estudio de tipo filológico con- 
creto. Pues bien, Polibio dedica la parte central del 
libro VI a la descripción de la constitución política 
romana. Pero observa que dicha constitución es una 
resultante a partir de estadios anteriores y de combi- 
naciones de regímenes más simples. Al estudio de estos 
estadios y elementos simples, a su devenir cíclico y a 
la constitución mixta se dedican los diez primeros ca- 
pítulos del libro. En primer lugar, el autor presenta y 
discute el número de elementos simples que habrán de 
intervenir en el proceso cíclico y ofrece % como cons- 
tituciones simples y originarias, «la realeza», «la aris- 
tocracia» y «la democracia». Todas ellas históricamente 
documentadas. Sin embargo, Polibio se hace una ob- 
jeción: que, de un lado, las tales constituciones no 
son las mejores y más perfectas, pues la constitución 
óptima resulta del sincretismo de lo más pertinente 
de las tres mencionadas. Se refiere, por supuesto, a la 
constitución mixta. De otro lado, que tampoco son las 
únicas, porque se realizan otras, semejantes en aparien- 
cia, pero que objetivamente conforman su degradación, 
como «la tiranía», «la oligarquía» y «la oclocracia». Se 
trata, pues, de dos series paralelas, cada una en su nivel 
ético, que se corresponden en sentido vertical: a la rea- 
leza corresponde la tiranía; a la aristocracia, la oli- 
garquía, y a la democracia, la oclocracia o gobierno 


79 The theory of the mixed constitution in Antiquity. A cri 
tical analysis of Polybius' political ideas, Nueva York, 1954. 

8 Polybiosinterpretationen, Heidelberg, 1966. 

8l A. Díaz TEJERA, «Análisis del libro VI de las Historias de 
Polibio respecto a la concepción cíclica de las Constituciones», 
Habis 6 (1975), 23-34. 

82 PoLmio, VI 3, 5. 


INTRODUCCIÓN 31 


desordenado de la muchedumbre. Y es en esta corre- 
lación donde se produce el fenómeno cíclico de las 
constituciones y en la que se reproduce, no obstante, la 
posibilidad de que el fenómeno cíclico, casi de tipo na- 
tural, se interrumpa. Esta interrupción se efectúa 
—observa Polibio— bajo presión racional, y entonces 
provoca la constitución mixta: ésta viene a ser una 
selección racional de lo mejor de las constituciones 
consideradas perfectas $. 

13. Polibio habla también de otro tipo de consti- 
tución que llama «monarquía» o gobierno de uno solo 
y que tiene lugar «espontánea y naturalmente». En ella 
se constituye jefe el hombre que sobresale en fortaleza 
física y en valor. Mas este tipo de constitución queda 
un tanto desligado de la serie de seis y sirve para abrir 
y cerrar el fenómeno cíclico. Polibio es muy claro en 
este sentido: «la monarquía es el primer sistema que 
espontánea % y naturalmente se establece». Y en otro 
pasaje *, una vez que ha sobrevenido la oclocracia, 
afirma: «se mantiene ésta —la oclocracia— hasta que, 
sumida en una total degeneración salvaje, encuentra de 
nuevo un amo y monarca». Es evidente que así el ciclo 
se cierra: el final, el sistema de uno solo, es, a su vez, 
el principio y viceversa y, en medio, un proceso rítmico 
que consiste en la degradación de un régimen simple 
seguido de la ascensión de otra forma simple origi- 
naria. Y si se da la posibilidad de que este ritmo, casi 
biológico, sea interrumpido por la razón, entonces 
surge la constitución mixta. 





83 Cf. Díaz TEJERA, art. cit., pág. 29. 
84 Poio, VI 4, 7-11. 
85 PoLiBi0, VI 4, 9. 


32 HISTORIAS 


D) Historia pragmática y método apodíctico 


1. Polibio habla con frecuencia de historia pragmá- 
tica. Y es de observar que no ha resultado fácil deli- 
mitar con exactitud este sintagma. Los estudiosos par- 
ten, en general, del pasaje IX 1, 2, donde se hace refe- 
rencia a tres tipos de narraciones históricas: un tipo 
que trata de genealogías, otro que trata de fundacio- 
nes de colonias y otro que versa sobre las acciones 
de los pueblos, los estados y personajes políticos. Este 
último tipo es el que más atrae al hombre que se ocupa 
de cuestiones de estado. 

2. Pues bien, de los tres tipos, Polibio ha elegido el 
último, y sobre él versa su quehacer histórico. De suer- 
te que por historia pragmática ha de entenderse la 
narración de las acciones que han llevado a cabo los 
distintos pueblos y los distintos dirigentes. Y, claro es, 
desde este punto de vista, la historia es útil, pues en- 
seña cómo han actuado los personajes históricos y 
cómo se han comportado los estados, tanto bajo el as- 
pecto de éxitos como de fracasos. Por ello, resulta ex- 
traño —comenta Polibio — que «los que escriben de 
fundaciones callen la educación de los hombres que 
manejaron los asuntos en general». 

3. De nuevo observamos en Polibio un historiador, 
no tanto descriptivo cuanto intérprete de la interacción 
entre agente histórico y sus realizaciones, lo que per- 
mite, a mi modo de ver, centrar y definir lo que Poli- 
bio entiende por historia pragmática: «la narración de 
los hechos políticos y militares encuadrados en cuanto 
hechos, en la triple dimensión de modo, tiempo y causa 
y bajo la dirección Y de una mente rectora». 


86 X 21 
87 Díaz TEJERA, Polibio, pág. LXXXIX. Y para más detalle, 


INTRODUCCIÓN 33 


4. De otra parte, el concepto de método apodíctico 
también ha sido muy discutido. En principio hay que 
decir que no se trata de historia apodíctica*%, sino 
de método apodíctico. Pero, además, dicho método es 
aplicado en la historia propia y ni siquiera en los dos 
primeros libros que le sirven de introducción, pues en 
éstos sólo se recuerdan por encima los acontecimien- 
tos %. En cambio, en el libro 111 1, 3, cuando comienza 
la verdadera historia, tras señalar cuál fue la función 
de los dos primeros libros, dice que ahora intentará 
exponer los hechos «con demostración». Por lo tanto, 
la historia en su sentido más estricto requiere demos- 
tración, no las biografías ni las narraciones someras. 
Y si la verdadera historia consiste en enmarcar los he- 
chos en las categorías de tiempo, modo y causa y, ade- 
más, bajo un plano intelectual en cuanto operaciones 
mentales y bajo qué tipo de constitución, parece con- 
gruente deducir que el método apodíctico consiste en 
demostrar que ese cómo y ese cuándo y esa causa y 
esas operaciones mentales y esa constitución política 
son las dimensiones que realmente dan razón y de- 
muestran el fenómeno histórico. 


E) La noción de Fortuna en la historiografía polibiana 


1. Nuestro intento de presentar la concepción his- 
toriográfica de Polibio como fruto de elaboración co- 
herente y lógica parece derrumbarse con la noción de 
Fortuna. Pues sorprende que, dentro de una dimensión 
pragmática, apodíctica y etiológica de la historia, tenga 





cf. K. E. PrrzoLT, Studien zur Methode des Polybios und zu 
ihrer historischen Auswertung, Munich, 1960, págs. 3-20. 

88 Este sintagma sólo aparece una vez en II 37, 3, y en un 
contexto problemático. 

39 Cf. WaLBANK, Commentary, I, pág. 8. 


38. — 3 


34 HISTORIAS 


cabida un contenido como el de Fortuna que apunta a 
una vertiente no racional. Sin embargo, la cuestión no 
es tan sorprendente. 

2. Mucho se ha discutido sobre este tema y desde 
todos los ángulos. Aquí podríamos resumir las distintas 
posturas a tres: a) La que sostiene * que Polibio atri- 
buye a la Fortuna una entidad objetiva y personal y 
determinante del destino humano. Casi un ser supremo; 
algo parecido, como anticipación, al Dios cristiano que 
rige el universo. Esta postura, sin duda radical, es sua- 
vizada por Von Scala*! en el sentido de que, si bien 
admite ese poder personal de la Fortuna, lo circuns- 
cribe a la influencia de Demetrio Falereo, pero que 
después, bajo influencia romana, la noción de Fortuna 
queda relegada a un azar caprichoso. b) La segunda 
postura defiende el extremo opuesto: que para Polibio 
la Fortuna no es más que un término de expresión 2 
cómoda o, a lo sumo, representaría lo contingente y 
desconocido del fenómeno histórico % o, con palabras de 
A Rover”, «sería la X de la historia». c) Por último, se 
da una tercera postura, la más moderna y que, en reali- 
dad, es una postura de compromiso y dualista. Se apoya 
esta postura en un pasaje de Polibio del libro XXXV 
17, donde se dice que debe atribuirse a la Fortuna y a 
la Divinidad lo que queda fuera de la mente y de la 
previsión humanas. Y se ofrecen dos ejemplos: uno, los 
fenómenos naturales, y otro, la rebelión de los mace- 


9% Cf,, entre otros, HIRZEL, Untersuchungen zu Cicero's phi- 
losophischen Schriften, Leipzig, 1881, 11, págs. 847-907, y E. G. 
SHILER, «Polybius of Megalopolis», AJPh. 48 (1927), 31-81. 

91 R. von ScaLa, Die Studien des Polybios, Stuttgart, 1890, 
páginas 174 y sigs. 

2 G. DE Sancris, Storia dei Romani, WI, 1: La Fortuna 
secondo Polibio, Turín, 1907-1923, págs. 213-215. 

9 HERCORD, La Conception, págs. 121-122. 

9% «Tyche in Polibio», Convivium 24 (1956), pág. 286. 


INTRODUCCIÓN 35 


donios bajo un falso Filipo. El propio Polibio, quizá 
sin percatarse de ello, provoca un dualismo en la no- 
ción de Fortuna. 

3. Así lo interpreta Mioni% cuando habla de la For- 
tuna como naturaleza de un lado, y de la Fortuna 
como lo desconocido, de otro. Igualmente, Siegfried *, 
al distinguir el autómaton absoluto y el autómaton 
relativo. En la misma línea, Walbank * sostiene que 
unas veces la Fortuna significa azar y casualidad, y otras, 
un poder superior que determina los hechos históricos. 
Por último Pédech *%, con más finura, observa que, en 
unas ocasiones, la Fortuna adquiere una función fina- 
lista % y, en otras, adquiere la misión de llenar los 
vacíos que las otras formas de causalidad, individuos 
y constituciones, dejan en la argumentación de los he- 
chos. Se carga, entonces, del contenido de «causa 100 
adyuvante». 

4. Como puede observarse, los distintos análisis 
no presentan una solución convincente de la noción de 
Fortuna. Por mi parte '!, he desarrollado un intento de 
síntesis y de explicación. En resumen, mi tesis es la 
siguiente: en primer lugar, que hay que partir de la 
propia opinión de Polibio sobre la Fortuna, cuando 
dice que «quiere tratar sobre la cuestión de la For- 
tuna en cuanto el género de historia pragmática lo 
permite». Y añade en el texto citado '? que es lícito 
recurrir a la Fortuna sólo cuando el hombre, en cuan- 


95 PoLxBLO, pág. 145. 

% Studien zur geschichtlichen Anschauung des Polybios, Leip- 
zig, 1928, págs. 28 y sigs. 

sn Commentary, págs. 16-26. 

9 La Méthode, págs. 337-343. 

2 PoLimro, 1 4, 1. 

100 PoLiBro, XXXI 25, 10. 

101 Díaz TEJERa, Polibio, pág. XCVITI. 

102 Poio, XXXVI 17. 


36 HISTORIAS 


to tal, no puede captar las causas de un hecho o, con 
otras palabras, cuando la explicación de los aconte- 
cimientos caen fuera de las operaciones mentales. 
Luego la Fortuna no contradice el principio de causa- 
lidad sino, por el contrario, lo presupone. 

5. En segundo lugar, el contenido de la Fortuna 
puede manifestarse en forma adjetival. Esto es, que 
en una empresa bien calculada y meditada, por tanto 
bajo el análisis racional, un pequeño accidente o su- 
ceso puede aparecer «inesperadamente» y «de forma 
casual». Aníbal, un personaje que opera racionalmente 
y prototipo histórico para Polibio, sitiaba Capua; de 
repente, levanta el asedio y marcha sobre Roma y 
acampa cerca de la capital '%, Pero en el día fijado para 
atacar la ciudad, entran Gneo Fulvio y P. Sulpicio con 
una legión. De este hecho dice Polibio que «fue una 
coincidencia inesperada y casual». Aníbal había sopesa- 
do los mínimos detalles y en función de sus operacio- 
nes mentales se desarrollaban los hechos históricos. 
Mas una sombra en esa claridad racional hecha por 
tierra sus propósitos y su realización. Luego también 
ese hecho casual, inesperado, no calculado, desde el 
punto de vista objetivo, funciona como causa. La For- 
tuna actúa, pues, aquí como factor histórico, pero de 
forma adjetiva y no total. 

6. En tercer lugar, que la Fortuna puede reali- 
zarse no en un suceso aislado y, por tanto, adjetival, 
sino que puede trascender el proceso histórico en su 
conjunto. En ese caso, la Fortuna se substantiva y 
adquiere misión totalizadora de causa indeterminada 
de la realidad, que el hombre no acaba de compren- 
.der. La empresa de Roma en su total complejidad, 
incluida la propia existencia de Roma y por qué en ese 


103 PoLrBrO, IX 5, 6-9. 


INTRODUCCIÓN 37 


tiempo y no en otro, queda fuera de la causalidad hu- 
mana pero no, obsérvese, de la realidad histórica. 

7. La Fortuna, pues, sustituye la imposibilidad ra- 
cional del hombre, ya de forma adjetival, ya substan- 
tiva. Pero del hecho de que el agente histórico o el 
historiador ignoren la razón de la presencia de un 
acontecimiento, no se desprende que ese acontecimien- 
to no funcione como causa en el plano objetivo de la 
realidad. La noción de Fortuna, por tanto y aunque pa- 
rezca paradójico, sólo tiene sentido en una concep- 
ción intelectualista de la historia. Es el caso de Polibio. 


F) El concepto de historia universal 


1. Polibio plantea, en varias ocasiones, la distinción 
entre historia universal e historia particular, como 
puede ser la de las monografías. Y, por supuesto, con- 
sidera de mayor utilidad y más científica la historia 
universal. El autor 14 lo expresa con un símil: así como 
no es posible contemplar la belleza y lozanía de un 
cuerpo viviente, viendo sólo sus miembros, del mismo 
modo el conocimiento de las partes de la historia sólo 
procura una noción, no una ciencia. No es extraño, 
pues, que Polibio critique a los autores de crónicas 
locales e, incluso, a aquellos que, pese a extenderse en 
el tiempo y en el espacio, presentan los hechos des- 
conexos y aislados. 

2. A mi modo de ver, deben distinguirse dos no- 
ciones básicas en el concepto de historia universal en 
Polibio. De una parte, lo universal en cuanto los pro- 
pios acontecimientos abarcan la zona espacial conocida 
o, al menos, influyente en ese momento y se entretejen 
mutuamente. De otra, lo universal en cuanto categoría 
formal histórica y propia de la sagacidad del historia- 


104 Porro, 1 4, 7, y MI 1, 7. 


38 HISTORIAS 


dor para descubrir aquellos factores que proporcionan 
unidad y conexión. 

3 Respecto al primer aspecto de realidad objetiva, 
el propio Polibio es consciente. Observa !% que antes del 
año 220 a. C. los acontecimientos del mundo habitado 
se producen desligados, pues en Occidente se enfrentan 
Roma y Cartago, mientras que en Oriente se producen 
la guerra de los aliados y la lucha por la Celesiria. Son 
dos zonas espaciales que tienen su órbita propia, aun- 
que se da una primera aproximación cuando Roma 
pasó a lliria 1%, Con todo, dentro de cada órbita, Poli- 
bio procura encadenar los acontecimientos: la primera 
guerra púnica tiene su origen!” en la conquista de 
Italia por Roma; ésta, a su vez, produce la guerra de 
los mercenarios en Cartago y ésta, asimismo, incita 
a los romanos a conquistar Cerdeña, lo que enciende 
el odio que desemboca en la segunda guerra púnica. 

4. En Grecia, mientras tanto, la rivalidad entre 
ambas Ligas, la de aqueos y etolios, da lugar a la guerra 
de Cleómenes, y ésta obliga a una alianza entre aqueos 
y macedonios '%, Mas, a partir de aquí, ambas órbitas 
se cruzan y los acontecimientos se entretejen como «un 
todo orgánico». La expresión de esta conexión se en- 
cuentra en el discurso de Agelao en la conferencia de 
Naupacto !”, Advierte Agelao que los griegos deben «evi- 
tar las luchas intestinas y percatarse del peligro que 
se avecina desde Occidente, pues sea el vencedor Roma 
o Cartago, no se conformará con sus límites». Estas 
palabras iban dirigidas fundamentalmente a Filipo de 
Macedonia y tuvieron la virtud de adivinar los puntos 


105 PoLimro, I 4, 2. 

106 PoLimio,-11 12, 7, y sobre todo, K. E. PEIZOLT, Ob. cit., 
páginas 93-100. 

107 Poumro, 1 6, 7; 12, 7. 

108 Polo, II 37, 8. 

109 PoLrBr0o, V 104. 


INTRODUCCIÓN 39 


concretos en los que había de producirse la conexión 
histórica y universal del momento. 

5. Respecto al segundo aspecto, Polibio capta, 
desde muy pronto, que los acontecimientos que se 
producen en el período narrado en su obra penden de 
dos factores básicos que le permiten contemplar de 
«forma sinóptica» 1 los hechos históricos. De un lado, 
la Fortuna, la voluntad ciega de la propia realidad 
histórica, que dirigió casi todos los acontecimientos 
hacia una sola parte y a todos inclinó hacia un único 
y mismo fin'!, De otro, Roma, que, dotada de una 
constitución política excelente y con hombres reflexi- 
vos y llenos de ideas, camina casi inexorablemente 
hacia el éxito total. Conexión, pues, de los hechos his- 
tóricos y mirada sinóptica constituyen las dos carac- 
terísticas fundamentales del concepto de historia uni- 
versal en Polibio. 


G) Las fuentes de la historiografía polibiana 


1. Esta cuestión es harto difícil. Parece evidente 
que Polibio utilizó fuentes literarias, documentos ofi- 
ciales y archivos. Pero cuáles y en qué medida, es 
tema en el que no hay ni seguridad ni unanimidad 
entre los estudiosos. Como observa Walbank'%, «la 
vasta literatura que existe sobre las fuentes de Poli- 
bio es quizá desproporcionada respecto a los resulta- 
dos conseguidos». 

2. Mas de lo que no cabe duda es de que Polibio 
tenía, incluso, un criterio personal en el uso de esas 
fuentes. Un pasaje del libro XII es elocuente en este 


110 PoLIBIO, 1 4, 2. 
1 Porxmio, 1 4, 1. 
12 Commentary, 1, pág. 26. 


40 HISTORIAS 


sentido. Dice!'3 así: «como la medicina, la historia 
pragmática comprende también tres elementos: el pri- 
mero consiste en la información por las fuentes escri- 
tas y la yuxtaposición del material de las mismas; el 
segundo, en la visita a las ciudades y a los países para 
conocer los ríos y los puertos y, en general, las peculia- 
ridades y la distancia de tierra y mar, y el tercero se 
aplica a la actividad política». 

3. Se me antoja que así es como procedió Polibio 
y así es como se debe enfocar el análisis de las fuentes 
polibianas. Que Polibio utilizó fuentes literarias es claro * 
y, sobre todo, para los dos primeros libros. Sin duda 
Arato de Sición, fundador de la Confederación aquea 
y que escribió sus Memorias en treinta libros, así como 
Filarco, autor de una historia de Grecia y Asia en 
veintiocho libros y que abarcaba el período que va 
desde 272-220, constituyeron una fuente para los asun- 
tos de Grecia '*, Igualmente, Fabio Pictor, que mues- 
tra una predilección por la tradición romana, y Filino 
de Agrigento que, por el contrario, descubre simpatía 
por Cartago, debieron servir de antecedentes históricos 
para la narración de los asuntos de Occidente. Desde 
luego, Polibio se inclina más por Fabio que por Filino. 
No obstante, se torna difícil saber, con exactitud, lo 
que Polibio toma de uno o de otro. Los autores 15, en 
este punto, difieren mucho, aparte de que casi todos 
admiten que Polibio utilizó otras fuentes literarias. 

4. Porque, en efecto, no resulta sorprendente el 
que tomara noticias e información de Timeo, sobre 
todo en lo relativo a Hierón !S, pese a que Polibio 





113 PoLiro, XII 25 e. 

114 PoLiBr0, 11 56, 2; 47, 11. 

15M, GELZER, «Rómische Politik bei Fabius Pictor», Hermes 
68 (1933), 129-166, P. PénecH, «Sur les sources de Polybe: Polybe 
et Philinos», REtAn 54 (1952), 246-266. 

116 Porisr0, 1 8, 3-9. 


INTRODUCCIÓN 41 


muestra cierta aversión hacia él. En la misma línea 
pudo utilizar a Éforo, de quien tomó, al menos, la idea 
de historia universal y la de dedicar un libro a la geo- 
grafía 1 

5. A partir del libro 11 y, concretamente, respecto 
a la segunda guerra púnica, se acepta que, por el lado 
romano, siguieron siendo fuente principal 1% Fabio Pic- 
tor y L. Cincio Alimento que, pretor en Sicilia en 210/9 
y prisionero !'* de Aníbal, escribió una historia de Roma 
desde sus orígenes. Por el lado cartaginés, además del 
ya citado Filino, también Sósilo!" de Lacedemonia, 
que, según Diodoro *!, narró en siete libros las empre- 
sas de Aníbal. Quizá Sileno de Calacte, como testigo 
ocular de las hazañas de Aníbal, pudo informar direc- 
tamente a Polibio *?, 

6. De otra parte y ahora no referente a la guerra 
anibálica, cabe suponer que Polibio conoció la obra 
de C. Acilio, que escribió en griego una historia ro- 
mana desde sus comienzos !% hasta el año 184, pese a 
los reparos de Walbank '%, Asimismo, A. Postumio Al- 
bino, autor de una historia pragmática '%. Éstas son 
las líneas principales de las fuentes literarias. Mas debe 
observarse que Polibio asume, frente a las fuentes, 
una postura crítica y nunca de yuxtaposición textual. 
Baste comparar las opiniones de Fabio y también las 
de los historiadores de Aníbal sobre las causas de la 
segunda guerra púnica, para comprender su modo de 


117 PoLiBro, V 33, 2. 

118 PoLxmro, 1 8, 1. 

119 T, Livio, XXI 38, 3. 

122 Porro, III 20, S. 

2 XXVI 4. 

122 Cf. WALBANK, Commentary, I, pág. 28, y MIoN1, Polibio, 
página 121. 

123 CICERÓN, De los Deberes 111 32, 1, 5; T. Livio, XXV 39. 

124 Commentary, 1, pág. 29. 

125 Porro, XXXIX 1. 


42 HISTORIAS 


operar. Para aquéllos, la causa fundamental fue el 
ataque a Sagunto y la ambición de Asdrúbal y Aníbal. 
Para Polibio, en cambio, es precisamente la primera 
guerra púnica, con sus secuelas de odio en los carta- 
gineses y de ambición en los romanos, sobre todo con 
la toma de Cerdeña 1, 

7. De otro tipo son las fuentes de los diversos tra- 
tados, grabados en placas de bronce. Se hallaban éstas 
en el tabularium de los ediles curules sobre el Capito- 
lio. No debe dudarse de que Polibio consultó estos 
tratados, pues son los únicos textos oficiales que cita 
literalmente !”, Cierto es que, al respecto, ha surgido 
la dificultad de que el tratado de 212 entre romanos 
y etolios, cuyo texto se ha encontrado en Acarnania, 
no coincide con la versión que trasmite Livio, tomada 
al parecer de Polibio *%, La dificultad sería, en verdad, 
grave, si el texto fuera el del propio Polibio. 

8. Igualmente puede aceptarse que Polibio consultó 
los Annales Maximi del pontífice Máximo, pese a que 
su publicación, a cargo de P. Mucio Escévola, debió 
de ser hecha entre 131-114. Y, por supuesto, pudo exa- 
minar los archivos privados '* de los Escipiones: Po- 
libio cita! la copia de dos cartas del Africano, una 
enviada al rey Filipo y otra al rey Prusias 3, 

9. Mucho más dudoso resulta el que Polibio con- 
sultara los archivos aqueos. El pasaje XXI1 9-10, donde 
se describe con demasiado detalle una asamblea de 
la Liga aquea, podría apoyar una respuesta afirmativa. 


126 PoLiro, HIT 6, 1 y 9, 6. 

127 A. Díaz TEJERA, «En torno al tratado de paz de Lutacio 
entre Roma y Cartago», Habis 2 (1971), 109-126. 

128 Cf. discusión en PébecH, La Méthode, pág. 383. 

122 R. LAquEUR, Polybius, Leipzig, 1913, págs. 126-146. 

130 X 9, 1. 

131 XXI 8. 


INTRODUCCIÓN 43 


Son muchos los autores Y? que defienden esta tesis. 
Sin embargo, el argumento a favor es débil; pues, de 
un lado, ese calor en la descripción, tratándose de la 
Liga aquea, puede explicarse de la propia vida fami- 
liar de Polibio 3 y, de otro, una respuesta afirmativa 
obligaría a admitir que Polibio escribió su obra después 
del año 146, lo que contradice lo defendido anterior- 
mente %%, 

10. Más problemático todavía resulta aceptar que 
el historiador griego consultó los archivos rodios y los 
archivos del Senado romano. En el primer caso, el 
pasaje XVI 15, 8, donde Polibio critica a Zenón y a 
Antístenes por considerar éstos que fueron los rodios 
los vencedores en la batalla de Lade, «según —dice— 
se conserva en el Pritaneo de los rodios», no permite, 
sin más, claro es, una postura positiva. Respecto al 
segundo caso, la información de las sesiones del Senado 
podría haberla recibido Polibio del círculo de los Esci- 
piones sin necesidad de una consulta directa. Que ésta 
le estuviera permitida, no es extraño, pero no hay in- 
dicio alguno que lo pruebe. 


II. TRANSMISIÓN DEL TEXTO DE LAS «HISTORIAS» DE 
POLIBIO 


A) Tradición manuscrita 


1. De Polibio, como es normal en una obra de la 
antigiiedad, se dispone de citas de autores clásicos, 
algunas de interés, como la de Ateneo, porque indican 
el número del libro del que han sido tomadas. De otra 
parte, los papiros han sido poco generosos con Poli- 





132 Cf. MioN1, Polibio, pág. 123 y bibliografía. 
133 Cf. aquí págs. 7 y sigs. 
134 Cf. pág. 22. 


44 HISTORIAS 


bio: el más importante es el Pap. Berlin 9570, editado 
por U. Wilcken y que apoya conjeturas antiguas. Pero 
el texto de la obra histórica de Polibio nos ha llegado 
fundamentalmente a través de manuscritos. Y se im- 
pone señalar que sobre la tradición manuscrita de 
Polibio se cuenta con un libro de J. M. Moore 'S, que 
analiza todos los problemas al respecto, con especial 
atención a la mutua relación entre las distintas fami- 
lias y, dentro de éstas, de los diferentes manuscritos. 

2. Pues bien, dentro de la tradición manuscrita 
cabe conformar tres grupos diferenciados, no ya por 
su contenido, sino también por su procedencia. El pri- 
mer grupo lo constituyen los manuscritos que contie- 
nen íntegros los cinco primeros libros. Los más impor- 
tantes son: Vaticanus Gr. 124 (A), del siglo x: se trata 
de un magnífico manuscrito en pergamino; Londinensis 
Gr. 11728 (B), del siglo xv, y procede directamente del 
anterior; Monacensis Gr. 157 (C), que, sobre base pa- 
leográfica, ha sido fechado en el siglo xv y gusta de 
correcciones propias; Monacensis Gr. 388 (D), del si- 
glo XIv, que fue colacionado con la edición príncipe; 
Parisinus Gr. 1648 (E), de hacia finales del siglo XIV; 
Vaticanus Gr. 1005 (Z), de finales del siglo xIv, del que 
he colacionado 1% la parte dedicada al libro 1, y lo he 
utilizado en mi edición: Vindobonensis Phil. Gr. 59 (D, 
un manuscrito excelente del siglo xv: sólo contiene el 
libro 1 y no completo, y la parte final del V 94, 9-111-10. 
También lo he colacionado 1? y ha sido utilizado en mi 
edición. Este grupo, del que existen otros manuscritos 


135 The manuscript tradition of Polybius, Cambridge, 1965. 
Al respecto, cf. mi reseña en Emerita 34 (1966), págs. 219 y sigs. 
Asimismo, mi artículo «Análisis de los manuscritos polibianos 
Vaticanus Gr. 1005 y Vindobonensis Gr. 59 y de sus aportacio- 
nes al libro 1 de las Historias», Emerita 35 (1968), 121-147. 

136 Cf. Díaz TEJERA, art. cit., pág. 121. 

137 Díaz TEJERA, art. cit, 


INTRODUCCIÓN 45 


muy recientes 1%, es dividido en dos secciones: una, 
los manuscritos A y B, con escolios, y otra, C DEZJ, 
sin escolios, y que recibe el nombre de tradición bi- 
zantina. 

3.' El segundo grupo lo forman aquellos manuscri- 
tos que derivan de un florilegio antiguo con extractos 
de los dieciocho primeros libros. A todo este grupo se 
le denomina excerpta antigua. Entre todos los códices 
sobresale el Urbinas 102 (F), quizá del siglo X, que es 
el único manuscrito que contiene extractos de los li- 
bros I-XVIII. Ninguno de los demás transmite frag- 
mentos de los cinco primeros libros, y de aquí que el 
nombre de excerpta antigua se aplique, en general, a 
aquellos manuscritos que contienen fragmentos a partir 
del VI hasta el XVII *. Con todo, no existe homoge- 
neidad en este grupo, hasta el punto de que se lo di- 
vide en tres apartados: a) los manuscritos que con- 
tienen extractos de los libros VI-XVITI. Entre ellos, por 
citar algunos '*, además del Urbinas 102, ya menciona- 
do, están el Monacensis Gr. 338 (D), que tiene la par- 
ticularidad —y, por eso, fue incluido en el primer gru- 
po— de que transmite íntegros los cinco primeros 
libros. Lo mismo ha de decirse del Mediceus Lauren- 
tianus Gr. 699 (G). La diferencia entre el D y G consiste 
en que el D está escrito de la misma mano, mientras 
que el G presenta distinta mano a partir del VI. Por 
último, debe añadirse el Parisinus Bibl. Nat. Gr. 2967, 
posiblemente del siglo xv. b) Este apartado lo compo- 
nen aquellos códices que transmiten extractos de los 
libros VII-XVIITI, pero omiten ' los del libro VI. Son 





138 Cf. SCHWEIGHAEUSER, Polybii «Historiarum» quidquid su- 
perest, Oxford, 1822, pág. 109. 

139 MOORE, ob. cit., pág. 55. 

140 La lista completa, en MOORE, Ob. cit., págs. 56 y sigs. 

141 Cf. MOORE, ob. cit., pág. 74. 


46 HISTORIAS 


un total de trece y se les asigna la letra G con subíndice 
numérico. Entre ellos se encuentra un Matritensis 
Gr. 4741, del siglo xv1. c) El tercer apartado lo forman 
los manuscritos que ofrecen extractos de los libros VI, 
XVIII y X, por este orden. Son un total de trece. Se 
los designa con la letra H seguida de subíndice numé- 
rico. Los más básicos son Mediceus Laurentianus 80, 
13 (H), Marcianus Gr. VIT (H) y Leidensis Gr. 2 (H). 

4. Como se sabe, la edición príncipe de los libros 
VIXVIIT fue publicada por Hervagen, en Basilea, en 
el año 1549. Se admite, aunque con ciertas dificultades, 
que esta edición tuvo como fuente un manuscrito es- 
curialense, numerado VIB6, perdido en el incendio de 
1671. Si es así, lo que es previsible, la edición herva- 
giana sería un superviviente del manuscrito escuria- 
lense. De otro lado, conviene señalar que existen ma- 
nuscritos 1% que contienen pequeñas partes de los ex- 
cerpta antigua. Entre ellos se cuenta con un Scorialen- 
sis Y-I1I-10, posiblemente del siglo XVII y que presenta 
tres manos diferentes, correspondientes a los distintos 
extractos. 

5. Finalmente, llegamos al tercer grupo, denomi- 
nado excerpta constantiniana. Es la fuente principal 
para los libros XX-XXXIX, pues del XIX y XL no 
queda nada, salvo citas de autores antiguos. Estas 
compilaciones se hicieron por encargo de Constantino 
Porfirogéneta y abarcaban a los historiadores antiguos. 
Se dividieron en cincuenta y tres títulos, de los que 
sólo han sobrevivido seis: De uirtutibus et uitiis, De 
sententiis, De insidiis, De stratagematis, De legationibus 
gentium ad Romanos y De legationibus Romanorum ad 
gentes. Cada uno de esos títulos está representado por 
uno o varios manuscritos: a los extractos De uirtutibus 
et uitiis los representa el manuscrito Turonensis 980 


182 Cf. MOORE, ob. cit., págs. 109 y sigs. 


INTRODUCCIÓN 47 


(P); a los extractos De sententiis, el Vaticanus Gr. 73 
(M), un palimpsesto descubierto a principios del siglo 
pasado por Angelo Mai, del siglo X. Es muy importante, 
porque también contiene extractos de todos los libros 
anteriores, lo que permite configurar, en comparación 
con los otros códices, toda la tradición manuscrita 
de Polibio. Los extractos De insidiis los transmite el 
Scorialensis 111 (Q), de primera mitad del siglo XVI: 
para la edición de este título sólo se cuenta con este 
manuscrito, pues el otro, un Parisinus, está muy in- 
completo. Los extractos De stratagematis se encuentran 
en un Parisinus Gr. 607 (T), de hacia el siglo X. 

6. Mayor complejidad ofrecen los extractos De 
legationibus. Se acepta que tanto los manuscritos de 
«las delegaciones de los romanos ante los pueblos» 
como de las de «los pueblos ante los romanos» proce- 
den de un manuscrito Scorialensis 1.4, perdido en el 
incendio ya mencionado de 1671. Aparte esta noticia, 
varios son los manuscritos 14 que contienen los extrac- 
tos De legationibus gentium ad Romanos: entre ellos 
un Scorialensis RIII21, que debe ser completado con 
el Scorialensis RIIT13, pues transmite lo que falta a 
aquél. Asimismo, son varios los que ofrecen los extrac- 
tos De legationibus Romanorum ad gentes, y también 
aquí se dispone de un Scorialensis RIIT14. 


B) Ediciones y traducciones 


1. Dada la complejidad en la transmisión manus- 
crita de la obra de Polibio, no es de extrañar que a 
la edición completa de las Historias, precedieran edi- 
ciones parciales, acompañadas de todo tipo de dificub 
tades y deficiencias. En realidad, hasta la edición de 
Isaac Casaubon, dada en París, en 1609, no puede afir- 


143 Cf. MOORE, ob. cit., pág. 140. 


48 HISTORIAS 


marse que Polibio dispone de una edición más o menos 
completa. 

2. Antes, en 1530, Vicente Heinecker, más conocido 
con el nombre de Obsopeo, editó los cinco primeros 
libros y añadió, al final, la versión latina que había 
confeccionado Nicolás '* Perotti. Años más tarde, en 
1549, en Basilea, Juan Hervagen amplió el texto de 
edición hasta el libro XVII. Hasta el XV lo tradujo 
Nicolás Perotti. Por primera vez se editan los extractos 
antiguos y, según hemos indicado, el manuscrito que 
sirvió de base fue el Scorialensis VIB6. Poco después, 
comienza, en parte, la edición de los extractos constan- 
tinianos, por separado, según los títulos: los primeros 
fueron los De legationibus, a cargo de Fulvio Orsini. 
Debe decirse que los manuscritos sobre los que Or- 
sini se basó pertenecieron al arzobispo de Tarragona, 
Antonio Agustín, en los que éste había anotado al mar- 
gen importantes observaciones y que Orsini utilizó sin 
mencionarlo. 

3. Por entonces aparece la edición de Casaubon, 
que aprovecha las ediciones parciales anteriores, aña- 
de una nueva versión latina y confecciona una si- 
nopsis cronológica. Pero lo importante es señalar que, 
para los extractos antiguos, utiliza el manuscrito Ur- 
binas 102 (F). Con todo, Polibio no era editado com- 
pleto: faltaban otros títulos de los extractos constan- 
tinianos. Henri de Valois publicó los de De uirtutibus 
que luego recoge Jacob Gronov en una edición en tres 
volúmenes, publicada en 1670 y reimpresa en Leipzig 
en 1764. Por la misma fecha, 1763-4, ve la luz la edición 
de Ernesti, sin novedad textual alguna, aunque sí con 
un interesante glosario. Mas mención aparte merece la 
edición de Schweigháuser, en ocho volúmenes, publi- 
cada en Leipzig en 1789-1795. Lleva traducción —la de 


144 Cf. SCHWEIGHAEUSER, Ob. cit., pág. 74. 


INTRODUCCIÓN 49 


Casaubon corregida—, un amplio comentario y un lé- 
xico que, aunque no completo, ha sido el único hasta 
estos años en que está en vías de publicación el ex- 
celente de Mauersberger. En honor de Schweigháuser 
hay que hacer notar que todos los estudios posterio- 
res que sobre Polibio se han hecho dependen en gran 
medida de esta edición. 

4. Todavía la edición de Schweigháuser no es com- 
pleta. Posteriormente a ella se editan los extractos De 
sententiis, De insidiis, y De stratagematis. Estas edicio- 
nes parciales despiertan la conciencia de que Polibio 
necesita una edición íntegra y total. Primero aparece 
la de F. Diibner, patrocinada por la casa Didot, en París 
y en 1839. Luego, la de Bekker, en Berlín, en 1841. 
Poco más tarde, la de Dindorf en la colección Teubne- 
riana, en cuatro volúmenes, Leipzig, 1866-68. Esta edi- 
ción, corregida y muy mejorada por Biittner-Wobst, 
aparece de nuevo en cinco volúmenes en 1882-1905, y 
todavía los volúmenes 1-11 son perfecccionados en su 
aparato crítico en 1922-24. Para Weidmann, Hultsch rea- 
liza una edición en cuatro volúmenes, Berlín, 1867-72, 
que a mí me parece un modelo de trabajo. Con obser- 
vaciones muy pertinentes se reeditan los volúmenes 1-II 
en los años 1888 y 1892, respectivamente. 

5. A partir de las ediciones de Biittner-Wobst y de 
Hultsch, el texto de las Historias de Polibio ha quedado 
fijado en su totalidad en relación, naturalmente, con 
la transmisión de los manuscritos. Pese a ello, ha de 
añadirse, dentro de la Loeb Classical Library, la de 
W. Paton, con traducción en seis volúmenes y que ya 
lleva tres ediciones: la primera apareció en 1922. El 
texto griego sigue el elaborado por Biittner-Wobst. En 
vías de publicación, la fundación Budé lleva a cabo la 
edición de la obra polibiana a cargo de dos especia- 
listas, P. Pédech y J. de Foucault. Esta edición utiliza 
ya el manuscrito Vaticanus Gr. 1005 (Z). En España, 


38. —4 


50 HISTORIAS 


la Fundación Bernat Metge ha editado con traducción 
en catalán los cinco primeros libros, a cargo de A. Ra- 
mon y Arrufat, en 1929. Esta edición continúa hoy día 
bajo la responsabilidad de M. Balasch, que ya ha pu- 
blicado hasta el libro XII. El texto sobre el que se 
apoya es, asimismo, el de Biittner-Wobst. Por último, 
la Colección Hispánica, Alma Mater, ha iniciado una 
edición a cargo de Díaz Tejera, de la que sólo ha sido 
publicado un tomo que contiene parte del libro 1. Esta 
edición utiliza por primera vez el manuscrito Vindobo- 
nensis Phil. Gr. 59 (J). 

6. En cuanto a traducciones, dejando a un lado 
las ya citadas por ser a su vez ediciones, indicamos la 
de Evelyn S. Shuckburgh, The Historiae of Polybius, 
dos vols., Bloomington, 1889. Esta traducción se ha 
reeditado en 1962 con una introducción de Walbank, 
En París, y en 1921, Pierre Waltz ha traducido a Poli- 
bio en cuatro volúmenes. En Italia, G. B. Cardona, en 
dos volúmenes y en los años 1948-49, ha realizado una 
buena traducción acompañada de numerosas noticias 
sobre la transmisión manuscrita. En Alemania se cuen- 
ta con la de Hans Drexler, en dos volúmenes, editada 
en Zurich en 1961; aparte la traducción en sí, que es 
excelente, al final se ofrece un índice de los aspectos 
históricos más interesantes. En España existe una tra- 
ducción de Ambrosio Ruy Bamba, helenista del si- 
glo XvIIL, cuyo título es así: Historia de Polibio Mega- 
politano, traducida del griego por D. Ambrosio Rui (sic) 
Bamba, Madrid, en la Imprenta Real, MDCCLXXXVIIT. 
Se reeditó en 1914. La traducción sigue la edición de 
Juan Pablo Krauss, hecha en 1764. 


A. Díaz TEJERA 


ROCA 


BIBLIOGRAFÍA 


A) Estudios generales sobre Polibio 


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zipien griechischer und rómischer Historiographie bei Polybios, 
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keit des Polybios, Rostock, 1930. 

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MANN, C. NicoLEr, C. WUNDERER, Polybios; Lebens- und Welt- 


ma 


52 HISTORIAS 


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Leipzig, 1927. 
K. ZIBGLER, «Polybios» (1), RE 21, cols. 1439-1578 (1953). 


B) Composición de las «Historias» 


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Polybios», Hermes 735 (1940), 23-37. 

— Die Achaica im Geschichtswerk des Polybios, Berlín, 1940. 

— Uber die Arbeitswiese des Polybios, Sitzung, 1956. 

— Die pragmatische Geschichtsschreibung des Polybios, Berlín, 
1955. 

M. GIGANTE, «La Crisi di Polibio», La Parola del Passato 6 (1951), 
31.53. 

R. HArTSTEIN, «Uber die Abfassunszeit der Geschichten des Po- 
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Quart. 39 (1945), 1-18. 


Cy Estudios sobre problemas históricos 


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D) Sobre las fuentes de Polibio 


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P. Bunc, Fabius Pictor der erste rómische Analist. Untersuchun- 
gen zur tiber Aufbau Stil und Inhalt seines Geschichtswerkes 
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J. VaLerON, De Polvbii fontibus et auctoritate disputatio critica, 
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E) Sobre el libro VI y su contenido 


C. O. BRINK, F. W. WALBANK, «The construction of the sixth book 
of Polybius», Class. Quart. 49 (1954), 97-122. 

A. Díaz TEJERA, «Análisis del -libro Vi de las Historias de Poli- 
bio respecto a la concepción cíclica de las Constituciones», 
Habis 6 (1975), 23-34, 

K. von FRITZ, The theory of the mixed constitution in Anti- 
quity. A critical analysis of Polybius' political ideas, Nueva 
York, 1954. 


54 HISTORIAS 


K. GLaser, Polybios als politischer Denker, Viena, 1940. 

W. THEuER, «Schichten im 6. Buch des Polybios», Hermes 81 
(1953), 296-302, 

F. W. WALBANK, «Polybius and Roman constitution», Class. Quart. 
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F) Sobre diversas cuestiones 


A. ÁLVAREZ DE MIRANDA, «La irreligiosidad en Polibio», Emerita 
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M. BaLasch, «La religiosidad en Polibio», Helmantica 23 (1972), 
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T. BUTTNER-WobsT, Die Florentinen Handschriften des Polybios, 
Leipzig, 189. 

A. Díaz TEJERA, «Análisis de los manuscritos polibianos Vatica- 
nus Gr. 1005 y Vindobonensis Gr. 59 y de sus aportaciones 
al libro I de las Historias», Emerita 35 (1968), 121-147. 

— «Concordancias terminológicas con la Poética en la historia 
universal: Aristóteles y Polibio», Habis 9 (1978), 33-48. 

P. FRAccaRO, «Polibio e l'accampamento romano», Athenaeum 
(1934), 154-161. 

P. PébecH, «La méthode chronologique de Polybe, d'apres le 
récit des invasions gauloises», Comt. rend. de l'Acad. des 
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J. ValLeJO, «Polibio y la geografía de España», Emerita 22 (1954), 
278-288. 

— «Livio, XXI 17 (XXI 25 y 26), Polibio, 111 40 (con III 107) 
¿textos irreconciliables?», Emerita 12 (1944), 140-152. 

F, W. WaLBANK, «The geography of Polybius», Class. Mediaev. 9 
(1947), 155-182. 


G) Léxicos y comentario 


A. MAUERSBERGER, Polybios-lexicon, a-k..., Berlín, 1956-1966. 

J. SCHWIEGHAEUSER, Polybii quidquid superest, vol. VIII, Leip- 
zig, 1975. Reimpreso por separado, Oxford, 1882. 

F, W. WaLBANkK, A historical Commentarv on Polwbius, I-II, 
Oxford, 1957, 1967, 197... 


LIBRO 1Il 


En el primer libro de la obra 

tomada en su conjunto, es decir, 

Finalidad de la obra el tercero anterior a éste, deja- 

mos claro que establecíamos 

como principio de nuestro trata- 

do la Guerra Social, la Anibálica y la de Celesiria: en 

el mismo libro expusimos, igualmente, las causas que 

nos hicieron componer los librós precedentes, remon- 

tándonos a tiempos anteriores a estos sucesos. Ahora 

intentaremos exponer científicamente las guerras cita- 

das, las causas por las que surgieron y alcanzaron tan 

gran extensión; pero antes hablaremos brevemente 
acerca de mi trabajo!. 

El tema sobre el que intentamos tratar es un único 

hecho y un único espectáculo, es decir, cómo, cuándo 

y por qué todas las partes conocidas del mundo cono- 


1 Polibio considera que en este tercer libro empieza su 
verdadero trabajo personal. La guerra de los aliados ocupa la 
mayor parte del libro cuarto y buena parte del quinto. La ani- 
bálica es la segunda guerra púnica, como ya se ha notado re- 
petidamente, que llena buena parte de este libro tercero. La 
guerra de Celesiria es la cuarta guerra entre Antíoco III el 
Grande y Ptolomeo Filopátor. En cuanto a la fecha de inicia- 
ción, hay discordancia: mientras JULES DE FOUCAULT, en su edi- 
ción del tercer libro de Polibio, París, 1971 (citado desde ahora 
Foucau£r, Polybe, 1D), pág. 30, la pone en el 219, BENGTSON, 
Geschichte, pág. 368, la sitúa entre los años 221/217. 


10 


2 


272 HISTORIAS 


cido han caído bajo la dominación romana. Ésta tiene 
un principio conocido, una duración delimitada y un 
resultado notorio, de modo que creemos que va a ser 
útil recordar y recapitular brevemente las partes prin- 
cipales de este período, ordenadas de principio a fin. 
Es de suponer que así, más que de otro modo, se pro- 
porcionará a los estudiosos una visión adecuada del 
conjunto de nuestra empresa. En efecto, dado que el 
espíritu progresa mucho si desde el todo llega al co- 
nocimiento de los asuntos en detalle, y mucho también 
si desde éstos avanza en el conocimiento de la tota- 
lidad, creemos que el mejor método y visión es el que 
se hace desde ambas perspectivas. Por ello trazaremos 
un esquema preliminar de nuestra historia de acuerdo 
con lo apuntado. 

Ya hemos señalado la forma y los límites de esta 
investigación ?. Por lo que se refiere a los hechos con- 
cretos ocurridos en ella, se empezará por las guerras 
ya citadas, y su final coronamiento lo constituirá la 
destrucción del reino de Macedonia; el tiempo abar- 
cado son cincuenta y tres años3, período que com- 
prende acciones tan numerosas y de tanta envergadura 
que, en un lapso igual de tiempo, no se han dado jamás 
en épocas anteriores. Tomando como punto de partida 
la Olimpíada ciento cuarenta *, en la exposición se se- 
guirá el orden siguiente: 

Tras exponer las causas por las que estalló la gue- 
rra ya citada entre cartagineses y romanos, llamada 
Anibálica, se describirá la invasión de Italia por parte 
de los cartagineses, cómo 'arruinaron la dominación 
romana e infundieron a aquéllos un gran temor por 


2 Al principio mismo de la obra, 1 1, 54. 

3 En los años 210/168. 

4 Comprende los años 220/216. Es de notar que los libros 
XXII y XXIII de Trro Livio reproducen casi literalmente este 
tercero de Polibio. 


LIBRO III 273 


sus vidas y por los fundamentos de su patria, mien- 
tras que los mismos cartagineses llegaron a abrigar 
grandes e imprevistas esperanzas de tomar por asalto 
la misma ciudad de Roma. 

A continuación intentaremos explicar cómo, en esta 
época, Filipo de Macedonia* libró una guerra contra 
los etolios, tras la cual dispuso los asuntos de Grecia 
y se lanzó a compartir las esperanzas de los cartagi- 
neses. Antíoco y Ptolomeo Filopátor andaban a la 
greña y, al final, estalló entre ellos una guerra por la 
posesión de Celesiria %. Los rodios y Prusias declararon 
la guerra a los bizantinos y les forzaron a cesar en el 
cobro de peaje a los que navegaban hacia Ponto”. 

Aquí detendremos nuestra exposición y trataremos 
de la constitución romana $; demostraremos luego que 
las características de esta constitución contribuyeron, 
al máximo, no sólo a que los romanos dominaran Ita- 
lia y Sicilia, sino también a que extendieran su imperio 
a los iberos y a los galos ?, y además a que, tras derro- 
tar militarmente a los cartagineses, llegaran a concebir 
el proyecto de dominar el universo. 

Paralelamente a todo ello aclaremos, en una di- 
gresión, el derrocamiento de la tiranía de Hierón en 
Siracusa , Enlazaremos con estos temas los distur- 
bios ocurridos en Egipto, la coalición, efectuada tras 
la muerte del rey Ptolomeo, de Antíoco y Filipo para 
repartirse el imperio legado al joven príncipe heredero, 


5 Filipo V de Macedonia. 

6 La Celesiria es una pequeña región situada entre las cor- 
dilleras del Líbano y del Antilíbano. 

7 Esto se narra en el libro IV 31-37. 

3 Ya se ha dicho más arriba, en una nota, que este estudio 
se verifica en el libro sexto. El lugar es, exactamente, VI 11-18. 

9 La narración polibiana de la campaña romana en la Galia 
no nos ha llegado. 

10 Cf. VII 28, y VINIL 3-7 y 37. De los disturbios de Egipto 
no nos queda nada en los extractos restantes de Polibio. 


22 12 


274 HISTORIAS 


y cómo empezaron las insidias y manejos de Filipo 
contra Egipto, Caria y Samos, y las de Antíoco contra 
Celesiria y Fenicia. 

A continuación, tras una recapitulación !! de las ope- 
raciones de romanos y cartagineses en España, en 
África y en Sicilia, desplazaremos nuestra exposición 
a tierras de Grecia, con los grandes cambios que allí 
hubo. Narraremos las batallas navales de AÁtalo y de 
los rodios contra Filipo y la guerra de éste contra los 
romanos !?, cómo se desarrollaron, sus causas y su 
desenlace. A esto añadiremos, sin interrupción, el re- 
cuerdo de la cólera de los etolios, con la que arrastra- 
ron a Antíoco y, desde el Asia, encendieron una guerra 
contra aqueos y romanos 3, 

Después de aclarar sus causas y el paso de Antíoco 
a Europa, explicaremos, en primer lugar, cómo consi- 
guió huir de Grecia; en segundo lugar, cómo, derrotado, 
abandonó los territorios que están a este lado de la 
cordillera del Tauro. En tercer lugar, cómo los roma- 
nos, tras haber humillado la soberbia de los galos, se 
aprestaron a dominar, sin admitir rivales, los territo- 
rios asiáticos y liberaron a los habitantes de la parte 
hacia acá del Tauro, del terror de los bárbaros y de 
la injusticia de los galos. Seguidamente, tras poner la 
vista en los desastres de etolios y cefalenios “, entra- 
remos en las guerras que Éumenes trabó contra Pru- 
sias y los galos *5; igualmente, en la guerra que hubo 


11 Aquí hay cierta divergencia en el vertido del verbo griego 
original. Mientras Schweigháuser traduce «in brevem summam 
contrahere», es decir, «resumir», WALBANK, Commentary, ad loc., 
traduce «recapitular». Foucault elude el problema con una tra- 
ducción muy libre. 

12 Es la segunda guerra de Macedonia, narrada por Polibio 
en su libro XVIII. 

13 Todo esto nos ha llegado sólo en parte. Cf. XXI 17. 

14 Cf. XXI 35-32 b. 

15 La guerra de Prusias de Bitinia contra Éumenes II de 


LIBRO 1H 275 


entre Ariarato y Farnaces*'. Luego haremos mención 
de la pacificación y concordia que reinó en el Pelopo- 
neso, así como del auge de la república de Rodas ", y 
ofreceremos un resumen de toda nuestra exposición y 
de las acciones que contiene. Finalmente, trataremos 
la expedición de Antíoco Epifanes contra Egipto, la 
guerra persa y el derrumbamiento del imperio mace- 
donio. Paralelamente a todo ello se irá viendo cómo 
manejaron los romanos cada asunto y cómo lograron 
someter todo el mundo a su imperio. 

Si por sí solos los éxitos o los 
fracasos permitieran emitir un 
juicio suficiente sobre los hom- 
bres o los gobiernos, desprecia- 
bles o laudables, según el pro- 
grama inicial nosotros deberíamos pararnos aquí y 
concluir simultáneamente nuestra exposición e histo- 
ria con las acciones citadas en último lugar. En efec- 
to: el lapso de los cincuenta y tres años termina en 
ellas, y el progreso y el avance del imperio romano ya 
había culminado. Además, daba la impresión de que 
era notoria e ineludible para todos la sumisión a los 
romanos y la obediencia a sus órdenes. Pero los jui- 
cios sobre vencedores y vencidos extraídos simplemente 
de los propios combates son insuficientes. Lo que mu- 
chos han creído un triunfo insuperable, si no se ex- 
plotó con acierto ha comportado grandes desastres, 
mientras que a no pocos que han soportado con ente- 
reza las desgracias más escalofriantes, éstas han aca- 
bado por convertírseles en ventajas. A las acciones 
mencionadas habría de añadirse un juicio sobre la 


Reflexiones sobre 
estos sucesos 


Pérgamo estaba en el libro XXIT, pero su narración polibiana 
se ha perdido. 

16 Cf. XXIIMI 9, 1-3; XXIV 1, 1-3; 5; 14-15; XXV 2, 

17 Cf. XXI 24, 7; 46, 8. 


8 


10 


11 


12 


13 


276 HISTORIAS 


conducta posterior de los vencedores, sobre cómo go- 
bernaron el mundo, la aceptación y opinión que de 
su liderazgo tenían los demás pueblos; se deben in- 
vestigar, además, las tendencias y ambiciones predo- 
minantes en cada uno, que se impusieron en las vidas 
privadas y en la administración pública. 

Es indiscutible que por este estudio nuestros con- 
temporáneos verán si se debe rehuir la dominación 
romana o, por el contrario, si se debe buscar, y nues- 
tros descendientes comprenderán si el poder romano 
es digno de elogio y de emulación, o si merece repro- 
ches. La máxima utilidad de nuestra historia, en el 
presente y en el futuro, radica en este aspecto '!, No 
hay que suponer que, ni en sus dirigentes ni en sus 
expositores, la finalidad de las empresas sea vencer y 
someter a todos. Nadie que esté en su sano juicio 
guerrea contra los vecinos por el sólo hecho de luchar, 
ni navega por el mar sólo por el gusto de cruzarlo, 
ni aprende artes o técnicas sólo por el conocimiento 
en sí! Todos obran siempre por el placer que sigue 
a las obras, o la belleza, o la conveniencia. 

Por eso la culminación de esta historia será cono- 
cer cuál fue la situación de cada pueblo después de 
verse sometido, de haber caído bajo el dominio ro- 
mano, hasta las turbulencias y revoluciones que, des- 
pués de estos hechos, se han reproducido. En vistas a 
la importancia de las acciones que entonces se desarro- 
llaron y al carácter extraordinario de los aconteci- 
mientos, pero también —y esto es lo más importante— 
en razón del hecho de que yo he sido no solamente 
espectador, sino unas veces colaborador y otras diri- 
gente, he emprendido la redacción, por así decir, de 


18 Polibio insiste en conceptos ya expuestos, cf. 1 1-3. 
19 Aquí hay ciertos ecos de doctrina estoica. 


LIBRO HI 277 


una historia nueva, tomando un punto de partida nuevo 
también. 

Los trastornos a que me refería son los siguientes: 
los romanos hicieron la guerra a los celtíberos y a los 
vacceos %, mientras que los cartagineses guerrearon 
contra Masinisa, rey de Libia”. En Asia, Átalo y Pru- 
sias se combatían mutuamente y el rey de Capadocia, 
Ariarates, expulsado de su trono por Orofernes con la 
ayuda del rey Demetrio”, recuperó el reino que le 
legara su padre apoyado por Átalo”. Por otro lado, 
Demetrio, hijo de Seleuco, tras reinar en Siria durante 
doce años, perdió a la vez la vida y el imperio, al 
coaligarse contra él los demás reyes. Y también los 
romanos levantaron la acusación de que habían sido 
objeto los griegos inculpados en la guerra de Perseo 
y les reintegraron a sus países *. Y los mismos romanos 
atacaron, poco tiempo después, a los cartagineses, con 
el propósito, primero, de forzarles a expatriarse, y des- 
pués de aniquilarles totalmente, por las causas que se 
expondrán a continuación. Paralelamente a estos he- 
chos, al romper los macedonios la amistad con los 
romanos y abandonar los lacedemonios la Liga aquea, 
se inició el proceso que conduciría a la ruina total de 
Grecia. 

De modo que éste es nuestro plan. Pero aún depen- 
de de la Fortuna que mi vida dure lo suficiente para 


2 Es la segunda campaña romana en España contra na- 
tivos del país. Quedan fragmentos de su narración en Polibio, 
XXXV 1-5, 

21 Polibio narró esta guerra en el libro XXXI, pero nos 
queda sólo una leve referencia a ella en XXXI 21. 

22 Es Demetrio 1 Soter, que reinó en Siria (162-150). 

23 Atalo 11 de Pérgamo (160-139). 

2 La referencia es a los supervivientes de la batalla de 
Pidna, en la que los romanos, en el año 168, derrotaron a 
Perseo, el último rey de Macedonia, e iniciaron prácticamente 
su dominio universal. Cf., con todo, la nota 20 del libro 1. 


278 HISTORIAS 


8 llevar nuestro propósito hasta el final. Sin embargo, 
estoy convencido de que si nos ocurre lo que es propio 
de los hombres, el proyecto no quedará en el aire ni 
le faltarán hombres cabales; su belleza atraerá a mu- 
chos que lo tomarán bajo su responsabilidad y se 
esforzarán por llevarlo a cabo. 

9 Después que hemos pasado revista, resumidamente, 
a las acciones más sobresalientes, con la intención de 
conducir a los lectores al conocimiento del conjunto y 
las partes de nuestra Historia general, ya es hora, pues, 
de recordar nuestro propósito y de que abordemos el 
principio de nuestra materia. 


6 Algunos tratadistas de la histo- 
Guerra de Aníbal. ria de Aníbal, al querer señalar- 
Precisiones nos las causas de la guerra en 
terminológicas cuestión entre romanos y carta- 


gineses, aducen primero el asedio 

2 de Sagunto por parte de los cartagineses y, en segundo 
lugar, su paso, en contra de los tratados, del río que 
3 los naturales del país llaman Ebro”. Yo podría afir- 
mar que éstos fueron los comienzos de la guerra, pero 
negaría rotundamente que fueron sus causas % —¡nada 

4 de estol—, a no ser que alguien diga que el paso de 
Alejandro a Asia fue la causa de su guerra contra los 
persas y que el desembarco de Antíoco en Demetrias 
fue la causa de su guerra contra los romanos; ninguna 
de estas afirmaciones responde a la verdad y a la ló- 
s gica. ¿Quién creería, en efecto, que radica aquí la 
verdadera causa de los muchos preparativos que pre- 


25 Aquí la confusión de Polibio es segura: no se trata del 
río Ebro, sino del Júcar. 

2 Un buen comentario a estas precisiones terminológicas 
lo ofrece WALBANK, Commentary, ad loc., y Díaz TEJBRA, Polibio, 
páginas LXXIV-LXXXIV. La impresión general que se extrae 
es la de que el pensamiento de Polibio no es tan profundo 
como el de Tucídides. 


LIBRO III 279 


viamente realizó Alejandro y de los no pocos que Fi- 
lipo, vivo aún, dispuso para la guerra contra los per- 
sas? Lo mismo cabe decir de los etolios, antes de que 
se les presentara Antíoco, por lo que hace a su guerra 
contra los romanos. Éstas son cosas propias de hom- 
bres que no han descubierto en qué se diferencia y 
cuánto se contrapone el inicio de la causa y el pre- 
texto. Porque la causa y el pretexto son lo primero 
de todo, y el inicio, en cambio, la última parte de las 
mencionadas. 

Yo sostengo que los inicios de todo son los prime- 
ros intentos y la ejecución de obras ya decididas; 
causas son, en cambio, lo que antecede y conduce 
hacia los juicios y las opiniones; me refiero a nuestras 
concepciones y disposiciones y a los cálculos relacio- 
nados con ellas: gracias a ellas llegamos a juzgar y 
decidir. Mi aseveración se comprenderá mejor con 
ejemplos. Cuáles fueron realmente las causas y de 
dónde surgió la guerra contra los persas, puede verlo 
cualquiera. 

La primera fue la retirada de los griegos bajo el 
mando de Jenofonte desde las satrapías del interior”, 
retirada en la que recorrieron toda el Asia*, que les 
era hostil, y, sin embargo, ningún bárbaro osó hacerles 
frente. La segunda fue el paso de Agesilao, rey de La- 
cedemonia, en el cual no encontró ningún adversario 
importante ni de su altura, y, sin realizar sus proyec- 
tos, se vio obligado a regresar por los disturbios que 


2771 No se refiere a las guerras médicas, sino a la campaña 
de Ciro contra Artajerjes, en la que interviene un cuerpo 
griego expedicionario de diez mil hombres. Es la obra clásica 
de JENOFONTE, la Anábasis, la que narra este hecho. Esta cam- 
paña tuvo lugar en el año 401. 

23 Se refiere a la expedición, del año 396, del rey espartano 
Agesilao al Asia con ocho mil espartanos, en la que no logró 
nada resonante. 


yA 


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11 


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14 


6 


280 HISTORIAS 


estallaron en Grecia. De resultas de esto, Filipo com- 
prendió y dedujo la cobardía y malicia de los persas 
frente a su propia buena disposición, y la de los ma- 
cedonios para las acciones bélicas. Puso, además ante 
sus ojos, la magnitud y la belleza de los trofeos que 
se seguirían de la guerra. Así que se hubo captado la 
adhesión unánime de los griegos, usando al punto el 
pretexto de que corría prisa vengarse de los ultrajes 
que les habían inferido los persas, tomó impulso y se 
dispuso a la guerra; disponía todos los preparativos 
correspondientes. 

De modo que hay que creer que las causas de la 
guerra contra los persas son las aducidas en primer 
lugar; el pretexto, lo que se dijo en segundo lugar, y 
el inicio, el paso de Alejandro al Asia. 

Se debe considerar sin la menor duda que la causa 
de la guerra que estalló entre Antíoco y los romanos 
fue la cólera de los etolios. Éstos, a la vista del desen- 
lace de la guerra contra Filipo, se creían víctimas de 
diversos y grandes perjuicios por parte de los romanos, 
como expliqué más arriba, y no se limitaron a atraerse 
a Antíoco, sino que pasaron por cualquier acción y 
humillación, enfurecidos por las circunstancias aludi- 
das. Debe considerarse un pretexto la liberación de los 
griegos, que los etolios, recorriendo con Antíoco las ciu- 
dades, invocaron de manera falaz y absurda; pero el 
inicio de la guerra fue el desembarco de Antíoco en 
Demetrias. 

He insistido en la diferenciación de estos concep- 
tos no para reprender a los escritores, sino para adoc- 
trinar a los estudiosos. ¿Pues para qué serviría a los 
enfermos un médico que ignorara las causas de las 
indisposiciones corporales? ¿Cómo puede ser útil un 
hombre de estado incapaz de calcular el cómo, el por- 
qué y el de dónde ha tomado su punto de partida 
cada uno de los sucesos? Porque ni aquel médico po- 


LIBRO 111 281 


drá ejercer como es debido el cuidado de los cuerpos 
ni el hombre de estado será capaz de manipular acer- 
tadamente las cuestiones sin el conocimiento de lo an- 
tedicho. De modo que nada hay que observar y buscar 
más que la causa de los acontecimientos, dado que 
muchas veces los más trascendentales surgen del azar 
y, en todo caso, siempre es más fácil remediar las pri- 
meras opiniones y veleidades. 

Fabio ?, el historiador romano, 


Causas de la afirma que la causa de la guerra 
guerra anibálica contra Aníbal fue, además de la 

según el historiador “27 o 
Fabio injusticia cometida contra los sa- 


guntinos, la avaricia y la ambi- 
ción de poder de Asdrúbal, ya que éste, tras adquirir 
un gran dominio en los territorios de España, se pre- 
sentó en el Africa, donde intentó derogar las leyes vi- 
gentes y convertir en monarquía la constitución de los 
cartagineses. Los prohombres de la ciudad, al aperci- 
birse de su intento contra la constitución, se pusieron 
de acuerdo y se enemistaron con él. Cuando Asdrúbal 
lo comprendió, se marchó del Africa y desde entonces 
manejó a su antojo los asuntos españoles, prescin- 
diendo del senado cartaginés. Aníbal, que desde niño 
había sido compañero de Asdrúbal y emulador de su 
manera de gobernar, luego que hubo recibido la direc- 
ción de los asuntos de España, dirigió las empresas 
del mismo modo que él. Esto hizo que ahora la guerra 
contra los romanos estallara contra la voluntad de los 
cartagineses, por decisión de Aníbal. Porque ningún no- 
table cartaginés había estado de acuerdo con el modo 


2 Fabius Pictor, historiador romano que escribió en griego 
una historia de Roma desde sus orígenes hasta su propia época. 
A pesar de que Polibio muestra cierta animadversión hacia él, 
sin embargo lo utiliza como fuente para las secciones de su 
historia en las que no dispone de otras. Cf. la nota 16 del 
primer libro. 


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, 
2 
3 


4 


5 


282 HISTORIAS 


con que Aníbal trató a la ciudad de Sagunto. Fabio 
afirma esto, y luego asegura que tras la caída de la 
plaza mencionada los romanos acudieron y exigieron 
de los cartagineses que les entregasen a Aníbal o arros- 
traran la guerra. Ante su afirmación de que ya desde 
el principio los cartagineses estaban disgustados por 
la conducta de Aníbal, se podría preguntar a este autor 
si dispusieron de ocasión más propicia que ésta, o de 
manera más justa y oportuna para avenirse a las pre- 
tensiones romanas y entregarles al causante de tales 
injusticias. Así se libraban discretamente, por medio 
de terceros, del enemigo común de la ciudad, lograban 
la seguridad del país, apartaban la guerra que se les 
venía encima y satisfacían con sólo un decreto a los 
romanos. A todo esto, ¿qué podría decir Fabio? Nada, 
evidentemente. 

La verdad es que los cartagineses tanto distaron de 
hacer cualquier cosa de las indicadas, que, según las 
iniciativas de Aníbal, guerrearon continuamente duran- 
te dieciséis años y no cesaron hasta que, tras poner a 
prueba todas sus esperanzas, al final vieron en peligro 
su país y sus vidas, 

¿Por qué he mencionado a Fabio y lo que escribió? 
No por temor de que alguien dé crédito a sus afirma- 
ciones; pues aún prescindiendo de mi comentario, los 
lectores pueden comprobar su propia incoherencia. Lo 
que pretendo es advertir a los que toman sus libros 
que examinen no el título, sino el contenido. Hay quien 
no se fija en lo que se dice, sino en la persona que lo 
dice, y al saber que el autor fue contemporáneo de 
los hechos y que perteneció al senado romano, por 
todo ello juzgan, sin más, que es creíble lo que afirma. 
Digo que no se debe desdeñar la autoridad de un es- 
critor, pero tampoco debe juzgársela como suficiente 
en sí misma. Es más, los lectores deben formular su 
juicio por los hechos en sí. 


LIBRO HH 283 


En cuanto a la guerra entre ro- 
manos y cartagineses (pues de 

Causas de la guerra ella partió la digresión) hay que 

considerar que la primera causa 

fue el resentimiento de Amílcar, 
el llamado Barca, que era padre natural de Aníbal. 
Amílcar, en efecto, en la guerra de Sicilia, no fue derro- 
tado en su espíritu, ya que comprobaba que había con- 
servado intactas sus tropas en Érice, y con el mismo 
empeño que él tenía. A causa de la derrota naval de 
los cartagineses, se había visto forzado a ceder a las 
circunstancias y a firmar los pactos. Pero la cólera le 
duraba, y aguardaba siempre una ocasión. Si no se hu- 
biera producido la revuelta de los mercenarios contra 
los cartagineses, en lo que dependía de Amílcar, al 
punto habría comenzado otra campaña y los prepara- 
tivos para ella. Pero los disturbios internos le ocupa- 
ron, y se dedicó a estas acciones. 

Pero cuando los cartagineses hubieron solventado 
los disturbios aludidos, los romanos les declararon la 
guerra, y ellos, primero, estaban decididos a todo, en 
la suposición de que la justicia de su causa les haría 
triunfar. Esto ha sido ya expuesto en los libros ante- 
riores, sin los cuales no es posible entender debida- 
mente ni lo que contamos ahora ni lo que diremos 
después. Pero al no ceder los romanos, los cartagineses, 
cediendo a las circunstancias, y apesadumbrados, nada 
pudieron hacer: evacuaron Cerdeña y convirtieron en 
deber añadir otros mil doscientos talentos a los tribu- 
tos ya impuestos. Lo hicieron para no verse constre- 
ñiidos a una guerra en aquellas circunstancias. Debe 
establecerse ésta como la segunda causa, aún más 
grave, de la guerra que estalló después. 

Amílcar sumó a su ira la cólera de sus conciudada- 
nos, y tan pronto como reforzó la seguridad de su 
patria, después de la derrota de los mercenarios suble- 


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11 


3 


284 HISTORIAS 


vados, puso luego todo su interés en los asuntos de 
España, pues quería aprovechar estos recursos para la 
guerra contra los romanos. Y hay que tener en cuenta 
todavía una tercera causa, me refiero al éxito de los 
cartagineses en los asuntos de España. Porque, por 
confiar en estas fuerzas entraron llenos de coraje en 
la guerra citada. Es innegable que Amílcar, aunque 
murió diez años antes del comienzo de esta segunda 
guerra, contribuyó decisivamente a su estallido. Ello se 
puede probar de muchas maneras, pero para merecer 
crédito bastará con considerar lo que se expone a con- 
tinuación. 
En la época en que Aníbal, de- 
rrotado por los romanos, acabó 
Juramento 1. . Ñ 
de Aníbal por exiliarse de su patria Y y vi- 
vía en la corte de Antíoco, los ro- 
manos, que intuían ya las inten- 
ciones de los etolios, enviaron embajadores a Antíoco 
para no quedar en la ignorancia acerca de las inten- 
ciones del rey. Los embajadores, al ver que Antíoco se 
inclinaba a favor de los etolios y que pensaba decla- 
rar la guerra a los romanos, trataron con suma defe- 
rencia a Aníbal, con la intención de infundir sospechas 
a Antíoco, lo que terminó por suceder. A medida que 
pasaba el tiempo y el rey recelaba cada vez más de 
Aníbal, surgió la oportunidad de explicarse acerca de 
la desconfianza surgida entre ellos dos. En el diálogo 
Aníbal se defendió múltiplemente, y, al final, cuando 
ya agotaba los argumentos, explicó lo que sigue: cuan- 
do su padre iba a pasar a España con sus tropas, Aní- 
bal contaba nueve años y estaba junto a un altar en el 
que Amílcar ofrecía un sacrificio a Zeus. Una vez que 


30 Fue en el año 195, que marca la desaparición definitiva 
de Aníbal como figura de primera categoría en la historia, aun- 
que aún toma parte en acciones militares de poca categoría 
en calidad de aliado de Antígono. 


LIBRO III 285 


obtuvo agiieros favorables, libó en honor de los dioses 
y cumplió los ritos prescritos, ordenó a los demás que 
asistían al sacrificio que se apartaran un poco, llamó 
junto a sí a Aníbal y le preguntó amablemente si quería 
acompañarle en la expedición. Aníbal asintió entusias- 
mado y aun se lo pidió como hacen los niños. Amílcar 
entonces le cogió por la mano derecha, le llevó hasta 
el altar y le hizo jurar, tocando las ofrendas, que jamás 
sería amigo de los romanos. Aníbal pidió entonces a 
Antíoco que, pues le había confiado su secreto, siempre 
que tramara algo nocivo:a los romanos confiara en él, 
seguro de que tendría un colaborador leal. Pero en el 
momento en que llegara a una tregua o amistad con 
los romanos, en tal caso, podía desconfiar de él sin 
necesidad de acusaciones, y precaverse; porque siempre 
intentaría todo lo posible contra los romanos. 

Cuando Antíoco lo hubo oído se convenció de que 
le había hablado con sinceridad y con verdad, y así 
dejó sus sospechas anteriores. De modo que debemos 
tener este testimonio por prueba irrefutable del odio 
de Amílcar, y de sus intenciones, que luego evidencia- 
ron los mismos hechos: tan enemigos hizo de los roma- 
nos a Asdrúbal, que era el marido de su hija, y a su 
propio hijo Aníbal, que este odio resultó insuperable. 
Pero Asdrúbal murió prematuramente, y no pudo hacer 
notorias a todos sus inclinaciones; Aníbal, en cambio, 
tuvo la ocasión de demostrar, a carta cabal, el odio que 
contra los romanos había heredado de su padre. 

Por eso, los rectores de la cosa pública deben pre- 
ocuparse más que nada de que no les pasen desaper- 
cibidos los propósitos de quienes hacen desaparecer 
las enemistades o trabar amistades. Esto a veces se 
hace cediendo a las circunstancias; otras veces los 
pactos se hacen por convicción del espíritu. Así se guar- 
darán de los primeros, porque estos tales espían las 
circunstancias, y, en cambio, darán crédito a los se- 


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2 


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286 HISTORIAS 


gundos, que son, qué duda cabe, o súbditos leales o 
amigos fieles; no vacilarán en ordenarles cualquier cosa 
que se presente. 

Como causas de la guerra emprendida por Aníbal 
hay que tener las dichas; como inicio, lo que se ex- 
pone a continuación. 

Los cartagineses soportaban a 
duras penas su descalabro en Si- 
cilia; pero aumentaron su cóle- 
ra, como dije antes, lo ocurrido 
en Cerdeña y la gran cantidad de 
dinero que, al final, les fue impuesta. Por ello, así que 
hubieron sometido la mayor parte de los territorios 
de España, estuvieron dispuestos a todo lo que se pre- 
sentara contra los romanos. Cuando les llegó la noti- 
cia de la muerte de Asdrúbal, a quien, tras la muerte 
de Amílcar, habían confiado los asuntos españoles, pri- 
mero tantearon las preferencias de las tropas. Cuando 
desde los campamentos se les hizo saber que los sol- 
dados habían elegido unánimemente a Aníbal como 
general, reunieron al instante la asamblea popular y 
ratificaron por unanimidad la decisión de sus tropas. 
Aníbal se hizo cargo del mando, y al instante hizo una 
salida para someter a la tribu de los ólcades *!. Llegó 
a Altea, su ciudad más fuerte, y acampó junto a ella. 
Luego la atacó de manera enérgica y formidable y la 
tomó en poco tiempo; ello hizo que las demás ciudades, 
espantadas, se entregaran a los cartagineses. En ellas 
Aníbal recaudó dinero; tras hacerse con una fuerte 
suma se presentó en Cartagena para pasar allí el in- 
vierno. 

Trató con liberalidad a sus súbditos, anticipó parte 
de sus soldadas a sus compañeros de armas y les pro- 


Inicio de 
la guerra 


31 Tribu prerromana que vivía en lo que actualmente es la 
Mancha. Su supuesta capital, Altea, es ilocalizable. 


LIBRO HI 287 


metió aumentarlas, con lo que infundió grandes espe- 
ranzas en sus tropas, y al propio tiempo se hizo muy 
popular. 

Al verano siguiente salió de nuevo, esta vez contra 
los vacceos 2, lanzó un ataque súbito contra Salaman- 
ca y la conquistó; tras pasar muchas fatigas en el 
asedio de Arbucala *, debido a sus dimensiones, al nú- 
mero de sus habitantes y también a su bravura, la 
tomó por la fuerza. 

Ya se retiraba, cuando se vio expuesto súbitamente 
a los más graves peligros: le salieron al encuentro los 
carpetanos %, que quizás sea el pueblo más poderoso 
de los de aquellos lugares; les acompañaban sus veci- 
nos, que se les unieron excitados principalmente por 
los ólcades que habían logrado huir; les atacaban tam- 
bién, enardecidos, los salmantinos que se habían salva- 
do. Si los cartagineses se hubieran visto en la preci- 
sión de entablar con ellos una batalla campal, sin duda 
alguna se habrían visto derrotados. Pero Aníbal, que se 
iba retirando con habilidad y prudencia, tomó como 
defensa el río llamado Tajo, y trabó el combate en el 
momento en que el enemigo lo vadeaba *, utilizando 
como auxiliar el mismo río y sus elefantes, ya que dis- 
ponía de cuarenta de ellos. Todo le resultó de manera 
imprevista y contra todo cálculo. Pues los bárbaros 
intentaron forzar el paso por muchos lugares y cruzar 
el río, pero la mayoría de ellos murió al salir del agua, 





32 Tribu prerromana situada en el curso medio del Duero. 
Estamos en la primavera del año 220. 

33 La villa de Toro, en la provincia de Zamora. 

34 Vivían en tierras de la actual Castilla la Nueva, aguas 
arriba del Tajo. Una de sus principales poblaciones era la 
actual Toledo. 

35 Esta llamada batalla del Tajo se libró seguramente no 
lejos de la capital toledana; en todo caso, entre Toledo y 
Aranjuez. 


10 


288 HISTORIAS 


ante los elefantes que recorrían la orilla y siempre se 
anticipaban a los hombres que iban saliendo. Muchos 
también sucumbieron dentro del río mismo a manos 
de los jinetes cartagineses, porque los caballos domi- 
naban mejor la corriente, y los jinetes combatían con- 
tra los hombres de a pie desde una situación más ele- 
vada. Al final cruzó el río el mismo Aníbal con su es- 
colta, atacó a los bárbaros y puso en fuga a más de 
cien mil hombres. Una vez derrotados, nadie de allá 
del Ebro % se atrevió fácilmente a afrontarle, a excep- 
ción de Sagunto. Pero Aníbal, de momento, no atacaba 
en absoluto a la ciudad, porque no quería ofrecer nin- 
gún pretexto claro de guerra a los romanos hasta 
haberse asegurado el resto del país; en ello seguía su- 
gerencias y consejos de su padre, Amílcar. 

Los saguntinos despachaban mensajeros a Roma 
continuamente *, porque preveían el futuro y temían 
por ellos mismos; querían, al propio tiempo, que los 
romanos no ignorasen los éxitos cartagineses en Es- 
paña. Hasta entonces los romanos no les habían hecho 
el menor caso, pero en aquella ocasión enviaron una 
misión que investigara lo ocurrido. Era el tiempo en 
que Aníbal ya había sometido a los que quería y se 
había establecido con sus tropas de nuevo en Carta- 


36 La expresión griega es vaga, y todo depende de la pers- 
pectiva desde la que mire el lector. Si Polibio lo considera, 
situado él en la situación primera de los cartagineses, el sentido 
es «al S. del Ebro»; si lo considera desde el centro de gravedad 
político cartaginés en la Península, Cartago Nova (Cartagena), 
entonces significaría «al N. del Ebro», que es lo que induda- 
blemente significa, en realidad, la expresión en el lugar 76, 6 
de este libro 111. Excepto en una estrecha faja litoral del SE. de 
la península, los cartagineses no ejercieron jamás en España 
un dominio territorial estricto, aunque depredaran frecuente- 
mente sus riquezas y sus cultivos, o apresaran a sus hombres 
con fines militares. Cf. la nota 37 del libro 1. 

37 Estamos en el año 220. 


LIBRO II 289 


gena, para pasar el invierno. Esta ciudad era algo así 
como el ornato y la capital de los cartagineses en las 
regiones de España. Allí se encontró con la embajada 
romana, la recibió en audiencia y escuchó lo que.decían 
acerca de la situación. Los romanos, poniendo por tes- 
tigos a los dioses, le exigieron que se. mantuviera 
alejado de los saguntinos (pues estaban bajo su pro- 
tección) y no cruzara el río Ebro, según el pacto esta- 
blecido con Asdrúbal. Aníbal, como joven que era, em- 
bargado de ardor guerrero, que había tenido éxito en 
sus empresas, y dispuesto desde hacía tiempo a la ene- 
mistad con los romanos, les acusaba ante sus emba- 
jadores, como si fuera él el encargado de velar por los 
saguntinos, de que, aprovechandó una revuelta que 
había estallado en la ciudad hacía muy poco, habían 
efectuado un arbitraje para dirimir aquella turbulencia 
y habían mandado ejecutar injustamente a algunos 
prohombres. Dijo que no vería con indiferencia a los 
que habían sido traicionados. Pues era algo innato en 
los cartagineses no pasar por alto ninguna injusticia. 
Pero al mismo tiempo Aníbal envió correos a Cartago 
para saber qué debía hacer, puesto que los saguntinos, 
fiados en su alianza con los romanos, dañaban a algu- 
nos pueblos de los sometidos a los cartagineses. Aní- 
bal, en resumen, estaba poseído de irreflexión y de 
coraje violento. Por eso no se servía de las causas 
verdaderas y se escapaba hacia pretextos absurdos. 
Es lo que suelen hacer quienes por estar aferrados a 
sus pasiones desprecian el deber. ¡Cuánto más le hu- 
biera valido creer que los romanos debían devolverles 
Cerdeña y restituirles el importe de los tributos que, 
aprovechándose de las circunstancias, les habían im- 
puesto y cobrado anteriormente, y afirmar que si no 
accedían, ello significaría la guerra! Pero ahora, al si- 
lenciar la causa verdadera y fingir una inexistente 


sobre los saguntinos, dio la impresión de empezar la: 


2R __10 


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11 


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13 


16 


2 


290 HISTORIAS 


guerra no sólo de un modo irracional, sino aun injusto. 
Los embajadores romanos, al comprobar que la gue- 
rra era inevitable, zarparon hacia Cartago, pues que- 
rían renovar allí sus advertencias. Evidentemente, es- 
taban seguros de que la guerra no se desarrollaría en 
Italia, sino en España, y de que utilizarían como base 
para esta guerra la ciudad de Sagunto. 
Por esto, el Senado romano, al 
estar de acuerdo con esta hipó- 
La Iliria tesis, juzgó que debía asegurar 
su situación en la lliria, porque 
se preveía que la guerra sería 
larga y muy lejos del país. Por aquel entonces % De- 
metrio de Faros olvidó los favores que debía a los 
romanos, y les desdeñó por el miedo que éstos sintie- 
ron primero de los galos y después de los cartagineses. 
Poniendo todas sus esperanzas en la casa real de Ma- 
cedonia, porque había guerreado junto con Antígono 
y había participado en sus luchas contra Cleómenes, 
comienza a devastar y destruir las ciudades ilirias so- 
metidas a la obediencia romana. Había navegado con 
cincuenta esquifes rebasando el cabo Lisos —infrin- 
giendo con ello los pactos— y había talado muchas 
islas de las Cícladas. Los romanos, al ver todo esto y 
percatarse de la prosperidad de la casa real de Ma- 
cedonia, se apresuraron a asegurarse la región oriental 
de Italia; estaban convencidos de que tendrían tiempo 
de corregir la necedad de los ilirios y de castigar y 
reprimir la ingratitud y temeridad de Demetrio. Pero 
erraron en sus cálculos, pues Aníbal les aventajó con 
la toma de Sagunto. Ello hizo que la guerra se desarro- 
llara no en España, sino en las inmediaciones de Roma 
y por toda Italia. No obstante, según sus cálculos, los 
romanos poco antes del verano enviaron a Lucio Emi- 


38 Estamos en el año 220 también. 


LIBRO HI 291 


lio con tropas a la lliria, a afrontar los asuntos de allí. 


Era el año primero de la Olimpíada ciento cuarenta *. . 


Aníbal levantó el campo y avan- 
zó con sus tropas desde Carta- 
gena, marchando hacia Sagunto. 
Esta ciudad está no lejos del 
mar, y al pie mismo de una re- 
gión montañosa que une los límites de la Iberia y de 
la Celtiberia %; dista de la costa unos siete estadios. 
Sus habitantes se alimentan del país, que es muy 
feraz, y sobrepasa en fertilidad a todos los de Espa- 
ña. Aníbal, pues, acampó allí, y estableció un asedio 
muy activo, ya que preveía muchas ventajas para el 
futuro si conseguía tomar la ciudad por la fuerza. 
Creía, en primer lugar, que quitaría a los romanos la 
esperanza de trabar la guerra en España, y después 
que, si intimidaba a todos, volvería más dóciles a los 
ya sometidos a los cartagineses, y más cautos a los 
iberos que conservaban todavía la independencia. Pero 
lo principal era que al no dejar atrás a ningún ene- 
migo, podría continuar su marcha * sin ningún peligro. 
Además, suponía que iba a disfrutar de recursos en 
abundancia para sus empresas, que infundiría coraje 
a sus soldados con la ganancia que cada uno lograría, 
y que con el botín que enviaría procuraría la prospe- 
ridad de los cartagineses residentes en la metrópoli. 
Haciendo tales cálculos, proseguía el asedio con fir- 


Aníbal toma 
Sagunto 


39 220/219. 

40 La referencia es dudosa. Quizá se "aluda a la serranía de 
Cuenca, pero aun las estribaciones más occidentales de ella 
distan bastante de Sagunto. Quizás se aluda a los montes del 
Maestrazgo. Ni tan siquiera Walbank, tan minucioso en sus 
disquisiciones geográficas, se atreve a dar un nombre para este 
monte (o cadena montañosa). 

4 En marcha hacia Roma. Ocupará buena parte del conte- 
nido de este libro. 


17 


10 


11 


292 HISTORIAS 


meza: a veces daba ejemplo a sus tropas y participaba 
de la fatiga de las operaciones, otras las arengaba y 
arrostraba audazmente los peligros. Tras sostener pe- 
nalidades y preocupaciones de todas clases, tomó la 
ciudad al asalto tras ocho meses. Se apoderó de mu- 
chas riquezas, de prisioneros y de bagaje. El dinero, 
según su propósito inicial, lo reservó para sus propios 
proyectos; los prisioneros, los distribuyó entre sus sol- 
dados, según el merecimiento de cada uno, y remitió 
el bagaje íntegro a Cartago sin pérdida de tiempo. 

Al obrar así, ni erró en sus cálculos ni falló en su 
propósito inicial: aumentó en los soldados el ardor 
combativo y predispuso a los cartagineses para lo que 
les anunciaba. Y con tales pertrechos y provisiones él 
mismo logró muchas cosas útiles después. 

En aquella época Demetrio, 
que había intuido los planes de 
los romanos, envió a toda prisa 
a Dímale * una guarnición consi- 
derable, con el avituallamiento 
correspondiente. En las demás ciudades hizo ejecutar 
a sus adversarios políticos y entregó el gobierno a sus 
partidarios. Luego escogió, de entre sus hombres, a los 
seis mil más valerosos y los apostó en Faros %. El ge- 
neral romano, cuando llegó a la Iliria con sus fuerzas 
y vio al enemigo, confiado en sus pertrechos y en la 
fortaleza de Dímale, que suponían inexpugnable, de- 
cidió iniciar el ataque por ella, con la intención de 
espantar a sus contrarios. Arengó a los jefes de sus 
unidades, dispuso las obras en, muchos puntos e inició 
el asedio. Tomó la ciudad en siete días y desmoralizó 
rápidamente a todos sus adversarios. Por este motivo 


Prosigue la guerra 
en Iliria 


4 Lugar de ubicación desconocida, pero con seguridad no 
lejos de la actual Durazzo. 
4 Cf. 16, 23 de este mismo libro. 


LIBRO HM1 293 


se le presentaron al punto las gentes de todas las ciu- 
dades, para pasársele y confiarse a la lealtad romana. 
El cónsul las admitió a todas en condiciones adecua- 
das a cada caso y luego navegó hacia Faros, contra el 
mismo Demetrio. 
Enterado, sin embargo, de que 
la ciudad era un fortín y de que 
Asedio de Faros en ella se habían concentrado 
gran cantidad de tropas escogi- 
das, y de que, además, estaba 
aprovisionada copiosamente y dotada de los pertrechos 
necesarios, temió que el asedio resultara difícil y pro- 
longado. Tanteó todas sus posibilidades, y al final usó, 
en esta ocasión, de la estratagema siguiente: navegó 
de noche hacia la isla con todo su ejército e hizo desem- 
barcar a la mayor parte de sus fuerzas en unos lugares 
boscosos y abruptos. Al sobrevenir el día navegó osten- 
siblemente con veinte naves hasta muy cerca del puerto 
de la ciudad. Los hombres de Demetrio, al ver las 
naves, despreciaron su número, y se precipitaron de 
la ciudad hacia el puerto, para impedir el desembarco 
enemigo. 

Así que se trabó el combate la pelea se iba haciendo 
más encarnizada, y cada vez iban saliendo más hombres 
de la ciudad para prestar apoyo; acabaron por salir 
todos hacia el lugar de la refriega. Los romanos desem- 
barcados durante la noche se unieron en este momento 
a sus camaradas; habían marchado por lugares encu- 
biertos. Ocuparon un montecillo escarpado que hay 
entre la ciudad y el puerto y cerraron el paso a los 
que salían de la ciudad para prestar auxilio. Los horn- 
bres de Demetrio, al ver lo sucedido, cesaron de acosar 
a los desembarcados, y agrupándose y exhortándose 
atacaron, con la intención de entablar una batalla cam- 
pal contra los ocupantes del montecillo. Los romanos, 
como vieron que el ataque de los ilirios era enérgico y 


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2 


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294 HISTORIAS 


ordenado, cayeron sobre sus formaciones provocando el 
espanto. Simultáneamente a lo que se acaba de relatar, 
los que habían desembarcado de las naves, al ver lo 
que pasaba, atacaron la retaguardia enemiga. Los ro- 
manos, pues, lanzándose por todos lados, promovieron 
una confusión y tumulto no pequeño entre los ilirios. 
Desde ese momento, al ser acosados unos de frente y 
otros por la espalda, finalmente Demetrio y sus fuer- 
zas se dieron a la fuga; algunos huyeron hacia la ciu- 
dad, pero la mayoría se esparció por la isla, campo a 
traviesa. . 

En previsión de cualquier eventualidad Demetri 
tenía fondeados unos esquifes en un lugar apartado, 
y se retiró hacia ellos. Esperó a la noche, embarcó y 
se hizo a la mar, presentándose inesperadamente al 
rey Filipo, en cuya corte pasó el resto de su vida. Fue 
hombre audaz y corajudo, pero irreflexivo y muy poco 
razonable, lo cual le ocasionó una muerte en conso- 
nancia con este carácter de toda su vida. Con el con- 
sentimiento de Filipo intentó conquistar, por sorpresa 
y sin plan preconcebido, la ciudad de Mesene *. Y mu- 
rió en el curso de la acción, cosa que expondremos con 
detalle cuando llegue su momento $. 

El cónsul romano Emilio tomó, pues, Faros al pri- 
mer embate y la destruyó. Cuando se apoderó del 
resto de la Iliria y organizó todo según su criterio, 
ya a finales del verano % regresó a Roma y efectuó en 
ella una entrada triunfal, entre los agasajos populares. 
Se entendía, en efecto, que había dirigido la acción no 
sólo con destreza, sino, sobre todo, con valor. 


4 Ciudad situada en el extremo N. del golfo Pérsico. 
45 Esta descripción se ha perdido. 
46 Del año 219, 


LIBRO III 295 


Cuando llegó a los romanos la 


Retorno a los o: 
A noticia de la toma de Sagunto, 


temas de España. 


Crítica de la no celebraron ninguna asamblea, 
historiografía ¡no, por Zeus!, para tratar de la 
contemporánea guerra, cosa que afirman algunos 


historiadores que llegan a incluir los discursos pro- 
nunciados por los rivales políticos, actuando de ma- 
nera totalmente absurda. ¿Cómo iba a ser posible 
que los romanos, que en el año anterior habían adver- 
tido a los cartagineses que si invadían el país de los 
saguntinos les declararían la guerra, se reunieran, to- 
mada ya por la fuerza la ciudad de Sagunto, para de- 
liberar si debían pelear o no? ¿Cómo y de qué forma 
presentan éstos el extraño abatimiento del senado ro- 
mano y, al mismo tiempo, afirman que los padres 
llevaron a la asamblea a sus hijos de doce años, quie- 
nes participaron en las discusiones, y no revelaron a 
nadie, ni siquiera a los parientes, ningún secreto? 
Nada de esto es lógico ni verídico en absoluto, a no 
ser que, ¡por Zeus!, la Fortuna hubiera proporcionado 
a los romanos, entre otras muchas cosas, ser juiciosos 
ya de nacimiento. Contra semejantes libros, como los 
que escriben Quéreas y Sósilo “, no hay que decir más; 
creo que tienen la disposición y la fuerza no de una 
historia, sino de cuentos de barbería o de charlatanes 
vulgares. 

Los romanos, al saber lo ocurrido con los sagunti- 
nos, eligieron unos embajadores y los enviaron sin di- 
lación a Cartago *. Debían proponer alternativamente 
dos cosas: si aceptaban la primera, los cartagineses 


47 Son los historiadores aludidos al principio de este ca- 
pítulo. De Quereas no sabemos nada; Sósilo fue un espartano 
que sirvió en el ejército de Aníbal, y a lo que parece, tuvo una 
especial predilección por él. 

48 El porqué y el cómo de esta embajada no están muy cla- 
ros. Véase la amplia discusión de WALBANK, Commentary, ad loc. 


10 


:21 


296 HISTORIAS 


sufrían a todas luces daño y vergiienza; la segunda les 
representaba el inicio de problemas y de grandes pe- 
ligros. En efecto, los romanos exigían la entrega del 
general Aníbal y de sus consejeros; de lo contrario, 
habría guerra. Los romanos llegaron a Cartago, se pre- 
sentaron al senado cartaginés y expusieron sus condi- 
ciones. Los cartagineses escucharon con disgusto aque- 
llas propuestas; sin embargo, eligieron como :portavoz 
suyo al más hábil de entre ellos, y empezaron a justi- 
ficarse. 

El portavoz silenció los pactos establecidos por As- 
drúbal, como si no hubieran existido, o bien, de exis- 
tir, como si para ellos fueran nulos, ya que se habían 
convenido sin haberles sido consultados. En ello los 
cartagineses decían seguir el ejemplo dado por los pro- 
pios romanos: en efecto, el tratado concluido en la 
guerra de Sicilia por Lutacio, decían, fue convenido 
por él, y luego invalidado por el pueblo romano porque 
se había hecho al margen de su parecer. Los cartagi- 
neses urgían y apoyaban toda su defensa eri los pactos 
últimos establecidos en la guerra de Sicilia. Y negaban 
que en ellos constara algo escrito acerca de España; 
lo único que se ordenaba específicamente era que los 
aliados de ambos bandos gozaran de seguridad. Y de- 
mostraron que entonces los saguntinos no eran aliados 
de los romanos; a este propósito leyeron muchas veces 
los tratados. 

Los romanos rechazaron de plano estas justificacio- 
nes, afirmando que si Sagunto se mantuviera aún in- 
tacta, tal justificación sería admisible, y se podrían 
tratar los puntos discutibles. Pero como la ciudad 
había sido violada, o había que entregar a los culpa- 
bles (con lo cual quedaría claro para todos que ellos 
no habían participado en la injusticia, sino que esta 
obra se había llevado a cabo contra su parecer) o, si 
se negaban a ello, reconocían que habían participado 





LIBRO 11 297 


(en la injuria y. aceptaban la guerra). Tales fueron, en 
resumen, los argumentos que-ellos utilizaron. 

Nos parece necesario el no dejar de lado este punto, 
para que ni aquellos a quienes incumbe el deber y la 
necesidad de ser muy estrictos en este aspecto se 
aparten de la verdad en sus deliberaciones más indis- 
pensables, ni tampoco los estudiosos se confundan, 
inducidos a error por la ignorancia o la parcialidad 
de los historiadores; por el contrario, debe haber una 
- visión de conjunto. de .las obligaciones mutuas que pac- 
taron romanos y cartagineses. desde el principio hasta 
la época actual. 

El. primer pacto *. entre romanos y cartagineses se 
concluye en tiempos de Eucio Junio Bruto y Marco 
Horacio, los primeros cónsules romanos nombrados 
después del derrocamiento de la monarquía. Bajo su 
consulado se. consagró el templo de Júpiter % capito- 


10 


lino. Esto ocurrió veintiocho años antes del paso de 2 


Jerjes a Grecia 5!. Lo hemos transcrito traduciéndolo 
con la máxima exactitud posible, pues también entre 
los romanos es tan grande la diferencia entre la lengua 
actual y la antigua, que, algunas cosas, apenas si los 
más entendidos logran discernirlas claramente. Los 
pactos son del tenor siguiente: ¿Que haya paz entre los 
romanos y sus aliados y los cartagineses y sus aliados 
bajo las condiciones siguientes: que ni los romanos 
ni los aliados de los romanos naveguen más allá del 


49 Los capítulos 22-28 versan sobre los tratados habidos entre 
romanos y cartagineses. Los conocimientos actuales acerca de 
estos tratados presentan una problemática ardua y complicada, 
imposible de tratar aquí. Remito, pues, a WALBANK, Commentary, 
ad loc., donde el mismo comentarista dice ceñirse a lo más 
esencial, y remite a una bibliografía más amplia. 

50 Se traduce «Júpiter» y no «Zeus», por tratarse de una 
divinidad romana. 

5 En el 480. 


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298 HISTORIAS 


cabo Hermoso * si no les obliga una tempestad, o bien 
los enemigos. Si alguien es llevado allá por la fuerza, 
que no le sea permitido comprar ni tomar nada, ex- 
cepción hecha de aprovisionamientos para el navío o 
para los sacrificios (y que se vayan a los cinco días). 
Los que lleguen allí con fines comerciales no podrán 
concluir negocios si no es bajo la presencia de un he- 
raldo o de un escribano. Lo que se venda en presencia 
de éstos, sea garantizado al vendedor por fianza pú- 
blica, tanto si se vende en Africa como en Cerdeña. Si 
algún romano se presenta en Sicilia, en un paraje so- 
metido al dominio cartaginés, gozará de los mismos 
derechos. Que los cartagineses no cometan injusticias 
contra el pueblo de los ardeatinos, ni contra el de 
Antio, ni contra el de Laurento, ni contra el de Circes, 
ni contra el de Terracina %, ni contra ningún otro pue- 
blo latino sujeto a los romanos. Que los cartagineses 
no ataquen a las ciudades que no les están sometidas, 
y si las conquistan, que las entreguen intactas a los 
romanos. Que no levanten ninguna fortificación en el 
Lacio. Si penetran en él hostilmente, que no lleguen a 
pernoctar allí.» 

El cabo Hermoso está junto a la misma Cartago, 
en la parte norte. Los cartagineses se oponen rotunda- 
mente a que los romanos naveguen por allí hacia el 
Sur con naves grandes, de guerra, porque, según creo, 


52 Se trata, sin duda alguna, de un cabo que ahora no po- 
demos determinar, pero que está en la costa tunecina. 

53 Ciudades costeras del Lacio, la más lejana, a 93 kilóme- 
tros de Roma, aunque en una fecha tan antigua —estamos en 
el 508 a. C.— es difícil que Roma tuviera un poder tan amplio. 
Véase en WALBANK, Commentary, ad loc., y en la nota de Fou- 
CAULT, Polybe, III, a este lugar, las posibles explicaciones, y al- 
guna posibilidad de corrupción en el texto griego, principalmente 
en lo que atañe a la ciudad de Laurento. 


LIBRO III 299 


no quieren que conozcan los parajes de Bisatis 5, ni 
los de la Sirte Pequeña, la llamada Emporio por la 
fertilidad de sus tierras. Si alguien permanece allí for- 
zado por una tempestad o por la presión de los ene- 
migos, y carece de lo preciso para los sacrificios o para 
el equipamiento de la nave, se avienen a que lo tome, 
pero nada más; exigen que los que han fondeado allí 
zarpen al cabo de cinco días. Los romanos tienen 
permiso de navegar, si es con fines comerciales, hasta 
Cartago, hasta la región de Africa limitada por el 
cabo Hermoso, y también a Cerdeña y a la parte de * 
Sicilia sometida a los cartagineses; éstos les prometen 
asegurar con una fianza pública un trato justo. Por 
este pacto se ve que los cartagineses hablan como de 
cosa propia de Cerdeña y de Africa; en cambio, al tra- 
tar de Sicilia, precisan formalmente lo contrario, dado 
que hacen los pactos sobre aquella parte de Sicilia que 
cae bajo el dominio cartaginés. Igualmente los roma- 
nos pactan acerca de la región del Lacio, y no hacen 
mención del resto de Italia porque no cae bajo su po- 
testad. 
Después de éste, los cartagine- 
ses establecen otro pacto 3%, en el 
Segundo tratado cual han incluido a los habitantes 
de Tiro y Útica. Al cabo Hermo- 
so añaden Mastia y Tarseyo *%, 
más allá de cuyos lugares prohiben a los romanos 


5 Era el área que va de los actuales golfos de Hammamet 
al de Gabes. 

55 Parece que es del año 348. Polibio señala que el pacto 
lo establecen los cartagineses: quiere dar a entender que to- 
davía están en posición dominante. El área de dominio carta- 
ginés se ha extendido, pero la inclusión de Tiro produce difi- 
cultades. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc. 

56 Estos lugares se encuentran indudablemente en la Penín- 
sula Ibérica, pero su localización es insegura. Cf. WALBANK, 
Commentary, ad loc. 


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300 HISTORIAS 


coger botín y fundar ciudades. El pacto es como sigue: 
«Que haya amistad entre los romanos y los aliados 
de los romanos por una parte y el pueblo de los carta- 
gineses, el de Tiro, el de Útica y sus aliados por la otra, 
bajo las siguientes condiciones: que los romanos no 
recojan botín más allá del cabo Hermoso, de Mastia 
ni de Tarseyo, que no comercien en tales regiones ni 
funden ciudades. Si los cartagineses conquistan en el 
Lacio una ciudad no sometida a los romanos, que se 
reserven el dinero y los hombres, pero que entreguen 
la ciudad. Si los cartagineses aprehenden a ciudada- 
nos cuya ciudad haya firmado un tratado de paz con 
Roma, pero que no sea súbdita romana, que los pri- 
sioneros no sean llevados a puertos romanos; pero si 
uno desembarca y un romano le da la mano”, sea 
puesto en libertad. Que los romanos se comporten 
igualmente. Si un romano recoge agua o provisiones 
de un país dominado por los cartagineses, que este 
aprovisionamiento no sirva para perjudicar a nadie de 
aquellos que están en paz y amistad ¿con los cartagi- 
neses. Y que lo mismo) haga el cartaginés. Pero en 
caso contrario, que no haya venganza privada; si al- 
guien se comporta así, que sea un crimen de derecho 
común. Que ningún romano comercie ni funde ciudad 
alguna, ni tan siquiera fondee en Africa o en Cerdeña 3, 
a no ser para recoger provisiones o para reparar una 
nave. Si un temporal le lleva hasta allí, que se marche 
al cabo de cinco días. En la parte de Sicilia dominada 


51 Se da esta traducción porque hay una referencia clara 
a la institución romana de la manumisión: el dueño tocaba la 
cábeza del esclavo y pronunciaba la fórmula correspondiente, 
y el esclavo quedaba libre. 

58 Aquí las fuentes textuales griegas presentan una laguna, 
en el texto subrayado, que traduzco según la restitución, acep- 
tada por Biittner-Wobst y por Walbank, de otros filólogos muy 
anteriores. 


LIBRO 111 301 


por los cartagineses y en Cartago, un romano puede 
hacer y vender todo lo que es lícito a un ciudadano 
cartaginés. Y que los cartagineses hagan lo mismo en 
Roma.» 

En este pacto los cartagineses aumentan sus exi- 
gencias con respecto a África y Cerdeña, y prohiben a 
los romanos todo acceso a estos territorios. Y por el 
contrario, en cuanto a Sicilia, aclaran que se trata de 
la parte que les está sometida. Lo mismo hacen los 
romanos en cuanto al Lacio: exigen a los cartagineses 
que no se dañe a los de Ardea, a los de Antio, a los de 
Circe ni a los de Terracina. Estas ciudades son cos- 
teras, y por ellas los romanos firmaron el pacto. 

Los romanos establecieron to- 

davía un último pacto en la épo- 

Tercer tratado ca de la invasión de Pirro ”, antes 

de que los cartagineses iniciaran 

la guerra de Sicilia. En este pac- 

to se conservan todas las cláusulas de los acuerdos ya 

existentes, pero además se añaden las siguientes: «Si 

hacen por escrito un pacto de alianza contra Pirro, 

que lo hagan ambos pueblos, para que les sea posible 

ayudarse mutuamente en el país de los atacados. Sea 

cual fuere de los dos el que necesite ayuda, sean los 

cartagineses quienes proporcionen los navíos para la 

ida y para la vuelta; cada pueblo se proporcionará los 

víveres. Los cartagineses ayudarán a los romanos por 

mar, si éstos lo necesitan. Nadie obligará a las dota- 
ciones % a desembarcar contra su voluntad.» 

Siempre era obligado hacer un juramento. Se hicie- 
ron así: en los primeros pactos los cartagineses jura- 
ron por los dioses paternos y los romanos por unas 


59 Años 279/8. 
60 Se refiere a las dotaciones de las naves cartaginesas. Es 
una restricción a lo estipulado inmediatamente antes. 


13 


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302 HISTORIAS 


piedras *, según la costumbre antigua, y además por 
Ares y por Enialio. El juramento por las piedras se 
efectúa así: el que lo formula con referencia a un tra- 
tado toma en su mano una piedra, y tras jurar por la 
fe pública, dice lo siguiente: «Si cumplo este jura- 
mento, que todo me vaya bien, pero si obro o pienso 
de manera distinta, que todos los demás se salven en 
sus propias patrias, en sus propias leyes, en sus propios 
bienes, templos y sepulturas, y yo solo caiga así, como 
ahora esta piedra.» Y tras decir esto, arroja la piedra 
de su mano. 
Las cosas eran así, y los pac- 
tos se conservan todavía hoy en 
Ultimos tratados tablas de bronce en el templo de 
Júpiter Capitolino, en el archivo 
de los ediles %. ¿Quién no se ex- 
trañará, naturalmente, del historiador Filino *, no de 
que ignore estos pactos (lo cual no es de extrañar, 
pues incluso ahora los más ancianós romanos y car- 
tagineses, incluso los que parece que más se habían 
interesado por el tema, los ignoraban), sino de que se 
atrevió, no sé con qué seguridades, a escribir lo con- 
trario: dice que entre romanos y cartagineses había 
un pacto según el cual los romanos no podían entrar 


$l O quizás, simplemente, «por las piedras», como traduce 
Foucault, quien varía ligeramente el texto griego. Por lo demás, 
el texto polibiano parece algo confuso. Ares, en mitología ro- 
mana, es Marte, pero los romanos desconocían, me refiero al 
pueblo, su advocación de Enialio, típicamente griega. En la 
mente de Polibio se ha producido una contaminación. 

62 Polibio ha leído personalmente, al menos en parte, al- 
gunos de estos tratados. Los ediles y los cuestores eran los en- 
cargados de custodiar los archivos oficiales romanos, depositados 
en el templo de Júpiter Capitolino. 

63 Filino de Agrigento, historiador contemporáneo de la 
primera guerra púnica, que historió, y al que Polibio utilizó 
como fuente. 


LIBRO II 303 


en ningún punto de Sicilia, ni los cartagineses en nin- 
guno de Italia. Según Filino los romanos pisotearon 
los pactos y los juramentos, puesto que fueron los 
primeros en hacer una travesía a Sicilia. Pero tales 
pactos no existen, y no hay constancia escrita acerca 
de ellos; Filino los cita explícitamente en su segundo 
libro. De tal cosa hemos hecho mención en la introduc- 
ción a nuestra Historia, pero dejamos hasta ahora el 
tratarla con algún detalle, porque muchos en este tema 
se equivocan por fiarse de la obra de Filino. Entendá- 
monos: si alguien reprocha a los romanos su paso a 
Sicilia relacionándolo con el hecho de que habían ad- 
mitido sin reservas a los mamertinos a su amistad, y 
cuando éstos se la pidieron, les prestaron ayuda, aun- 
que los mamertinos habían traicionado no sólo a Me- 
sina, sino también a Regio, desde esta perspectiva su 
indignación es explicable. Pero si éste supone que la 
travesía significó la transgresión de pactos y juramen- 
tos, aquí su ignorancia es manifiesta. 

Porque, acabada la guerra de Sicilia, los romanos 
hacen unos pactos distintos *, en los cuales las cláu- 
sulas contenidas eran las siguientes: «Los cartagineses 
evacuarán (toda Sicilia y) todas las islas que hay entre 
Italia y Sicilia. Que ambos bandos respeten la seguri- 
dad de los aliados respectivos. Que nadie ordene nada 
que afecte los dominios del otro, que no levanten edi- 
ficios públicos en ellos ni recluten mercenarios, y que 
no atraigan a su amistad a los aliados del otro bando. 
Los cartagineses pagarán en diez años dos mil doscien- 
tos talentos, y en aquel mismo momento abonarán mil. 
Los cartagineses devolverán sin rescate todos sus pri- 
sioneros a los romanos.» Después de esto, al acabar 
la guerra de Africa, los romanos, tras amenazar con 
la guerra a los cartagineses hasta casi decretarla, aña- 


64 En el año 241. 


304 HISTORIAS 


s dieron al pacto lo siguiente: «Los cartagineses evacua- 
rán Cerdeña y pagarán otros mil doscientos talentos», 

9 tal como explicamos más arriba. Y a todo lo dicho 
hay que añadir las últimas convenciones aceptadas por 
Asdrúbal en España, según lás cuales «los cartagineses 

10- no cruzarían el río Ebro en son de guerra». Éstos fue- 
ron los tratados entre romanos y cartagineses desde 
el principio hasta los tiempos de Aníbal. 

23 Así como comprobamos que el paso de los romanos 
a Sicilia no significó una transgresión de los juramen- 
tos, del mismo modo, a propósito de la segunda guerra, 
a cuyo fin corresponde el tratado referente a Cerdeña, 
no podemos encontrar una causa o un pretexto que 

2 lo justifique. Está reconocido que los cartagineses eva- 
cuaron Cerdeña y debieron añadir la suma indicada 
de dinero obligados por las circunstancias y contra 

3 toda justicia. Pues la acusación formulada por los ro- 
manos, de que sus tripulaciones habían resultado da- 
ñadas durante la guerra de África, se desvaneció en el 
momento en que lós cartagineses les devolvieron los 
cautivos y los romanos, en agradecimiento, restituyeron 
sin rescate a los prisioneros de guerra que retenían. 

a Hemos expuesto esto con detalle en el libro prece- 
dente 6, 

5 En esta situación las cosas, nos resta ver y exami- 
nar atentamente a cuál de los dos bandos se debe 
achacar la causa de la guerra de Aníbal. 

29 Hemos indicado ya lás razones aduúcidas entonces 
por los cartagineses; ahora expondremos las de los 
romanos, no las que entonces manifestaron, indigna- 
dos por la pérdida de Sagunto, aunque se habla de 
ellas con mucha frecuencia y por muchos. 





65 Pequeña confusión de Pólibio: esto ha sido tratado en el 
libro primero. 


LIBRO III 305 


En primer lugar, no se debían tener por nulos los 
pactos establecidos con Asdrúbal, como los cartagine- 
ses tienen la desfachatez de afirmar. En efecto: en 
ellos no constaba, como en los establecidos por Luta- 
cio, «que serán vigentes si los ratifica el pueblo ro- 
mano»; Asdrúbal había pactado con autoridad orní- 
moda un tratado en el que se decía «que los 
cartagineses no cruzarían el río Ebro en son de guerra». 
En los pactos de Sicilia consta, como reconocen tam- 
bién aquéllos, «que cada parte garantizará la seguridad 
de los aliados de la otra», y no sólo a los aliados de 
aquel momento, que era la interpretación ofrecida por 
los cartagineses. Pues en tal caso se habría añadido 
«que no se aceptarían otros aliados que los que enton- 
ces tenían», o bien «que los aceptados posteriormente 
no se incluirían en el pacto». Pero no se hizo constar 
ninguna cláusula en este sentido, con lo cual quedó 
claro que la seguridad afectaba a los aliados de ambas 
partes, a los de entonces y a los que se adhirieran 
posteriormente. Lo cual es muy lógico, pues, por des- 
contado que no iban a hacer unos pactos tales que 
les privaran de la posibilidad de unirse, según las cir- 
cunstancias, a aquellos que les parecieran amigos y 
aliados útiles, o bien que les forzaran, tras aceptar su 
lealtad, a abandonarles cuando alguien cometiera una 
injusticia contra ellos. Lo esencial en el pensamiento 
de ambas partes en los pactos era esto: no molestar 
a los aliados que entonces tenía cada parte, y que nin- 
guna de ellas debía aceptar a los aliados de la otra. 
En cuanto a los adquiridos posteriormente, se estipu- 
laba «no reclutar mercenarios entre ellos; ninguna 
parte ordenaría nada que afectara los dominios de la 
otra o los de sus aliados; se garantizaba la seguridad 
de los ciudadanos de ambas partes». 

Las cosas estaban así, y era notorio que los sa- 
guntinos ya se habían aliado con los romanos muy 


20 »n 


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306 HISTORIAS 


anteriormente a la época de Aníbal. He aquí la máxima 
prueba de ello, reconocida por los mismos cartagine- 
ses: cuando los saguntinos se pelearon entre ellos, no 
se dirigieron a los cartagineses, a pesar de que los 
tenían muy cerca y disponían ya de los asuntos de 
España, sino a los romanos, y gracias a ellos endere- 
zaron su situación política. Si alguien apunta que la 
destrucción de Sagunto fue la causa de la guerra, debe 
concedérsele que los cartagineses la provocaron injus- 
tamente, contra el pacto establecido por Lutacio, en 
el que se estipulaba que los aliados respectivos debían 
gozar de seguridad, y también contra el pacto firmado 
por Asdrúbal, según el cual los cartagineses no debían 
cruzar el río Ebro con fines bélicos. Pero si como 
causa de esta guerra se aduce la pérdida de Cerdeña 
por parte de los cartagineses, y el dinero unido a tal 
pérdida, en este caso se debe reconocer que los car- 
tagineses hicieron con toda razón la guerra de Aníbal; 
aprovecharon una circunstancia que se les presentaba 
de vengarse de quienes les habían inferido daños, 
aprovechándose de otra circunstancia. 

Quizás algunos de los que mi- 
ran sin discernimiento estos he- 
chos nos podrían decir que no 
era necesaria tanta minuciosidad 
y puntualización en el tema. Sin 
embargo, si alguien cree que en toda circunstancia se 
basta a sí mismo, le diré que, en este caso, el conoci- 
miento del pasado es cosa bella, pero no imprescin- 
dible. Mas si no hay nadie, en nuestra condición hu 
mana, que se atreva a afirmar una cosa así ni para su 
vida privada ni en los asuntos públicos (efectivamente: 
ningún hombre sensato, aunque de momento sus ne- 
gocios marchen viento en popa, fundará razonablemen- 


La causalidad 
en la historia 


LIBRO HI 307 


te en ello una esperanza de futuro)“, entonces afirmo 
que el conocimiento del pasado no sólo es bello, sino 
que es necesario. ¿Pues cómo encontraría ayuda y alia- 
dos ante las injusticias de que uno se ve víctima, o su 
patria?, o bien, si uno pretende ampliar sus dominios 
e iniciar unas hostilidades, ¿cómo podría decidir a la 
gente a que le ayude en su intento?, y el que está sa- 
tisfecho de su situación, ¿cómo estimulará hábilmente 
a los que han de asegurársela y velar por él si no co- 
noce el pasado de cada uno? Porque para el presente 
siempre hay quienes amoldándose y disimulando al 
mismo tiempo, hablan y actúan de modo tal que re- 
sulta difícil penetrar en sus intenciones; en muchos, 
la verdad resulta enormemente oscurecida. La historia 
del pasado, en cambio, que comporta la prueba de los 
hechos reales, pone verdaderamente de relieve los pro- 
pósitos y las decisiones de las personas, y evidencia 
de quién se puede esperar agradecimiento, servicio y 
asistencia, y de quién lo contrario a tales disposiciones. 
Por estos hechos, pues, muchas veces y en muchas 
ocasiones es posible adivinar quién se va a compade- 
cer de nosotros, quién compartirá nuestra cólera e in- 
cluso quién va a hacernos justicia. Lo cual representa 
una gran ayuda para la vida humana, tanto en lo pú- 
blico como en lo privado. He aquí por qué los que 
escriben las historias y los que las leen no deben 
preocuparse tanto de la narración de los mismos 
hechos como de aquellos que les son anteriores, pre- 
sentes o futuros. Ya que si se suprime de la historia 
el porqué, el cómo, el gracias a quién sucedió lo que 
sucedió y si el resultado fue lógico, lo que queda es 
un ejercicio, pero no una lección. De momento deleita, 
pero es totalmente inútil para el futuro. 


6 A pesar de que el sentido general es claro, el texto 
griego ofrece aquí numerosas dificultades de transmisión, que 
se pueden ver en una edición crítica. 


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308 HISTORIAS 


Por esto, se debe suponer ignorancia en los que 
estiman que nuestra obra es difícil de adquirir y de 
leer por el número y la extensión de sus libros. ¡Cuán 
más fáciles resultan de adquirir y de leer cuarenta li- 
bros enhebrados como por un hilo y seguir claramente 
las acciones desarrolladas en Italia, en Sicilia y en 
África, enlazando con los hechos descritos por Timeo, 
después ver la época de Pirro %, hasta la toma de Car- 
tago, y conectar con lo sucedido en las otras partes 
del mundo, desde la fuga de Cleómenes, el rey de 
Esparta, hasta la confrontación de aqueos y romanos 
frente al Istmo, que no adquirir y leer las obras que 
los diversos autores han dedicado a los hechos en par- 
ticular! Dejando aparte que estas obras son muchas 
más que nuestras propias Memorias %, es imposible 
que sus lectores recojan algo seguro. En primer lugar, 
porque la mayoría de tratadistas no escribe lo mismo 
acerca de un mismo tema; después, porque omiten las 
acciones que han sido simultáneas, acciones que juz- 
gadas y contempladas comparativamente, cada una es 
susceptible de un juicio distinto al que recibiría de con- 
siderársela aisladamente, y, finalmente, porque tales 
autores son incapaces de rozar tan siquiera el aspecto 
más importante. Afirmamos, en efecto, que las partes 
más importantes de la historia son lo que se sigue de 
los hechos, de inmediato o a cierta distancia, y, prin- 
cipalmente, sus causas. Vemos que la guerra de Antíoco 
se originó en la de Filipo, ésta en la de Aníbal, y la de 
Aníbal en la de Sicilia; los hechos que hubo entre ellas 
representan muchas y variadas peripecias, pero conver- 
gen en un mismo fin. 


67 El texto griego presenta aquí una laguna que no se se- 
fala en la traducción, porque, aun así, hay sentido completo y 
coherente. Puede verse cualquier edición crítica. 

68 Otra manera que tiene Polibio de denominar su propia 
obra. 


LIBRO HI 309 


Todo esto puede ser visto y entendido por la lec- 
tura de historias universales %, pero es imposible verlo 
por las guerras mismas, como la de Perseo o la de 
Filipo, a menos que quien lea las confrontaciones tal 
como vienen expuestas por ellos crea que se ha hecho 
con un conocimiento claro de la disposición y el des- 
arrollo de toda la guerra. Pero esto no es así, sino 
que creo que la diferencia que hay entre aprender y 
sólo escuchar es la misma que existe entre nuestra 
Historia y las exposiciones particulares. 

Los embajadores romanos (de 
ahí arrancó nuestra digresión) 
escucharon el alegato cartaginés 
y no añadieron nada. El de ma- 
yor edad mostró su manto a los 
senadores cartagineses, y les dijo que allí les llevaba 
la guerra y la paz; lo sacudiría y les soltaría lo que 
eligieran. El sufeta” cartaginés les dijo que soltaran 
lo que a ellos les pareciera bien. Cuando el romano 
dijo que les soltaba la guerra, la mayoría de los com- 
ponentes del senado alzó la voz y gritó que la acep- 
taban. Y con estas palabras los embajadores y el se- 
nado cartaginés se separaron. 

Aníbal pasaba el invierno en Cartagena. Primero 
licenció a los iberos hacia sus ciudades respectivas, 
con la intención de tenerlos dispuestos y animosos 
para el futuro. A continuación dio instrucciones a su 
hermano Asdrúbal”! acerca de cómo debía ejercer el 


Inicios de la 
guerra de Aníbal 


6 Sobre el concepto estricto de «historia universal» en Po- 
libio, léase Díaz TEJERA, Polibio, págs. CXI-CXV. 

70 El texto griego dice «rey», pero este título no existía 
entre los cartagineses; debe de tratarse del sufeta de más edad. 
Los sufetas eran los dos magistrados supremos de Cartago y 
de otras repúblicas fenicias. 

71 No se trata del yerno de Amílcar, muerto ya, sino de 
un hermano de Aníbal. Saldrá todavía otro hermano de éste, 
Magón; ambos desempeñan cargos militares. 


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310 HISTORIAS 


gobierno y la autoridad sobre los iberos, y de cómo 
debía hacer los preparativos contra los romanos en el 
caso de que él mismo se encontrara ausente en cual- 
quier otro sitio. En tercer lugar se preocupó de la 
seguridad de los asuntos de Africa. Con cálculo propio 
de un hombre prudente y experto hizo pasar soldados 
de África a España y de ésta al África, estrechando 
con semejante plan la lealtad mutua de ambas pobla- 
ciones. Los que pasaron al África fueron los tersitas 
y los mastios, y además los oretanos iberos 7” y los 
ólcades. Los soldados procedentes de estos pueblos 
sumaban mil doscientos jinetes y trece mil ochocien- 
tos cincuenta hombres de a pie. Además de éstos había 
baleares (en número de ochocientos setenta), cuyo 
nombre significa propiamente «honderos». Los habitan- 
tes de estas islas usan principalmente hondas, y este 
uso ha dado nombre a las islas y a sus moradores. 
La mayoría de” los citados fue acantonada en Meta- 
gonia ”* del África, pero algunos lo fueron en la misma 
Cartago. A ella mandó también Aníbal cuatro mil in- 
fantes, en calidad a la vez de rehenes y refuerzo, pro- 


12 De los tersitas no se sabe nada; los mastios parece que 
habitaban la región actual entre Cartagena y Cádiz; otros auto- 
res les llaman bastetanos. Los oretanos vivían en la región entre 
el Guadiana y el Guadalquivir. Es indudable que Polibio les 
aplica el gentilicio de iberos, lo que significa una procedencia 
distinta de estos oretanos con referencia a los otros. Véase 
WALBANK, Commentary, ad loc. 

73 Son numerosos los testimonios de la antigiiedad clásica 
según los cuales las Baleares proporcionaban, por aquel enton- 
ces, excelentes honderos. Puesto que lanzar se dice en griego 
bállein, lo más probable es que estemos ante una etimología 
popular por parte de Polibio. De todos modos, el eminente 
filólogo mallorquín don Francisco de Borja Moll me comunica 
telefónicamente que ésta es la única etimología conocida del 
nombre «Baleares», sin que exista otra. Cf. la nota 69 del 
libro TI. 

714 Parece ser la plaza española de soberanía de Ceuta. 


LIBRO II : 311 


cedentes de las ciudades llamadas de los metagonitas. 
En España dejó a su hermano Asdrúbal cincuenta 
quiquerremes, dos cuatrirremes y cinco trirremes. De 
estas naves, treinta y dos quinquerremes y las cinco 
trirremes tenían sus dotaciones. Le confió también 
como caballería cuatrocientos cincuenta libiofenicios * 
y africanos, trescientos ilergetes”* y mil ochocientos 
hombres reclutados entre los númidas: los masilios, 
los masasilios, los macneos y los mauritanos que viven 
en la costa”; como infantería, once mil ochocientos 
cincuenta soldados de a pie africanos, trescientos li- 
gures, quinientos baleares y veintiún elefantes. 

Nadie debe extrañarse de la exactitud de esta enu- 
meración acerca de las disposiciones de Aníbal en Es- 
paña, aunque apenas la usaría uno que hubiera dis- 
puesto personalmente las acciones en todas sus partes. 


15 Los libiofenicios eran los habitantes de las ciudades alre- 
dedor de las Sirtes y de la costa atlántica de África, que go- 
zaban, respecto a Cartago, del derecho de conubium, es decir, 
sus ciudadanos podían contraer matrimonio con mujeres carta- 
ginesas, y viceversa. 

76 Aquí traduzco «ilergetes»; la transcripción del texto griego 
es «lergetes», sin duda alguna. Foucault se inclina por creer 
que se trata de una tribu norteafricana desconocida, cf. Fou- 
CAULT, Polybe, VII, pág. 71, nota al pie; WALBANK, Commentary, 
ad loc., los identifica con los conocidos ilergetes que habitaban 
las llanuras de Lérida y de la Violada, al S. de la provincia 
de Huesca. 

77 La costa es la de Africa. Los «númidas» es un término 
genérico, que incluye, más o menos, a los siguientes. Los ma- 
silios vivían entre el cabo Tretum y la provincia romana de 
África. Los masasilios (o masesilios: “la tradición manuscrita 
griega es insegura), eran también númidas que vivían al O. de 
los anteriores. Los macneos vivían en territorio de la nación 
actual de Túnez. Pero FoucauLr, Polybe, TI, pág. 71, en nota 
al pie, siguiendo a Schweigháuser, señala que en el texto griego 
hay una corrupción textual, y que debe leerse «vacceos», en cuyo 
caso se trataría de la conocida tribu prerromana de nuestra 
península. Cf. la nota 32 de este libro 1IT. 


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312 HISTORIAS 


Que nadie nos condene precipitadamente si hemos 
procedido de modo semejante a algunos historiadores 
que pretenden dar visos de verdad a sus falsedades. 
Pues nosotros hemos encontrado en el cabo Lacinio * 
esta enumeración grabada por orden de Aníbal en una 
tablilla de bronce en la época en que él se paseaba 
por Italia; hemos creído que, al menos en esta materia, 
la tablilla es totalmente fiable, y por esto hemos de- 
cidido dar crédito a la inscripción. 

Aníbal, después de tomar sus 
previsiones acerca de la seguri- 
dad de las operaciones en Afri- 
ca y en España, esperaba con 
impaciencia la llegada de los 
mensajeros que le habían enviado los galos. En efecto: 
había investigado exhaustivamente la fertilidad de la 
tierra situada al pie de los Alpes y alrededor del Po, el 
número de sus habitantes, la audacia bélica de estos 
hombres, y lo que le importaba más, la aversión que 
abrigaban contra los romanos como consecuencia de 
la guerra que tratamos en el libro anterior para fami- 
liarizar a los lectores con lo que ahora se va a expo- 
ner. Por esto, Aníbal se aferraba a esta esperanza y 
hacía toda clase de promesas; enviaba con gran interés 
legados a los jefes de los galos que habitaban en la 
parte de acá de los Alpes y a los de los mismos Alpes. 
Suponía que sólo entablaría en Italia la guerra contra 
los romanos si podía superar las dificultades del terre- 
no y llegar a los lugares antedichos, y si podía usar a 
los galos como aliados y colaboradores para el plan 
que tenía fijado. Al llegar los mensajeros y anunciar 
la buena disposición y las esperanzas de los galos, di- 
ciendo, además, que el paso de los Alpes sería muy 
duro y difícil, pero no imposible, Aníbal congregó a 


Ultimos preparativos 
de la marcha 


78 A diez kilómetros de Crotona, al S. de la costa italiana. 


LIBRO III 313 


sus tropas desde los lugares donde habían invernado ” 
al comienzo de la primavera. Acababa de saber lo ocu- 
rrido en Cartago, y esto le infundió ánimos. Confiado 
en la buena disposición de sus conciudadanos, exhor- 
taba abiertamente a sus tropas para la guerra contra 
los romanos. Expuso muy claramente de qué modo 
los romanos habían exigido la entrega de su persona 
y la de todos los oficiales de su campamento; les in- 
dicó, además, la fertilidad del país al que iban a mar- 
char, y también la buena disposición y alianza de los 
galos. Al ofrecérsele para el combate las tropas entu- 
siásticamente, las felicitó, les indicó el día en que se 
iniciaría la marcha y disolvió la asamblea. 

Aníbal realizó los mencionados preparativos duran- 
te el invierno. Dispuso una seguridad suficiente para 
los asuntos de África y los de España, y cuando Megó 
el día señalado, se puso en marcha con noventa mil 
soldados de a pie y alrededor de doce mil de caballería. 
Cruzó el río Ebro y sometió a las tribus de ilergetes y 
bargusios, también a los ernesios y a los andosinos *, 
hasta llegar a los llamados Pirineos. Redujo a todos 
estos pueblos, tomó por la fuerza algunas ciudades más 
pronto de lo que hubiera esperado, pero le costaron 
numerosas y duras luchas en las que perdió no pocos 
hombres. Dejó a Hannón como gobernante de todo el 
territorio desde el río*! hasta los Pirineos, y de los 
bargusios, pues desconfiaba mucho de ellos porque 
eran amigos de los romanos. Del ejército de que dis- 
ponía separó para Hannón diez mil hombres de in- 
fantería y mil jinetes, y también dejó la impedimenta 
de los que marchaban con él. Licenció y mandó a sus 





79 Estamos en el año 218. 

30 Sobre los ilergetes, cf. la nota 76. Bargusios, ernesios y 
andosinos son tribus prerromanas que vivían, sin duda, en las 
costas mediterráneas españolas, pero de localización imposible. 

31 Aquí se debe de tratar del Ebro. 


314 HISTORIAS 


hogares a un número de soldados igual al mencionado, 
con la intención de dejarles bien dispuestos hacia él, 
y dejar entrever a los restantes la esperanza del re- 
torno a la patria, no sólo a los iberos que marchaban 
a la campaña con él, sino también a los del país que 
se quedaban en sus casas. Quería que todos se pusie- 
ran en movimiento con buen ánimo por si eventual- 
mente precisaba de su ayuda. Tomando, pues, el resto 
de las tropas ligeras, cincuenta mil soldados de a pie 
y unos nuéve mil jinetes, los condujo a través de los 
montes llamados Pirineos para pasar el río que se 
llama Ródano. Tenía un ejército no tan numeroso como 
útil y excepcionalmente entrenado por lo continuo de 
sus luchas en España. 
Para evitar que el desconoci- 
miento de los lugares convierta 
Excurso geográfico mi exposición en ininteligible 
habrá que explicar de dónde 
partió Aníbal, los lugares que 
atravesó, sus dimensiones y a qué partes llegó de Ita- 
lia. Y deberemos decir no los nombres mismos de pa- 
rajes, ríos y ciudades, como hacen algunos historia- 
dores que suponen que esta práctica ya es totalmente 
suficiente para dar un conocimiento claro de las cosas. 
Estoy convencido de que, si se trata de lugares cono- 
cidos, la mención de los nombres ayuda no poco a la 
memoria. Pero si se trata de lugares desconocidos, su 
mención desnuda equivale a la pronunciación de pala- 
bras sin significado, que penetran en el oído, pero no 
hallan soporte en la mente: no se puede relacionar lo 
dicho con algo conocido, y la exposición resulta con- 
fusa e incomprensible. Por lo cual hay que presentar 
algún método que posibilite a los que hablan de lu- 
gares desconocidos llevar a sus oyentes, en la medida 
de lo posible, a nociones verdaderas y conocidas. 


LIBRO III 315 


El conocimiento primero y principal, común a todos 
los hombres, es la distribución y ordenamiento del 
espacio que nos rodea. Todos, incluso las personas de 
menos luces, conocemos el Norte, el Sur, el Este y el 
Oeste. El segundo conocimiento es aquel por el cual 
repartimos, en relación con los puntos señalados, los 
lugares de la tierra: los situamos siempre, por una 
referencia mental, en uno de aquellos puntos, y así 
llegamos a nociones familiares referidas a lugares des- 
conocidos y jamás vistos. 

Establecido esto acerca de la tierra en su totalidad, 
lo lógico será llevar a nuestros lectores al conocimiento 
del mundo hoy habitado, distribuyéndolo según estos 
principios. Lo dividimos en tres partes y le damos tres 
nombres. La primera parte del mundo se llama Asia, 
la segunda Africa y la tercera Europa. Estas partes 
vienen limitadas por el río Tanais *, por el Nilo y por 
la entrada de las columnas de Hércules. El Asia viene 
situada entre el Nilo y el Tanais, y cae debajo de la 
región celeste comprendida entre el Nordeste y el Sur. 
El Africa está entre el Nilo y las columnas de Hércu- 
les, y cae debajo de la región celeste que va del Sur 
al Suroeste y al Oeste, hasta el poniente equinoccial, 
que acaba junto a las columnas de Hércules. Estas dos 
regiones, contempladas en su conjunto, ocupan la 
parte meridional del Mar Mediterráneo, de Este a 
Oeste. Europa está situada frente a Asia y África, al 
norte de ambas, y se extiende sin interrupción de 
Oriente a Occidente. La parte más importante y más 
profunda está al Norte, entre el río Tanais y el de 
Narbona %, no muy distante, a poniente, de la ciudad 


82 El río Don. Las columnas de Hércules, citadas a conti- 
nuación, ya se notó anteriormente que son el estrecho de Gi- 
braltar. 

83 El río Aude. 


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316 HISTORIAS 


de Marsella y de las bocas del Ródano, por donde el 
río citado desemboca en el mar de Cerdeña +, 

Desde el Narbona, el territorio de su entorno lo ha- 
bitan los galos, hasta los montes llamados Pirineos, 
que se extienden, en una línea continua, desde el Me- 
diterráneo hasta el Mar Exterior. El resto de Europa, 
que discurre desde dichos montes hasta poniente y 
hasta las columnas de Hércules, está rodeado por el 
Mediterráneo y el Mar Exterior; la parte que se ex- 
tiende a lo largo del Mediterráneo hasta las columnas 
de Hércules se llama España $. La parte que se extien- 
de a lo largo del Mar Exterior, llamado también el Gran 
Mar, no tiene aún una denominación común porque 
ha sido explorada sólo recientemente; está habitada en 
su totalidad por tribus bárbaras muy numerosas, de 
las que daremos razón en una sección posterior. 

Por lo que se refiere a Asia y a África, que conver- 
gen en Etiopía, nadie puede decir exactamente, al me- 
nos hasta nuestra época, si en su prolongación hacia 
el Sur es tierra firme o bien si está rodeada de mar. 
Asimismo, la parte que tiende hacia el Norte, entre 
el Tanais y el río Narbona, hasta hoy nos es descono- 
cida, a no ser que desde ahora nos informemos inves- 
tigándolas a fondo. De los que escriben o hablan de 
estas regiones hay que pensar que son unos ignoran- 
tes e inventores de fábulas. 

He explicado todo esto para que mi narración no 
sea totalmente oscura para:los que ignoran los lugares, 
sino que puedan considerar, al menos, las divisiones 
generales y guiarse en mis afirmaciones por algún co- 
nocimiento, tomando como punto de partida los espa- 
cios celestes. Igual que al mirar solemos volver siempre 


8% Es decir, el mar Tirreno. 
85 El traductor es ahora más consciente que nunca del ana- 
cronismo. Cf. la nota 37 del libro 1. 


LIBRO IN 317 


el rostro hacia lo que nos muestran, es preciso volver 
nuestro pensamiento y dirigirlo a los parajes que sin 
interrupción se nos muestran a lo largo de la ex- 
posición. 

Pero dejemos estas considera- 
ciones y sigamos el hilo de la na- 
rración que nos hemos propuesto. 

En esta época los cartagineses 
dominaban todas las partes de 
África que miran al Mar Interior, desde los altares de 
Fileno %, que están en la Sirte Mayor, hasta las colum- 
nas de Hércules. La longitud de esta costa es de más 


Prosigue 
la narración 


39 


de dieciséis mil estadios. Habían cruzado la entrada 4 


de las columnas de Hércules y se habían apoderado 
de toda España hasta el promontorio que, en el Mar 
Mediterráneo, es el final de los montes Pirineos 8; 
estos montes separan a los españoles de los galos. 
Desde este lugar a la entrada de las columnas de Hér- 
cules hay unos ocho mil estadios. Desde las columnas 
de Hércules a Cartagena hay unos tres mil; en esta 
ciudad inició Aníbal su expedición contra Italia. [A 
Cartagena algunos la llaman Nueva Cartago 88.] Desde 
esta ciudad hasta el río Ebro hay dos mil seiscientos 
estadios, y desde este río hasta Ampurias * mil seiscien- 


86 Seis kilómetros tierra adentro desde la Sirte Mayor. Fj- 
leno: Polibio da el nombre en singular (Fileno), pero la refe- 
rencia es a dos hermanos cartagineses que consintieron en ser 
sepultados vivos para salvar a Cartago. Cf. SaLusti0, La guerra 
de Yugurta 79, 

87 El cabo de Creus, en la provincia de Gerona. 

88 Desde el punto de vista del texto griego, lo que se ha 
puesto entre corchetes parece ser una nota marginal de un 
lector, que un copista posterior incluyó en el texto. 

89 La ciudad griega, con un posterior asentamiento romano, 
establecida sobre un antiguo poblado ibérico; sus ruinas se pue- 
den visitar. La gente del poblado ibérico parece que se desplazó 
hasta un montículo en la localidad próxima de Ullastret, donde, 


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318 HISTORIAS 


los estadios, (desde Emporio hasta Narbona unos seis- 
cientos). Y desde aquí hasta el paso del Ródano alre- 
dedor de mil seiscientos estadios. [Los romanos han 
medido y señalado cuidadosamente estas distancias 
emplazando mojones cada ocho estadios] %, 

Desde el vado del Ródano, marchando junto al río 
remontando su curso, hasta el lugar en que las ver- 
tientes de los Alpes dan ya a Italia, hay mil cuatrocien- 
tos estadios. Pero queda el paso mismo de los Alpes, 
unos mil doscientos estadios, que Aníbal debía reco- 
rrer para llegar a las llanuras del río Po, en Italia. De 
modo que, contando desde Cartagena, la cifra total de 
estadios que debía recorrer era de unos nueve mil. 
De todos estos lugares, por lo que se refiere a las dis- 
tancias, había recorrido ya casi la mitad, pero si se 
considera la dificultad, le restaba la mayor parte del 
camino. 

Aníbal atacó los desfiladeros 
pirenaicos con un gran temor a 
los galos, porque aquellos para- 
jes son sumamente escarpados. 
Los romanos, en ese mismo tiem- 
po, ya habían oído de boca de los embajadores envia- 
dos a Cartago lo decidido allí y los discursos que se 
pronunciaron. Supieron que Aníbal había cruzado el 
río Ebro con su ejército más pronto de lo que ellos 
suponían, y resolvieron enviar a España a Publio Cor- 
nelio Escipión con sus legiones ”, y a Tiberio Sempro- 
nio a Africa. 


Hechos en la 
Galia Cisalpina 


hacia los años cuarenta, se descubrió el poblado ibérico más 
importante de Cataluña, que lleva el nombre de la localidad, 
Ullastret. 

% También aquí lo incluido entre corchetes parece una ano- 
tación marginal de un comentarista primitivo, que un copista 
posterior introdujo en el texto. 

91 Es el año 218, año conocido en la historia de España, 


LIBRO 111 319 


Mientras éstos reclutaban las tropas y hacían los 
preparativos restantes, los romanos se apresuraron a 
organizar las colonias que ya habían planeado enviar 
a la Galia (Cisalpina). Pusieron gran ardor en amura- 
llar las ciudades, y ordenaron a sus futuros habitantes 
que se personaran en ellas en el plazo de treinta días. 
Cada ciudad iba a tener unos seis mil. Fundaron la 
primera colonia en la parte de acá del río Po y la lla- 
maron Placentia %; la segunda, en la parte de allá del 
río, y la llamaron Cremona. 

Apenas fundadas estas ciudades, los galos llamados 
boyos (que desde hacía tiempo buscaban, sin encon- 
trarla, una ocasión para deshacerse de la amistad de 
los romanos), se envanecieron fiados, por las declara- 
ciones de sus mensajeros, en la llegada de los cartagi- 
neses, y desertaron de los romanos, abandonando los 
rehenes entregados al final de la guerra pasada, que 
hemos descrito en el libro anterior a éste. 

Llamaron a los insubres, que compartían con ellos 
la cólera por los hechos de antes, y devastaron las tie- 
rras que los romanos habían distribuido en lotes. Per- 
siguieron a los fugitivos hasta Mutina*%, que era co- 
lonia romana, y la asediaron. Entre los que encerra- 
ron allí había tres hombres notables, que habían sido 
enviados para repartir las tierras; uno de ellos era 
Cayo Lutacio, que anteriormente había sido cónsul, y 
dos antiguos pretores. Los tres creyeron oportuno 
parlamentar con los boyos, a lo que éstos accedieron. 
Pero cuando los romanos hubieron salido, los boyos, 
menospreciando cualquier derecho, les cogieron prisio- 
neros; esperaban que así recuperarían a sus propios 
rehenes. 


pues en él empieza el período de romanización de la Península 
Ibérica. 

2 Es la actual Piacenza. 

9 La actual Módena. 


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320 HISTORIAS 


Lucio Manlio, al que habían nombrado pretor, y 
estaba en aquellos parajes con sus fuerzas, cuando 
oyó lo ocurrido, acudió en su socorro a marchas for- 
zadas. Pero los boyos se enteraron de su llegada y le 
tendieron una celada en unos encinares, y al tiempo 
de llegar los romanos en el paraje boscoso se vieron 
asaltados a la vez desde todas partes; los boyos les 
infligieron muchas bajas. Los supervivientes primero 
emprendieron la huida, pero cuando alcanzaron unas 
alturas, allí se reagruparon como para poder efectuar 
con dificultad una honrosa retirada. Los boyos persis- 
tieron en su persecución y les cercaron en la aldea lla- 
mada Tannes ”. Cuando en Roma se enteraron de que 
los boyos habían atrapado la legión cuarta y la ase- 
diaban enérgicamente, enviaron al punto en su ayuda 
las legiones puestas a disposición de Publio Cornelio 
Escipión, al mando de un pretor; ordenaron a aquél 
reclutar y concentrar más legiones de entre los aliados. 

Esto fue lo que pasó en la 
Galia Cisalpina desde el principio 
hasta la llegada de Aníbal. La si- 
tuación evolucionó tal como he- 
mos descrito en los libros pre- 
cedentes y ahora mismo. 

Los cónsules romanos, cuando terminaron los pre- 
parativos para sus operaciones, zarparon a principios 
de verano para las acciones que tenían asignadas. Pu- 
blio puso rumbo a España con sesenta naves, y Tiberio 
Sempronio al África con ciento sesenta naves quin- 
querremes. Y se aplicó a la guerra de manera tan 
imponente y hacía tales preparativos en Lilibeo, jun- 
tándo todo lo que podía desde cualquier parte, que 
daba la impresión de que nada más desembarcar ase- 
diaría Cartago. Publio Cornelio Escipión costeó la Li- 


Aníbal cruza 
el Ródano 


2% La actual Taneto, entre Parma y Módena. 





LIBRO 111 321 


guria, y en cinco días llegó de Pisa a la región de 
Marsella. Fondeó junto a la primera boca del Ródano, 
la llamada Masaliota, e hizo desembarcar a sus fuer- 
zas, pues le llegaba la voz de que Aníbal cruzaba ya 
los montes Pirineos. Sin embargo, estaba convencido 
de tenerle todavía a gran distancia, tanto por las di- 
ficultades de los lugares como por la multitud de galos 
que había de por medio. Pero Aníbal, que había so- 
bornado a unos galos con dinero y sometido a otros 
por la fuerza, se presentó inesperadamente con su 
ejército y se dispuso a cruzar el Ródano; el Mar de 
Cerdeña le quedaba a la derecha. Cuando Escipión tuvo 
noticia de la presencia del enemigo, no acababa de 
creerlo, por la prontitud de aquella llegada, así que 
quiso averiguar la verdad. Concedió un descanso a las 
tropas que habían arribado por mar y deliberó con 
sus oficiales acerca de qué clase de terreno debían 
elegir para presentar batalla al enemigo. Mandó como 
avanzadilla a sus trescientos jinetes más bravos, dán- 
doles como guías y auxiliares a unos galos que casual- 
mente estaban a sueldo de los masaliotas. 

Aníbal, así que llegó a los parajes próximos al río, 
intentó cruzarlo allí donde su curso es todavía único, 
a una distancia del mar que un ejército haría en unos 
cuatro días. Se concilió de todas las formas imagina- 
bles la amistad de los pueblos ribereños: les compró 
las barcas y los esquifes, suficientes en número, puesto 
que muchos de los que habitan la región del Ródano 
se dedican al tráfico marítimo. Adquirió de ellos tam- 
bién la madera necesaria para fabricar barcas, por lo 
cual al cabo de dos días tenía construidas muchísimas, 
pues sus hombres se empeñaban en no depender del 
vecino y en depositar en sí mismos la esperanza de 
cruzar el río. Pero entonces se concentró en la otra 
orilla una gran multitud de bárbaros con la intención 
de impedir el paso del río a los cartagineses. Aníbal 


22 »1 


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322 HISTORIAS 


se percató muy bien de que en aquellas circunstan- 
cias ni podría forzar por la violencia el paso del río, 
porque el número de enemigos apostados era incalcu- 
lable, ni podría aguartar allí sin que el adversario le 
atacara por todas partes. 

A la tercera noche envía parte de sus fuerzas, con 
unos guías naturales del país, bajo el mando de 
Hannón *%, el hijo del sufeta Bomílcar. El contingente 
marchó unos doscientos estadios curso arriba del río, 
hasta llegar a un lugar en que la corriente se divide y 
forma una pequeña isla, y se quedaron allí. Fijando y 
atando troncos de un bosque vecino, en breve tiempo 
armaron muchas balsas, suficientes para lo que enton- 
ces necesitaban; en ellas cruzaron el río con seguridad 
y sin que nadie les estorbara, Tomaron un lugar abrup- 
to, y aquel día permanecieron allí tanto para descan- 
sar de las penalidades anteriores como para prepararse 
para la operación siguiente, según las órdenes que 
tenían. Aníbal hizo algo muy parecido con las tropas 
que habían quedado con él. Lo que le ofrecía más di- 
ficultades era hacer cruzar el río a los elefantes, que 
eran treinta y siete. 

De todos modos, al llegar la quinta noche, los que 
habían cruzado el río por la parte superior de su curso, 
al amanecer avanzaron por su orilla contra los bárba- 
ros apostados en ella, Aníbal, que tenía ya dispuestos 
sus propios soldados, esperaba el momento de cruzar. 
Había llenado los esquifes con caballería ligera y las 
barcas con infantería más ligera. Los esquifes estaban 
situados arriba y contra corriente; a continuación los 
transportes ligeros. Así serían los esquifes los que so- 
portarían la fuerza mayor de la corriente, y el paso de 
las demás embarcaciones sería más seguro durante la 
travesía. Idearon también arrastrar los caballos a popa 


95 Un tercer Hannón; éste, sobrino de Aníbal. 


LIBRO 11 323 


de los esquifes, para que nadaran. Un solo hombre 
conducía por las riendas tres o cuatro a la vez, a cada 
lado de la popa, de modo que ya inmediatamente, en 
el primer paso, trasladaron un buen número de ca- 
ballos. 

Los bárbaros, al ver el intento de los enemigos, sa- 
lieron desordenadamente de sus atrincheramientos, con- 
vencidos de que frustrarían con facilidad el desembarco 
cartaginés. Aníbal vio que en la orilla opuesta sus sol- 
dados estaban ya cerca, pues, según lo convenido, le 
habían señalado su presencia mediante humaredas. 
Ordenó a todos sus hombres embarcar a la vez, y a 
los que dirigían las embarcaciones navegar contra co- 
rriente. La operación se hizo rápidamente, porque los 
que estaban en las embarcaciones rivalizaban entre 
ellos, con gran griterío, en su pugna contra la fuerza 
del río. Ambos ejércitos estaban frente a frente, en 
las dos orillas: unos se asociaban a las dificultades 
de sus camaradas, y les seguían con gritos en sus es- 
fuerzos, mientras que los bárbaros entonaban cantos 
de guerra y llamaban al combate. El espectáculo era 
sobrecogedor y producía angustia. 

En el momento en que los bárbaros abandonaron 
sus barracas, los cartagineses que estaban en aquella 
orilla les acometieron de manera súbita e inesperada. 
Algunos prendieron fuego al campamento, pero la ma- 
yoría atacó directamente a los que acechaban la tra- 
vesía. Los bárbaros, sorprendidos por aquella inespe- 
rada maniobra, unos retrocedieron para proteger sus 
barracas, otros se defendieron y entablaron combate 
con los atacantes. Cuando comprendió que la acción 
se desarrollaba según sus cálculos, Aníbal rápidamente 
organizó a los que habían desembarcado, les arengó y 
trabó pelea contra los bárbaros. Los galos, ante aquel 
desorden y ante un hecho tan inesperado, volvieron 
pronto la espalda y se dieron a la fuga. 


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324 HISTORIAS 


El general cartaginés, pues, dominó a la vez el paso 
del río*% y a los enemigos. Luego se dedicó inmediata- 
mente a hacer pasar a los hombres que quedaban en 
la otra orilla. Tras pasar a todas sus fuerzas en poco 
tiempo, aquella noche acampó en la misma orilla del 
río. Al enterarse, al día siguiente, de que una flota 
romana había fondeado en la desembocadura, envió 
quinientos jinetes nómadas a inspeccionar dónde es- 
taban, cuántos eran y qué hacían los enemigos. Al 
mismo tiempo dispuso que unos hombres adiestrados 
pasaran los elefantes. 

Él reunió a sus fuerzas y les presentó a Mágilo y a 
otros reyezuelos, que habían acudido allí desde las lla- 
nuras del Po. A través de un intérprete hizo saber a 
sus tropas los planes que habían acordado. Lo que 
infundió más ánimos a aquella masa de hombres fue, 
primero, el ver con sus propios ojos a aquellos que 
les incitaban y que les decían que ellos mismos cola- 
borarían en una guerra contra los romanos. En segundo 
lugar, la seguridad y la promesa de que les guiarían 
por unos lugares en los que no les iba a faltar nada 
necesario para marchar contra Italia con toda seguri- 
dad y en poco tiempo. Hablaron, además, de la ferti- 
lidad del país al que iban a llegar, de su extensión, del 
coraje de los hombres en compañía de los cuales iban 
a combatir contra las fuerzas romanas. Los galos, 
después de hablar así, se retiraron. Tras ellos se des- 
tacó Aníbal en persona, y en primer lugar recordó a 
aquella multitud las gestas ya cumplidas, en las que, 
afirmó, ellos mismos habían afrontado muchos peligros 
y empresas azarosas, sin fracasar en ninguna por 
haber seguido su parecer y consejo. De modo que les 


9% No sabemos el lugar exacto por donde Aníbal cruzó el 
Ródano, pero fue, ciertamente, entre las ciudades de Aviñón y 
Tarascón. 


LIBRO JII 325 


incitó a estar confiados, al ver que lo más arduo de la 
empresa estaba superado; pues habían vencido el paso 
del río y habían visto por sí mismos la adhesión y la 
predisposición de los aliados. Por eso creía que podían 
despreocuparse de cada una de las operaciones porque 
caían bajo su incumbencia personal. En cambio, de- 
bían cumplir las órdenes, ser hombres valientes y a la 
altura de las gestas pasadas. La muchedumbre aplaudió 
y evidenció gran empuje y ardor. Aníbal les felicitó, y 
tras rogar a los dioses por todos sus planes les des- 
pidió diciéndoles que se cuidaran y que se prepararan 
con empeño; la marcha iba a iniciarse a la aurora si- 
guiente. 

Ya se había disuelto aquella asamblea cuando lle- 
garon los númidas enviados en misión de reconoci- 
miento. La mayoría de los que habían salido había 
muerto y los restantes habían huido precipitadamente, 
porque no lejos de su propio campo se habían trope- 
zado con la caballería romana, enviada por Publio con 
la misma finalidad, y ambos destacamentos pusieron 
tal coraje en la escaramuza que murierori en ella ciento 
cuarenta jinetes entre galos y romanos, y más de dos- 
cientos jinetes númidas. Después de la refriega los ro- 
manos siguieron la persecución y se acercaron al atrin- 
cheramiento cartaginés, que examinaron; dieron la 
vuelta y regresaron para explicar a su general la pre- 
sencia del enemigo. Llegaron, pues, a su campamento, 
y la anunciaron. Escipión transportó inmediatamente 
sus bagajes a las naves, levantó todo su campamento 
y avanzó hacia el río, deseando establecer contacto con 
el enemigo. Al día siguiente de la asamblea Aníbal, al 
amanecer, hizo avanzar toda la caballeria en dirección 
al mar, en situación de observadora, e iba haciendo 
salir del atrincheramiento a sus fuerzas de a pie para 
emprender la marcha. Él personalmente se quedó en 
espera de los elefantes y de los hombres que había 


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326 HISTORIAS 


dejado a su cuidado. El paso de los elefantes se efec- 
tuó como sigue: 

Construyeron un gran número de balsas muy sóli- 
das, ataron fuertemente entre sí a dos de ellas y las 
adosaron a la tierra firme, a la orilla misma del río; 
entre ambas tenían una anchura como de cincuenta 
pies. Por la parte externa de éstas ataron otras que 
encajaran con ellas, y alargaron así la plataforma hacia 
el curso del río. Consolidaron el lado de la corriente 
con cables fijados en tierra, atándolos a los árboles 
que crecían en la orilla, para que toda la obra resis- 
tierra y no cediera, yéndose río abajo. Cuando hubie- 
ron construido el conjunto de esta plataforma proyec- 
tada hacia adelante, de una anchura de dos pletros ”, 
añadieron a las últimas balsas dos más excepcionalmen- 
te resistentes, atadas estrechamente, y a éstas otras, 
de la misma manera, pero de modo tal que las amarras 
fueran fáciles de cortar. Además, habían fijado a las 
balsas muchas correas: con ellas los esquifes que iban 
a remolcar las balsas impedirían que éstas fueran 
arrastradas por el río, y al retenerlas con fuerza contra 
la corriente permitirían transportar y pasar a los ele- 
fantes sobre tales artilugios. Recubrieron las balsas 
con mucha tierra, que echaron encima hasta nivelarlas; 
las allanaron y les dieron el mismo color del camino 
que conducía al vado a través de la tierra firme. Los 
elefantes están acostumbrados a obedecer a los indios 
hasta llegar al agua, pero en modo alguno se atreven 
a penetrar en ella. Los indios hicieron avanzar por la 
tierra apisonada a un par de hembras, que los elefan- 
tes siguieron. Así que situaron en las últimas balsas a 
los elefantes, cortaron las amarras que las unían a las 
otras, tiraron con los esquifes de los cables y pronto 


N El área de un pletro es 0,087 de hectárea, unos treinta 
metros cuadrados. 


LIBRO III 327 


separaron de la tierra apisonada los elefantes y las bal- 
sas que los transportaban. Tras esta operación los ani- 
males al principio se pusieron a dar vueltas y embes- 
tían hacia todas partes; pero, rodeados por la corriente, 
se acobardaron y se vieron forzados a permanecer en 
su sitio. De esta manera, atando cada vez dos balsas, 
hicieron cruzar encima de ellas la mayoría de los ele- 
fantes. Algunos, con todo, se lanzaron aterrorizados al 
río a mitad de la travesía, y ocurrió que sus indios 
murieron todos, pero los elefantes se salvaron. Pues, 
gracias a la fuerza y longitud de sus trompas, que le- 
vantaban por encima del agua, inspirando y exhalando 
a la vez, resistieron la corriente, haciendo erguidos la 
mayor parte de la travesía. 

Cuando los elefantes hubieron sido trasladados, Aní- 
bal los recogió, y con ellos y los jinetes formó la reta- 
guardia. Y avanzó paralelamente al río, desde el mar 
en dirección a Oriente; se marchaba como si fuera 
hacia el interior del continente europeo. 

El Ródano tiene sus fuentes orientadas hacia po- 
niente, encima del golfo Adriático, en la vertiente norte 
de los Alpes; fluye en dirección Sudoeste y desemboca 
en el Mar de Cerdeña. Corre casi siempre por un valle 
en cuya parte norte habitan los galos ardieos*%, pero 
por el Sur le bordean en toda su longitud las estriba- 
ciones de los Alpes que miran hacia el Norte. Las lla- 
nuras del Po, de las que hemos hablado largamente, 
están separadas del valle del Ródano por la citada 
cordillera, que arranca en Marsella y cubre todo el 
golfo Adriático; esta cadena montañosa es la que, par- 
tiendo de la región del Ródano, franqueó Aníbal para 
invadir Italia. 

Algunos de los autores que han tratado este paso 
de los Alpes quieren sobrecoger a los lectores mediante 


% Es un linaje totalmente desconocido. 


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328 HISTORIAS 


narraciones portentosas sobre los lugares citados, y no 
caen en la cuenta de que cometen las dos faltas más 
directas contra el género histórico, pues narran men- 
tiras y, además, se contradicen a sí mismos: presen- 
tan a Aníbal como general sin parangón por su pre- 
visión y audacia, y al mismo tiempo nos lo muestran, 
sin duda alguna, como el más irracional; entonces, in- 
capaces de encontrar solución y salida a sus embustes, 
introducen dioses e hijos de dioses en la historia cien- 
tífica. En efecto, establecen que la fragosidad y las 
dificultades de los Alpes son tales que, no ya los ca- 
ballos y los ejércitos, junto con los elefantes, sino que 
ni tan siquiera la infantería ligera los pasaría con 
facilidad; y como también nos describen aquellos pa- 
rajes como tan desiertos que, a no ser que un dios o 
un héroe hubiera guiado a los hombres de Aníbal, 
todos se hubieran visto en una situación difícil y hu- 
bieran perecido, es evidente que estos autores caen en 
ambos errores citados. 

Porque, ante todo, ¿qué general nos parecería más 
absurdo que Aníbal, qué jefe más inhábil? ¿El, coman- 
dante de un ejército tan enorme, hombre que abrigaba 
las esperanzas de un triunfo total en sus empresas, 
no iba a conocer ni las rutas del país ni los parajes 
—según afirman estos autores—, ni, en absoluto, las 
tierras ni los hombres a los que se dirigía, y, lo que 
ya es el colmo, incluso si se lanzaba a una empresa 
posible? 

Pero lo que no admiten ni los generales derrota- 
dos irremisiblemente y que se ven en dificultades de 
todo género, es decir, entrar con sus tropas en parajes 
desconocidos, estos autores se lo achacan a Aníbal 
cuando en sus planes tenía todavía intactas las más 
bellas esperanzas. Igualmente es manifiesta la falacia 
de estos autores cuando nos dicen que los lugares en 
cuestión son un desierto abrupto e impracticable. Ig- 


LIBRO II 329 


noran, en efecto, que los galos transalpinos, que habitan 
junto al río Ródano, ya muchas veces antes de la pre- 
sencia de Aníbal, y no en tiempos remotos, sino muy 
poco antes, habían cruzado los Alpes, cosa que sabe 
todo el mundo, para oponerse a los romanos y luchar 
codo a codo con los galos que habitan las llanuras del 
Po, tal como hemos explicado en los libros anteriores. 
Tales autores no saben además que los mismos Alpes 
son habitados por una población muy numerosa, y al 
ignorar totalmente lo dicho, afirman que un héroe se 
apareció a los cartagineses y les mostró el camino. Por 
esto es natural que deban recurrir a algo semejante a 
aquello a que recurren los autores trágicos. Éstos, al 
final de sus dramas, necesitan de un deus ex machina, 
puesto que sus planteamientos iniciales son irraciona- 
les y absurdos. Es inevitable que a estos autores les 
ocurra algo semejante, y que se inventen apariciones 
de dioses y de héroes, puesto que propusieron princi- 
pios poco fiables y falsos. ¿Cómo sería posible poner 
un final razonable a unos comienzos absurdos? Pero 
Aníbal desarrolló sus planes no como éstos escriben, 
sino con un alto sentido práctico: había averiguado de 
modo concluyente la fertilidad del país al que se pro- 
ponía acudir, la aversión de sus habitantes contra los 
romanos, y para el paso de los lugares intermedios 
difíciles se había servido de guías y de unos jefes in- 
dígenas que iban a participar de sus mismas espe- 
ranzas. 

Hacemos estas afirmaciones con una seguridad total, 
por habernos documentado sobre las operaciones a 
través de personas que tomaron parte directamente en 
aquellos sucesos, y por haber visitado personalmen- 
te los lugares y haber hecho la ruta de los Alpes para 
tener una visión y un conocimiento exactos. 


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Cuando hacía tres días que los cartagineses habían 4 


iniciado la marcha, Escipión, el general romano, llegó 


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330 HISTORIAS 


al paso del río. Comproubó que el adversario ya había 
partido, y se maravilló a más no poder, ya que estaba 
persuadido de que jamás osaría efectuar la marcha 
hacia Italia por aquellos lugares, entre otras razones 
porque los bárbaros de aquellos parajes eran muchos 
y muy traidores. Pero al ver que los cartagineses se 
habían arriesgado, regresó rápidamente hacia las naves, 
llegó donde estaban y embarcó a sus tropas. Envió a 
su hermano a las operaciones de España, y él perso- 
nalmente viró en redondo y navegó hacia Italia, con el 
afán de adelantarse al adversario, y, a través de la Etru- 
ria, encontrarle al pie de los Alpes. 

Aníbal marchó ininterrumpidamente durante cuatro 
días desde que cruzara el río, y llegó a un lugar llamado 
La Isla?, país muy poblado y rico en trigo, cuyo nom- 
bre se debía a su misma forma: por un lado fluye el 
río Ródano y por el otro el Isére; cuando conflu- 
yen dan a este lugar la figura de una punta. Tanto en 
dimensiones como en forma es un lugar parecido al 
que en Egipto se llama El Delta, sólo que en éste el 
mar forma uno de los lados, que ciñe las desemboca- 
duras de los ríos; aquí el lado correspondiente lo for- 
man montañas difícilmente practicables, de penetra- 
ción penosa y casi, por así decir, inaccesibles. 

Aníbal, pues, llegó a este lugar y se encontró en él 
con dos hermanos que se disputaban la realeza, y que 
se habían enfrentado ya con sus dos ejércitos. El mayor 
de estos hermanos se atrajo a Aníbal y le pidió colabo- 
ración y ayuda para hacerse con el poder. El cartaginés 
accedió, pues era claro el provecho que en aquel mo- 
mento iba a obtener. De modo que le ayudó militar- 
mente, y tras expulsar al otro, obtuvo muy buena co- 
laboración por parte del vencedor; pues no sólo abas- 
teció abundantemente de trigo y de otras provisiones 


9 Es, sin duda alguna, un lugar de la cuenca del Isére. 


LIBRO III 331 


a su ejército, sino que al cambiarle las armas viejas 
y gastadas renovó así su fuerza de manera muy opor- 
tuna. Además, como avitualló a la mayoría con vesti- 
dos y calzados, les procuró la mayor facilidad para 
cruzar los montes. Y lo que es más importante: los 
cartagineses temían su paso por la región de los galos 
llamados alóbroges, y este rey les cubrió la retaguar- 
dia con su propio ejército; así dispuso que los carta- 
gineses avanzaran sin peligro hasta llegar al paso de 
los Alpes. 

Tras una marcha de diez días 
a lo largo del río, unos ochocien- 
tos estadios, Aníbal inició la as- 
censión de los Alpes '%, y cayó en 
los mayores riesgos. Pues mien- 
tras los cartagineses se encontraban aún en la llanura, 
los jefes de las tribus de los alóbroges se mantuvieron 
distanciados de ellos, tanto por temor a la caballería 
como a los bárbaros que cerraban la marcha. Pero 
cuando éstos se hubieron retirado a sus tierras y los 
hombres de Aníbal empezaban ya el avance por terre- 
nos difíciles, entonces los jefes alóbroges concentraron 
un número de tropas suficientes y se adelantaron a 
ocupar lugares estratégicos, por los cuales los hombres 
de Aníbal debían efectuar inevitablemente la ascen- 
sión. Si hubieran logrado mantener oculta su inten- 
ción hubieran podido destruir totalmente el ejército 
de los cartagineses; pero como fueron descubiertos, 
aunque causaron grandes estragos en los hombres de 
Aníbal, no fueron menores los que se infirieron a sí 
mismos. El general cartaginés, en efecto, sabedor de 


Aníbal pasa 
los Alpes 


100 Napoleón Bonaparte, que parece que se interesó por la 
ciencia militar, sostenía que esta ascensión de los Alpes se 
había iniciado por el pequeño San Bernardo. Por lo demás, el 
trazado de la ruta más probable de Aníbal en su paso de los 
Alpes puede verse en Weltatlas, pág. 31. 


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332 HISTORIAS 


que los bárbaros se habían anticipado a ocupar posi- 
ciones estratégicas, acampó en sus mismas estribacio- 
nes y permaneció allí. Envió a algunos galos de los 


“que actuaban como guías para que indagaran las inten- 


ciones del adversario y toda su disposición. Los envia- 
dos cumplieron las órdenes, y Aníbal pudo saber que 
el enemigo de día observaba cuidadosamente el orden 
y custodiaba los parajes, pero que de noche se retira- 
ban a una ciudad no lejana. Se ajustó, pues, a esta tác- 
tica, y dispuso la acción como sigue: tomó sus fuerzas, 
avanzó a la vista de todos, se aproximó a los lugares 
abruptos y acampó no lejos del enemigo. Cuando so- 
brevino la noche ordenó encender hogueras, y dejó 
allí la mayor parte de sus tropas. Equipó a los hom:- 
bres más aptos como soldados de infantería ligera, 
durante la noche pasó los desfiladeros y tomó las po- 
siciones que habían sido ocupadas antes por el adver- 
sario, puesto que los bárbaros se habían retirado, según 
su costumbre, a la ciudad. 

Logrado esto, cuando vino el día, los bárbaros, aper- 
cibidos de lo ocurrido, primero desistieron de sus in- 
tenciones. Pero después, al ver la gran cantidad de 
acémilas y a los jinetes que marchaban con dificultad y 
lentamente por aquellas fragosidades, se decidieron por 
esa circunstancia a cortar la marcha. Cuando llegó el 
momento, los bárbaros atacaron por todas partes, y el 
desastre de los cartagineses fue muy grande, no tanto 
por los hombres, sino por aquellos parajes. La vereda, 
en efecto, no sólo era estrecha y pedregosa, sino tam- 
bién empinada, de manera que cualquier movimiento 
o cualquier perturbación hacía que se despeñaran por 
los precipicios muchas acémilas con sus cargas. Los 
que provocaban más este desorden eran los caballos 
heridos; cada vez que una herida les desbocaba, unos 
caían de bruces sobre las acémilas y otros se precipi- 
taban hacia adelante y arrastraban consigo todo lo 


LIBRO III 333 


que en la aspereza se les presentaba; se producía una 
confusión enorme. Al ver esto Aníbal y calcular que 
si se perdían todos los bagajes ni aun los que consi- 
guieran eludir el riesgo se salvarían, recogió a los que 
de noche habían tomado las posiciones estratégicas y 
se lanzó en ayuda de los suyos que abrían la marcha. 
Allí murieron muchos bárbaros, puesto que Aníbal ata- 
caba desde lugares más altos, pero no menos cartagi- 
neses. En efecto: la confusión que ya acompañaba a 
la marcha se acrecentó por el griterío y el combate 
de los citados. Sólo cuando hubo matado a la mayoría 
de los alóbroges y obligado a los restantes a replegarse 
y a huir a sus tierras Aníbal logró que, a duras penas, 
atravesaran aquellos lugares difíciles las acémilas y 
los acemileros supervivientes. El mismo, pasado el pe- 
ligro, reunió a todos los hombres que pudo y atacó la 
ciudad desde la que el enemigo le había agredido. La 
sorprendió casi desierta, pues las posibles ganancias 
habían atraído a sus habitantes, y se adueñó de ella. 
En este lugar Aníbal obtuvo muchas cosas útiles, tanto 
para el presente como para el futuro. De momento 
se hizo con una gran cantidad de caballos y de acémi- 
las, junto con muchos hombres suyos que habían caído 
prisioneros. Tuvo, además, abundancia de trigo y de 
ganado para dos o tres días, y, sobre todo, infundió 
temor a las tribus vecinas, de manera que los habitan- 
tes de las proximidades ya no se atrevieron sin más 
a molestarle durante la ascensión. 

Aníbal estableció allí su campamento, aguardó un 
día y se puso de nuevo en marcha. En las jornadas si- 
guientes condujo con seguridad su ejército hasta cierto 
punto, pero en el día cuarto se volvió a ver expuesto a 
grandes riesgos. En efecto, los que habitaban los luga- 
res por los que pasaba tramaron de común acuerdo 
un engaño y le salieron al encuentro con coronas y 
ramos de olivo, lo cual entre casi todos los bárbaros 


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334 HISTORIAS 


es señal de amistad, al igual que el caduceo entre los 
griegos. Tales lealtades no acababan de convencer a 
Aníbal, e intentaba con sumo cuidado averiguar sus 
intenciones y su entero propósito. Ellos afirmaron que 
conocían bien la toma de_la ciudad y la ruina de los 
que habían intentado dañarle, y le aclararon que es- 
taban allí por esto, porque no querían hacer ni sufrir 
nada malo; le prometieron, además, que le entregarían 
rehenes. Durante mucho tiempo Aníbal anduvo preca- 
vido y desconfiaba de lo que le iban diciendo. Con 
todo, calculó (que si aceptaba) aquellos ofrecimientos, 
quizás convertiría en más cautos y pacíficos a los que 
se le habían presentado, pero que si no los aceptaba, 
los tendría por enemigos declarados. Se avino, pues, a 
lo que le decían, y simuló aceptar aquellas amistades. 
Los bárbaros entregaron los rehenes, aportaron reba- 
ños en abundancia y, en suma, se entregaron sin reser- 
vas ellos mismos en sus manos, de modo que Aníbal y 
los suyos acabaron por creer tanto en ellos que les 
tomaron por guías en los lugares difíciles que iban a 
seguir. Los bárbaros, pues, les guiaron durante dos 
días, y entonces una masa de bárbaros que les iba si- 
guiendo les ataca cuando cruzaban un desfiladero di- 
fícil y escarpado. 

En aquella ocasión se hubiera perdido, simplemen- 
te, todo el ejército de Aníbal. Pero éste guardaba to- 
davía un punto de desconfianza, y, en previsión del 
futuro, había situado bagajes y caballería abriendo la 
marcha; la infantería marchaba, cerrándola a retaguar- 
dia. Ésta, pues, estaba al acecho, lo cual aminoró el 
desastre, pues los soldados de a pie contuvieron el 
ataque de los bárbaros. Sin embargo, y a pesar de 
que salió del trance, perdió gran cantidad de hombres, 
de acémilas y de caballos. El enemigo, en efecto, había 
ocupado las alturas; los bárbaros, avanzando por las 
cumbres, hacían caer peñascos, que rodaban contra 


LIBRO 111 335 


unos, lanzaban a mano piedras contra otros, y así les 
causaron tanto riesgo y confusión que Aníbal se vio 
forzado a pernoctar con la mitad de su ejército en un 
lugar yermo, rocoso y pelado, separado de sus caballos 
y de sus acémilas; les iba cubriendo, hasta que a duras 
penas logró, durante la noche, salvar el desfiladero. Al 
día siguiente, cuando el enemigo se hubo ya retirado, 
estableció contacto con jinetes y acémilas, y progresó 
hacia los pasos más avanzados de los Alpes, sin en- 
contrarse ya ningún grupo organizado de bárbaros, y 
hostigado sólo por pequeñas bandas y en ciertos para- 
jes; unos por retaguardia y otros por vanguardia, le 
privaron de algunas acémilas con asaltos bien calcu- 
lados. En todas estas acciones a Aníbal le fueron de 
gran utilidad los elefantes: el enemigo no osaba atacar 
por los lugares por los cuales éstos pasaban, ya que la 
extraña figura de estos animales les resultaba impo- 
nente. 

Al cabo de nueve días llegó a la cumbre, donde 
acampó y aguardó dos, con la intención de hacer des- 
cansar a los que se habían salvado y recobrar a los 
rezagados. En esta ocasión muchos de los caballos que 
habían perdido el tino y muchas de las bestias de 
carga que la habían arrojado de sí siguieron sorpren- 
dentemente el rastro, lo recorrieron y volvieron a es- 
tablecer contacto con el campamento. 

La nieve se iba acumulando ya sobre las cumbres, 
puesto que se aproximaba el ocaso de las Pléyades 1%, 
Aníbal vio a sus tropas desmoralizadas tanto por las 
penalidades precedentes como por las que preveían. 
Congregó a sus hombres e intentó estimularles, toman- 
do para ello como única ocasión la vista de Italia; pues 
está tan próxima a los montes en cuestión que si se 
mira a la vez a ambos lados, los Alpes parecen estar 


101 Estamos a finales de septiembre del año 218. 


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336 HISTORIAS 


3 dispuestos como la acrópolis de toda Italia. Por eso 
Aníbal iba mostrando a sus hombres las llanuras del 
río Po, y les recordaba en resumen la buena disposi- 
ción de los galos que la habitaban; al propio tiempo 
les indicaba la situación de Roma. Y así logró infundir 

4 elevada moral a sus soldados. Al día siguiente levantó 
el campamento e inició el descenso. En él ya no en- 
contró adversarios, fuera de algunos malhechores em- 
boscados, pero los parajes mismos y la nieve le hicieron 
perder casi tantos hombres como los que había perdido 

s en la subida. La bajada se hacía por rutas estrechas 
y en pendiente, y la nieve había borrado los caminos; 
todo el que caía fuera de la senda y se extraviaba, se 

e despeñaba precipicio abajo. Sin embargo, los hombres 
de Aníbal soportaron también estas penalidades, puesto 

7 que ya estaban habituados a las cosas así. Pero llega- 
ron a un lugar muy angosto que no podían atravesar 
ni los elefantes ni las acémilas; su longitud era de 
estadio y medio. La pendiente, antes ya muy pronun- 
ciada, lo era todavía más, por un reciente desprendi- 
miento. Allí el ejército volvió a desmoralizarse y a re- 

8 troceder. Primero el general cartaginés intentó dar un 
rodeo y evitar aquel mal paso, pero la nieve caída hacía 
también imposible esta solución, y Aníbal renunció al 
intento. 

ss Lo que ocurría era raro y desacostumbrado. Porque 
sobre la nieve primera y la que quedaba del invier- 
no anterior estaba la nieve recién caída, fácil de 
hollar por dos motivos: su precipitación era reciente, 
y por esto se trataba de nieve blanda, sin un espesor 

2 excesivo. Pero cuando la habían pisado y caminaban 
encima de la capa inferior helada no lograban fijar el 
pie, sino que patinaban resbalando con ambos pies; 
ocurría lo mismo que cuando se camina por lugares 

3 fangosos. Lo que seguía era peor: pues los hombres, al 

4 no poder romper la capa inferior de nieve, cuando se 


LIBRO III 337 


caían, pretendían ayudarse con las rodillas o con las 
manos para levantarse, y entonces los miembros en 
los que se apoyaban resbalaban todavía más, ya que 
el terreno presentaba una pendiente muy fuerte. Las 
acémilas, si caían, cuando intentaban levantarse rom- 
pían la capa inferior de nieve congelada, pero queda- 
ban aprisionadas en ella por el peso de la carga que 
transportaban y por la congelación de la nieve antigua. 

Por aquí Aníbal ya no esperó nada, y acampó en la 
cresta de la cordillera, de la que había mandado retirar 
la nieve; después él personalmente dirigió a sus solda- 
dos en la excavación de un camino en la roca, con un 
trabajo muy penoso. Pero en un solo día consiguió 
abrir un paso suficiente para las acémilas y los caba- 
llos; los hizo pasar inmediatamente y acampó en luga- 
res en los que no había nieve; allí mandó las bestias al 
pasto. Luego envió a los númidas para que, trabajando 
en cuadrillas, abrieran camino. Este trabajo también 
fue muy arduo, pero en poco menos de tres días hizo 
pasar a los elefantes, que estaban ya casi exhaustos 
por el hambre: las crestas de los Alpes y los parajes 
próximos a los pasos carecen totalmente de árboles; 
todo es yermo, debido a que siempre hay nieve, en 
invierno y en verano; en cambio, desde la mitad de las 
laderas hasta el pie de los montes, por las dos .ver- 
tientes los parajes están llenos de árboles y de vege- 
tación y son totalmente habitables. 

Aníbal, cuando hubo reunido toda su fuerza, em- 
prendió el descenso, y al tercer día de su partida de 
los precipicios citados llegó a la llanura. Había per- 
dido muchos combatientes, unos a manos de los ene- 
migos, o a causa de los ríos, durante la marcha, y mu- 
chos hombres en los barrancos y lugares difíciles de 
los Alpes, y no sólo hombres, sino aun acémilas y Ca- 
ballos en cantidad superior. Al final, toda la marcha 
desde Cartagena le duró cinco meses, y el paso de los 


22...) 


338 HISTORIAS 


Alpes quince días. Llegó, pues, audazmente a las lla- 
nuras del Po, al pueblo de los insubres. Había salvado 
una parte de los soldados de Africa, doce mil de a pie 
y ocho mil iberos; la cifra de caballos de que disponía, 
en conjunto, no iba mucho más allá de los seis mil, 
como el mismo Aníbal señala en la estela que, en el 
cabo Lacinio, contiene un recuento de sus tropas. 

Por aquel mismo tiempo, como dije más arriba, Es- 
cipión había confiado fuerzas a su hermano Cneo, con 
el encargo de que atendiera los asuntos de España e 
hiciera enérgicamente la guerra a Asdrúbal. El zarpó 
con unos pocos hombres hacia Pisa. Hizo la marcha a 
través de la Etruria, y tomó de los pretores el mando 
de los ejércitos que, a sus órdenes, hacían la guerra a 
los boyos. Acudió a las llanuras del Po y acampó allí, 
ansioso de trabar batalla. 

Nosotros, una vez que en nues- 
tra exposición hemos llevado los 
jefes de ambos bandos y la gue- 
rra a Italia, antes de empezar a 
narrar las batallas queremos dis- 
currir brevemente acerca de lo que consideramos ade- 
cuado a nuestra obra. 

Algunos se preguntarán sin duda cómo, tras haber 
hecho una larga exposición acerca de los parajes del 
África y de España, no hemos tratado con más detalle 
la entrada de las columnas de Hércules, el Mar Exte- 
rior ni las características que este mar tiene, ni las 
Islas Británicas, ni la producción de estaño. Nada he- 
mos dicho sobre las minas de oro y de plata que hay 
en España. Todos son temas muy discutidos por los 
autores, que los tratan en prolijos discursos. Nosotros, 
sin embargo, los hemos omitido no por creer que estos 
temas sean ajenos a la historia, sino porque no que- 
remos ni prolongar la exposición en cada punto ni 
apartar de la descripción sistemática a los lectores es- 


Digresión sobre 
la historia 


LIBRO 111 339 


tudiosos. Además, consideramos que no había que men- 
cionar estos puntos de forma marginal o dispersa, sino 
tratarlos en su entidad, dando a cada uno su lugar 
oportuno, e investigar así, en la medida de lo posible, 
lo que hay de verdad en cada uno. 

Por eso, que nadie se extrañe si, en lo que sigue, 
al llegar a las regiones en cuestión, los aspectos de 
este tipo también quedan omitidos; las razones se han 
dado ya. Si algunos intentan oír, por todos los medios, 
temas semejantes en conjunto y en detalle, quizás ig- 
noren que les ocurre algo parecido a los comilones en 
los banquetes. En efecto: los tragones comen todo lo 
ofrecido, pero no extraen verdadero placer de ninguno 
de los manjares, no obtienen ninguna digestión útil 
para el futuro, ninguna nutrición provechosa, bien al 
contrario. Los que durante su lectura se comportan así 
no extraen debidamente de ella ninguna instrucción 
inmediata ni una utilidad para el porvenir. 

No hay parte de la historia que, como ésta, re- 
quiera más corrección y circunspección; esto es claro 
por muchas razones, pero ante todo por las siguientes: 

Casi todos o, al menos, la mayoría de tratadistas 
que han intentado explicar las peculiaridades y dispo- 
siciones de los países más extremos del universo que 
habitamos han errado en multitud de puntos. Éstos 
no pueden ser en absoluto descuidados: debemos re- 
futarlos no de una manera marginal y al azar, sino con 
conocimiento de causa. Debemos hablar no en tono 
de reproche ni de rechazo, más bien de alabanza, pero 
corrigiendo su ignorancia, porque sabemos que estos 
autores, si hubieran tenido las oportunidades de ahora, 
habrían modificado y rehecho muchas de sus afirma- 
ciones. En las épocas anteriores han sido pocos los 
griegos que se han dedicado a explorar estas regiones 
más alejadas; la empresa ofrecía dificultades ímprobas. 
En efecto, los peligros del mar eran innumerables, pero 


2 


340 HISTORIAS 


muchos más eran los riesgos por tierra. Y aun en el 
caso de que alguien, por gusto o por necesidad, hu- 
biera conseguido llegar a los confines del mundo, ni 
aun así habría alcanzado su propósito, porque es muy 
difícil ser testigo ocular de ciertas cosas, debido a que 
algunos lugares son incivilizados, y otros están desier- 
tos. Todavía es más difícil conocer y aprender de pa- 
labra lo que sea, por la diferencia de lenguas. Incluso 
si se llegara a conocerlas, es aún más arduo que las 
cosas precedentes usar con moderación de este cono- 
cimiento, rechazar lo fantástico y monstruoso y honrar 
la verdad por el honor que cada cual se debe a sí 
mismo, sin narrar nada que no responda a la realidad. 

En épocas pretéritas resultaba no difícil, sino prác- 
ticamente imposible una descripción ajustada a la reali- 
dad de las regiones citadas, por lo cual no debemos 
reprochar a los historiadores sus errores y omisiones. 
Lo justo es admirarse y alabarles por lo que conocieron 
y progresaron en el conocimiento de estas materias en 
sus épocas. 

Pero en la nuestra, en Asia por el imperio de Ale- 
jandro y en las demás regiones por el dominio de los 
romanos se puede viajar y navegar casi por todas par- 
tes. Los hombres emprendedores se han visto libres 
por fin de la preocupación que representan las accio- 
nes guerreras y políticas, y esto les ha proporcionado 
muchas ocasiones de investigar y de instruirse en el 
estudio de los temas citados. Sería conveniente y ne- 
cesario un conocimiento más real de lo que antes se 
ignoraba. Esto es lo que intentaremos hacer cuando 
encontremos en nuestra Historia un lugar adecuado. 
Querríamos que los que quieren saber por curiosidad 
participaran de un conocimiento más completo de lo 
enunciado. Fue principalmente por esto por lo que 
afrontamos los peligros y las penalidades que nos ocu- 
rrieron en un viaje por Africa, por España, por la Galia 


LIBRO 111 341 


y por el Mar Exterior que cierra estos países, para pro- 
porcionar a los griegos el conocimiento de estas partes 
del universo, y corregir la ignorancia de nuestros ante- 
pasados sobre estos temas. 

Ahora, volviendo al punto de partida de la digre- 
sión, intentaremos aclarar las luchas ocurridas en Tta- 
lia en las confrontaciones entre romanos y cartagineses. 

Ya hemos precisado el número 
Aníbal y Escipión, de soldados con que Aníbal llegó 
frente a frente a Italia. Tras su entrada, acampó 
en Italia en las mismas estribaciones de 
los Alpes, y de momento procuró 
que sus tropas se repusieran. Todo su ejército estaba 
en una situación lamentable no sólo por las ascensio- 
nes y descensos y por las penalidades de la travesía; 
la escasez de víveres y los nulos cuidados corporales lo 
habían deteriorado enormemente. Ante estas privacio- 
nes y lo continuo de las calamidades muchos se habían 
desmoralizado por completo. Las dificultades del te- 
rreno habían imposibilitado a los cartagineses trans- 
portar provisiones abundantes para tantas decenas de 
millares de hombres, e incluso se perdió la mayor parte ' 
de lo que acarreaban cuando perdieron las acémilas. 
Cuando cruzó el Ródano, Aníbal tenía unos treinta y 
ocho mil hombres de infantería y más de ocho mil 
jinetes, pero en los pasos perdió casi la mitad de las 
fuerzas, como apunté más arriba. Los supervivientes 
tenían algo de salvajes en su aspecto y en su comporta- 
miento, como consecuencia de la continuidad de las 
penalidades aludidas. Aníbal puso mucha atención en 
su cuidado, y recuperó a sus hombres tanto en sus 
cuerpos como en sus espíritus. Hizo igualmente que se 
repusieran los caballos. 

Tras esto, rehechas ya sus tropas, los turineses, 
que viven al pie de los Alpes, andaban peleando con 
los insubres, pero recelaban de los cartagineses; pri- 


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342 HISTORIAS 


mero Aníbal les había ofrecido su amistad y alianza. 
Pero al serle rechazadas, acampó junto a la ciudad, 
que era muy fuerte, y en tres días la rindió por asedio. 
Mandó decapitar a sus oponentes, con lo cual infundió 
tal pavor a los bárbaros que habitaban en las cerca- 
nías que acudieron todos inmediatamente a ofrecerle 
su lealtad y sus personas. El resto de los galos que 
habitaban las llanuras se apresuró a asociarse a las 
empresas de los cartagineses, según el acuerdo ante- 
rior. Pero debido a que las legiones romanas habían 
rebasado a la mayor parte de estos galos y les habían 
interceptado, permanecían inactivos; algunos incluso 
se vieron forzados a militar con los ejércitos romanos. 
Al ver esto Aníbal, decidió no perder tiempo, sino se- 
guir adelante y hacer algo para infundir confianza a 
los que estaban dispuestos a participar en sus espe- 
ranzas. 

Tales eran sus propósitos. Sabía, además, que Es- 
cipión había cruzado el Po con sus tropas y que estaba 
cerca, Al principio no hacía caso a los mensajeros: no 
dejaba de pensar que pocos días antes le había dejado 
en los pasos del Ródano, y calculaba cuán larga y di- 
fícil sería la navegación desde Marsella a Etruria. 
Sabía, además, por sus informadores, cuán enorme y 
dura era para un ejército la marcha desde el Mar Ti- 
rreno a través de Italia hasta los Alpes. Pero como las 
informaciones que le llegaban eran cada vez más fre- 
cuentes y claras, se admiró y quedó sobrecogido ante 
los planes y la gesta del cónsul. Y Escipión experimen- 
tó algo semejante. Primero creyó que Aníbal ni tan 
siquiera iba a intentar el paso por los Alpes con un 
ejército tan heterogéneo. Si llegaba a atreverse, Esci- 
pión suponía que, evidentemente, la ruina de Aníbal 
iba a ser total. Calculando así, cuando se enteró de 
que Aníbal había salvado el obstáculo, y se encontraba 
ya en Italia, asediando algunas ciudades, quedó pas- 


LIBRO III 343 


mado de la audacia del hombre y de su coraje. Lo 
mismo sintieron los habitantes de Roma ante lo que 
se les venía encima. Apenas si acababa de cesar el 
rumor de que los cartagineses habían tomado Sagunto, 
y tras haber deliberado sobre ello, habían mandado 
uno de los cónsules al África a asediar la propia ciu- 
dad de Cartago, y al otro a España, para que allí gue- 
rreara contra Aníbal, cuando les llega la noticia de 
que Aníbal está allí con un ejército y de que está ya 
asediando algunas ciudades en Italia. Lo ocurrido les 
pareció increíble, y perturbados mandaron inmediata- 
mente mensajeros a Tiberio, que se encontraba en Li- 
libeo, a señalarle la presencia del enemigo; debía aban- 
donar sus planes y correr a toda prisa en socorro de 
su país. Tiberio concentró inmediatamente a los hom- 
bres de su flota y los envió con la orden de que na- 
vegaran en dirección a la patria. A través de los tribu- 
nos tomó juramento a sus fuerzas de tierra, y les 
señaló el día en que debían presentarse en Rímini 
para pernoctar allí. Ésta es una ciudad junto al Mar 
Adriático, situada en el límite meridional de la llanura 
del Po. Había movimientos simultáneos en todas par- 
tes, lo que ocurría eran noticias inesperadas para todos, 
y ello producía en cada uno una inquietud acerca del 
futuro que no se podía tomar a la ligera. 

En este momento, Aníbal y Escipión ya estaban uno 
cerca del otro, y se propusieron arengar a sus propias 
fuerzas, exponiendo cada uno lo adecuado a las cir- 
cunstancias presentes. 

Aníbal emprendió la exhortación de la manera si- 
guiente: congregó a su gente e hizo conducir allí a 
algunos jóvenes de los prisioneros '? que había cogido 


102 Aunque la dramática escena que sigue la narra también 
Tito Livio (la ha recogido de Polibio), los comentaristas coin- 
ciden en afirmar que se trata de una invención de Polibio. 


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344 HISTORIAS 


cuando hostigaban su marcha a través de las aspere- 
zas de los Alpes. Estos jóvenes habían sido maltratados 
siguiendo instrucciones concretas de Aníbal, en vista 
a sus propios designios: arrastraban pesadas cadenas, 
estaban rendidos de hambre y tenían el cuerpo molido 
a palos. Les puso, pues, en medio, y al propio tiempo 
exhibió unas panoplias galas, las que habitualmente 
adornan a los reyes cuando éstos se disponen a un 
duelo; además de esto, hizo traer unos caballos y unos 
sayos 1% riquísimos. Entonces preguntó a los jóvenes 
quiénes de ellos estaban dispuestos a luchar entre sí. 
La condición era que el vencedor se llevaría los pre- 
mios propuestos, y el vencido se libraría de los males 
presentes mediante la muerte. Los jóvenes gritaron to- 
dos a la vez y dijeron que querían entablar un duelo 
personal. Aníbal ordenó echarlo a suertes, y mandó 
que los dos que resultaran elegidos se armaran y lu- 
charan uno contra el otro. Así que los jóvenes oyeron 
esto levantaron las manos en súplica a los dioses, pues 
todos anhelaban ser ellos los elegidos por la fortuna. 
Cuando se vio el resultado del sorteo, los agraciados 
exultaban de alegría, al revés de los restantes. Des- 
pués del duelo, los prisioneros supervivientes felicita- 
ban no menos al vencedor que al muerto, pues éste se 
veía ya libre de muchos y grandes males, que ellos su- 
frían aún intensamente. El estado de ánimo era seme- 
jante en muchos cartagineses; pues al comparar la ca- 
lamidad de aquellos a los que se volvían a llevar vivos, 
les compadecían y todos tenían por feliz al muerto. 

Cuando con el espectáculo expuesto hubo infun- 
dido en el ánimo de sus tropas la disposición que pre- 
tendía, Aníbal avanzó personalmente y dijo que había 
ordenado conducir allí a aquellos prisioneros para que 


103 Es el sagulum de los romanos, pieza de vestir con fran- 
jas verticales de distintos colores. 


LIBRO 11 345 


el ejército viera claramente en las desgracias ajenas 
su propia situación; así reflexionaría mejor sobre la 
situación presente. La Fortuna, en efecto, les había 
encerrado en una coyuntura semejante y les había im- 
puesto un combate idéntico; los trofeos propuestos 
eran paralelos. Era inevitable, pues, vencer, morir o 
caer vivos en manos de sus enemigos. El premio del 
triunfo no consistía en caballos ni en sayos, sino en 
convertirse en los hombres más felices: se apoderarían 
de las riquezas de Roma. Si en el combate les pasaba 
algo '%, habrían luchado hasta el último aliento por 
la más bella de las esperanzas, y acabarían su vida en 
la pelea, sin haber sufrido otra calamidad. Pero los 
vencidos o los que huyeran por amor a la vida o eligie- 
ran vivir de otra forma participarían de todos los 
males y desgracias. Si recordaban la longitud del ca- 
mino efectuado desde sus patrias respectivas, el nú- 
mero de guerras que hubo de por medio, si considera- 
ban la anchura de los ríos que habían vadeado, no 
habría nadie tan necio ni tan torpe que, huyendo, espe- 
rara alcanzar la patria. Por eso creía que ellos debían 
desechar totalmente esta esperanza, y que tuvieran, 
ante su situación, la misma opinión que se habían 
formado ante las desgracias ajenas. Pues igual que ante 
aquellos jóvenes, todos consideraban feliz tanto al ven- 
cedor como al muerto, y, en cambio, compadecían a 
los vivos, de igual manera Aníbal pensaba que ellos 
debían opinar acerca de sí mismos. Todos debían acu- 
dir a los combates para vencer, y si esto resultaba 
imposible, para morir. Les pedía que no admitieran 
en modo alguno la esperanza de sobrevivir derrotados. 
Si adoptaban este razonamiento y designio, era evidente 
que les seguirían a la vez la salvación y la victoria, 
porque todos los que por preferencia o por necesidad 


104 Eufemismo: morían. 


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346 HISTORIAS 


adoptan un tal propósito, jamás se engañan en cuanto 
a vencer a sus adversarios. Y siempre que el enemigo 
tenga la esperanza opuesta, que es lo que ahora acon- 
tece a los romanos, pues es evidente que si huyen la 
gran mayoría logrará salvarse, ya que tienen su patria 
a un paso, en este caso está claro que la audacia de 
los desesperados se convertirá en irresistible. 

La gran mayoría aprobó el ejemplo y el discurso, y 
cobró el empuje y el ardor que pretendía el que les 
exhortaba. Entonces Aníbal les felicitó y les despidió 
al tiempo que les anunciaba que al día siguiente al 
alborear levantarían el campo. 

Escipión había cruzado en aquellos mismos días 
el río Po, y pensaba pasar también el río Tesino. Ordenó 
a los pontoneros que tendieran puentes, y concentran- 
do al resto de las fuerzas las arengó. La mayoría de las 
cosas que les dijo se referían al honor de la patria y 
de las gestas de los antepasados; en cuanto a la situa- 
ción presente, les habló de esta manera: afirmó que, 
aunque de momento ellos no tuvieran ninguna expe- 
riencia del enemigo, el mero hecho de saber que iban 
a luchar contra cartagineses les debía hacer tener una 
esperanza indiscutible de victoria. Debían pensar, sin 
la menor duda, que era cosa absurda e indigna que 
los cartagineses se opusieran a los romanos, cuando 
habían sido derrotados por ellos tantas veces y les 
habían pagado muchos tributos, y casi habían sido sus 
esclavos durante tanto tiempo ya. «Y cuando, además 
de lo dicho, hemos aprendido a conocer a estos hom- 
bres hasta el punto de que no se atreven a mirarnos 
cara a cara!S, ¿qué debemos pensar acerca del futuro 


105 Aquí la tradición manuscrita del texto griego ofrece cier- 
tas dificultades, que se pueden comprobar en las ediciones 
críticas. El texto griego transmitido, efectivamente, es algo 
incoherente, y los mismos editores Biittner-Wobst modificaron 


LIBRO III 347 


si hacemos una previsión correcta? Ni aún su propia 
caballería, que trabó combate con la nuestra junto al 
Ródano '%, se salió con honor, antes bien, tras sufrir 
grandes pérdidas, huyó vergonzosamente hasta alcan- 
zar su propio campamento; su general, con todo su 
ejército, cuando supo la presencia de nuestros soldados, 
se retiró de una manera muy parecida a una desban- 
dada, y fue por su propia decisión, por miedo, por lo 
que utilizó la ruta de los Alpes.» Y añadió que ahora 
Aníbal estaba allí, tras haber perdido la mayor parte de 
su ejército, y lo que le quedaba era impotente e inútil 
por las malas condiciones en que estaba. Había perdido 
también la mayor parte de sus caballos, y el resto no 
servía para nada debido a la duración de la marcha 
y a sus dificultades '”, Con todo esto Escipión intentaba 
demostrarles que les bastaría con mostrarse al ene- 
migo. Lo que más les pedía es que cobraran ánimo al 
ver que él estaba allí; puesto que jamás habría aban- 
donado la flota y las acciones de España, a las que 
había sido enviado, y no habría acudido tan aprisa 
si no se hubiera convencido, de manera absolutamente 
lógica, de que esta acción era necesaria para la patria, 
y de que, además, era cosa clara en ella la victoria. 

La autoridad del orador y la verdad de lo que les 
decía hizo que todos cobraran ánimo para la lucha. 
Escipión les felicitó por su empuje y les despidió con 
la recomendación de que estuvieran prestos a las 
órdenes. 


su lectura en su segunda edición (1904). Mi traducción responde 
a esta segunda lectura. 

106 Se refiere a la escaramuza narrada en el cap. 45 de este 
mismo libro. 

107 A pesar de haberlos desaprobado, Polibio introduce aquí 
un discurso en estilo directo. Cf. la nota 160 del libro II. 


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11 


348 HISTORIAS 


Al día siguiente, ambos jefes 
avanzaron por la orilla del río 1% 
que da a los Alpes; los romanos 
tenían la corriente a la izquierda 
y los cartagineses a la derecha. Al 
cabo de dos jornadas supieron por los forrajeadores 
que los dos ejércitos estaban cerca uno del otro; se 
quedaron en el lugar en que estaban y acamparon. 
Al amanecer, tomando ambos generales toda su caba- 
llería, y Escipión también a sus infantes armados de 
jabalinas, se adelantaron por la llanura, con el deseo 
de inspeccionarse mutuamente las fuerzas. Así que se 
aproximaron y vieron la polvareda levantada, al ins- 
tante se alinearon para la batalla. Escipión situó de- 
lante a los infantes armados de jabalinas, y con ellos 
a los jinetes galos; dispuso el resto de frente y avan- 
zaba lentamente. Aníbal colocó al frente su caballería * 
bridada '%, y el resto de ella, sin freno, y así se en- 
frentó al enemigo. Había dispuesto a ambas alas la 
caballería númida, en vistas a una operación envolvente. 
Los dos jefes y los jinetes de los dos bandos estaban 
con gran moral para la pelea, y el primer choque fue 
tal que la infantería ligera romana no consiguió dis- 
parar con antelación sus jabalinas, y se replegaron 
rápidamente a través de los huecos que entre sí deja- 
ban los escuadrones, pasmados ante la arremetida ene- 
miga y temiendo acabar pateados por los jinetes que 
se echaban encima. Entonces, pues, las caballerías cho- 


Primeras batallas: 
el Tesino 108 


103 En WALBANK, Commentary, pág. 398, hay un plano de la 
batalla del Tesino. 

109 Polibio no llega a decir su nombre, pero aparte de que 
nos lo da Tito Livio, el río en cuestión no puede ser otro que 
el Tesino, que fluye de manera sensiblemente paralela a los 
Alpes. 

110 Por oposición a los númidas, que montaban a caballo 
sin freno. 


LIBRO 111 349 


caron frontalmente, y su encuentro fue indeciso duran- 
te mucho tiempo. Lo que había era a la vez un combate 
de caballería y de infantería, porque durante la misma 
lucha descabalgó una gran cantidad de combatientes. 
Pero tras la operación envolvente de los númidas, que 
atacaban por la espalda, los infantes romanos armados 
de jabalinas que antes habían rehuido el choque contra 
la caballería cartaginesa se vieron aplastados por el 
número y violencia de los númidas. Y la caballería, 
que primero luchaba de frente contra los cartagineses, 
perdió muchos hombres, pero infligió pérdidas aún ma- 
yores al enemigo. Mas cuando los númidas cargaron 
por la espalda se dio a la fuga; unos se dispersaron y 
otros se agruparon en torno a su comandante. 
Escipión, pues, levantó el campo y avanzó, a tra- 
vés de la llanura, hacia el puente tendido sobre el río 
Po; quería que sus fuerzas se anticiparan a cruzarlo 
primero: veía que los terrenos eran llanos y que el 
enemigo era superior en caballería. Además, él mismo 
estaba gravemente herido; por esto decidió apostar sus 
fuerzas en un lugar seguro. Durante algún tiempo Aní- 
bal supuso que los romanos le presentarían batalla con 
sus fuerzas de infantería, pero al ver que habían levan- 
tado el campamento, les persiguió hasta la primera 
orilla y hasta el puente tendido encima *!!. Encontró 


111 Aquí hay un problema de crítica textual importante, 
porque condiciona, incluso, la ubicación de la batalla. La pa- 
labra griega que aquí se traduce por «primer» no consta en 
todas las fuentes manuscritas; si se admite la supresión, se 
admite automáticamente que la batalla se libró a orillas del 
Po y no del Tesino. No obstante, con Biúttner-Wobst y la ma- 
yoría de editores, admito como genuina en el texto griego la 
palabra que significa «primer». Esto implica la existencia de 
dos puentes, cosa que Polibio tampoco dice explícitamente, pero 
que se deduce incuestionablemente del desarrollo de la batalla. 
Paton, tan parco en las notas en su edición, anota este lugar, 
e indica que la batalla se libró cerca de la población actual 
de Vigerano. 


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350 HISTORIAS 


que la mayoría de las tablas habían sido arrancadas, 
pero hizo prisioneros a los custodios del puente, que 
estaban todavía allí; eran unos seiscientos. Sin embar- 
go, cuando se enteró de que el resto de los romanos 
estaba ya muy lejos, dio la vuelta e hizo la marcha 
por las márgenes del río, deseoso de encontrar un lugar 
donde se pudiera tender fácilmente un puente sobre 
el Po. Al cabo de dos días se detuvo, y sirviéndose, a 
modo de puente, de embarcaciones fluviales para el 
paso, encargó a Asdrúbal el traslado de las tropas; él 
mismo, después de cruzar, inmediatamente entabló ne- 
gociaciones con unos embajadores de lugares próximos 
que se habían presentado. Pues así que se produjo su 
victoria, todos los galos limítrofes se apresuraron, se- 
gún el propósito inicial, a hacerse amigos de los carta- 
gineses, a ayudarles y a salir a campaña con ellos. Aní- 
bal, pues, recibió amablemente a los presentes, y 
cuando se le hubieron juntado las tropas de la otra 
orilla, avanzó paralelamente al río, en una marcha 
opuesta a la anterior, pues ahora la hacía río abajo, 
ansioso de establecer contacto con el enemigo. Escipión, 
que había cruzado el río Po, y había acampado junto a 
la ciudad de Placencia, colonia romana, se curaba a sí 
mismo y a los demás heridos, y, creyendo haber apos- 
tado a su ejército en un lugar seguro, permanecía 
inactivo. Pero Aníbal, que al cabo de dos días de haber 
cruzado el río, llegó cerca del enemigo, al tercer día 
situó a sus tropas a la vista de los romanos. Mas nadie 
le salía al encuentro, y acampó, dejando unos cincuenta 
estadios de intervalo entre ambos campamentos. 

Los galos que combatían entre los romanos, al ver 
que las esperanzas de los cartagineses eran más brillan- 
tes, tramaron un complot, y aguardaban una ocasión 
para atacar a los romanos; entre tanto permanecían 
en sus tiendas. Cuando los soldados que estaban junto 
a la misma empalizada cenaron y se retiraron a des- 


LIBRO 111 351 


cansar, las galos dejaron pasar la mayor parte de la no- 
che hasta la tercera guardia 1?; entonces atacaron a los 
romanos acampados junto a ellos. Mataron a muchos 
e hirieron a no pocos; al final decapitaron a los muer- 
tos y se pasaron a los cartagineses; eran dos mil, y 
poco menos de doscientos jinetes. Aníbal les acogió be- 
névolamente a su presencia, les estimuló y prometió 
a todos recompensas adecuadas; luego les remitió a 
sus ciudades de origen, para que explicaran a sus con- 
ciudadanos cómo les había tratado y les animaran a 
aliarse a él. Sabía que todos, cuando se hubieran ente- 
rado de la traición que sus propios conciudadanos ha- 
bían cometido contra los romanos, se aliarían, sin duda 
alguna, a sus empresas. Al tiempo de éstos se presen- 
taron también los boyos y entregaron a Aníbal aqueilos 
tres hombres enviados por los romanos para proceder 
a la distribución de tierras, de los que se habían apo- 
derado por traición al principio de la guerra, como 
más arriba dije 3. Aníbal acogió su lealtad y estableció 
con ellos también amistad y alianza, pero les devolvió 
a los hombres con el encargo de que los custodiaran 
para poder recibir a cambio de ellos a sus propios re- 
henes, según sus planes iniciales. Escipión, indignado 
por la traición sufrida, calculó que si ya antes los galos 
les habían sido hostiles, ahora ocurriría que todos los 
de alrededor se inclinarían por los cartagineses. Creyó, 
pues, indispensable precaverse ante el futuro; llegó la 
noche, y al amanecer levantó el campo y marchó en 
dirección al río Trebia '* y a las colinas que se levan- 
tan junto a él, confiando tanto en la aspereza de aquella 
región como en los aliados que habitaban en sus inme- 
diaciones. 


112 De tres a seis de la madrugada. 
113 En 40, 9 de este mismo libro. 
114 Afluente del Po por su margen derecha. 


352 HISTORIAS 


Aníbal, tras conocer su mar- 
cha, envió sin dilaciones a los ji- 
netes númidas, y no mucho des- 
pués a los restantes. El ejército, 
mandado por él mismo, seguía 


Clastidio. 
Batalla de Trebia 


2 inmediatamente detrás. Los númidas cayeron sobre el 


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campamento abandonado y lo incendiaron. Ello favo- 
reció enormemente a los romanos, ya que si la caba- 
llería cartaginesa, que les perseguía muy de cerca, les 
hubiera atrapado con los bagajes en el terreno llano, 
muchos habrían muerto a manos de los jinetes. Pero 
entonces la mayoría consiguió cruzar el río Trebia; de 
los que quedaron atrás en la retaguardia, unos murie- 
ron y otros cayeron vivos en manos de los cartagineses. 

Escipión cruzó el río citado y acampó junto a las 
primeras colinas 45, y tras rodear el campamento de 
un foso y de una empalizada, recibió a Tiberio Sem- 
pronio con las fuerzas que traía; cuidaba su propia 
herida con gran interés, pues deseaba estar en condi- 
ciones de participar en el próximo combate. Aníbal es- 
tableció su campamento a unos cuarenta estadios de 
distancia del enemigo. La gran masa de galos que ha- 
bitaba aquellas llanuras se había sumado a las espe- 
ranzas de los cartagineses; aprovisionaba en abundan- 
cia su ejército y estaba dispuesta a colaborar con los 
hombres de Aníbal en cualquier trabajo y empresa. 

En Roma, cuando se supo lo ocurrido en el com- 
bate de caballería, hubo sorpresa, porque el hecho era 
algo imprevisto, pero no faltaron pretextos para creer 
que lo sucedido no era una derrota: unos culpaban 
la precipitación del general, otros la perversa voluntad 
de los galos, a juzgar por la deserción reciente. En 
suma, puesto que sus tropas de a pie estaban intactas, 


115 Cerca de la población actual de Rivagano, en la margen 
derecha del río Trebia. 


LIBRO III 353 


se suponía que, en conjunto, también las esperanzas 
continuaban íntegras. Así, cuando Tiberio Sempronio 
llegó y cruzó Roma con sus tropas, creyeron que con 
su sola. presencia decidirían la contienda. A los solda- 
dos concentrados en Rímini según su juramento, su 
general les recogió y avanzó, deseoso de juntarse con 
las fuerzas de Escipión. Unidos ya ambos ejércitos, 
hizo acampar a los suyos junto a sus compatriotas. 
Quería que sus hombres se recuperaran, pues durante 
cuarenta días habían marchado ininterrumpidamente 


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desde Lilibeo hasta Rímini. Al propio tiempo iba ha- ' 


ciendo los preparativos para la batalla. Deliberaba con 
gran interés con Escipión, preguntándole acerca de lo 
ya sucedido, y discutía con él la situación presente. 

En aquellos mismos días Aníbal había tomado por 
traición la ciudad de Clastidio ''ó: se la entregó un 
hombre de Bríndisi a quien la habían confiado los ro- 
manos. Dueño de la fortaleza y de su depósito de trigo, 
lo utilizó para aquella oportunidad, y se llevó consigo 
a los hombres hechos prisioneros sin inferirles ningún 
daño: quería proporcionar una prueba de sus disposi- 
ciones para que los que se vieran atrapados por las cir- 
cunstancias no desesperaran, temerosos, de su salva- 
ción junto a él. Al traidor, le honró de manera magnifi- 
cente, confiando en que la esperanza depositada en los 
cartagineses atrajera a los que ejercían algún gobierno. 

Pero después observó que algunos galos que habi- 
taban entre el río Po y el Trebia y que habían pactado 
amistad con él, enviaban mensajeros también a los ro- 
manos; creían que de esta manera estarían seguros 
igualmente frente a los dos contrincantes. Aníbal, pues, 
envió dos mil soldados de infantería y unos mil de ca- 
ballería, entre galos y númidas, con la orden de hacer 
un pillaje en las tierras de aquéllos. Estas tropas en- 


116 Actualmente Casteggio, cerca de Pavía. 


38. —23 


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354 HISTORIAS 


viadas cumplieron su misión y recogieron botín en 
abundancia; rápidamente los galos se presentaron ante 
la empalizada romana en demanda de ayuda. Tiberio 
Sempronio buscaba desde hacía tiempo una ocasión 
para intervenir; tomó esto como pretexto y envió la 
mayor parte de su caballería, y con ella un millar de 
soldados de a pie, armados de jabalinas. Éstos comba- 
tieron con gran ardor al otro lado del Trebia y dispu- 
taron el botín a los enemigos; lograron que los galos 
y los númidas se retiraran a su propio vallado. Los 
jefes del campamento cartaginés comprendiendo al ins- 
tante lo que ocurría, ayudaban con sus reservas desde 
sus posiciones a los que estaban en situación difícil; 
al ocurrir esto, fueron los romanos los que volvieron 
la espalda y se retiraron, a su vez, a su propia empa- 
lizada. Tiberio Sempronio, al verlo, envió a todos sus 
jinetes y a los lanceros. Ante su ataque, los galos ce- 
dieron de nuevo y se fueron retirando en vistas a su 
propia seguridad. El general cartaginés no estaba pre- 
parado para jugárselo todo en una batalla. Juzgaba 
que una batalla decisiva no debe librarse sin un plan 
preconcebido ni por cualquier oportunidad, lo que hay 
que reconocer que es propio de un buen general, De 
momento retuvo a los que estaban junto a él en la em- 
palizada, y les obligó a revolverse y a afrontar al ene- 
migo, pero les impidió que salieran en su persecución 
y le afrontaran; les reclamaba por medio de sus oficia- 
les y de trompeteros. Los romanos aguardaron un breve 
tiempo y se retiraron: habían perdido a algunos de los 
suyos, pero habían causado muchas más bajas a los 
cartagineses. 

Tiberio, exaltado y alborozado por aquel triunfo, 
ansiaba entablar lo antes posible una acción decisiva. 
Debido a la enfermedad de Escipión, tenía la ocasión 
de tratar aquella situación según sus criterios persona- 
les. Pero, con todo, quería saber también la opinión 


LIBRO III 355 


de su colega en el mando, y dialogaba con él acerca de 
estos temas. En cuanto a la situación de entonces, Es- 
cipión creía lo contrario: suponía que las legiones, si 
durante el invierno se ejercitaban, mejorarían su pre- 
paración. Creía, además, que la versatilidad de los galos 
no les mantendría leales a los cartagineses cuando éstos 
estuvieran inactivos y se vieran obligados a permane- 
cer ociosos, sino que harían alguna cosa nueva contra 
ellos. Y por encima de todo esperaba que él, personal- 
mente, curado ya de la herida, sería de una utilidad 
positiva para los intereses comunes. Por todas estas 
previsiones pedía a Sempronio que se atuviera a lo pla- 
neado. Éste sabía que todo aquello había sido dicho 
de modo acertado y oportuno, pero empujado por su 
amor a la gloria y confiando en la situación, se apre- 
suró, de un modo irracional, a jugarse él mismo el todo 
por el todo, sin que Escipión pudiera participar en la 
batalla, ni los cónsules nombrados pudieran tomar el 
mando, aunque era ya el tiempo de hacerlo. Evidente- 
mente, Tiberio Sempronio no cumplía con su deber, ya 
que escogía no lo oportuno en aquella situación, sino 
su propia oportunidad. 

Aníbal tenía una idea muy semejante a la de Esci- 
pión en cuanto a la situación de entonces, y deseaba 
todo lo contrario, entablar batalla con el enemigo. Pre- 
tendía, antes que nada, aprovechar el ardor de los galos 
cuando todavía estaba intacto. Además, iba a pelear 
contra unas tropas romanas bisoñas, todavía no experi- 
mentadas. En tercer lugar, quería combatir mientras 
duraba todavía la invalidez de Escipión. Y lo que pre- 
tendía, por encima de todo, era hacer algo y no perder 
el tiempo inútilmente: quien ha situado sus ejércitos 
en un país extranjero y se dispone a empresas increí- 
bles, sólo tiene una manera de salir adelante: renovar 
constantemente las esperanzas de los aliados. 


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356 HISTORIAS 


Aníbal, pues, sabedor del ataque inmediato de Tibe- 
rio Sempronio, estaba en estas condiciones. 

Desde hacía tiempo se había fijado en que entre los 
campamentos había un lugar llano y pelado, que era 
muy propio para una emboscada: corría por él un ria- 
chuelo en cuyas orillas había zarzas y espinos que las 
recubrían totalmente; Aníbal se propuso tender allí una 
trampa al enemigo y aplastarle. 

En efecto: iba a pasar fácilmente desapercibido, 
ya que los romanos desconfiaban de lugares boscosos, 
puesto que los galos preparaban sus celadas en ellos; 
en cambio, no sospechaban de lugares llanos y sin ve- 
getación: no se daban cuenta de que para ocultarse 
sin sufrir daño los emboscados son más adecuados 
estos lugares que los boscosos: en ellos se puede divi- 
sar desde muy lejos; en la mayoría de estos parajes hay 
escondrijos suficientes. Un riachuelo cualquiera con 
una pequeña escarpadura, a veces unas cañas, unos 
helechos o cualquier planta espinosa es suficiente para 
ocultar no sólo la infantería sino con frecuencia incluso 
la caballería, con tal de que se tenga la mínima pre- 
caución de colocar las armas debajo, pegadas al suelo, 
y de esconder los cascos debajo de los escudos. Enton- 
ces, el general cartaginés deliberó con su hermano 
Magón y los demás consejeros acerca de la batalla inmi- 
nente, y todos aprobaron sus planes. Durante la cena 
del ejército Aníbal llamó a Magón, su hermano, joven 
lleno de ardor e instruido desde su infancia en el arte 
de la guerra, y reunió asimismo a cien hombres de ca- 
ballería e igual número de infantería. Todavía no ha- 
bía caído la noche cuando eligió a los hombres más 
vigorosos de todo el campamento y les dijo que en 
concluyendo la cena se presentaran en su tienda. Les 
incitó y les infundió el coraje que la ocasión requería, 
tras lo cual hizo que ellos mismos seleccionaran de 
sus propias formaciones a los diez soldados más va- 


LIBRO 111 357 


lientes, y que se dirigieran con ellos a un lugar de la 
acampada. Ellos cumplieron la orden, y a éstos, que 
eran mil soldados de caballería y otros tantos de in- 
fantería, Aníbal les mandó de noche a la emboscada; 
a su cabeza puso unos guías, y dio instrucciones a su 
hermano en cuanto al momento del ataque. Él mismo, 
al rayar el día, concentró a la caballería númida, hom- 
bres excepcionalmente sufridos, les exhortó, prometió 
recompensas a los más valientes, y les mandó que se 
aproximaran al atrincheramiento enemigo, que cruza- 
ran rápidamente el río y que, provocando escaramuzas, 
hicieran mover a los romanos; intentaba coger al ad- 
versario en ayunas y no preparado para lo que se le 
echaba encima. Juntó también a los demás comandan- 
tes, les arengó de modo semejante para la refriega, 
dispuso que todos tomaran alimento y que se pusieran 
muy a punto armas y caballos. 

Cuando vio que la caballería númida se aproximaba, 
Tiberio envió al punto a la suya propia, con la orden 
de establecer contacto con el enemigo y atacarle. A 
continuación hizo salir a sus lanceros de a pie, unos 
seis mil'”, e iba moviendo también desde el vallado 
al resto de sus tropas, como si su aparición fuera a 
decidir todo; pues estaba excitado por el número de 
sus hombres y por lo sucedido la víspera con sus ji- 
netes. La estación era ya el solsticio de invierno %', y 
el día era muy nevoso y extremadamente frío. Los hom- 
bres y caballos romanos habían salido prácticamente 
todos en ayunas, por así decirlo. Inicialmente el ardor 
y el afán sostuvieron a las tropas romanas. Pero al 
atravesar el río Trebia, cuyo caudal había crecido de- 
bidó a las lluvias caídas por la noche en los lugares 


117 Son los velites de las legiones romanas, infantería arma- 
da de lanzas. 
118 Hacia el 20 de diciembre del año 218. 


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358 HISTORIAS 


situados encima de los campamentos, la infantería 
realizó la travesía a duras penas, porque el agua les 
llegaba al pecho. Esto, y el hambre y el frío, produjo 
grandes penalidades al ejército romano, pues el día 
había avanzado mucho. Los cartagineses habían comido 
y bebido dentro de sus tiendas, tenían bien dispuestos 
a sus caballos, se untaban con grasa y se armaban al- 
rededor de las fogatas. 

Aníbal acechaba la ocasión, y así que vio que los 
romanos se habían puesto a cruzar el río, mandó por 
delante, como cobertura, a sus lanceros de a pie y a 
los baleares, en conjunto unos ocho mil hombres, y 
luego hizo salir al grueso de su ejército. Avanzó ocho 
estadios frente a su propio campamento, y formó una 
sola línea con su infantería, veinte mil hombres en 
número, iberos, galos y africanos. Distribuyó su caba- 
Mería por las alas, en número de más de diez mil, con- 
tando la de los aliados galos; dividió a sus elefantes y 
los situó delante de las dos alas. 

En aquel momento Tiberio Hamaba hacia sí a su 
propia caballería, al ver que no tenían nada que hacer 
contra aquel enemigo, ya que los númidas se retiraban 
con facilidad, dispersándose, pero se revolvían y ataca- 
ban de nuevo con audacia y temeridad; los númidas 
acostumbran a pelear de este modo. Sempronio alineó 
su infantería según la táctica habitual romana. Los ro- 
manos propiamente dichos eran dieciséis mil, y sus 
aliados unos veinte mil. Entre los romanos un ejército 
completo para operaciones de gran envergadura cuen- 
ta con este número de hombres, esto cuando las cir- 
cunstancias llevan a pelear conjuntamente a los dos 
cónsules. A continuación distribuyó su caballería por 
las alas, unos cuatro mil hombres, y avanzó contra el 
enemigo altaneramente, en orden y haciendo la pro- 
gresión paso a paso. 


LIBRO III 359 


Cuando los dos bandos estaban ya cerca uno de 
otro, la infantería ligera que precedía ambas formacio- 
nes trabó combate. Los romanos se vieron en inferio- 
ridad en muchos lugares; a los cartagineses, por el 
contrario, la acción les era ventajosa, porque los lan- 
ceros romanos sufrían penalidades ya desde la aurora. 
Y habían disparado la mayoría de sus dardos en la re- 
friega contra los númidas; las jabalinas que les resta- 
ban habían quedado inutilizadas por la persistencia de 
la humedad. Y lo mismo ocurría a la caballería y a 
todo el ejército. Los cartagineses, totalmente al revés: 
formados, y con un vigor intacto, sin experimentar fa- 
tiga, eran siempre efectivos y se afanaban allí donde 
fuera necesario. Por eso, cuando en sus espacios Va- 
cíos recogieron a los que habían iniciado el combate y 
se enzarzaron las tropas de la infantería pesada, la 
caballería de los cartagineses presionó en el acto desde 
ambas alas al enemigo; era muy superior en número 
de caballos y la fatiga no había hecho mella en ella, 
pues acababa de entrar en acción. La caballería ro- 
mana retrocedió, y al quedar desguarnecidas las alas 
de su formación, los lanceros cartagineses y la masa de 
los númidas rebasaron las avanzadillas propias, caye- 
ron sobre los flancos romanos, en los que causaron 
grandes estragos, y no les permitieron combatir a los 
que les atacaban de frente. Las infanterías pesadas, 
que en ambos bandos ocupaban el frente y el centro 
de las formaciones respectivas, sostuvieron durante 
largo tiempo un cuerpo a cuerpo, con lo cual la pugna 
no se decidía. 

En aquel momento se levantaron los númidas que 
estaban en la emboscada y atacaron súbitamente por 
la espalda a los romanos que luchaban en el centro; 
en las tropas romanas se produjo una gran confusión 
y dificultad. Al final las dos alas de las fuerzas de 
Tiberio, presionadas fuertemente por los elefantes y en 


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360 HISTORIAS 


los flancos por la infantería ligera, volvieron la espal- 
da, y en su huida se vieron empujados hasta el río 
que tenían a retaguardia. Al ocurrir esto, de los roma- 
nos colocados en el centro del combate, los que for- 
maban detrás morían por el ataque de los emboscados 
y lo pasaron mal; los que estaban en primera línea, 
forzados, derrotaron a los galos y a una parte de los 
africanos: mataron a muchos de ellos y rompieron las 
líneas cartaginesas. Pero al ver que sus camaradas de 
las alas habían sido derrotados, renunciaron tanto a 
prestarles ayuda como a regresar a su campamento: 
pensaron que la caballería cartaginesa era demasiado 
numerosa. Además, el río era un obstáculo, y la lluvia 
caía continua y pesadamente sobre sus cabezas. Se 
mantuvieron, pues, en formación, y se retiraron agru- 
pados en seguridad hacia Placencia, en número no in- 
ferior a diez mil. La mayoría de los restantes murió 
junto al río por la acción de los elefantes y de la 
caballería cartaginesa. Los soldados de infantería que 
consiguieron escapar y la mayoría de la caballería se 
retiraron también, como se dijo antes, y llegaron con 
los demás a Placencia. 

El ejército de los cartagineses, que había acosado 
hasta el río al enemigo, ya no pudo progresar más de- 
bido a la lluvia, y se retiró a su campamento. Todos 
estaban contentos sobremanera, porque las cosas les 
habían salido a derechas. En total habían muerto unos 
pocos iberos y africanos: la mayoría de bajas eran de 
galos. Pero la lluvia y una nevada que cayó posterior- 
mente los puso también en tan mala situación que se 
les murieron todos los elefantes menos uno, y también 
perecieron de frío muchos hombres y caballos. 

Tiberio Sempronio, aunque sabía lo ocurrido, que- 
ría ocultarlo lo más posible a los de Roma, y envió 
unos mensajeros que explicaran que se había librado 
una batalla, pero que el tiempo invernal les había frus- 


LIBRO III 361 


trado la victoria. Los romanos, primero, dieron fe a 
tales anuncios, pero poco después se enteraron de que 
los cartagineses les habían llegado a acechar el campa- 
mento, de que todos los galos se habían decidido por 
su amistad, de que los suyos habían abandonado el 
campamento, que después de la batalla se habían reti- 
rado y se habían concentrado todos en las ciudades 1”, 
y de que eran aprovisionados desde el mar remontan- 
do el curso del Po; supieron, en suma, con demasiada 
claridad lo ocurrido en la batalla, A pesar de que les 
parecía un hecho paradójico, se dedicaron con gran 
intensidad a custodiar los puntos peligrosos y a efec- 
tuar otros preparativos. Enviaron legiones a Cerdeña y 
a Sicilia, y, además, guarniciones a Tarento y a otros 
lugares estratégicos; equiparon, también, sesenta na- 
ves quinquerremes. Cneo Emilio y Cayo Flaminio, que 
acababan de ser nombrados cónsules, concentraron a 
los aliados, y reclutaron legiones nuevas para ellos. 
Establecieron además depósitos de víveres, unos en 
Rímini y otros en Etruria, porque pensaban hacer la 
marcha por estos lugares. Enviaron legados a Hierón 
en demanda de ayuda, y éste les mandó quinientos 
cretenses y mil peltastas '%; los romanos lo iban dispo- 
niendo activamente todo, porque siempre que les rodea 
un peligro real son muy temibles, tanto particular 
como colectivamente. 
En la misma época Cneo Cor- 
nelio, nombrado por su hermano 
Publio comandante de las fuerzas 
navales, según dije más arriba *!, 
zarpó con toda la flota desde las 
bocas del Ródano y alcanzó España por los parajes cer- 


Los hechos 
de España 


119 Piacenza y Cremona. 
120 Cf. nota 169 del libro II. 
121 Cf. nota 49, 4 de este libro. 


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362 HISTORIAS 


canos a la ciudad llamada Ampurias 2. Empezando 
desde allí hacía desembarcos e iba asediando a los ha- 
bitantes de la costa hasta el río Ebro que le rechazaban; 
en cambio, trató benignamente a los que le acogieron, 
y les protegió de la mejor manera posible. Aseguró, 
pues, las poblaciones costeras que se le habían pasado, 
y avanzó con todo su ejército hacia los territorios del 
interior. Había reunido ya un gran número de aliados 
de entre los españoles. A medida que avanzaba se atraía 
a unas ciudades y sometía a otras. Los cartagineses de- 
jados en estos parajes al mando de Hannón acamparon 
frente a los romanos cerca de una ciudad llamada 
Cissa!”*, Cneo Cornelio formó a sus tropas y libró un 
combate del cual salió victorioso, con lo que se adueñó 
de muchas riquezas, ya que las tropas cartaginesas que 
habían marchado a Italia habían confiado sus bagajes a 
los cartagineses de aquí. Cneo Cornelio convirtió en 
amigos y aliados a todos los naturales del país que ha- 
bitaban al norte del Ebro; cogió vivo al general de los 
cartagineses Hannón y al caudillo ibero Indibil **; éste 
detentaba el mando de aquellos lugares de tierra aden- 
tro, y había sido siempre muy amigo de los cartagi- 
neses. Enterado muy pronto de lo sucedido, Asdrúbal 
cruzó el río Ebro y acudió a prestar ayuda. 

Se enteró de que las tripulaciones de la flota ro- 
mana, dejadas allí, al saber los triunfos de sus ejérci- 
tos de tierra, se habían dispersado de manera confiada 
y negligente; concentró, pues, unos ocho mil hombres 


12 Cf. nota 89 de este libro. 

123 El P. ANToNto RAMON, Polibi, 1, pág. 21, nota al pie, 
sugiere que se trata de la población de Guissona, a las orillas 
del río Ció, en la provincia de Lérida. 

14 Una respetable tradición le hace jefe de los ilergetes 
que vivían por tierras leridanas. El gran dramaturgo catalán 
ÁNGEL GUIMERA le hizo protagonista de su tragedia Indibil i 
Mandoni. 


LIBRO III 363 


de infantería de su propio ejército y mil jinetes, sor- 
prendió diseminados por el país a los romanos de las 
naves, mató a muchos de ellos y obligó a los demás a 
huir hacia sus propias embarcaciones. 

Asdrúbal entonces se retiró, cruzó de nuevo el río 
Ebro y se preocupó de la guarnición y defensa de los 
parajes situados detrás del río; pasó el invierno en 
Cartagena; Cneo alcanzó de nuevo a su flota, castigó 
según la usanza romana '* a los culpables de lo suce- 
dido, concentró en un solo punto a sus fuerzas terres- 


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tres y navales y estableció su campamento de invierno : 


en Tarragona. En previsión del futuro repartió el botín 
en partes iguales entre sus soldados, lo cual les infun- 
dió gran ardor para el futuro y simpatía hacia él. 
Tal era la situación en Espa- 
ña. Llegada la primavera !%, Cayo 
En Italia Flaminio recogió sus fuerzas, 
avanzó a través de la Etruria y 
acampó junto a la ciudad de los 
arretinos. Cayo Servilio, a su vez, se dirigió a Rímini 
para vigilar por aquí la invasión de los enemigos. 
Aníbal, que pasaba el invierno en territorio galo, 
retenía en custodia a los romanos que había cogido 
prisioneros en la batalla, y les suministraba los víveres 
justos para sobrevivir; a los aliados de los romanos, 
en cambio, ya de buenas a primeras les trató con hu- 
manidad; después los reunió y les dijo, en tono exhor- 
tatorio, que no se había presentado a pelear contra 
ellos, sino a su favor, y contra los romanos, por lo cual 
era indispensable, afirmó, que si estaban en su sano 
juicio se hicieran amigos de él, ya que se encontraba 
allí, ante todo, para lograr la libertad de los italianos, 


15 La usanza romana era decapitar a los culpables del 
desastre. 
126 Del año 217. 


364 HISTORIAS 


y al propio tiempo para salvar las ciudades y al país 
que cada uno de ellos había perdido a manos de los 
romanos. 

7 Tras estas afirmaciones les remitió a todos a sus 
países sin exigir rescate, con la intención a la vez de 
atraerse de este modo a los que habitaban Italia, y de 
que éstos se enajenaran su simpatía hacia los romanos; 
pretendía además excitar a los que pensaban que la 
dominación romana había causado algún daño a sus 
ciudades o a sus puertos ?”. 

78 Además, durante el período invernal usó de esta 

2 estratagema, ciertamente fenicia. Temía la inconstan- 
cia de los galos, e incluso algún atentado contra su 
persona, porque sus relaciones con ellos eran muy re- 
cientes, de modo que se preparó unas pelucas, adapta- 
das a las diversas edades de la vida y a sus distintos 

3 aspectos, y las utilizó cambiándolas constantemente; 
también se mudaba los vestidos, adecuándolos a aqué- 

a llas. Todo esto le hizo difícil de reconocer no sólo a los 
que le habían visto alguna vez de pasada, sino incluso 

s a los que le trataban habitualmente. Veía también que 
los galos estaban molestos porque la guerra se des- 
arrollaba en su propio territorio, y que estaban impa- 
cientes y deseosos de llevarla a tierras enemigas, apa- 
rentemente por su odio a los romanos, pero en realidad 
más por el provecho a obtener. Aníbal, pues, tomó la 
decisión de levantar el campo lo más pronto posible y 
satisfacer los deseos de sus tropas. 

6 Por eso, al tiempo de cambiar la estación se in- 
formó por los que parecía que conocían mejor el 


12 Aquí hay un problema de tradición manuscrita que con- 
diciona la traducción. Aquí se ha adoptado la lectura de los 
códices, que es la aceptada por Biittner-Wobst; Schweigháuser 
propone una variante textual que, de aceptarse, da el sentido: 
«a los que pensaban que es difícil decir los puertos que los 
romanos quitaron a los galos». 


LIBRO III 365 


país y supo que las rutas que llevaban a tierra enemiga 
eran largas y familiares al adversario; en cambio, había 
un camino que, a través de las marismas, conducía a 
la Etruria. La marcha iba a ser penosa, pero breve, 
y, además, inesperada para Flaminio y los suyos. Como 
por su natural estas empresas le eran habituales, 
Aníbal determinó avanzar por esta ruta. Por el cam- 
pamento corrió el rumor de que el general les iba a 
conducir por terrenos pantanosos, y todo el mundo 
mostró sus reservas ante tal itinerario, porque se ima- 
ginaban las ciénagas y los atolladeros de aquellos pa- 
rajes. 

Cuando se hubo asegurado cuidadosamente de que 
los lugares de la ruta eran cenagosos, pero firmes, 
Aníbal levantó el campo. Situó en vanguardia a los 
africanos y a los iberos, y, además, al contingente más 
útil de todo su ejército. Y entre éstos colocó el bagaje 
para que, de momento, disfrutaran de provisiones; 
para el futuro ya no leimportaba en absoluto el apro- 
visionamiento; pensaba que, al llegar a territorio ene- 
migo, si era vencido, ya no precisaría de nada indis- 
pensable, y si triunfaba en una batalla campal, no 
carecería de provisiones. Detrás de los hombres cita- 
dos colocó a los galos, y, cerrando la formación, a la 
caballería. Puso a su hermano Magón como jefe de 
la retaguardia, más que nada porque los galos eran 
blandos y aborrecían las penalidades; si, al sufrirlas, 
intentaban retroceder, Magón podría impedírselo con 
la caballería, que se les echaría encima. 

Los iberos y los africanos hicieron la marcha por 
las marismas aún no removidas, y la concluyeron con 
penalidades soportables, puesto que todos eran gente 
sufrida y habituada a tales dificultades, pero los galos 
avanzaban difícilmente, ya que el fondo de las maris- 
mas había sido revuelto y hollado. Soportaron aquella 
dificultad penosa y difícilmente, como hombres que 


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366 HISTORIAS 


no estaban acostumbrados a aquellas molestias. No 
lograron retroceder por los jinetes que tenían detrás. 
Todos lo pasaron muy mal, principalmente porque no 
podían dormir, ya que marcharon continuamente cua- 
tro días y tres noches a través del agua; los que lo 
sufrieron más, y perecieron en número mayor que los 
restantes, fueron precisamente los galos. La mayoría 
de las acémilas cayó en los lodazales y murió; su caída, 
con todo, prestaba una utilidad a los hombres, porque 
si se sentaban encima de ellas y de los bagajes logra- 
ban emerger del agua y descabezar un breve sueño 
durante la noche. No pocos caballos perdieron las 
pezuñas debido a la marcha continua encima del lodo. 
Y el mismo Aníbal se salvó con dificultad a lomos del 
único elefante superviviente, pasando muchas penali- 
dades. Sufría, además, dolores terribles por una fuerte 
inflamación ocular que padecía y que acabó privándole 
de la visión en un ojo, ya que en aquella situación no 
se podía detener ni cuidar. 

Aníbal atravesó, pues, increíblemente aquellos luga- 
res pantanosos '%, y tras sorprender en la Etruria a 
Flaminio, que había acampado delante de la ciudad de 
los arretinos, entonces lo hizo él mismo a la salida de 
las marismas; quería que sus fuerzas se recuperaran, 
e informarse al propio tiempo sobre el enemigo y los 
territorios que tenía delante. Supo que aquel país re- 
bosaba de recursos de toda clase y que Flaminio era 
un hombre ávido de popularidad y un demagogo total, 
desconocedor absoluto de cómo se dirigen las empresas 
bélicas; además tenía una confianza ciega en sus pro- 
pias fuerzas. 

Aníbal, pues, pensó que si lograba rebasar el cam- 
pamento romano y establecerse él mismo en el país 


128 Estas marismas estaban en los territorios de Bolonia a 
Pistoya. 


LIBRO 11 367 


que tenía a la vista, Flaminio, recelando la burla de sus 
tropas, no podría contemplar con indiferencia que el 
país fuera devastado; herido en su orgullo, Flaminio 
estaría dispuesto a seguirle a cualquier lugar, afanoso 
de triunfar él solo, sin esperar la llegada del que com- 
partía el mando con él. 

Por todo ello Aníbal supuso que Flaminio le daría 
muchas oportunidades de atacarle. Todo esto lo calcu- 
laba con lógica y sentido práctico. 

No sería natural decir otra 

Reflexiones sobre “OSA: si alguien cree que en el 

el carácter de los arte de la guerra hay algo más 

generales importante que conocer las pre- 
ferencias y el carácter del gene- 
ral enemigo, es un ignorante y está cegado por la 
soberbia. Así como en los duelos personales o en las 
luchas cuerpo a cuerpo el que pretente vencer ha de 
examinar cómo podrá alcanzar su objetivo y qué parte 
de sus antagonistas se muestra desnuda y desarma- 
da 1%, igualmente es indispensable que los responsa- 
bles máximos de una empresa guerrera examinen no 
qué parte del cuerpo está al descubierto, sino qué parte 
del espíritu del general adversario se muestra vulne- 
rable. 

Porque muchos por su indolencia y por una inope- 
rancia total arruinan no sólo las empresas del estado, 
sino que, simplemente, pierden sus propias vidas. Por 


129 Posible reflejo de la muerte de Héctor, Ilíada XX1I 318- 
325: «...tal la punta fulgía, de la espada de Aquiles, acerada, 
que él en su diestra mano blandiendo iba, meditando cómo 
la muerte dar al divino Héctor, y atisbando por qué parte 
cedería mejor su bella carne. Mas Héctor lleva el cuerpo to- 
talmente cubierto por las armas que a Patroclo —bellas armas 
broncíneas— le quitara, y sólo como un claro aparecía, la 
parte en que del hombro separan las clavículas el cuello y 
por donde es más rápida la muerte...» (traducción del P. Da- 
NIEL Ruiz BUENO). 


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3 


368 HISTORIAS 


la pasión que sienten por el vino muchos no logran 
conciliar el sueño si no se enajenan y emborrachan; 
otros, en su afán de placeres venéreos, por el trans- 
porte- que éstos comportan, no sólo arruinaron sus 
ciudades y haciendas, sino que perdieron incluso su 
vida con deshonor. 

La cobardía y la flojedad en la vida privada repor- 
tan oprobio a quienes las tienen, pero si se dan en un 
comandante en jefe, constituyen una calamidad pública 
y el mayor de los desastres. Pues no sólo convierten 
en ineficaces a los esclavizados por ellas, sino que mu: 
chas veces exponen a los mayores riesgos a los que les 
están confiados. La temeridad, la audacia y el coraje 
irracional, e incluso la vanagloria y la soberbia son 
cosas que van muy bien al enemigo, pero muy peligro- 
sas para los amigos; un hombre así es accesible a cual- 
quier asechanza, emboscada o engaño. Si alguien pu- 
diera apercibirse de los errores de los demás y atacar 
al adversario allí por donde el general enemigo es prin- 
cipalmente vulnerable, su triunfo total sería inmediato. 
Si alguien priva a una nave de su timonel, toda la 
embarcación y sus hombres caerán en manos del ene- 
migo: de la misma manera, si alguien en la guerra es 
capaz de manipular por previsión y cálculo al general 
enemigo, muchas veces logrará vencer totalmente, hom- 
bre por hombre, a sus oponentes. En aquella ocasión 
Aníbal, por haber previsto y calculado lo que se refería 
al general enemigo, no se engañó en su plan. 

En efecto, tan pronto como 

Aníbal levantó el campo, partien- 

Avance de Aníbal do de la región de Fiésole, rebasó 
mínimamente el campamento ro- 

mano e invadió la región que te- 

nía delante, Flaminio se excitó al punto y se llenó de 
furor: se creía víctima del desdén del enemigo. Des- 
pués, al quedar devastado el país y señalar las colum- 


LIBRO III 369 


nas de humo que la ruina era total, el romano se 
irritó; creía que lo ocurrido era intolerable. Algunos 
oficiales romanos eran del parecer de que no se debía 
seguir de cerca al enemigo, y mucho menos trabar 
combate, sino precaverse y tener en cuenta que la 
caballería cartaginesa era muy numerosa; ante todo 
era indispensable aguardar al segundo cónsul y dar la 
batalla con los dos ejércitos romanos reunidos. Pero 
Flaminio desestimó estas opiniones, y a duras penas 
soportó la presencia de los que las manifestaban. Les 
incitó a pensar en lo que, naturalmente, dirían los que 
habían quedado en Roma si el país llegaba a ser des- 
truido casi en las puertas de la ciudad, esto cuando 
ellos estaban acampados en la Etruria, en la retaguar- 
dia del enemigo. 

Cuando habló en estos términos, finalmente, levantó 
el campo y avanzó con sus tropas sin examinar ni la 
oportunidad ni el territorio, con el sólo afán de caer 
sobre el enemigo, como si la victoria de los romanos 
fuera algo incuestionable. Tal fue la confianza que in- 
fundió en las multitudes, que mayor que el de los hom- 
bres que empuñaban armas era el número de los que, 
ajenos a la formación, les seguían, ávidos de ganancia: 
llevaban cadenas, grilletes y todo tipo de objetos por 
el estilo 1%, 

Aníbal, por su parte, avanzaba por la Etruria en 
dirección a Roma; tenía a la izquierda la ciudad lla- 
mada de Crotona y los montes que la circundan; a la 
derecha, el lago llamado Trasimeno *!, A medida que 
progresaba quemaba y talaba el país; quería provocar 
el coraje del adversario. Cuando vio que Flaminio es- 
taba ya en contacto con él se apercibió de unos parajes 


130 Cadenas y grilletes para llevarse como esclavos, com- 
prados, a los cartagineses caídos prisioneros en manos de los 
romanos. 

11 En la Umbría, no lejos de Perusa. 


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370 HISTORIAS 


aptos para la lucha y se dedicó a preparar la batalla. 

En el camino había un valle en pendiente, y en toda 
su longitud, a ambos lados, se levantaban collados altos 
y contiguos 1%; por la parte delantera opuesta este des- 
filadero estaba obstaculizado en toda su abertura por 
un monte escarpado y difícil; por la parte de atrás 
había un lago que dejaba sólo un paso muy estrecho 
en dirección al desfiladero, al pie de la cadena mon- 
tañosa. 

Aníbal lo atravesó bordeando el lago y ocupó per- 
sonalmente la altura que se oponía frontalmente al 
camino; acampó allí con los africanos y los iberos. 
Destacó a los baleares y a los lanceros de la vanguar- 
dia bajo los collados de la derecha del. desfiladero, y 
los situó estirando su línea lo más posible. Y lo mismo 
hizo con los galos: les mandó que rodearan los colla- 
dos de la izquierda, y les extendió en una hilera con- 
tinua, de manera que los últimos ocupaban ya el acceso 
que, entre el lago y las cadenas montañosas, conduce 
hacia el lugar mencionado. Aníbal lo había dispuesto 
todo durante la noche, y había rodeado de emboscadas 
el valle en pendiente; después quedó a la expectativa. 
6 Flaminio le seguía los pasos, deseoso de establecer 
contacto con los enemigos. En la víspera había acam- 
pado junto al lago, ya muy entrado el día. Cuando 
apuntó el alba del siguiente mandó que su vanguardia 
avanzara y bordeara el lago hasta la misma entrada 
del valle, con intención de atacar al adversario. 


12 El lugar exacto de la batalla de Trasimeno ha sido muy 
discutido, pero es obvio que aquí no se puede ni esbozar la 
discusión. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc., con un gráfico 
de la batalla en la pág. 416. 


LIBRO 111 371 


El día era muy brumoso. Aní- 
bal, así que la mayoría de roma- 
nos que marchaban había pene- 
trado en el valle, y la vanguardia 
del adversario había establecido 
contacto con él mismo, dio la consigna, que transmitió 
a todos los emboscados, y atacó por todas partes al 
enemigo. Su aparición resultó inesperada a los hom- 
bres de Flaminio; debido a las condiciones atmosfé- 
ricas les era difícil comprender la situación. El ene- 
migo arremetía desde muchos lugares dominantes y 
se les echaba encima. Los comandantes y los oficiales 
romanos no sólo no podían acudir a prestar ayuda 
allí donde era necesario, sino que ni tan siquiera se 
apercibían de lo que pasaba, porque les atacaban por 
la vanguardia, por la retaguardia y por los flancos. 
Ocurrió, por consiguiente, que la mayoría murieron en 
la misma formación en marcha, sin defensa posible; 
en la práctica se vieron entregados por la impericia 
de su jefe. Perecían sin esperárselo, cuando todavía 
discutían lo que se debía hacer. En aquella ocasión el 
mismo Flaminio, indeciso y abatido por aquella cala- 
midad, murió a manos de unos galos que se le abalan- 
Zaron encima. En el desfiladero murieron unos quince 
mil romanos, que no cedieron a las circunstancias, 
pero que no pudieron hacer nada: según su costumbre, 
dieron la máxima importancia a no huir y a no aban- 
donar la formación. 

Los que, en la marcha, se vieron copados dentro 
del valle, entre el lago y la cadena montañosa, pere- 
cieron de manera vergonzosa y aún más miserable. 
En efecto: rechazados hacia el lago, unos se lanzaron, 
obcecados, y nadaron cargados con las armas hasta 
ahogarse; la mayoría se adentró en el agua lo más 
posible y permanecieron allí sacando únicamente la 
cabeza. Cuando la caballería cartaginesa les alcanzó 


Batalla del 
lago Trasimeno 


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372 HISTORIAS 


comprendieron que estaban perdidos sin remisión: le- 
vantaban los brazos y suplicaban que les cogieran vi- 
vos; emitían voces de todas clases. Al final, unos mu- 
rieron a manos del enemigo y otros se incitaron a 
darse muerte mutuamente. Es verdad que quizá seis 
mil romanos del desfiladero derrotaron al adversario 
que tenían delante, pero no lograron cercarle ni pres- 
tar apoyo a los suyos, porque no veían nada de lo 
que sucedía, siendo así que hubieran podido ser de 
gran utilidad en la batalla. En su anhelo de avanzar, 
progresaban convencidos de que caerían encima de al- 
gún enemigo; sin apercibirse de ello, llegaron a ocupar 
las alturas. Ya eran dueños de ellas cuando escampó 
la niebla y comprendieron la magnitud .del desastre; 
incapaces ya de cualquier cosa porque el enemigo lo 
dominaba y lo ocupaba todo, dieron la vuelta y se 
replegaron a una aldea etruria. Después de la batalla 
Aníbal mandó allí a Maharbal con los iberos y algunos 
lanceros, que asediaron la aldea. Los romanos, rodea- 
dos de tantas calamidades, depusieron las armas y se 
entregaron a condición de salvar sus vidas. 

La guerra total librada entre romanos y cartagine- 
ses en Etruria acabó de esta manera. 

Cuando fueron conducidos a su presencia los pri- 
sioneros romanos que se habían rendido con condicio- 
nes, y al propio tiempo los demás, Aníbal les reunió 
a todos, en número de más de quince mil. En primer 
lugar puso en claro que Maharbal no tenía competen- 
cia, si él personalmente no se la otorgaba, de ofrecer 
seguridades a los que se habían entregado por un 
pacto; después lanzó acusaciones contra los romanos. 
Cuando acabó, repartió a los romanos cogidos prisio- 
neros entre los batallones cartagineses para su custo- 
dia, y a los aliados de los romanos les remitió a sus 
propias patrias sin exigir rescate alguno. Les repitió 
las mismas palabras que a los de antes: que estaba allí 


LIBRO III 373 


no para combatir contra los italianos, sino contra los 
romanos en pro de la libertad de los italianos. 

Hizo descansar a sus tropas e hizo enterrar a los 
muertos más ilustres de su propio ejército, que, en nú- 
mero, eran unos treinta. Todos los muertos eran unos 
mil quinientos, galos en su mayoría. Después de hacer 
esto, deliberó con su hermano y sus amigos dónde y 
cómo debería emprender el ataque, seguro ya de la 
victoria final. 

Al llegar a Roma la noticia de la desgracia aconte- 
cida, los magistrados de la ciudad fueron incapaces de 
disimular, o al menos de velar la magnitud del desas- 
tre, enorme como era: se vieron forzados a declarar 
el hecho a la multitud, para lo cual habían congre- 
gado la asamblea del pueblo. Cuando el pretor subió 
a la tribuna y declaró a la multitud reunida: «Hemos 
perdido una gran batalla», se produjo tal consterna- 
ción que quienes habían vivido ambas circunstancias 
creyeron que lo sucedido entonces era mucho peor que 
lo ocurrido en la propia batalla. Y es lógico que fuera 
así: hacía muchísimo tiempo que ni de palabra ni de 
hecho se había reconocido una derrota, y el pueblo no 
soportó el desastre con moderación ni con dignidad. 
Pero no obró igual el senado, sino que se mantuvo en 
las previsiones oportunas, y deliberó acerca del cómo 
y qué debía hacer en el futuro cada uno. 

Precisamente durante los días 
Aníbal marcha de esta batalla Cneo Servilio, el 
hacia el Adriático. cónsul que mandaba en la región 

Situación en Roma de Rímini situada frente a la 

costa del Adriático, allí donde 
las llanuras galas limitan con el resto de Italia, no 
lejos de la desembocadura de las bocas del Po en el 
mar, sabedor de que Aníbal había invadido la Etru- 
ria y de que había acampado frente a Flaminio, se 
propuso juntársele con todas sus tropas. Pero imposi- 


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374 HISTORIAS 


bilitado por la lentitud de su ejército destacó a toda 
prisa a Cayo Centenio, a quien confió cuatro mil ji- 
netes; por si las necesidades lo exigían, quería que 
éste se adelantara antes de llegar él mismo. Aníbal se 
enteró del socorro enemigo cuando la batalla ya había 
concluido, y envía a Maharbal con los lanceros y parte 
de la caballería. Éstos acometieron a los hombres de 
Cayo, y en la primera refriega mataron casi a la mitad 
de ellos; persiguieron a los restantes hasta una loma, 
y al día siguientes los cogieron prisioneros a todos. 

En la ciudad de Roma hacía tres días que se había 
anunciado la pérdida de la batalla; la consternación 
había alcanzado su punto máximo, y cuando sobrevino 
este segundo desastre, no sólo el pueblo, sino el mismo 
senado cayó en un profundo desaliento. Dejaron de 
lado la discusión de los asuntos del año y la provisión 
de las magistraturas, y deliberaron a fondo sobre la 
situación; creían que ella y las circunstancias presen- 
tes exigían un dictador 93, 

Aníbal, aunque confiaba ya en una victoria total, 
por el momento renunció a acercarse a Roma; iba 
recorriendo el país y lo devastaba impunemente: di- 
rigía su marcha en dirección al Mar Adriático. Atra- 
vesó los territorios de los umbros y el de los picenos, 
y al cabo de diez días llegó a la región adriática. Se 
había apoderado de un botín tan grande, que su ejér- 
cito se veía incapaz de llevar y de transportar sus ga- 
nancias. Además, durante la marcha causó muchas 
bajas al enemigo; tal como ocurre en la conquista de 
ciudades, también entonces se pasó la orden de matar 
a todos los hombres en edad militar que encontraran. 
Y-esto lo hacía por su odio congénito contra los ro- 
manos. 


133 El mismo Polibio explica, algo más abajo (87, 7-8), la 
figura jurídica del dictador romano. 


LIBRO III 375 


En esta ocasión, cuando Aníbal acampó en la costa 87 
del Adriático, en una tierra muy fértil, que da frutos 
de todas clases, puso un interés especial en curar y 
recuperar a sus hombres, no menos que a los caballos. 
Había pasado el invierno al -aire libre en el territorio 2 
de los galos; el frío y la falta de cuidados, las pena- 
lidades posteriores y el paso por los lugares pantano- 
sos habían producido en casi todos los caballos y 
también en los hombres la llamada sarna del hambre 
y malestares semejantes. Aníbal, convertido en dueño 3 
de un país ubérrimo, restableció el cuerpo de sus ca- 
ballos y el cuerpo y el espíritu de sus hombres. Cam- 
bió el equipo de los africanos a la manera romana, 
con armas escogidas de entre tantos despojos como 
había capturado. También en este momento mandó 4 
por mar legados a Cartago, que describieran lo suce- 
dido. Pues entonces por primera vez tocó la costa 
desde que había penetrado en Italia. Cuando los oye- 5 
ron, los cartagineses exultaron de alegría, y pusieron 
todo su interés y providencia en ayudar, de todos los 
modos posibles, a las acciones de Italia y de España. 

Los romanos, por su parte, nombraron dictador a 6 
Quinto Fabio !%*, hombre de prudencia excepcional y 
de ilustre nacimiento. Todavía hoy entre nosotros los 
hombres de su linaje son llamados Máximos, es decir, 
los más grandes, debido a las acciones y a los éxitos 
de aquél. He aquí las diferencias que hay entre un dic- 7 
tador y los cónsules. Éstos tienen, cada uno, un cortejo 
de doce lictores, mientras que el dictador lo tiene de 
veinticuatro. Los cónsules muchas. veces necesitan del s 
senado para ejecutar sus planes; el dictador es un ge- 
neral que goza de plenos poderes. Cuando ha sido 
nombrado, en Roma se anulan todas las magistratu- 


134 Ha pasado a ser proverbial en la historia bajo el nombre 
de Fabius Maximus o bien Fabius Cunctator (= el precavido). 


376 HISTORIAS 


9 ras '*, a excepción de los tribunos de la plebe. Pero 
de esto se hará una exposición más detallada en otro 
lugar %. Los romanos, pues, nombraron un dictador, 
y junto con él a Marco Minucio como comandante de 
la caballería. Éste está semetido al dictador, pero le 
sustituye en el mando cuando algo retiene al dictador 
en otra parte. 

88 Aníbal iba moviendo su campamento en etapas bre- 
ves, y no salía de la región adriática. Disponía en 
abundancia de vino añejo y con él lavaba a los caballos; 

2 era una medicina para su mal estado y su sarna. Lo 
mismo hacía con los hombres: curaba a los heridos y 
procuraba que los restantes soldados adquirieran vigor 

3 y valor para las necesidades que se aproximaban. Atra- 
vesó y devastó las tierras de los pretutios con la po- 
blación de Adria, después las de los marrucinos y 
las de los frentenianos 1”; luego avanzó hacia Yapi- 

4 gia'%. Este país está dividido en tres partes, el terri- 
torio de los daunios; el de los peucetios y el de los 

5 mesapios; Aníbal invadió el primero, la Daunia. Em- 





135 Esto no es exacto: las magistraturas no se anulaban, 
pero sí quedaban bajo el control del dictador, que podía revocar 
sus decisiones. 

136 En los extractos que han quedado de la obra de Polibio 
no se encuentra la exposición anunciada aquí. 

13 Los pretutios ocupaban el S. de la región del Piceno; 
los marrucinos estaban al S. de éstos, y los frentenianos ya 
bordeaban el Adriático. Un mapa interesante y detallado de la 
península italiana en esta época, Weltatlas, pág. 38. 

1338 Es la Apulia central, pero el "término en Polibio parece 
alcanzar, además, la Calabria. La Daunia está al S. del monte 
Gargano; los peucetios habitaban la región de Bari, y los mesa- 
pios, la de Brindisi. En el texto original, después de los dau- 
nios, hay una laguna, en la que falta, evidentemente, uno de 
los nombres en que estaba dividida la provintia de Yapigia. Con 
Biittner-Wobst, se da aquí el nombre de peucetios, que es el 
que, por otro lado, nos dan otras fuentes de tradición. 


LIBRO II 3n 


pezó por aquí, por Luceria '”, que era colonia romana, 
e iba devastando el país. Posteriormente cambió de 
emplazamiento y acampó junto al lugar lHamado Ibo- 
nio 1%, recorrió el territorio de Argiripa* y saqueó 
impunemente toda la Daunia. 

Entretanto, Fabio, tras su investidura, ofreció sa- 
crificios a los dioses, salió con su colega en el mando 
y con las cuatro legiones alistadas para esta circuns- 
tancia. Cerca de Narnia '? estableció contacto con las 
fuerzas romanas que habían salido de Rímini para 
prestar ayuda. Relevó a su jefe, Cneo Servilio, del 
mando del ejército de tierra, y le envió a Roma con 
una escolta, con la orden de que si los cartagineses 
se movían por mar, acudiera siempre a proteger los 
lugares que corrieran peligro. Y él personalmente, 
junto con su ayudante en el mando, tomó a sus órde- 
nes las tropas y acampó delante de los cartagineses, en 
el lugar llamado Eca'*%, que distaba del enemigo unos 
cincuenta estadios. 

Aníbal supo de la presencia de Fabio y se propuso 
aterrorizar súbitamente al enemigo. Hizo salir a su 
ejército, lo aproximó al atrincheramiento romano y lo 
formó en orden de combate. Esperó algún tiempo sin 
que saliera nadie, y se retiró nuevamente a su propio 
campamento. Pues Fabio había decidido no exponerse 
ni arriesgar una batalla; procuraba por encima de todo 
la seguridad de sus tropas, y se atuvo firmemente a 


139 La actual Lucera. 

140 La grafía de este topónimo es insegura, quizás sea Vi- 
binum; sea como sea, es la actual Hippone. 

141 Es la actual Arpi. 

14 Aquí el texto ofrece el nombre de Daunia, pero los edi- 
tores, a excepción de Schweigháuser, modifican el texto y apun- 
tan Narnia, en la orilla izquierda del río Avens, en la Ytalia 
central. 

143 Se desconoce la ubicación de este topónimo, pero debía 
de estar al N. de la Apulia. 


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378 HISTORIAS 


esta decisión. Primero los suyos le desdeñaron y no 
faltó quien le tildara de cobarde, como si la batalla le 
empavoreciera, pero con el tiempo hizo que todos re- 
conocieran que en aquellas circunstancias nadie hubie- 
ra sido capaz de comportarse de manera más atinada 
y juiciosa. Los hechos, en efecto, testificaron muy 
pronto a favor de sus cálculos, y fue natural que ocu- 
rriera así: sucedía que las tropas adversarias se habían 
ejercitado en la guerra continuamente, desde su más 
temprana juventud; contaban con un jefe que había 
crecido entre ellos, acostumbrado desde niño a opera- 
ciones en campo abierto. Habían vencido en muchas 
batallas en España, y dos veces seguidas a los romanos 
y a sus aliados. Y por encima de todo debía tenerse 
en cuenta que habían renunciado a todo, y que la 
única esperanza de salvación que tenían estaba en 
vencer. 

La situación del ejército romano era exactamente 
la contraria. Por lo cual era desaconsejable arriesgar 
una batalla decisiva cuando lo más probable era que 
iban a ser derrotados. En sus cálculos, Fabio se volvió 
hacia lo que les era ventajoso, fue constante en ello, 
y dirigió la guerra de este modo. Las ventajas de los 
romanos consistían en un aprovisionamiento práctica- 
mente ilimitado y en una gran abundancia de soldados. 

Así pues, en el tiempo que siguió siempre marcha- 
ba paralelamente al enemigo, y se adelantaba a ocupar 
2 los lugares estratégicos según su experiencia. Dispo- 
nía en su retaguardia de provisiones abundantes, por 
lo que jamás permitió que sus soldados se dispersaran 
a forrajear ni que ni una sola vez se apartaran del 
atrincheramiento: vigilaba que estuvieran siempre jun- 
tos y concentrados, y acechaba lugares y oportunida- 
des. De este modo cogió prisioneros y mató a muchos 
enemigos que, despreciando al adversario, se habían 
diseminado para forrajear, desde su propio campa- 


LIBRO III 379 


mento. Obraba así porque quería reducir el número 
de enemigos, siempre limitado, y restablecer y hacer 
recobrar poco a poco la confianza y el espíritu de sus 
propios hombres, derrotados en batallas campales por 
medio de éxitos parciales. No era en absoluto capaz 
de lanzarse deliberadamente a una confrontación deci- 
siva. Marco Minucio, su subordinado en el mando, no 
estaba de acuerdo con semejante proceder: participaba 
de las ideas de la masa y denigraba a Fabio delante de 
todos, afirmaba que se encaraba con la situación de 
manera floja y remisa; él, personalmente, deseaba con 
ardor exponerse y arriesgarse a una batalla. 

Los cartagineses devastaron, pues, los lugares cita- 
dos, rebasaron los Apeninos y bajaron al territorio de 
los samnitas, muy fértil, y que durante mucho tiempo 
se había visto libre de guerra. Allí tuvieron tal sobre- 
abundancia de provisiones, que ni consumiéndolas ni 
destruyéndolas podían agotar el botín. Recorrieron 
también el campo de Benevento '*, que era colonia ro- 
mana, y conquistaron la ciudad de Venusa 145, que no 
estaba amurallada, repleta, además, de toda clase de 
ajuares. Los romanos les iban siguiendo constante- 
mente los pasos, conservando una distancia de uno O 
dos días de marcha: rehusaban acercarse más al ene- 
migo y trabar combate con él. Aníbal, viendo que 
Fabio rehuía la batalla, pero que no acababa de reti- 
rarse del campo abierto, avanzó audazmente hacia las 
llanuras que rodean Capua !%, al lugar llamado Faler- 


14 Era la capital de los samnitas. 

145 Esta Venusa, en el país de los samnitas, nos es desco- 
nocida: no hay que confundirla con la Venusa de la Apulia 
(116, 3). Pero hay que notar que algunos editores, siguiendo a 
Trro Livio, XII -3, leen aquí Telesia. 

146 Capua, a la altura de Benevento, al O. de esta ciudad, 
a orillas del río Calor. Falerno debía ser un villorrio sin 
importancia. 


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380 HISTORIAS 


no. Pensaba que una de dos: o bien forzaría al ene- 
migo a luchar o bien haría patente a todos que su 
dominio era indisputado, y que los romanos le cedían 
el campo abierto. Esperaba que con esto las ciudades 
intimidadas desertarían una tras otra de los romanos. 
Hasta entonces, a pesar de que éstos habían perdido 
dos batallas '”, ninguna ciudad italiana se había pasado 
a los cartagineses, sino que se mantenían leales, aun 
cuando algunas habían sufrido mucho. Esto puede ser 
un indicio del respeto y de la estimación de que go- 
zaba la república romana entre los aliados. 
El cáiculo de Aníbal era muy 
Aníbal en el país lógico: las llanuras de Capua son 
de los samnios y las más famosas de Italia por su 
en la Campania fertilidad y por su belleza; se 
extienden a lo largo de la costa 
y poseen mercados a los que concurren navegantes 
procedentes de casi todo el mundo que se dirigen a 
Italia. En estas Hanuras hay también las ciudades más 
bellas e ilustres de esta península. En su franja cos- 
tera se levantan Sinuesa '%, Cumas y Puzzoli, además 
de Nápoles, y finalmente el pueblo de los nucerios. 
Tierra adentro, la parte nórdica está habitada por los 
calenos y los tianitas 1%, la parte oriental y la del sur 
la habitan los daunios y los nolanos'%. En la parte 
central de estas llanuras está situada la ciudad de 
Capua, la más próspera de todas. La descripción que 
los mitógrafos hacen de estas llanuras es muy justifi- 


147 En realidad son tres, pero Polibio omite sistemática- 
mente la batalla del Tesino. 

18 La actual Mondragone. 

149 Territorio de las actuales ciudades Calvi y Teano. 

159 Nola, al S. de la Campania y al E. del Vesubio. En cuanto 
a los daunios, algunos editores escriben aquí caudios, pero en 
la traducción se acepta, con Biittner-Wobst, la lectura de los 
manuscritos. 


LIBRO 1II 381 


cada. Se les llama también Campos Flegreos *!, igual 
que a otras llanuras célebres: no es extraño que los 
dioses se pelearan por ellas, por su belleza y su ferti- 
lidad. Además de lo apuntado, estas llanuras están bien 
defendidas y son de acceso difícil: están rodeadas por 
el mar, y, en su mayor parte, por una gran cadena 
montañosa que ofrece sólo tres entradas desde tierra 
adentro, angostas y escabrosas, la primera por el país 
de los samnitas, (la segunda por el Lacio) 1%? y la otra 
por la región de Hirpino 3, Por todo lo cual los car- 
tagineses se dispusieron a acampar allí teatralmente 
para intimidar a todos ante algo inesperado, represen- 
tar a los enemigos fugitivos y hacer patente que eran 
ellos los que dominaban el campo. 

Con este cálculo, pues, Aníbal partió del territorio 
de los samnitas y pasó el desfiladero por el collado 
llamado Eribiano '*. Acampó junto al río Volturno, que 
divide en dos partes aproximadamente iguales la citada 
llanura. Estableció su campamento en la parte que da 
hacia la ciudad de Roma, y lanzando a sus forrajeado- 
res por todas partes, devastaba la llanura impunemen- 
te. Fabio quedó impresionado por la operación y la 
audacia enemiga, pero se atuvo aún más a sus decisio- 
nes. Marco Servilio, su subordinado en el mando, y 
todos los tribunos y centuriones del ejército, crefan 
que habían cogido al enemigo en buena situación, y 


151. Cf. ARISTÓFANES, Aves 824; HeróDOTO, VII 123, etc. 

152 Aquí el texto ofrece una laguna, en la que ofrezco, tra- 
ducida, la restitución de Biittner-Wobst; otros editores resti- 
tuyen Erídano. 

153 Puras exageraciones por parte de Polibio: la «gran ca- 
dena montañosa» son moderadas colinas, y desde Italia central 
hay por lo menos ocho accesos a esta región. 

1s4 Es lo que Trro Livio llama mons Callicula (XXIL 5, 3), 
una colina al S. de la actual Pietravaivano. Un gráfico de la 
situación de las fuerzas de Fabio y las de Aníbal, en WALBANK, 
Commentary, pág. 428. 


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382 HISTORIAS 


juzgaban que debían apresurarse a establecer contacto 
con él en las llanuras, sin tolerar que fueran arrasa- 
dos los territorios más famosos. Hasta que llegó a aque- 
llos lugares Fabio se daba prisa y fingía estar de acuer- 
do con quienes estaban tan animosos y belicosos. Pero 
al acercarse al Falerno se dejaba ver por las cadenas 
montañosas y se movía paralelamente al enemigo, de 
modo que, aunque daba la impresión a los aliados de 
no ceder el terreno al adversario, sin embargo no hacía 
bajar su ejército a la llanura, y esquivaba cualquier 
tipo de batalla campal; le movían a ello las causas ya 
dichas y, además, la evidencia de que el enemigo le 
superaba enormemente en caballería. 

Aníbal, después de provocar al enemigo y devastar 
toda la llanura, se hizo con un botín enorme; luego 
levantó el campo. No quería echar a perder el botín, 
sino depositarlo en un lugar donde pudiera pasar el 
invierno; así su ejército gozaría de bienestar no sólo 
en aquel momento, sino que dispondría siempre de re- 
cursos en abundancia. Quinto Fabio adivinó este plan 
y que Aníbal iba a emprender la retirada por donde 
había venido; se percató, además, de que los parajes 
eran angostos y muy adecuados para un ataque. Apostó, 
pues, en la misma salida, a unos cuatro mil hombres, 
les arengó para que utilizaran su bravura oportuna- 
mente, ya que el lugar era muy estratégico; él perso- 
nalmente con la mayor parte de su ejército acampó en 
una colina que dominaba la entrada a los desfiladeros. 

Los cartagineses llegaron y establecieron el campa- 
mento en la llanura, al pie mismo de las montañas; 
Quinto Fabio creía que lograría arrebatarles el botín 
sin lucha, y aún más, que, por ser el lugar muy estra- 
tégico, le permitiría culminar favorablemente aquellas 
operaciones. Estaba entregado de lleno a la reflexión: 
pensaba cómo y por dónde aprovecharía la posición 
ventajosa, y quiénes y desde dónde arremeterían con- 


LIBRO 111 383 


tra el adversario. Los romanos se preparaban para el 
día siguiente, pero Aníbal lo previó, porque era lo más 
natural, y no dio tiempo ni ocasión a los planes ene- 
migos. Llamó a Asdrúbal, el jefe de sus servicios de 
intendencia, y le encargó que a toda prisa atara el 
máximo número posible de haces de leña seca, fuera 
la que fuera; debía elegir, además, de entre los bueyes 
de labranza cogidos en el botín, unos dos mil de los 
más vigorosos, y agruparlos delante del campamento. 
Hecho esto, reunió a los soldados de intendencia y les 
indicó una prominencia que estaba entre su propio 
campamento y los desfiladeros por los que se disponía 
a hacer la marcha; les ordenó que cuando se diera la 
contraseña dirigieran con fuerza y energía a los bueyes 
hasta que llegaran a las alturas. Después mandó cenar 
a todo el mundo y retirarse a descansar hasta que lle- 
gara el momento. Al caer la tercera vigilia ' de la 
noche hizo salir a los de la intendencia y les indicó 
que ataran los haces a los cuernos de los bueyes. Lo 
hicieron rápidamente, porque eran muchos hombres, 
y entonces mandó prender fuego a los haces, azuzar a 
los bueyes y dirigirlos hacia las cimas %, Detrás de los 
de intendencia dispuso a los lanceros, con la orden 
de ayudar algo a los que dirigían a los bueyes; cuando 
los animales hubieran emprendido la primera carrera 
ellos debían correr a ambos lados y con gran griterío 
ocupar las crestas, para prestar ayuda y trabar com- 
bate con el enemigo, si por casualidad les disputaban 
aquellas alturas. Simultáneamente él situó sus fuerzas, 
primero las pesadas, detrás de ellas su caballería, a 
continuación el botín y finalmente a los iberos y a los 
galos. Así se dirigió a los desfiladeros y las salidas. 


155 A las tres de la madrugada. 

158 FoucAuLT, Polybe, WI, pág. 151, señala una estratagema 
semejante en la primera guerra europea, en el frente ítalo- 
austríaco. 


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384 HISTORIAS 


e Los romanos que custodiaban los desfiladeros, así 
que vieron las llamas avanzar hacia las cumbres, cre- 
yeron que Aníbal se lanzaba por allí. Abandonaron el 
paso difícil y se fueron a apoyar a los de las crestas. 

2 Al acercarse a los bueyes, las llamas les pusieron en 
apuros, pues se imaginaron y creyeron que sucedía 

3 algo peor de lo 'que en realidad pasaba. Cuando lle- 
garon los lanceros, se estableció entre ambos bandos 
una ligera escaramuza: los bueyes se lanzaron en me- 
dio, y los dos bandos quedaron en las crestas, pero 
separados, y se mantuvieron esperando el día, porque 
no alcanzaban a comprender lo sucedido. 

4 Quinto Fabio, perplejo ante los acontecimientos, y, 
según el poeta, «sospechando que allí había engaño» 1, 
pero decidido, según su propósito inicial, a no jugarse 
nada al azar ni a entablar una batalla decisiva, per- 
maneció inactivo en su campamento y aguardó el día. 

s Entonces Aníbal, puesto que las cosas le habían salido 
según sus cálculos, hizo pasar sin riesgo por los desfi- 
laderos a sus tropas con el botín %, puesto que los 
defensores de las angosturas las habían abandonado. 

6 Al alborear se apercibió de los romanos que, en las 
cumbres, hacían frente a sus lanceros; envió allí a 
algunos iberos que trabaron combate y mataron a un 
millar de romanos; recuperaron fácilmente a su propia 
infantería ligera y descendieron del monte. 

7 Aníbal, pues, después de haber salido de esta ma- 
nera de Falerno, desde entonces ya acampaba sin ries- 
go. Miraba y pensaba dónde y cómo iba a pasar el 
invierno: había infundido gran miedo y perplejidad a 
las ciudades y a los hombres de Italia. 

8 La reputación de Quinto Fabio fue mala entre el 
grueso de la población, que le supuso cobarde porque 


157 La cita es de HoMERO, Odisea X 232. 
158 A principios de septiembre del año 217. 


LIBRO III 385 


había dejado escapar a los adversarios en un sitio tan 
ventajoso; él, con todo, no se apartó de sus propó- 
sitos. Mas obligado al cabo de pocos días a dirigirse 
a Roma por razón de ciertos sacrificios, confió el mando 
del ejército a su lugarteniente, con la orden expresa, 
que encareció, de que no se pusiera tanto interés en 
dañar al enemigo como en no sufrir ellos mismos nada 
malo. Pero Marco Servilio no hizo el menor caso; mien- 
tras Fabio le decía esas cosas, él ya estaba dispuesto, 
sin vacilar lo más mínimo, a arriesgar todo y a librar 
una batalla. 


La situación en Italia era la' 


descrita. En la misma época en 

Hechos de España que se desarrollaban las opera- 
ciones citadas, Asdrúbal, el gene- 

ral cartaginés en España, que 

durante el invierno había equipado las treinta naves 
que le dejara su hermano, y además había dotado otras 
diez, a principios del verano zarpó de Cartagena con 
sus Cuarenta naves fuertemente revestidas y confió a 
Amílcar '* el mando de la flota. Al propio tiempo, 
desde sus campamentos de invierno concentró sus fuer- 
zas de a pie y levantó el campo. Con las naves hacía 
la travesía paralelamente a la costa, y con las tropas 
de a pie marchaba por la orilla; al cartaginés le urgía 
establecer contacto entre ambos ejércitos en el río 
Ebro. Cneo Escipión adivinó los proyectos de los car- 
tagineses e inicialmente pensó oponérseles (por mar y 
por) tierra desde sus campamentos de invierno. Pero 
cuando conoció el número de soldados adversarios y 
la importancia de sus preparativos renunció a enfren- 
társeles por tierra; equipó treinta y cinco naves —había 


159 Es difícil decir de qué Amílcar se trata. La tradición ma- 
nuscrita griega no es segura; algunos códices tienen aquí Hi- 
milcón. 


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s 


386 HISTORIAS 


tomado de su ejército de tierra los hombres más aptos 
para este servicio naval—, zarpó de Tarragona, y al 

6 cabo de dos días llegó a la región del Ebro. Fondeó a 
una distancia de ochenta estadios del enemigo y envió 
por delante, en función de exploración, dos naves rá- 
pidas marsellesas, pues éstas siempre navegaban a la 
cabeza de las formaciones y eran las primeras en en- 
tablar combate, y se prestaban, sin reservas, a cualquier 

7 servicio. Los marselleses han colaborado noblemente, 
más que otros pueblos, a las empresas romanas, mu- 
chas veces también en tiempos posteriores, pero princi- 

8 palmente durante la guerra anibálica. Cuando las naves 
exploradoras anunciaron que la flota del enemigo es- 
taba fondeada en la desembocadura del río Ebro, Cneo 
Escipión levó anclas inmediatamente, con la intención 
de caer de improviso sobre el adversario. 

96 Asdrúbal y los suyos, al señalarles sus vigías, ya de 
lejos, la navegación del enemigo, dispusieron que sus 
fuerzas de tierra se ordenaran junto a la costa al tiem- 
po que ordenaban a las dotaciones embarcar en sus 

2 naves. Los romanos ya no estaban lejos; los cartagine- 
ses dieron la señal de combate entonando un grito de 
guerra, decididos a librar la batalla naval. Se trabaron, 
pues, con el enemigo, y durante breve tiempo le dispu- 
taron la victoria; no mucho después comenzaron a 

3 replegarse. La reserva de infantería situada junto a 
la costa no les aprovechó tanto, por infundirles valor 
en la batalla, como les perjudicó, ya que les ofrecía 

4 una esperanza cierta de salvación. Tras perder dos 
naves con sus tripulaciones, y los remos y la marinería 

s de cuatro, huyeron, replegándose hacia tierra. Los ro- 
manos les persiguieron bravamente y ellos lanzaron 
las naves hacia la costa; sus tripulantes saltaron de 
ellas y se salvaron corriendo hacia sus formaciones. 

6 Los romanos se aproximaron audazmente a tierra firme 
y remolcaron a las naves enemigas que lograron re- 


LIBRO III 387 


mover; se hicieron al mar abierto con gran alegría: 
habían vencido al adversario en la primera embestida, 
se habían hecho con el dominio del mar y habían arre- 
batado veinticinco naves al enemigo. 

Las operaciones de España adquirieron desde este 
momento perspectivas más brillantes, debido al éxito 
reseñado. Y los cartagineses, al enterarse de la derrota 
sufrida, dotaron al instante setenta naves y las despa- 
charon, ya que estaban convencidos de que, para cual- 
quier intento, les era indispensable el dominio del mar. 
Esta flota tocó primero Cerdeña, desde aquí se dirigió 
a los territorios de Italia junto a Pisa!'%; la marinería 
creía que allí establecería contacto con los hombres 
de Aníbal. Pero los romanos desde la propia Roma se 
hicieron a la mar con ciento veinte navíos pentarre- 
mes, y los cartagineses, sabedores de esta salida, zar- 
paron de nuevo hacia Cerdeña, y después, de nuevo a 
Cartagena. Cneo Servilio, con la escuadra referida, 
persiguió a los cartagineses durante algún tiempo, con- 
vencido de que les alcanzaría, pero por ser mucha la 
distancia renunció. Entonces ancló primero en Lilibeo, 
en Sicilia, después zarpó de nuevo hacia África, a la 
isla de Cercina *él, y cobró dinero a sus habitantes para 
no devastarles el país; de retorno se apoderó de la 
isla de Cosira 1%, dejó una guarnición en la pequeña 
ciudad y se dirigió de nuevo a Lilibeo. Finalmente, 
fondeó allí su flota, y al cabo de poco tiempo se rein- 
tegró a su ejército de tierra. 


160 Esta ciudad, que salió ya anteriormente, no debe ser 
confundida con la ciudad italiana que hoy lleva este nombre; 
la Pisa de que ahora se trata (cuya grafía latina es Pisae) es- 
taba situada en la misma desembocadura del río Arno, en el 
mar Tirreno. , 

16 Hoy llamada Kerbenah. El cronista catalán medieval 
Ramon Muntaner sitúa en ella una acción de los almogávares. 
Es una isla diminuta al N. de la Pequeña Sirtis. 

162 Es la isla llamada actualmente de Pantelaria. 


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388 HISTORIAS 


Los del senado se enteraron de la victoria de Cneo 
en la batalla naval, y convencidos de que era útil, y 
aún más, necesario, no desatender las operaciones de 
España, sino oponerse a los cartagineses y extender 
la guerra, equiparon veinte naves, nombraron almiran- 
te, según su decisión inicial, a Publio Cornelio Escipión, 
y con gran celo le mandaron junto a su hermano 
Cneo, con quien dirigió colegiadamente los asuntos de 
España. Angustiaba a los romanos la idea de que si 
los cartagineses dominaban tal país, adquirirían pro- 
visiones abundantes y muchos hombres, pugnarían más 
por dominar el mar y ayudarían a sus ejércitos de 
Italia, enviando tropas y dinero a Aníbal. Atribuyeron, 
pues, gran importancia a esta guerra, y despacharon 
a las naves y a Publio. Éste llegó a España, entró en 
contacto con su hermano y fue de una gran utilidad 
para las empresas conjuntas. En efecto: los romanos 
antes jamás se habían atrevido a cruzar el Ebro, sino 
que se contentaban con la amistad y confianza de los 
que habitaban al norte de este río. Pero entonces lo 
cruzaron, y por primera vez tuvieron el valor de ope- 
rar en el otro lado. Y aquí les ayudó mucho una ca- 
sualidad. 

Cuando hubieron intimidado a los iberos que ha- 
bitaban en las inmediaciones del vado, se llegaron 
hasta la ciudad de Sagunto y acamparon a unos cua- 
renta estadios de distancia, junto al templo de Afro- 
dita. Ocuparon un lugar muy estratégico porque les 
ofrecía seguridad contra el enemigo, y además era apto 
para que les aprovisionaran desde el mar. La flota iba 
costeando paralelamente a su avance. 

Y entonces se dio el cambio de situación siguiente: 

Cuando Aníbal emprendió su marcha hacia Italia, 
de cuantas ciudades españolas desconfiaba, tomó como 
rehenes a los hijos de los hombres más ilustres y los 
concentró, en su totalidad, en la ciudad de Sagunto, 


LIBRO HI 389 


porque ésta era de acceso difícil, y además confiaba 
mucho en los hombres que dejaba allí. Había un ibero, 
de nombre Abílix, no inferior ni en fama ni en situa- 
ción a cualquier otro ibero, y encima daba la impresión 
de superar mucho a los otros en su buena disposición 
y lealtad hacia los cartagineses. Este hombre consideró 
la situación, juzgó que eran más brillantes las espe- 
ranzas depositadas en los romanos y reflexionó consigo 
mismo sobre la devolución de los rehenes, una estra- 
tagema digna de un ibero y de un bárbaro. Conven- 
cido de que entre los romanos podía llegar a ser un 
hombre de gran prestigio si les aportaba conjuntamen- 
te lealtad y utilidad, rompiendo sus pactos con los car- 
tagineses, se aprestó a entregar los rehenes a los roma- 
nos: se había percatado de que Bóstar, el general 
cartaginés enviado por Asdrúbal para impedir que los 
romanos cruzaran el río, pero que no se había atrevido 
a oponérseles, después de retirarse, acampaba en Sa- 
gunto, al lado del mar; era un hombre ingenuo y be- 
nigno por naturaleza, que le tenía una gran confianza. 
Abílix, entonces, habla de los rehenes con Bóstar, y le 
dice que los romanos han cruzado el río; los cartagine- 
ses ya no podrán retener por el miedo sus dominios 
en España, pero las circunstancias exigen la benevo- 
lencia de los sometidos; ahora que los romanos se han 
aproximado y se han situado frente a Sagunto, amena- 
zando la ciudad, si él, Bóstar, hace salir a los rehenes 
y los devuelve a sus padres y a sus ciudades, arruinaría 
las ambiciones de los romanos. Pues éstos querían 
hacer precisamente lo mismo si eran ellos los que se 
apoderaban de los rehenes. Bóstar, pues, debía conci- 
liarse la benevolencia de todos los iberos para con los 
cartagineses, prever el futuro y pensar también en la 
seguridad de los rehenes. Y si era él mismo, añadió, 
el que tratara personalmente el asunto, acrecentaría, 
multiplicándolo, el agradecimiento. En efecto, al resti- 


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390 HISTORIAS 


tuir los muchachos a sus ciudades, no sólo se atraería 
la adhesión de los padres, sino también de la masa de 
las poblaciones, al poner bajo su vista con esta con- 
ductá la estima y la magnitud de los cartagineses para 
con sus aliados. Además, le insinuó la cantidad de ob- 
sequios que él personalmente recibiría de los que 
hubieran recuperado a sus hijos; pues los padres, al 
verse inesperadamente en posesión de sus allegados 
más próximos, rivalizarían en mostrar su liberalidad 
hacia el autor de tal decisión. Abílix añadió además 
muchas más cosas por el estilo y con el mismo tono, 
y logró persuadir a Bóstar a seguir sus proposiciones. 

Abílix señaló el día en que se presentaría con unos 
hombres de confianza para llevarse a los jóvenes, y se 
fue. Por la noche se presentó en el campamento ro- 
mano, y juntándose con algunos iberos que luchaban 
al lado de los romanos, a través de ellos logró llegar 
hasta los generales. Les demostró con abundancia de 
pruebas la inclinación y conversión de los iberos hacia 
ellos si recuperaban a los jóvenes que habían entre- 
gado como rehenes, y se ofreció a entregarles los jó- 
venes. Publio Cornelio y los suyos acogieron esta 
propuesta con mucho entusiasmo, y le prometieron 
grandes recompensas. Abílix entonces se retiró a su 
residencia, tras señalar día, tiempo y lugar en que de- 
berían aguardarle los receptores. Tras esto, tomó con- 
sigo los jóvenes traídos desde Sagunto, y salió de noche, 
porque quería pasar desapercibido, pasó el atrinchera- 
miento romano, llegó al lugar determinado en el mo- 
mento preciso e hizo entrega de todos los rehenes a 
los generales romanos. Publio y los suyos honraron 
excepcionalmente a Abílix y le emplearon para efectuar 
la restitución de los rehenes a sus ciudades de origen, 
haciendo que le acompañaran algunos amigos. Él iba 
recorriendo las villas y, mediante la entrega de los mu- 
chachos, ponía a la vista de todos la bondad y magnani- 


LIBRO III 391 


midad de los romanos, y junto a ellas, la desconfianza 
y la dureza de los cartagineses; poniendo como ejemplo 
su propia mudanza empujó a muchos iberos a hacerse 
amigos de los romanos. 

Bóstar, que había entregado los rehenes al enemigo 
de la manera más ingenua que lo que su edad per- 
mitía suponer, corrió riesgos muy superiores al normal. 
Pero como la estación estaba ya muy entrada, los dos 
bandos esparcieron sus fuerzas para pasar el invierno. 
La Fortuna había prestado una ayuda suficiente a los 
romanos con el caso de estos muchachos para los pro- 
yectos futuros. 

Y ésta era la situación en España. 

Habíamos dejado a Aníbal '*. 

Italia. Desarrollo Sus exploradores le informaron 

de los hechos en de que en la región de Luceria y 

la Apulia en el país llamado Gerunio '4 ha- 

bía trigo en abundancia; este úl- 

timo lugar era muy adecuado para silo. El cartaginés, 
pues, determinó pasar allí el invierno, y avanzó, mar- 
chando junto al monte Liburno '*, hacia los lugares 
mencionados. Llegado a Gerunio, que dista de Luceria 
doscientos estadios, primero envió mensajeros y pro- 
curó atraerse la amistad de los habitantes de aquellas 
regiones, ofreciéndoles garantías de lo que les anun- 
ciaba. Sin embargo, nadie le hizo el menor caso, por 
lo que emprendió el asedio de la plaza. Se adueñó del 
país rápidamente, mató a sus habitantes, pero conservó 





163 Cuando salió del territorio de Falerno, 94, 7. 

164 Sobre Luceria, cf. 85, 5. Gerunio estaba ciertamente en 
la Apulia, pero su localización es incierta. 

166 La grafía de este nombre en la tradición manuscrita 
griega es insegura, y, por tanto, lo es su localización. Algunos 
manuscritos tienen «Taburno», en cuyo caso sería un monte 
tocante a Caudio: en otros se lee Tifernus, actualmente el 
monte Matese. 


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392 HISTORIAS 


intactas la mayoría de las casas, y también las mura- 
llas, pues quería almacenar el trigo allí para el invierno. 
Hizo acampar su ejército delante de la ciudad, y for- 
tificó el campamento con un foso y un atrinchera- 


s 


miento. Listo ya todo esto, mandó dos partes de su 
ejército a aprovisionarse de trigo, con la orden de que 
diariamente cada una debía proporcionar a los suyos 
una cantidad determinada; la contribución de cada 
grupo se debía remitir a los encargados de este servi- 
cio. Aníbal mismo con la otra parte custodiaba el cam- 
pamento y protegía a sus forrajeadores allí donde se en- 
contraran. La mayor parte del país era llana y se podía 
recorrer fácilmente. El número de forrajeadores car- 
tagineses era prácticamente incalculable, y como era 
la estación más apropiada para la recolección, la canti- 
dad de trigo recogida cada día era enorme. 

Marco Minucio recogió de manos de Fabio el mando 
de las tropas. Primero siguió por las crestas, en para- 
lelo, a los cartagineses; confiado siempre en caer sobre 
ellos alguna vez. Pero cuando se enteró de que las 
tropas de Aníbal ya habían tomado Gerunio y de que 
recogían el trigo del país, de que habían acampado 
ante la ciudad protegiéndose con una estacada, aban- 
donó las alturas y descendió por una cresta que lle- 
gaba al llano. Alcanzó una montaña que está encima del 
territorio de Larino 166, llamada Calena, y acampó en 
torno a ella, resuelto a trabar combate con el enemigo 
a cualquier precio. Aníbal vio la aproximación del ene- 
migo, y permitió salir a forrajear a sólo una tercera 
parte de su ejército; retuvo las dos restantes y avanzó 
desde la ciudad dieciséis estadios en dirección al ad- 
versario. Acampó en la cima de una loma: con ello 


166 Larino está a la altura de Roma, pero no lejos de la 
costa adriática. La localización del monte aquí aludido es in- 
segura. 





LIBRO III 393 


pretendía intimidar al enemigo y proporcionar al tiem- 
po seguridad a sus forrajeadores. Entre ambos cam- 
pamentos había una altura situada estratégicamente, 
desde la cual se dominaba el campamento enemigo; 
Aníbal mandó unos dos mil lanceros y consiguió ocu- 
parla cuando todavía era de noche. Al alborear, Marco 
Minucio lo vio, hizo salir a sus tropas ligeras y asaltó 
la colina. Se produjo una escaramuza violenta, de la 
que, al final, salieron victoriosos los romanos, que tras- 
ladaron todo su campamento a este lugar. Al tener en- 
frente el campamento romano, Aníbal retuvo durante 
cierto tiempo la mayor parte de su ejército con él. 
Pero cuando pasaron muchos días se vio obligado a 
dividir sus tropas y enviar una parte a apacentar ga- 
nado y otros a forrajear, pues se esforzaba, según su 
plan inicial, en no echar a perder su botín y en reunir 
la máxima cantidad de trigo posible; así durante el in- 
vierno sus hombres dispondrían de todo en abundancia, 
y no menos sus acémilas y sus caballos. En efecto: las 
máximas esperanzas de su ejército, Aníbal las deposi- 
taba en su cuerpo de caballería. 

Fue entonces cuando Marco Minucio vio que la ma- 
yor parte de los enemigos se había diseminado por el 
país para las tareas reseñadas; escogió la hora más 
oportuna del día e hizo salir a sus fuerzas. Se apro- 
ximó al campamento de los cartagineses, hizo formar 
a sus tropas pesadas, repartió en grupos a su caba- 
llería y a sus tropas ligeras y los mandó contra los fo- 
rrajeadores con la orden de no coger ningún prisionero 
vivo. Ante esto, la situación de Aníbal se convirtió en 
muy delicada, pues no podía oponerse de manera se- 
gura a la formación contraria ni podía prestar socorro 
a los suyos, esparcidos por el territorio. Los romanos 
que habían sido enviados contra los forrajeadores ma- 
taron a muchos de éstos por estar esparcidos, y los 
que se mantenían en la formación desdeñaron tanto a 


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394 HISTORIAS 


los cartagineses que llegaron a arrancarles la estacada: 
lo único que no hicieron fue asediarles. 

s Aníbal, pues, estaba en mala situación, pero no se 
movió, a pesar de la tormenta que le zarandeaba. Iba 
rechazando a los que se aproximaban, y custodiaba a 

6 duras penas su campamento, hasta que Asdrúbal rea- 
grupó a los que habían huido del territorio hacia el 
atrincheramiento de Gerunio, que eran unos cuatro mil, 

7 y se presentó para ayudar. Esto fue para Aníbal un 
respiro, y se atrevió a efectuar una salida: formó a 
sus tropas a poca distancia del campamento y con 
gran esfuerzo rechazó el peligro que se cernía sobre 

8 él. Marco Minucio había causado muchas bajas al ene- 
migo en la refriega junto a la estacada, y había matado 
todavía un número mayor de cartagineses en el terri- 
torio; entonces se replegó con grandes esperanzas de 

9 cara al futuro. Al día siguiente los cartagineses aban- 
donaron la estacada y Marco subió y ocupó el campa- 

10 mento adversario. Aníbal, que temía que por la noche 
los romanos encontraran desguarnecida la empalizada 
de Gerunio y se apoderaran de los bagajes y de los 
depósitos, determinó retirarse y establecer de nuevo 

11 su campamento en aquel lugar. Desde entonces los 
cartagineses forrajearon con más cuidado y más pro- 
tección, y los romanos lo contrario, con más confianza 
y más audacia. 

103 En Roma se dio más importancia a lo sucedido de 
la que en realidad tenía, y la gente exultaba; poseídos 
antes de una desconfianza total, ahora creían que se 

2 les ofrecía un cambio hacia algo mejor; además pen- 
saban que antes la inactividad y el recelo de las le- 
giones no se debía a un acobardamiento de las tropas, 

3 sino a la precaución del general. Todo el mundo acu- 
saba y reprochaba a Fabio el no haber aprovechado 
con audacia las oportunidades; en cambio, alababan 
tanto a Marco por lo sucedido, que ocurrió lo que 


LIBRO III 395 


nunca había pasado: le concedieron también plenitud 
de poderes !, convencidos de que iba a poner un rá- 
* pido fin a sus problemas. Es innegable que entonces 
hubo dos dictadores para una misma empresa, cosa 
jamás vista antes entre los romanos. Marco Minucio, 
cuando tuvo claro el afecto de la masa y la potestad 
que el pueblo le había otorgado, sintió doblemente el 
afán de desafiar y de atreverse contra el enemigo. 
También Fabio llegó donde estaban las tropas; los he- 
chos no le habían hecho cambiar nada; permanecía 
aún más firme en su opción inicial. Vio que Marco se 
había envanecido, que le llevaba la contraria en todo 
y que estaba totalmente decidido a arriesgar una ba- 
talla, por lo cual le dio a elegir: o ejercer el mando 
por turno, o partirse las fuerzas y actuar cada uno se- 
gún sus propias decisiones. Marco Minucio prefirió 
esto último, la partición. Se dividieron, pues, el ejérci- 
to, y acamparon separadamente el uno del otro, a doce 
estadios de distancia. 

Aníbal sabía unas cosas por prisioneros capturados, 
y los hechos que veía le hacían adivinar las otras. Com- 
prendía la rivalidad de los generales romanos y la va- 
nidad y la ambición de Marco. Y creyó que lo que 
ocurría entre los enemigos no le era adverso, sino fa- 
vorable. Dirigió su atención a Marco: pretendía rebatir 
su audacia y superarle en ardor. Entre el campamento 
cartaginés y el de Marco había un montecillo que podía 
ser perjudicial a los dos bandos, por lo que determinó 
ocuparlo. Pero intuía claramente, por el éxito romano 
anterior, que Marco Minucio acudiría inmediatamente 


167 Cf. WALBANK, Commentary, ad loc. O estamos ante un 
error de Polibio, la existencia de dos dictadores, o bien ante el 
primer paso de lo que más tarde se constata plenamente en 
la historia de Roma: la desaparición del dictator como figura 
jurídica en la república romana. 


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306 HISTORIAS 


para obstaculizar su intento, de modo que ideó lo que 
sigue. 

Los lugares que rodeaban la eminencia eran áridos, 
pero ofrecían muchas cavernas y hendiduras de todas 
clases; por la noche envió, en grupos de doscientos o 
trescientos a los lugares más aptos para emboscarse, 
quinientos jinetes y un total de unos cinco mil infantes 
armados a la ligera. Para que no fueran vistos al ama- 
necer por los forrajeadores romanos, al despuntar el 
día ocupó la loma con su infantería ligera. Marco Mi- 
nucio, al ver lo ocurrido, lo creyó un signo de buena 
suerte; mandó al punto a su infantería ligera con la 
orden de luchar y de pelear por aquel lugar; después 
envió a la caballería, y a continuación marchó él mismo 
con las tropas pesadas, igual que la vez anterior, ac- 
tuando en cada caso más o menos de la misma manera. 

Acababa de amanecer, y los pensamientos y los ojos 
de todos estaban fijos en los que habían trabado com- 
bate en la loma; no se sospechaba la carga de los 
emboscados. Aníbal enviaba ininterrumpidamente re- 
fuerzos a sus hombres de la colina, siguiendo él perso- 
nalmente paso a paso con su caballería y con sus 
tropas; resultó que los de a caballo trabaron pronta- 
mente combate entre ellos. Al ocurrir esto, la infan- 
tería ligera romana se vio presionada por la gran masa 
de caballería enemiga, y al huir hacia sus fuerzas pe- 
sadas produjo una gran confusión. Y fue entonces 
cuando se dio la señal a los cartagineses emboscados, 
los cuales aparecieron y atacaron por todos lados; y 
no sólo sobre la infantería ligera, sino que sobre todo 
el ejército romano se abatió un grave peligro. Fabio 
se dio cuenta de lo que pasaba, y, temiendo sufrir una 
derrota decisiva, efectuó una salida con sus fuerzas y 
socorrió con gran celo a los que corrían peligro. Como 
se aproximó a toda prisa, los romanos recobraron su 
ánimo, y, a pesar de haber deshecho ya toda su forma- 


LIBRO 111 397 


ción, de nuevo se reagruparon en torno a sus estan- 
dartes, se retiraron y se refugiaron entre los hombres 
de Fabio. La infantería ligera había sufrido muchas 
bajas, pero aún más las legiones, que perdieron la flor 
y nata de sus hombres. 

Aníbal y los suyos temieron el estado íntegro y el 
orden de las legiones que acudían a reforzar, de modo 
que desistieron de la persecución y de la batalla. Para 
los que habían asistido personalmente a la refriega 
quedó claro que todo se perdió por la temeridad de 


Marco Minucio, y que todo hasta entonces, y también . 


entonces, se había salvado por la prevención de Fabio. 

Los habitantes de Roma reconocieron, por fin, clara- 
mente, la diferencia real entre la vanagloria y la preci- 
pitación de un soldado, y la previsión y el cálculo se- 
guro y razonable de un general. Enseñados por los 
acontecimientos, los romanos establecieron de nuevo 
un campamento único con una sola estacada, y desde 
entonces atendieron ya a Fabio y a sus consejos. 

Los cartagineses abrieron un foso en el espacio in- 
termedio entre la loma y su propio campamento, ro- 
dearon con una estacada la cima del monte, que ahora 
dominaban, y dejaron allí una guarnición, tras la cual, 
ya sin peligro, dispusieron su propia invernada '%, 

Al llegar el tiempo de los co- 
micios consulares 1%, los romanos 
eligieron cónsules a Lucio Emi- 
lio y a Cayo Terencio, tras cuya 
designación los dictadores deja- 
ron sus cargos. Los cónsules del año anterior, Cneo 
Servilio y Marco Régulo (que había sido nombrado 
tras la muerte de Flaminio) fueron nombrados pro- 


Campaña de Italia. 
Batalla de Cannas 


168 Se trata del invierno del año 217. 
169 Del año 216. 


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398 HISTORIAS 


cónsules '* por Lucio Emilio; tomaron el mando de los 
acampados y dispusieron las operaciones militares se- 
gún su parecer. Tras deliberar conjuntamente con el 
senado, Emilio llamó inmediatamente a filas la parte 
de tropas que faltaban para completar la campaña, 
y las envió. Pusieron en claro a Cneo que no debía en 
modo alguno entablar una batalla decisiva, pero sí, en 
cambio, librar escaramuzas continuas y lo más duras 
posible: así los procónsules entrenarían y harían co- 
brar ánimo a los soldados bisoños para las batallas 
decisivas. En efecto: les parecía que había contribuido 
no poco a los desastres anteriores el hecho de usar 
soldados recién reclutados y sin ninguna preparación. 
Ellos personalmente confiaron al pretor ! Lucio Pos- 
tumio, nombrado general, una legión, con la que le 
mandaron al país de los galos: querían producir es- 
cisiones entre los galos que militaban a favor de Aní- 
bal. Previeron también la recuperación de la flota que 
invernaba en Lilibeo, y enviaron a los generales roma- 
nos de España todo lo requerido para sus operaciones. 
Los cónsules, pues, pusieron gran empeño en esto y 
en los demás preparativos. Cneo Servilio recibió sus 
órdenes y lo dispuso todo según ellas, por lo cual 
omitiremos escribir más sobre el particular. No se 
hizo nada decisivo, ni, simplemente, digno de mención, 
tanto por las órdenes recibidas como por el cariz que 
presentaban las circunstancias. Hubo, en cambio, esca- 
ramuzas y choques parciales en gran número, en las 


1710 Los que eran cónsules, si les tocaba cesar en el cargo 
durante una guerra, permanecían en el cargo mediante la lla- 
mada prorrogatio imperíi, hasta que acabara la campaña; du- 
rante el período supletorio recibían el título de procónsules. 

111 Aquí se trata de un praetor militaris, jefe militar y la 
figura más antigua de pretor en la república romana, pero más 
tarde aparecerán el praetor urbanus, que vigilaba la adminis- 
tración de justicia, y el praetor peregrinus, que atendía los 
asuntos de los extranjeros. 


LIBRO 111 399 


que los jefes romanos alcanzaron prestigio, pues pare- 
cía que lo disponían todo con energía y coraje. 

Los dos ejércitos pasaron el invierno y la prima- 
vera acampados uno frente al otro. Cuando la época 
del año les permitió aprovisionarse de las cosechas 
anuales, Aníbal hizo salir a “sus tropas de la fortifica- 
ción de Gerunio: creyó conveniente obligar como fuera 
al enemigo a combatir, por lo que ocupó la ciudadela 
de la ciudad llamada Cannas !?. Los romanos habían 
depositado en ella su trigo y el resto de sus provisio- 
nes procedentes de los parajes de Canusio '”, y desde 
esta ciudad lo trasladaban al campamento según lo exi- 
gieran las necesidades. 

La ciudad había sido arrasada ya antes, pero en- 
tonces la pérdida de la ciudadela y de las provisiones 
perturbó a las tropas romanas en no pequeño grado, 
puestas en situación difícil mo sólo por la falta de avi- 
tuallamiento, al ser conquistado aquel lugar, sino tam- 
bién porque la ciudadela estaba colocada estratégica- 
mente en medio de los parajes circundantes. Los jefes 
romanos enviaban mensajeros a Roma continuamente 
para recibir instrucciones acerca de lo que debían 
hacer; si se aproximaban al enemigo ya no podrían 
rehuir la batalla, puesto que el país estaba arruinado 
y todos los aliados vacilaban. Los senadores decidieron 
combatir, presentar batalla al enemigo. Pero ordena- 
ron a Cneo Servilio que se contuviera y ellos enviaron 
a los cónsules. 


172 Primera aparición de este nombre, que será fatídico para 
los romanos. Cannae (actualmente Monte di Canne) estaba 
situada en la orilla derecha del Aufidus (hoy el Ofanto), a poca 
distancia de la desembocadura del río. La discusión acerca de 
la topografía véase en WALBANK, Commentary, ad loc., y un grá- 
fico de la batalla, en Weltatlas, pág. 51. 

173 Canusio estaba en las inmediaciones de Cannas. 


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400 HISTORIAS 


Todos miraban hacia Paulo Emilio, quien infundía 
grandes esperanzas por la honradez de su vida anterior 
y porque parecía que poco tiempo antes había condu- 
cido con coraje y a la vez con serenidad la guerra con- 
tra los ilirios. El senado romano se propuso afrontar 
el peligro con ocho legiones, cosa inaudita entre los 
romanos. Cada legión tendría unos cinco mil hombres, 
y además los aliados. Los romanos, en efecto, tal como 
hemos dicho en alguna parte anterior, se manejan 
siempre con cuatro legiones. Una legión comprende 
normalmente unos cuatro mil hombres de infantería 
y doscientos jinetes. Pero si se presenta alguna empre- 
sa de riesgo capital aumentan en cada legión a cinco 
mil el número de infantes y a trescientos el de jinetes. 
En cuanto a los aliados, el número de soldados de a 
pie lo equiparan al de las legiones, pero el de jinetes 
lo triplican. Confían a cada uno de los cónsules dos 
legiones y la mitad de los aliados, y los mandan así a 
las operaciones. La mayoría de los combates los deci- 
den con un cónsul, dos legiones y el número indicado 
de aliados; raras son las veces en que aprestan todas 
sus fuerzas para una sola oportunidad y un solo com- 
bate. Pero entonces estaban aterrorizados: temían tanto 
al futuro que determinaron afrontar el riesgo no con 
cuatro, sino con ocho legiones romanas a la vez. 

Exhortaron a los hombres de Paulo Emilio, pusie- 
ron ante sus ojos la trascendencia del resultado de la 
batalla para ambos bandos y les enviaron con la orden 
de arriesgarse totalmente, con valor y de manera digna 
de la patria. Éstos se unieron al resto de las tropas 
y, reuniendo a todo el contingente, le expusieron la de- 
cisión del senado; pronunciaron una arenga a tono con 
aquellas circunstancias, palabras salidas de la expe- 
riencia personal de Paulo Emilio, que era quien aren- 
gaba a las tropas. La mayor parte de su discurso 
tocó los desastres sufridos recientemente; pues esto 


LIBRO 111 401 


era lo que había hecho cundir el desánimo, y aquí la 
gran mayoría precisaba de aliento. Por esto procuró 
imbuirles la idea de que encontrarían no una O dos 
causas de las derrotas sufridas en las batallas prece- 
dentes, sino muchas más, que les habían conducido a 
aquel final. Pero entonces ya no les quedaba ningún 
pretexto, si eran verdaderamente hombres, para no 
vencer al enemigo. Jamás los dos cónsules habían com- 
batido juntos y con todos sus efectivos, ni antes 
se habían utilizado tropas entrenadas, sino bisoñas y 
que no habían ni tan siquiera visto nada terrible. Y 
por encima de todo: antes no sabían absolutamente 
nada del enemigo, se le habían opuesto en formación 
casi sin haberle visto y se habían lanzado así a batallas 
decisivas. Pues los derrotados junto al río Trebia ha- 
bían llegado de Sicilia el día anterior y formaron ya 
al alborear del día siguiente. Y los que lucharon en 
Etruria no pudieron ver al enemigo no ya antes, sino 
incluso durante la batalla, ya que el aire se llenó de 
niebla. «Pero ahora la situación es absolutamente 
opuesta a las antedichas: 

En primer lugar —dijo—, estamos aquí los dos 
cónsules, y no vamos a participar con vosotros única- 
mente nosotros en los combates, sino que, además, 
hemos dispuesto que los del año pasado estén aquí y 
tomen parte activa en los mismos. Y vosotros no sola- 
mente habéis visto el armamento, la táctica y el nú- 
mero de enemigos, sino que, además, lleváis comba- 
tiendo casi cada día, y en ello habéis cumplido dos 
años. Y si en el detalle todo tiene una disposición 
opuesta a la de las batallas anteriores, es lógico que 
el desenlace de la lucha sea también el contrario. En 
efecto: sería absurdo, es más, imposible, por así de- 
cirlo, que si en muchas escaramuzas parciales, com- 
batiendo contra un número igual de enemigos, habéis 
vencido las más de las veces, ahora, cuando formáis 


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402 HISTORIAS 


todos a la vez, y así sois más del doble que el adver- 
sario, seais derrotados. Por lo cual, soldados, cuando 
todo está dispuesto para vuestra victoria, la empresa 
requiere ya únicamente de vuestro coraje y de vuestra 
determinación. Sobre ello me imagino que ya no con- 
viene exhortaros más. Para los que combaten a sueldo 
junto a otros, o para los que, por una alianza, van a 
arrostrar un peligro en pro de los vecinos, lo más te- 
rrible es la batalla misma; el resultado no les afecta 
demasiado. Para tales hombres sería precisa una ex- 
hortación de aquel género. Pero si se trata de hombres 
como vosotros ahora, a quienes os peligra no lo ajeno, 
sino lo propio, es decir, vuestras mismas personas, la 
patria, las mujeres y los hijos, y para quienes el re- 
sultado de la batalla se diferencia enormemente de los 
peligros presentes, se necesita sólo una mención, no 
un estímulo. Porque, ¿quién no preferiría vencer en la 
lucha, y si no fuera posible, morir en ella combatiendo, 
a vivir para ver la ruina y el insulto inferido a los que 
os dije? Por lo cual, soldados, haced incluso caso omi- 
so de lo que os he hablado, pero poneos, vosotros mis- 
mos, a la vista la diferencia entre el triunfo y la 
derrota, y lo que se sigue en ambos casos. Disponeos 
para la batalla no porque corran peligro las legiones 
de la patria, sino ella misma en su integridad. Vosotros 
sois su último recurso, y no tendrá con qué oponerse 
al enemigo si la ocasión presente se decide de modo 
desfavorable. La patria sustenta en vosotros su ardor 
y su fuerza, ha depositado en vosotros todas sus es- 
peranzas de salvación. No debéis ahora defraudarla. 
Dad a la patria la gratitud debida, y haréis patente a 
todos los hombres que las derrotas anteriores no se 
debieron a que los romanos sean menos capaces que 
los cartagineses, sino a la inexperiencia de aquellos 
combatientes, y también a las dificultades ofrecidas 
por las circunstancias.» 





LIBRO III 403 


Tras arengarles con estas palabras y otras por el 
estilo, Paulo Emilio despidió al ejército. 

Al día siguiente los cónsules levantaron el campo 
y guiaron las tropas hacia el lugar en el que oían decir 
que habían acampado los enemigos. Llegaron al cabo 
de dos días y acamparon a unos cincuenta estadios 
del enemigo. Paulo Emilio observó que los parajes de 
alrededor eran llanos y pelados, y sostuvo que allí no 
convenía trabar combate, ya que el enemigo les aven- 
tajaba en caballería. Lo que debían hacer era avanzar 
y atraerle hacia lugares tales en los que el grueso de 
la batalla lo soportara la infantería. Pero Cayo Varrón, 
poco experimentado, era de la opinión contraria, y ello 
motivó discusiones y tirantez entre ambos jefes, que 
era lo peor que podía ocurrir. Al día siguiente corres- 
pondía el mando a Varrón, ya que los cónsules, según 
era usual, se alternaban cada día en el ejercicio del 
mando. Cayo Varrón, pues, levantó el campo y avanzó; 
quería aproximarse al enemigo, pese a que Paulo Emi- 
lio se oponía y protestaba airadamente. 

Aníbal tomó consigo a su infantería ligera y a su 
caballería, les salió al encuentro, cayó sobre ellos cuan- 
do todavía marchaban, trabó combate inesperadamente 
y produjo una gran confusión entre los romanos. Éstos 
sostuvieron la primera carga haciendo avanzar algunas 
secciones de su infantería pesada, después enviaron a 
sus arqueros y a su caballería, con lo que lograron 
ventaja en este combate generalizado, porque los car- 
tagineses no disponían de una reserva digna de este 
nombre y porque algunos manípulos romanos ya lo- 
graban combatir entre su propia infantería ligera. Pero 
sobrevino la noche y separó a ambos bandos; el ataque 
de los cartagineses no había tenido el éxito que éstos 
esperaban. 

Al día siguiente, Paulo Emilio, que ni se decidía a 
combatir, ni podía tampoco retirar con seguridad a su 


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404 HISTORIAS 


ejército, acampó con las dos terceras partes de él junto 
al río llamado Aufidio (que es el único que atraviesa 
los Apeninos, una cordillera continua que separa todas 
las vertientes de Italia, las que van al Mar Tirreno y 
las que van al Mar Adriático; el Aufidio fluye a través 
de esta cordillera, tiene sus fuentes en las vertientes 
etruscas de Italia, pero desemboca en el Adriático), y 
para la tercera parte construyó una empalizada al otro 
lado del río, hacia el este del vado; se mantenía a una 
distancia de unos diez estadios de su propio campa- 
mento, y a un poco más del de los enemigos. Con 
todo ello pretendía proteger a los forrajeadores que 
salían del campamento y hostigar al propio tiempo a 
los forrajeadores cartagineses. 

Entonces Aníbal comprendió que la situación le 
invitaba a combatir, a librar batalla contra el enemi- 
go, pero temía que el fracaso reciente hubiera abatido 
el ánimo de los suyos. Creyó que el momento exigía 
una arenga, y congregó a sus hombres. Reunidos ya, 
les hizo contemplar los lugares de alrededor, y pre- 
guntó qué cosa mejor hubiera podido pedir a los dio- 
ses, en las circunstancias presentes, cuando se les con- 
cendía librar la batalla decisiva en un paraje en que 
su caballería les hacía muy superiores al enemigo. 

Todos aprobaron esta afirmación, porque era evi- 
dente. «Por consiguiente —añadió Aníbal—, dad gra- 
cias a los dioses, ya que ellos cuando han llevado al 
enemigo a este terreno nos preparan la victoria. Y en 
segundo lugar, dádmelas a mí, puesto que he forzado 
al adversario a la lucha. Ahora ya no puede rehuirla, y 
luchará en un terreno que nos es ventajoso. No me 
parece en modo alguno que sea preciso estimularos 
con muchos argumentos a que tengáis buen ánimo y 
coraje en la refriega. Tal exhortación era necesaria 
cuando no teníais experiencia de lo que es combatir 
contra los romanos, y yo mismo os hice muchos dis- 


LIBRO 111 405 


cursos en los que os aducía ejemplos. Pero cuando 
habéis vencido a los romanos en tres grandes batallas 
consecutivas, ¿qué palabra os podría infundir más con- 
fianza que los propios hechos? En las luchas habidas 
hasta ahora habéis conquistado el país y os habéis 
apoderado de sus bienes, según nuestras promesas; 
siempre evitamos mentir en todos los discursos que 
os dirigimos. El combate de ahora será por las ciuda- 
des y las riquezas contenidas en ellas. Cuando las ha- 
yáis conquistado, seréis de inmediato dueños de toda 
Italia; lejos ya de las penalidades, convertidos en amos 
de toda la riqueza de los romanos, os convertiréis en 
jefes y señores de todo gracias a la batalla de ahora. 
De manera que lo que hoy necesitamos no son pa- 
labras, sino hechos. Estoy persuadido de que, con la 
voluntad de los dioses, no tardará mucho en confir- 
marse mi promesa.» 

Les dijo estas cosas y otras por el estilo, que sus 
hombres aplaudieron con entusiasmo. El les felicitó y 
aprobó su ánimo; luego despidió a los soldados. Esta- 
bleció su campo sin dilación, y construyó una empa: 
lizada en la misma orilla del río donde estaba el mayor 
de los dos campamentos romanos. 

Al día siguiente ordenó a todos sus hombres que 
prepararan las armas y que estuvieran prestos. Y al 
día siguiente formó a sus tropas junto al río: su inte- 
rés en luchar contra el enemigo era evidente. Paulo 
Emilio no estaba satisfecho con aquel lugar, y veía 
que los cartagineses pronto se verían obligados a cam- 
biar de sitio el campamento por la necesidad de avi- 
tuallarse. Permaneció, pues, inactivo, y se limitó a re- 
forzar las guardias de su acampada. Aníbal aguardó 
mucho tiempo sin que nadie le saliera al encuentro, 
por lo que hizo entrar de nuevo a sus tropas en su 
atrincheramiento. Envió a sus númidas contra los agua- 
dores del campamento romano más pequeño. Los nú- 


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406 HISTORIAS 


midas llegaron hasta la misma empalizada enemiga y 
estorbaban la aguada, y Cayo Varrón se excitó todavía 
más contra éstos; también las tropas se sentían impe- 
lidas a la batalla; soportaban con disgusto su aplaza- 
miento, porque a los hombres el tiempo de espera se 
les hace difícil, pero cuando algo se ha decidido, hay 
que soportarlo todo, incluso lo que parezca más te- 
rrible. 

Cuando en Roma se enteraron de que los dos ejér- 
citos estaban acampados frente a frente y que cada 
día se producían refriegas de avanzadillas, la ciudad 
estaba animada y temerosa. El pueblo temía por el 
futuro, puesto que se habían sufrido tantas derrotas; 
suponían y se imaginaban ya en sus pensamientos lo 
que les iba a ocurrir si ahora les sobrevenía un desca- 
labro total. Todos los oráculos que tenían corrieron 
entonces de boca en boca, todo templo y toda casa 
rebosaba de signos y de prodigios; de ahí que plega- 
rias y sacrificios, súplicas e imploraciones a los dioses 
agitaran la ciudad. En las circunstancias difíciles los 
romanos tienden a propiciarse dioses y hombres, y no 
juzgan nada indecoroso o innoble si se hace en tales 
tiempos. 

Al día siguiente, nada más tomar el mando Cayo 
Varrón, al alborear movió a la vez las tropas de las 
dos acampadas. Hizo que las del campamento mayor 
cruzaran el río, y las formó al instante; juntó a ellas 
las del otro campamento y las ordenó en un línea 
continua, orientada hacia el Sur. Situó a la caballería 
romana junto al mismo río, en el ala derecha, y ex- 
tendió a las tropas de a pie a continuación, en la 
misma línea; ponía los manípulos mucho más com- 
pactos, y lograba así que la profundidad de sus for- 
maciones fuera muy superior a su frente. Colocó a la 
caballería aliada en el ala izquierda. Delante de todo 
el ejército, a una cierta distancia, situó a la infantería 


LIBRO III 407 


ligera. Incluyendo a los aliados, los romanos dispo- 
nían de unos ochenta mil hombres de a pie y de algo 
más de seis mil de a caballo. 

En aquel mismo momento Aníbal hizo cruzar el río 
a sus baleares y a sus lanceros, y los puso al frente de 
su ejército. Hizo salir del atrincheramiento al resto de 
sus hombres, cruzó la corriente por dos lugares dis- 
tintos y formó a sus tropas contra el enemigo. Al lado 
mismo del río, en el flanco izquierdo, puso a los jine- 
tes iberos y a los galos frente a la caballería romana, 


a continuación la mitad de su infantería pesada afri- 


cana, y seguidamente a los iberos y a los galos; a su 
flanco dispuso el resto de los africanos; en el ala 
derecha situó a la caballería númida. Los extendió a 
todos en una sola línea, tomó personalmente las for- 
maciones de iberos y de galos y les hizo avanzar sin 
que perdieran el contacto con los demás. Todo se des- 
arrollaba según un plan preconcebido '*: se formaba 
una figura convexa en forma de media luna; las líneas 
de sus flancos perdían en espesor a medida que avan- 
zaban. Aníbal quería que sus africanos durante la ba- 
talla le sirvieran de retaguardia, y que iberos y galos 
pelearan en primera fila. 

El armamento de los africanos era romano, pues 
a todos ellos Aníbal les había dotado con él, escogién- 
dolo del botín de las batallas anteriores. Los iberos 
y los galos tenían el escudo muy parecido, pero en 
cambio las espadas eran de factura diferente. Las de 
los iberos podían herir tanto de punta como por los fi- 
los; la espada gala, en cambio, servía sólo para herir de 
filo, y ello aun a cierta distancia. Sus secciones esta- 
ban dispuestas alternadamente. Los galos iban desnu- 


114 Ha habido discusión sobre el sentido de la expresión 
griega subyacente (katá lógon), que las más de las veces signi- 
fica «proporcionalmente» o bien «progresivamente», pero aquí 
estos sentidos no encajan; es preferible la traducción dada. 


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408 HISTORIAS 


dos, los iberos vestían unas túnicas delgadas de lino, con 
el borde de púrpura, según el uso de sus regiones; el 
conjunto ofrecía una visión extraña y sobrecogedora. 
s El número de jinetes de que disponían los cartagine- 
ses era de diez mil; el de soldados de infantería, no 
muy superior a los cuarenta mil, incluidos los galos. 
6 Paulo Emilio mandaba el ala derecha romana, la iz- 
quierda Cayo Varrón y el centro lo mandaban Marco 
Atilio y Cneo Servilio, los cónsules del año precedente. 
7 El ala izquierda cartaginesa la mandaba Asdrúbal, la 
derecha Hannón y en el centro estaba el propio Aníbal, 
s que tenía a su lado a Magón, su hermano. Como dije 
más arriba, la formación romana miraba hacia Occi- 
dente, y la de los cartagineses hacia Oriente, de modo 
que cuando salió el sol no molestó en ningún momento 

a los dos bandos. : 
115 Las avanzadillas iniciaron la refriega 5, Al princi- 
pio el choque entre las infanterías ligeras se mantenía 
2 indeciso. Pero a medida que, desde su izquierda, la 
caballería ibera y gala se aproximaba a los romanos, 
estos jinetes convirtieron aquello en una batalla autén- 
3 tica y a la manera bárbara; se combatía no según la 
norma de arremetidas y retiradas alternativas, antes 
bien, los jinetes atacaban montados, pero luego desca- 
4 balgaban y entablaban duelos individuales. En ello sa- 
lieron victoriosos los cartagineses, y en la lucha ma- 
taron a la mayoría de sus adversarios, a pesar de que 
los romanos lucharon noblemente y con coraje. Aco- 
rralaron luego junto al río a los supervivientes y los 
mataron también; los cartagineses no usaron de piedad 
con los que les llegaron a las manos. Entonces en- 
traron en combate las fuerzas de infantería, que se- 
5 guían a las ligeras. Las formaciones de iberos y de 
galos resistieron algún tiempo y lucharon varonilmente 


175 La batalla de Cannas se libró el 2 de agosto del año 216. 








LIBRO III 409 


contra los romanos, pero después, acosados por el ene- 
migo que presionaba, cedieron y se replegaron, rom- 
piendo la figura de la media luna. Los batallones ro- 
manos les persiguieron con furia y lograron romper 
fácilmente las formaciones enemigas, porque la de los 
galos carecía de profundidad, y la de los romanos se 
había engrosado precisamente desde las alas al centro 
y al lugar en que se combatía. El centro y las alas 
cartaginesas no entraron en combate al mismo tiempo, 
sino en primer lugar el centro, ya que los galos, debido 
a la formación en figura de media luna, se habían ade- 
lantado mucho más que las alas; lo convexo de la 
figura avanzaba de cara al enemigo. En su persecución 
los romanos corrieron hacia el centro y hacia aquellas 
partes del enemigo que cedían; las rebasaron tanto, 
que ahora tenían a ambos lados, en los flancos que 
ofrecían, a los africanos, que eran los dotados con ar- 
mamento pesado. De éstos, los que estaban a la derecha 
giraron hacia la izquierda, cargaron por el flanco de- 
recho y cayeron de costado sobre el flanco enemigo, 
y los del ala izquierda giraron a su derecha y se des- 
plegaron por el flanco izquierdo. La situación mostra- 
ba por sí misma lo que se debía hacer. Ocurrió lo que 
había calculado Aníbal: en su persecución de los galos, 
los romanos fueron cogidos en medio por los africa- 
nos. Y entonces ya no mantuvieron sus formaciones, 
sino que se revolvían individualmente y por batallones, 
y luchaban contra los que les atacaban de flanco. 
Paulo Emilio, a pesar de que desde el principio es- 
taba en el ala derecha y participaba en la lucha de la 
caballería, quedaba aún entre los supervivientes. Pero 
según las palabras que pronunciara en la alocución, 
quería encontrarse siempre en el corazón de la lucha. 
Al ver que la decisión de la batalla radicaba en las 
fuerzas de infantería, galopó hacia el centro de la 
formación romana, y al tiempo que él mismo combatía 


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410 HISTORIAS 


y golpeaba con sus manos al adversario, excitaba y 
estimulaba a los soldados que tenía alrededor. 

Y lo mismo hacía Aníbal, pues desde el principio 
se encontraba en esta sección de sus tropas. Los nú- 
midas que, apostados en el ala derecha, habían asal- 
tado a la caballería enemiga, no hicieron ni sufrieron 
gran cosa por lo peculiar del combate, pero mantu- 
vieron inactivo al enemigo atrayéndoselo y luego ata- 
cándole por todos lados. Cuando Asdrúbal y los suyos, 
tras matar, junto al río, a casi todos los jinetes ro- 
manos, desde el ala izquierda corrieron a apoyar a los 
númidas, entonces la caballería de los aliados previó 
el asalto, lo esquivó y se retiró. 

En aquella ocasión parece que Asdrúbal se compor- 
tó de manera práctica y prudente. Sabedor, en efecto, 
de que los númidas, que eran muchos en número, eran 
muy eficaces y terribles contra los que ya se daban por 
vencidos, les dejó los que huían, y él condujo a sus 
propios hombres hacia el choque de la infantería, in- 
teresado en apoyar a los africanos. Cargó por la es- 
palda contra las legiones romanas con arremetidas 
sucesivas; sus escuadrones atacaban por muchos lu- 
gares al mismo tiempo, y así infundió ánimo a los afri- 
canos y abatió y llenó de pavor el espíritu de los ro- 
manos. 

Allí sucumbió, herido mortalmente, Paulo Emilio, 
con las armas en la mano. Fue un varón que realizó 
no menos que cualquier otro durante toda su vida, 
hasta el último momento, lo que en justicia se debe 
a la patria. . 

Los romanos, mientras combatieron frente a frente, 
de cara a los enemigos que les rodeaban, resistieron 
bravamente. Pero los de las primeras filas iban cayendo, 
y al final murieron todos, y entre ellos Marco Atilio y 
Cneo Servilio, los cónsules del año anterior, hombres 


LIBRO 1LI 411 


nobles y que en el peligro se habían mostrado dignos 
de Roma. 

Mientras ocurría este combate y esta masacre, los 
númidas persiguieron a los jinetes que huían, mata- 
ron a gran número de ellos y forzaron al resto a dejar 
sus monturas. Unos pocos romanos consiguieron huir 
a Venusa, entre los cuales se encontraba Cayo Terencio 
Varrón, el general, hombre de espíritu deshonroso, cuyo 
mando fue totalmente ineficaz para su propia patria. 

De este modo acabó la batalla que en Cannas li- 
braron romanos y cartagineses; en ella actuaron hom- 
bres nobilísimos, tanto entre los vencedores como entre 
los vencidos, cosa evidenciada por los hechos mismos. 
De los seis mil jinetes romanos, lograron escapar hasta 
Venusa, con Cayo Varrón, sólo setenta, y unos tres- 
cientos de los aliados se salvaron esparcidos por di- 
versos villorrios. Durante la lucha cayeron prisioneros 
unos diez mil soldados de infantería, los que habían 
permanecido fuera de la batalla. Desde el campo mismo 
de la lucha sólo unos tres mil lograron huir a las ciu- 
dades circundantes. Todos los demás, unos setenta mil, 
murieron bravamente. Tanto entonces como en las 
ocasiones anteriores fue la caballería cartaginesa la 
que decidió la victoria. Quedó claro para la posteri- 
dad que en los azares de la guerra vale más poseer 
la mitad de infantería, pero ser muy superior en caba- 
llería, que no trabar combate en igualdad total de 
condiciones que el enemigo. De los de Aníbal, murie- 
ron cuatro mil galos, y otros mil quinientos entre ibe- 
ros y africanos. 

Los romanos cogidos prisioneros, lo fueron fuera 
de la batalla; la causa fue la siguiente: Paulo Emilio 
había dejado diez mil soldados de infantería en su 
propio campamento para que si Aníbal, descuidando 
el suyo, hacía formar a todos sus hombres, los roma- 
nos asaltaran el campamento adversario durante la 


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412 HISTORIAS 


batalla y así se apoderarían del bagaje enemigo. Si 
Aníbal, en cambio, prevía cualquier eventualidad y de- 
jaba en su campo una guarnición numerosa, en la 
batalla decisiva los romanos lucharían contra menos 
hombres. Estos romanos fueron aprisionados así: Aní- 
bal, efectivamente, dejó una guarnición considerable 
en su campamento; así que empezó la batalla, los ro- 
manos, siguiendo las instrucciones recibidas, la asedia- 
ron, atacando a los defensores del campamento carta- 
ginés. Éstos ofrecieron primero una resistencia tenaz, 
pero pronto se vieron en situación difícil. Mas Aníbal 
ya había decidido totalmente la batalla, por lo que 
corrió en apoyo de los suyos, hizo retroceder a los 
romanos y les cercó en su propio campamento. Mató 
unos dos mil y cogió prisioneros a los restantes. Del 
mismo modo, los númidas asediaron a los jinetes ad- 
versarios que se habían refugiado en las fortalezas de 
la región y se los llevaron prisioneros: eran unos dos 
mil, que anteriormente habían sido puestos en fuga. 

Decidida la batalla del modo descrito, la situación 
tomó el giro esperado por ambos contendientes. Por 
su triunfo, los cartagineses sometieron prácticamente 
el resto de Italia. Los tarentinos se les pasaron inme- 
diatamente, los de Argiripa y algunos de Capua lla- 
maron a Aníbal. Los demás miraron con respeto, todos 
ya, hacia los cartagineses, que confiaban en apoderarse 
de Roma al primer asalto. Los romanos, por su parte, 
debido a esta derrota, abandonaron al punto su idea 
de dominar a todos los italianos. Se habían asustado 
ante el grave riesgo que corrían sus personas y el suelo 
de la patria; esperaban la presencia de Aníbal en cual- 
quier momento. Y como si la Fortuna quisiera hacer 
rebosar la medida y combatir a favor de los hechos 
ya consumados, al cabo de pocos días, cuando el terror 
poseía todavía a la ciudad de Roma, el general enviado 








LIBRO 111 413 


a la Galia Cisalpina "*, cayó inesperadamente en una 
emboscada de los galos, y perecieron él y sus tropas, 
sin que se salvara nadie. El Senado, sin embargo, no 
omitió nada de lo realizable: incitó al pueblo, aseguró 
la ciudad y deliberó varonilmente acerca de aquella si- 
tuación; esto se notó en los hechos posteriores. Enton- 
ces la derrota de los romanos era innegable y habían 


perdido su reputación guerrera, pero la peculiaridad 9 


de su constitución y la prudencia de sus deliberaciones 

no sólo les permitieron recobrar el dominio de Italia 

(tras derrotar a los cartagineses), sino que poco tiempo 

después se hicieron dueños del universo. 

Por eso cerraremos este libro 

sobre estas acciones. Hemos des- 

Eptlogo crito los hechos de Italia y de 

España en la Olimpíada ciento 

cuarenta. Cuando hayamos na- 

rrado los hechos de Grecia en la misma Olimpíada, y 

lleguemos a este mismo hecho cronológico, trataremos 

de la constitución romana. Consideramos que su ex- 

posición no sólo es apropiada al plan conjunto de la 

historia, sino que será una gran aportación para los 

hombres estudiosos y para los de acción que deseen 
establecer o reformar sus instituciones políticas. 


neo Cf. 106, 6. 


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LIBRO IV 


En el libro anterior tratamos 

las causas de la segunda guerra 

Recapitulación que estalló entre romanos y car- 
tagineses, y expusimos la inva- 

sión de Italia por Aníbal. Ade- 

más describimos las luchas habidas entre ambos ban- 
dos hasta la batalla librada junto al río Aufidio y la 
ciudad de Cannas. Ahora vamos a explicar la historia 
de Grecia en esta misma época, simultánea a los hechos 
precedentes, a partir de la Olimpíada ciento cuarenta. 
Pero primero recordaremos brevemente al lector el 
prefacio de nuestra obra, tal cual lo expuse en el se- 
gundo libro, a propósito de los hechos de Grecia! y 
principalmente de la Confederación aquea, a causa del 
auge inesperado que este estado ha tomado en épocas 
anteriores y en esta misma. En efecto, tras empezar 
por Tisámenes, uno de los hijos de Orestes, y afirmar 
que desde él su linaje detentó el reino hasta Ogigo?, 
y que posteriormente los aqueos tomaron la excelente 
decisión de servirse de una constitución democrática, 
hasta que fueron desmembrados por los reyes de Ma- 
cedonia en pueblos y ciudades, luego nos dedicamos 


1 La referencia es a II 37-70. 
2 Cf. II 41, 4, Pero aquí sale un personaje fabuloso, Ogigo, 
que allí no sale, y que ningún mitógrafo griego cita. 


LIBRO IV 415 


a contar cómo y cuándo se inició su restablecimiento 
y quiénes fueron los primeros que se coaligaron con 
ellos. Siguiendo estos sucesos, aclaramos de qué modo 
y con qué política los aqueos se atrajeron a las ciuda- 
des e intentaron que todos los peloponesios actuaran 
bajo un mismo nombre y constitución. Tras unas con- 
sideraciones generales acerca de este intento, trazamios 
una exposición detallada y continua de los hechos que 
condujeron a la caída de Cleómenes, rey lacedemonio. 
Y a continuación del resumen de los hechos contenidos 
en nuestra Introducción, hasta las muertes de Antí- 
gono, de Seleuco y de Ptolomeo? (que murieron casi si- 
multáneamente), anunciamos que comenzaríamos nues- 
tra propia historia por los hechos que siguieron al 
período citado. 

Creemos, en efecto, que éste es un punto de partida 
excelente, en primer lugar porque el libro de Arato 
acaba, concretamente, en estos sucesos con los que 
decidimos enlazar nuestra exposición prosiguiendo el 
relato de los asuntos de Grecia; en segundo lugar, 
porque esta época coincide con la inmediatamente pos- 
terior y con los sucesos que caen dentro de nuestra 
historia, de tal suerte que algunos hechos los hemos 
vivido nosotros mismos y otros nuestros padres, unos 
personalmente y 'otros los hemos oído de testigos 
oculares. No nos pareció que ofreciera certeza ni en 
en los juicios ni en las afirmaciones el ir remontando 
épocas para escribir de oídas lo que ya se sabía de 
oídas. Comenzamos en esta época, principalmente, 
porque en ella se puede decir que la Fortuna ha reno- 
vado el universo. 

En efecto: Filipo *, hijo legítimo de Demetrio, reci- 
bió el gobierno de Macedonia cuando casi era todavía 


3 Cf. la nota 149 del libro 1. 
4 Filipo V de Macedonia. Cf. la nota 5 del libro 111. 


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416 HISTORIAS 


un niño. Aqueo, rey de las regiones de acá del Tauro, 
tenía no sólo la prestancia de un soberano, sino el poder 
efectivo. Antíoco, llamado el Grande, recibió el imperio 
de Siria un poco antes, a la muerte de su hermano 
Seleuco; era todavía muy joven. 

En esta época Ariarates* obtuvo el imperio de Ca- 
padocia, y por el mismo tiempo Ptolomeo Filopátor 
se hizo señor de Egipto. Al cabo de poco Licurgo fue 
nombrado rey de los lacedemonios, y algo antes los 
cartagineses habían nombrado a Aníbal general para 
las guerras que hemos considerado. Tal renovación en 
todas las dinastías debía ser el inicio de unos hechos 
inauditos. Esto es lo que ya ha ocurrido y suele ocurrir, 
de acuerdo con la naturaleza. Y es lo que entonces 
sucedió. Romanos y cartagineses se enzarzaron en la 
guerra ya expuesta, en la misma época Antíoco y Pto- 
lomeo se pelearon por la Celesiria; los aqueos y Filipo 
hicieron la guerra contra los etolios y los lacedemo- 
nios f, cuyas causas fueron las siguientes: 


Hacía ya tiempo que los eto- 

Orígenes de lios soportaban con disgusto la 
la guerra de los paz y el subsistir con sus propios 
aliados recursos, acostumbrados como 


estaban a vivir a costa de los 
vecinos, y además necesitaban de muchas provisiones, 
debido a su fanfarronería innata. Ésta les ha esclavi- 
zado, y llevan siempre una vida avara y brutal, sin 
respetar la propiedad privada; todo lo consideran botín 
de guerra. Sin embargo, en el tiempo anterior, mien- 
tras Antíoco vivió, permanecieron inactivos porque 
temían a los macedonios. Pero cuando murió y dejó 


5 Ariarates V de Capadocia, que reinó en 220-163 (téngase 
en cuenta que accedió al trono siendo niño, DrioborRo, XXXI 
19, 6). 

6 La narración de esta guerra es el contenido básico de este 
libro IV. 


LIBRO IV 417 


a su hijo Filipo, niño aún, a éste le menospreciaron, y 
buscaban excusas y pretextos para entrometerse en el 
Peloponeso, llevados por su vieja costumbre de sa- 
quearlo; creían, al propio tiempo, que se bastaban 
a sí mismos para una guerra contra los aqueos. Éste 
era su propósito, y aprovecharon una nimiedad que 
se les ofreció fortuitamente para justificar sus inten- 
ciones. 

Dorímaco de Triconio era hijo de aquel Nicóstrato 
que había roto la tregua durante la fiesta solemne de 
los beocios”. Era joven, pero imbuido de la violencia 
y rapacidad etolia. Fue enviado en misión oficial a la 
ciudad de Figalea f, en el Peloponeso, ya en el límite 
de los montes de Mesenia. Figalea formaba parte de 
la Confederación etolia. Dorímaco iba oficialmente a 
proteger la ciudad y el país circundante, pero las ins- 
trucciones que en realidad tenía eran las de observar 
lo que ocurría en el Peloponeso. Unos bandoleros se 
pusieron de acuerdo con él y se le presentaron en Fi- 
galea. En justicia, éste no podía concederles ningún 
botín, porque estaba todavía en plena vigencia la paz 
general entre los griegos establecida por Antígono?; 
apurado Dorímaco, al final les concedió saquear los re- 
baños de los mesenios, a pesar de que se trataba de 
amigos y aliados. Los bandidos, primero se limitaban 
a expoliar los rebaños de la frontera, pero después 
su insolencia fue en aumento y se dedicaron a asaltar 


7 Aunque aquí lo cite, Polibio se ocupará de ello más tarde, 
IX 34, 11. 

8 Ciudad al O. del Peloponeso, al N. de la Mesenia. Su 
nombre actual es Paulitsa. 

9 Aquí la expresión de Polibio mo es exacta; no es que An- 
tígono Dosón estableciera de hecho una paz, sino que, después 
de la guerra cleoménica, Grecia quedó efectivamente sin gue- 
rras, 


38. —27 


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418 HISTORIAS 


las alquerías, para lo cual aparecían inopinadamente 
por la noche. 

Todo esto indignaba a los mesenios, que enviaban 
legados a Dorímaco. Éste, al principio, no les hacía 
caso, porque quería beneficiar a sus subordinados y 
extraer provecho él personalmente, ya que participaba 
de las presas. Pero la presencia de los legados se hacía 
cada vez más insistente, ya que las rapiñas menudea- 
ban. Ante ello, Dorímaco afirmó que acudiría personal- 
mente a Mesenia a justificarse delante de los acusa- 
dores de los etolios. Pero cuando llegó, al presentársele 
los perjudicados, ridiculizó a unos, tomó el pelo a otros 
e insultó e intimidó a los restantes. 

Se encontraba todavía en la ciudad de Mesenia 
cuando los bandidos se acercaron de noche, echaron 
unas escaleras y asaltaron la alquería llamada de Qui- 
rón. Degollaron a los que ofrecieron resistencia, ataron 
al resto de los esclavos y se llevaron consigo el ganado. 
Los éforos de los mesenios, dolidos ya desde hacía 
tiempo tanto de lo que ocurría como de la permanen- 
cia de Dorímaco en su ciudad, creyeron que entonces 
la insolencia ya era intolerable, y le llamaron a la 
reunión de la Magistratura. Allí Esciro, un éforo Y de 
los mesenios que durante toda su vida había gozado 
de gran prestigio entre sus conciudadanos, aconsejó 
no permitir que Dorímaco saliera de la ciudad si no 
restituía a los mesenios todo lo que habían perdido; 
en cuanto a los asesinados, debía obligársele a la en- 
trega de los asesinos para que recibieran su castigo. 
Todos aprobaron las oportunas palabras de Esciro; 


10 Éforo era un título bastante común de los magistrados 
del Peloponeso, aunque los más famosos eran los de Esparta. 
Etimológicamente el término significa «guardián»; el conjunto 
de los éforos gobernaba, en todos los aspectos, las ciudades 
del Peloponeso. Su institución se atribuye míticamente a Li- 
curgo, legislador espartano. 


LIBRO IV : 419 


Dorímaco, enfurecido, les dijo que eran unos simples 
de remate si creían que con ello afrentaban sólo a 
Dorímaco y no a la Confederación etolia. Consideraba 
que lo que allí pasaba era absolutamente terrible, y 
dijo a los mesenios que estaban urdiendo su propia 
ruina, y que la sufrirían con justicia. En aquella época 
había en Mesenia un tipo de baja estofa llamado Ba- 
birtas, que procuraba por todos los medios mostrarse 
afeminado. Si le hubieran puesto la túnica y el som- 
brero de Dorímaco hubiera sido imposible distinguirle 
de él, pues tenía su misma voz, y se le parecía tam- 
bién en el resto del cuerpo; Dorímaco lo sabía. Cuando 
hablaba, pues, de manera soberbia y arrogante a los 
mesenios, Esciro, enfurecido, le soltó: «¿Crees que 
vamos a hacer caso de ti y de tus amenazas, Babirtas?» 
Ante tales palabras y tal actitud, Dorímaco cedió al 
punto, y consintió en dar satisfacción a los mesenios 
por todas las injurias sufridas. Pero aquel dicho lo 
soportó con tanta acritud y pesadumbre que, de re- 
greso a Etolia, atizó sólo por eso la guerra contra los 
mesenios. 

Entonces el general de los etolios era Aristón !. 
Pero éste no era muy apto para las empresas guerre- 
ras por ciertas debilidades corporales, y además era 
pariente de Dorímaco y de Escopas, a quien, en cierto 
modo, había cedido todo el mando militar. En público 
Dorímaco no se atrevía a incitar a los etolios a una 
guerra contra los mesenios, porque no disponía de 
motivos suficientes; todos sabían que su pretensión 
nacía de aquel insulto y de sus propios delitos. Aban- 
donó, pues, esta táctica, pero privadamente azuzaba a 
Escopas para que compartiera sus puntos de vista 


1 La Confederación Etolia elegía anualmente a su general 
en Termo, en la asamblea ordinaria de los etolios. La elección 
de Aristón fue para el año 221/220. 


10 


420 HISTORIAS 


contra Mesenia. Le indicaba que los macedonios no 
eran peligrosos por la edad de su monarca (Filipo con- 
taba a la sazón no más de diecisiete años), aducía 
también la hostilidad de los lacedemonios contra los 
mesenios, y le recordaba cómo los eleos les eran alia- 
dos propicios; con esto le demostraba que la invasión 
de Mesenia sería para ellos segura. Y lo decisivo en un 
argumento etolio: le ponía a la vista el provecho a ex- 
traer del territorio de los mesenios, que estaba inde- 
fenso y era el único del Peloponeso que había quedado 
intacto durante la guerra de Cleómenes. A todo esto 
añadía la popularidad de que gozaría entre la masa de 
los etolios. De los aqueos sostenía que si les impedían 
el paso no podrían acusar a los etolios de que éstos 
se defendieran; si, en cambio, permanecían inactivos, 
no les estorbarían la invasión. Y aseguraba que no les 
faltarían pretextos contra los mesenios, porque éstos 
desde hacía tiempo se comportaban injustamente, di- 
ciendo a macedonios y a aqueos que iban a aliarse con 
ellos. Con tales palabras y otras por el estilo Dorímaco 
estimuló tanto a Escopas y a sus amigos, que éstos 
sin tan siquiera esperar a la asamblea general de la 
Confederación etolia, sin consultar a los apócletos * ni 
hacer ninguna de las cosas requeridas para tales pla- 
nes, movidos por sus propios impulsos y juicios, de- 
clararon la guerra simultáneamente a mesenios, epiro- 
tas, aqueos, acarnanios y macedonios. 

Enviaron inmediatamente pira- 
tas por mar, los cuales se en- 
contraron casualmente, cerca de 
Citera, con una nave real mace- 
donia; la condujeron con su tri- 
pulación a'Etolia, donde vendieron el navío con sus 


Inicio de las 
hostilidades 


12 Los apócletos venían a constituir una mesa permanente 
de la Asamblea de la Confederación Etolia. 


LIBRO IV 421 


oficiales y sus marineros. Devastaron la costa del Epiro, 
y para tal fechoría usaron naves cefalenias %; además 
intentaron apoderarse de Tirión', en la Acarnania. 
También enviaron ocultamente, por el Peloponeso, a 
algunos hombres, que consiguieron tomar el fuerte lla- 
mado de Clarion ', en el centro del territorio de Me- 
galópolis. Usaron este fuerte como mercado de venta 
de despojos; concentraban en él el producto de sus 
robos. Sin embargo, lo asedió y lo tomó en pocos días 
Tixómeno, general de los aqueos, ayudado por Taurión, 
a quien Antígono había encargado velar por los inte- 
reses reales del Peloponeso. Pues por la guerra de 
Cleómenes el rey Antígono retenía Corinto con el con- 
sentimiento de los aqueos '%; luego que se apoderó de 
Orcómeno por la fuerza, no devolvió esta plaza a los 
aqueos, sino que la usurpó y se la quedó con la in- 
tención —al menos a mí me lo parece— de dominar 
la entrada del Peloponeso y además proteger sus te- 
rritorios interiores mediante la guarnición y el arsenal 
situados en Orcómeno. Dorímaco y Escopas aguarda- 
ban el momento en que a Timóxeno le quedara ya 
poco tiempo de mando, y Arato, nombrado por los 
aqueos general para el año siguiente, no ejerciera to- 
davía su autoridad militar. Concentraron todas las tro- 
pas etolias en Rion ” y prepararon las naves de trans- 





13 Cefalenia es una isla del mar Jonio. 

14 Población situada en el fondo del golfo de Ambracia; ac- 
tualmente se llama Hagios Vasilios. 

15 Su localización no se ha logrado. 

16 Cf. 1I 54, 1 y 20, para Orcómeno. 

17 El texto griego dice claramente Rion, y así vierten los 
distihtos traductores de Polibio. Walbank no comenta este lu- 
gar. Sin embargo, una ojeada al mapa de la Grecia clásica qui- 
zás hiciera dudar. El cabo Rion está en la Acaya, casi en su 
punto más septentrional, pero frente a él, en el Epiro, está el 
cabo Antirrion. ¿No será aquí donde se concentraron los etolios? 
¿A qué, si no, preparar las naves de transporte? Si en realidad 


10 


11 


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422 HISTORIAS 


porte, dispusieron las de los cefalenios, hicieron pasar 
sus hombres al Peloponeso e iniciaron la marcha contra 
Mesenia. A su paso por los territorios de los de Patras, 
de Fares y de Tritea ' declaraban su intención de no 
dañar en nada a los aqueos, pero aquella horda no 
fue capaz de respetar el país, porque los etolios ante 
la ganancia no tienen freno; y así, causando daño y 
devastación lo atravesaron hasta que llegaron a Figalea. 
Desde ella lanzaron un ataque imprevisto y audaz, e 
invadieron el país de los mesenios, sin tener en cuenta 
ni la amistad ni la alianza que desde tiempos inme- 
moriales les unía a ellos, ni cualquier otra cosa; mucho 
menos atendieron lo que la justicia define entre los 
hombres. Colocando su propia rapacidad por encima 
de todo talaron los campos impunemente, porque los 
mesenios no se atrevieron a salirles al encuentro. 
Cuando correspondió según la ley *, los aqueos acu- 
dieron a Egio” y se reunieron en asamblea. Los de 
Patras y los de Fares refirieron los delitos cometidos 
contra su territorio durante el paso de los etolios. 
Los mesenios se hicieron presentes mediante una em- 
bajada, y pidieron ayuda, víctimas de una injusticia 
y de una violación de tratados. Los aqueos atendieron 
a estas quejas y se asociaron a la indignación de los 
de Patras y de Fares; también se compadecieron de 
los mesenios. Con todo, creyeron que lo peor era que 
los etolios, sin haberles dado nadie permiso, ni tan si- 
quiera haberlo solicitado, se hubieran atrevido, en 


se concentraron en Rion, éstas ya habrían servido, y su mención 
sería superflua. 

18 Patras está donde la ciudad actual del mismo nombre; 
Fares está en el curso medio del río Pierus (actualmente Ka- 
menitsa); Tritea no sabemos dónde estaba, pero de todos mo- 
dos debía de asentarse aguas arriba del río. 

19 En mayo del año 220. 

2 Población en la costa del golfo de Corinto. 


LIBRO IV 423 


contra de lo pactado”, a pisar con un ejército la 
Acaya. Todo ello les enfureció, y así votaron una ayuda 
a los mesenios, que el general concentrara el ejército 
aqueo y que los decretos que allí promulgaran los 
asambleístas tuvieran fuerza de ley en los respectivos 
territorios. 

Timóxeno, que era todavía el general, ya que aún 
no había cesado su período de mando, desconfiaba de 
los aqueos, porque por aquel entonces habían descui- 
dado su entrenamiento militar, por lo que aplazaba 
la marcha e incluso cualquier concentración de hom- 
bres. En efecto: después de la caída de Cleómenes, rey 
de Esparta, todos los peloponesios, cansados de las 
guerras pasadas y confiando en la duración de aquel 
estado de cosas, desatendieron su formación militar. 
Pero Arato, indignado y enfurecido por la desvergiien- 
za de los etolios, se tomó la cosa con más coraje, tanto 
más cuanto desde tiempos pasados tenía con los etolios 
ciertas diferencias. Se apresuró, pues, a concentrar a 
los aqueos bajo las armas, y tenía gran interés en lu- 
char contra los etolios. Al final, cinco días antes de 
iniciarse el período de mando que le correspondía, re- 
cibió de Timóxeno el sello del estado. Escribió a las 
ciudades y concentró en Megalópolis a los hombres en 
edad militar. 

Debido a la peculiaridad de su carácter, me parece 
indicado hacer un breve inciso acerca de la persona- 
lidad de Arato. 

Arato tenía las cualidades que 
debe tener un hombre de estado: 


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Retrato de Arato era orador hábil, poseía claridad 2 


de ideas y sabía ocultar sus deci- 
siones. No había quien le iguala- 
ra en moderación cuando dirimía diferencias políticas, 


21 Cf. 11 44, 1. Es el tratado del año 239. 


o 


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424 HISTORIAS 


sabía ganarse amigos y adquirir aliados. Era también 
muy diestro en organizar golpes de mano, estrata- 
gemas y emboscadas contra los enemigos, y en llevar- 
las a cabo con paciencia y audacia. Testimonios de 
esto claros, es más clarísimos, los dan los autores de 
historias particulares: las tomas de Sición y de Man- 
tinea ”, la expulsión de los etolios de Pelene; la más 
preclara de sus gestas la constituye la acción del Acro- 
corinto. Pero este mismo hombre, cuando debía com- 
batir a campo abierto, era lento en sus concepciones, 
poco audaz en sus operaciones e incapaz de afrontar 
un riesgo cara a cara. Por eso, Arato llenó el Pelopo- 
neso de trofeos que le concernían, y en él fue siempre 
presa fácil para los enemigos. La naturaleza de los hom- 
bres presenta variedad de formas, no sólo en los cuerpos 
sino también, y aún más, en los espíritus; en actividades 
de tipo diferente, un mismo hombre está bien dotado 
para unas y no para otras; si se trata de empresas simila- 
res, es a la vez muy entendido pero muy lento, muy audaz 
pero muy negligente. Y esto no es paradójico, sino habi- 
tual y conocido para los aficionados a la observación. En 
las cacerías algunos son audaces en la lucha contra 
las fieras, y éstos mismos son cobardes si se trata de 
empuñar las armas contra el enemigo, y, en la guerra 
misma, hay quien es experto y eficaz en encuentros 
cuerpo a cuerpo, pero inútil en la acción general, ali- 
neado junto a otros. La caballería tesalia, por ejemplo, 
si lucha formada en escuadrones y falanges, es inven- 
cible, pero si la ocasión y el lugar la fuerzan a com- 
batir aisladamente, hombre contra hombre, es lenta y 
poco útil. Con los etolios ocurre exactamente lo con- 





2 Para Sición, cf. 11 43, 3 (año 251); para Mantinea, II 57, 2 
(año 227); la gesta del Acrocorinto, II 43, 4 (año 243); la de 
Pelene Polibio no la explica, sólo la menciona aquí. 


LIBRO IV 425 


trario. Los cretenses si se trata de emboscadas, de pi- 
llaje y de robar al enemigo, de ataques nocturnos y 
de cualquier acción que sea con engaño, realizada por 
una cuadrilla, son invencibles; en cambio, para un ata- 
que frontal en formación son cobardes y de espíritu 
mezquino. Aqueos y macedonios son todo lo contrario. 
He expuesto esto para que los lectores no desconfíen 
de mis afirmaciones si en algún lugar parecen encon- 
tradas, acerca de algún personaje, si se trata de hechos 
del mismo género. 

Concentrados, pues, los hom- 
bres en edad militar, con su ar- 
mamento en Megalópolis, según 
el decreto de los aqueos (pues de 
ahí partió nuestra digresión), los 
mesenios se dirigieron otra vez al pueblo suplicando 
que se les tuviera en cuenta, ya que de manera tan 
clara habían visto violados sus pactos: querían entrar 
en la alianza general, y urgían que se les inscribiera, 
junto con los demás. Pero los jefes aqueos rehusaron 
la alianza: alegaban que no era lícito añadir a nadie 
sin el consentimiento de Filipo y de los demás aliados. 
En efecto, la Liga establecida por Antígono en la época 
de Cleómenes obligaba todavía a todos: aqueos, epi- 
rotas, focenses, macedonios, beocios, acarnanios y te- 
salios. Sin embargo, dijeron que saldrían en su ayuda, 
con la única condición de que los allí presentes depo- 
sitaran a sus propios hijos en Lacedemonia como 
fianza de que los mesenios no harían la paz con los 
etolios sin el consentimiento de los aqueos. Los lace- 
demonios habían salido en campaña según el pacto de 
los coaligados; estaban en los montes de Mesenia, pero 
en realidad más como observadores y reserva que en 
calidad de combatientes. Arato resolvió de este modo 
el problema de los mesenios, y envió legados a los 
etolios que les explicaran lo acordado y que les invi- 


Prosigue la 
narración 


11 


10 


10 


426 HISTORIAS 


taran a retirarse del territorio de los mesenios y a no 
tocar la Acaya; de lo contrario trataría a los trans- 
gresores como enemigos. Escopas y Dorímaco oyeron 
estas advertencias; sabedores de que los aqueos se 
habían concentrado, creyeron que entonces les conve- 
nía hacer caso de aquellas demandas. Enviaron, pues, 
al punto correos a Cilene*% para Aristón, jefe supremo 
de los etolios: pedían que les mandara a toda prisa 
naves de carga desde Elea a la isla de Feas *. Y al cabo 
de dos días ellos mismos levantaron el campo, manda- 
ron el botín y avanzaron en dirección a Elea. Los eto- 
lios siempre habían conservado la amistad con los 
eleos, ya que a través de su territorio podían penetrar 
en el Peloponeso para sus pillajes y sus rapiñas. 
Arato esperó dos días, y creyendo ingenuamente 
que los etolios culminarían la marcha en la dirección 
en que la habían iniciado, despachó a sus casas a todos 
los aqueos restantes y a todos los lacedemonios; se 
quedó con tres mil hombres, trescientos jinetes y con 
los soldados de Taurión. Con tales efectivos avanzó 
hacia Patras, con el propósito de situarse en el flanco 
etolio. Al enterarse los de Dorímaco de que las tropas 
de Arato marchaban contra ellos y tomaban posiciones, 
se angustiaron por si les atacaban mientras estuvieran 
ocupados en el embarque, pero como deseaban encen- 
der la guerra, enviaron el botín en las naves, tras 
disponer para su custodia un número suficiente de 
hombres adecuados, y ordenaron a los jefes de la ex- 
pedición que fueran a encontrarles a Rion, ya que ellos 
embarcarían allí. Primero ellos mismos vigilaron el 
envío del botín y lo escoltaron, pero después cambia- 
ron de dirección como hacia Olimpia. Al oír que Tau- 


2 Lugar no identificado; seguramente en la costa de la 
Élide. 

24 Feas, en realidad, no es una isla, sino el puerto de Olim- 
pia, en el cabo Ictis, en la Acaya, frontero a la isla de Zacintos. 


LIBRO IV 427 


rión con las tropas mencionadas estaba en Clitoria %, 
juzgaron que no podrían salir de Rion sin peligro y 
sin combatir, y decidieron que les convenía, en interés 
propio, atacar cuanto antes a las tropas de Arato, por- 
que todavía eran pocos y no preveían el futuro. Supo- 
nían que si lograban poner en fuga a los aqueos po- 
drían emprender la travesía con seguridad desde Rion, 
donde, por lo demás, Arato proponía concentrar de 
nuevo la Liga de los aqueos. Y si Arato, intimidado, 
rehuía el combate y no aceptaba la batalla, los etolios 
se retirarían sin peligro en el momento que juzgaran 
conveniente. Con estos razonamientos avanzaron y 
acamparon cerca de Metridio”%, en el país de Mega- 
lópolis. 
Los jefes aqueos conocieron la 
presencia de los etolios, y dispu- 
Batalla de Cafias  sieron las cosas tan rematada- 
mente mal que no omitieron ne- 
cedad por exagerada que fuera. 
En efecto: regresaron del territorio de Clitoria y 
acamparon cerca de Cafias 7. Cuando los etolios hacían 
la marcha desde Metidrio, a través del territorio de 
Orcómeno, los jefes aqueos sacaron a sus fuerzas y 
las formaron en la llanura de Cafias; tomaron como 
defensa el río que fluye a través de ella. Los etolios, 
tanto por las dificultades de terreno que presentaba 
la ruta (pues incluso antes del río había fosos, infran- 
queables en su mayoría) como por la demostración de 
presteza para la lucha evidenciada por los aqueos, se- 
gún sus planes iniciales rehusaron enfrentarse al ene- 


25 Población situada en el límite de la Arcadia y la Acaya. 

26 Ciudad antigua radicada a poco menos de cinco kilóme- 
tros de la población actual de Vitina, en el centro de la Arcadia. 

27 Cafias está situada en el extremo NO. de la llanura de 
Orcómeno, cerca de la ciudad moderna de Cotussa. Los eto- 
lios dejaron la villa a su derecha. 


10 


428 HISTORIAS 


migo, e hicieron una marcha muy ordenada en di- 
rección a lugares elevados, a Oligirto%, dándose por 
satisfechos si nadie les atacaba y les obligaba a pelear. 
Cuando la marcha de los etolios hacia las alturas había 
progresado bastante y la caballería cerraba la marcha, 
pero estaba aún en la MHanura, cerca ya de la altura 
Mamada Propo %, Arato y sus oficiales mandan allí a su 
propia caballería y a su infantería ligera, al frente de 
cuyas tropas pusieron a Epístrato de Acarnania. Dieron 
orden de establecer contacto con la retaguardia etolia 
y tantear al adversario. Pero en realidad, si se debía 
combatir, convenía entablar combate no con la reta- 
guardia, cuando el enemigo había ya atravesado la lla- 
nura, sino con la vanguardia, en el preciso momento 
en que entraba en ella. Así la batalla se habría librado 
íntegramente en una planicie, en lugar sin accidentes 
geográficos, en los que los etolios se manejaban muy 
mal tanto por su armamento como por toda su forma- 
ción; en terreno llano, por el contrario, los aqueos 
eran muy poderosos, por razones naturalmente opues- 
tas a las aducidas. Y ahora abandonaban los "lugares 
y las circunstancias que les eran propicios y bajaron 
allí donde el enemigo tenía ventaja. De modo que el 
desenlace de la operación se correspondió con el plan- 
teamiento de la batalla. 

Las infanterías ligeras de ambos bandos trabaron 
combate, y la caballería de los etolios se replegó, sin 
abandonar la formación, hacia las alturas, interesada 
en establecer contacto con su propia infantería. Arato 
y sus oficiales no se percataron completamente de lo 
que estaba sucediendo ni calcularon debidamente lo 
que se iba a seguir; así que vieron que la caballería 


28 Unas lomas que están al NE. de la llanura de Cafias, 
modernamente llamadas de Skipiezza. 

22 Esta palabra tomada como substantivo común significa 
«contrafuerte». 


LIBRO IV 429 


etolia retrocedía, creyeron que huía y mandaron a la 
infantería pesada desde las alas con la orden de apoyar 
y de establecer contacto con su infantería ligera; ellos 
personalmente hicieron girar todo el ejército hacia un 
ala y lo guiaron corriendo con ardor. La caballería 
etolia cruzó la llanura, y así que alcanzó a su propia 
infantería se detuvo y aguardó; fue juntando a sus 
hombres en los espacios de las alas y les arengaron, 
pues los soldados de la columna en marcha, al oír los 
gritos de sus compañeros, acudían también rápida- 


mente, a paso ligero, y las reforzaban continuamente. : 


Cuando creyeron que su número era suficiente se re- 
volvieron y atacaron la avanzadilla aquea de caballería 
y de infantería ligera. Eran superiores en número y 
atacaban desde lugares ventajosos. La refriega duró 
largamente, pero al final los etolios pusieron en fuga 
al adversario. Mientras que aquellos aqueos cedían y 
huían, los de la infantería pesada que acudían a apo- 
yarles se presentaban sin orden, dispersamente; unos 
quedaron perplejos ante lo que ocurría, y otros dieron 
de frente con los que se retiraban y huían; se vieron 
forzados a dar la vuelta y a hacer lo mismo. Total, que 
los derrotados en el enfrentamiento no fueron más de 
quinientos, pero los fugitivos más de dos mil. La situa- 
ción enseñaba por sí misma a los etolios lo que debían 
hacer: acosaron con gritos frenéticos y furiosos hasta 
no poder más. Los aqueos se retiraron hacia sus tropas 
pesadas, creyendo que se mantenían en seguridad en 
su formación inicial, y al principio la retirada se hacía 
en buen orden y les salvaba. Pero al ver que también 
sus tropas pesadas habían abandonado los lugares se- 
guros, que en su marcha estaban muy lejos y que se 
habían desbandado, unos se dispersaron también en 
desorden y se retiraron a ciudades vecinas; otros, al 
darse de frente con las falanges que venían a ayudar- 
les no necesitaron del enemigo, sino que ellos mismos, 


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430 HISTORIAS 


aterrorizándose, Jes obligaban a huir en desorden. 
Como queda dicho, huyeron a las ciudades, pues Orcó- 
meno y Cafias, que estaban cerca, salvaron a muchos. 
De no ser así, los aqueos hubieran corrido el riesgo 
de perecer todos absurdamente. La batalla de Cafias 
acabó de esta manera. 

Los de Megalópolis habían sabido que los etolios 
habían acampado no lejos de Metridio, y acudieron al 
toque de trompeta con todo su ejército % para prestar 
apoyo al día siguiente de la batalla: lo que encontra- 
ron fue que debieron enterrar a los que creían vivos y 
dispuestos a afrontar al enemigo y que habían sucum- 
bido a manos de éste. Cavaron un foso en la llanura 
de Cafias, agruparon los cadáveres y rindieron honores 
de todo tipo a aquellos desgraciados. 

Los etolios, que habían alcanzado aquel éxito de 
manera inesperada por su caballería y su infantería 
ligera, desde aquel momento hicieron correrías por el 
centro del Peloponeso con la más absoluta impunidad. 
Fue entonces cuando se dio su tentativa contra la ciu- 
dad de Pelene*! y cuando saquearon el territorio de 
Sición; después se retiraron a través del Istmo 2. 

Éstas fueron la causa y el pretexto de la Guerra 
Social; el principio debe buscarse en el decreto de 
todos los aliados, promulgado inmediatamente después, 
ya que los aqueos se reunieron en la ciudad de Co- 
rinto y aprobaron la medida; el consejo se reunió bajo 
la presidencia del rey Filipo *. 


: 30 Cf. la nota 146 del libro 1l. 

31 Pelene, situada en la punta E. de la Acaya, en dirección 
a Sición. 

322 De Corinto. 

33 El contenido de este decreto se detalla más abajo, en el 
capítulo 25. 


LIBRO IV 431 


El pueblo de los aqueos al 
cabo de pocos días se reunió en 
su asamblea ordinaria, y tanto en 
público como en privado mostra- 
ba su-animadversión contra Ara- 
to, pues le creían responsable claro del desastre refe- 
rido. Sus enemigos políticos le acusaban y aducían 
pruebas contundentes, lo cual irritó y exasperó más a 
la masa reunida. La primera. falta clara parecía ser 
que había tomado el mando militar cuando no le co- 
rrespondía aún, ocupando el tiempo de otro, y que 
había emprendido unas acciones en las que era cons- 
ciente de que había fracasado muchas veces. En segun- 
do lugar, y esto era más grave, había licenciado a los 
aqueos cuando los etolios se encontraban todavía en 
el Peloponeso Central, sobre todo sabiendo que Esco- 
pas y Dorímaco tenían prisa en remover la situación 
y en hacer estallar la guerra. Se le reprochaba en ter- 
cer lugar haber aceptado batalla con pocos efectivos 
contra el enemigo sin que urgiera ninguna necesidad, 
cuando podía retirarse sin riesgo alguno a las ciuda- 
des vecinas, concentrar allí a los aqueos y atacar enton- 
ces al adversario si lo creía de todo punto indispensa- 
ble. Pero lo último y lo más imperdonable era que, 
decidido a combatir, se planteó la situación de manera 
temeraria e irreflexiva; abandonó la llanura y no em- 
pleó sus hoplitas *, arriesgando con su infantería li- 


La asamblea de 
los aqueos 


3 Este término, frecuentísimo en Tucídides, sale relativa- 
mente poco en Polibio. Los hoplitas formaban la infantería pe- 
sada de los ejércitos de las ciudades griegas. Se pagaban su 
propio armamento: un yelmo, una coraza y unas grebas de 
bronce. En el brazo izquierdo embrazaban un escudo, con el 
que se protegían, y con la mano derecha manejaban una espada 
de hierro. Si la llevaban colgada al cinto, como arma suple- 
toria, manejaban una lanza de fresno con la punta metálica. 
En rigor, una armadura así recuerda ya la de los héroes de la 
Itíada. Los vasos cerámicos griegos muestran, en sus pinturas, 


14 


432 HISTORIAS 


gera una batalla en terreno montañoso contra los 
etolios, para los que nada podía ser más familiar y fa- 
7 vorable. Pero Arato se adelantó y recordó su actua- 
ción política anterior y sus empresas; después se de- 
fendió de las acusaciones: probó que no había sido 
culpable de lo sucedido, y pidió perdón si había tenido 
alguna negligencia en la batalla pasada; sin embargo, 
creía que debía mirarse al conjunto, y elo de manera 
8 humana, y no acerbamente. Entonces la asamblea cam- 
bió de opinión de manera tan rápida y magnánima que 
mostró enorme descontento a los enemigos políticos 
de Arato que le habían atacado, y desde entonces todo 
se decidió según el parecer de Arato 3, 
9 [Esto ocurrió en la Olimpíada precedente; lo que 
seguirá durante la ciento cuarenta] *. 
15 Los decretos que tomaron los aqueos fueron los si- 
guientes: enviar embajadas a los epirotas, a los beocios, 
2 a los focenses, a los acarnanios y a Filipo, para poner 
en claro cómo los etolios habían penetrado por dos 
veces en son de guerra en la Acaya, rompiendo los 
pactos, para pedirles ayuda, según los acuerdos, y que 
3 los mesenios fueran admitidos en la alianza. Solicita- 
ban, además, que el general hiciera una leva de cinco 
mil hombres de infantería y de quinientos de caba- 
llería, que apoyara a los mesenios si los etolios volvían 
4 a invadir su territorio, y que se fijara, para los lacede- 
monios y los mesenios, el número de jinetes y de tropas 


hoplitas en abundancia; cf., por ejemplo, JEan CHARBONNEAUX, 
ROLAND MARTIN, FRANCOIS VILLARD, Grecia arcaica (traducción 
del francés de JosÉ ANTONIO MÍNGUEZ), Madrid, 1969, pág. 313 
(ilustración 359). 

35 Esta asamblea tuvo lugar en pleno verano del año 220. 

36 Lo encerrado entre corchetes es tenido por WALBANK, 
Commentary, ad loc., como una nota marginal que un copista 
posterior introdujo en el texto. La Olimpíada 139 abarca los 
años 224/220, y la 140, los años 220/216. 


LIBRO IV 433 


de infantería que debían aportar a las operaciones 
comunes. Todo ello se aprobó; los aqueos soportaron 
con entereza el desastre sufrido y no abandonaron a 
los mesenios ni su propio propósito, mientras que los 
embajadores cumplían su misión entre los aliados. El 
general, según el decreto, reclutó las tropas aqueas; 
asignó, además, a los lacedemonios y a los mesenios 
que aportaran, cada ciudad, dos mil quinientos solda- 
dos de infantería y doscientos cincuenta de caballería, 
de manera que, en conjunto, para las operaciones fu- 
turas, los soldados de infantería eran diez mil, y mil 
los de caballería. 

Los etolios, cuando les llegó el tiempo de su asam- 
blea ordinaria, se reunieron y acordaron guardar la paz 
con los lacedemonios, los mesenios y todos los demás, 
pero esta actuación era malvada, pues su propósito era 
humillar y destruir a los aliados de los aqueos; en 
cuanto a éstos, votaron tener paz si abandonaban su 
alianza con los mesenios; en caso contrario debían 
declararles la guerra, cosa la más irracional. En efecto: 
ellos eran aliados a la vez de aqueos y mesenios, y de- 
claraban la guerra a los primeros si éstos mantenían 
su amistad y alianza con los mesenios, y hacían una 
paz por separado con los aqueos si éstos elegían la ene- 
mistad con los mesenios. De forma que apenas puede 
comprenderse la maldad de los etolios por lo retorcido 
de sus propias empresas. 

Los epirotas y el rey Filipo escucharon a los emba- 
jadores y admitieron a los mesenios en la alianza; en 
cuanto a los hechos de los etolios, se indignaron al 
punto, pero no se extrañaron demasiado, ya que no 
habían hecho nada raro, al contrario, algo habitual en 
ellos. Por eso no lo tomaron muy a pecho, sino que 
votaron mantener la paz con los etolios; una injusticia 
permanente acostumbra a ser más dispensada que una 


38. —28 


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434 HISTORIAS 


maldad irracional e inesperada Y. Por lo menos los 
etolios se comportaban de esta manera, saqueaban 
Grecia continuamente y hacían la guerra a muchos 
sin declaración previa. Ni tan siquiera se dignaban dar 
explicaciones cuando les acusaban, sino que se chan- 
ceaban si alguien les pedía cuentas de lo ocurrido o, 
por Zeus, de sus planes futuros. Los lacedemonios que 
debían, ello era reciente, su libertad a Antígono y a la 
generosidad de los aqueos, se sentían obligados a no 
hacer nada contrario a los macedonios y a Filipo, por 
lo que enviaron secretamente legados a los etolios, y 
pactaron ocultamente alianza y amistad con ellos. 

Los aqueos habían reclutado ya a su juventud, y los 
lacedemonios y los mesenios habían aportado ya su 
concurso cuando Escerdiledas % y Demetrio de Faros 
navegaron a un tiempo desde Faros con noventa esqui- 
fes y rebasaron Lisos *%, rompiendo su pacto con los 
romanos. Abordaron primero Pilos, contra la que lan- 
zaron algunos ataques fracasados. Después Demetrio, 
con cincuenta de aquellos esquifes, se dirigió a las 
islas, y navegando entre las Cícladas saqueó unas e 
impuso contribución a otras. En su navegación, Escer- 
diledas fingió que se dirigía a su país, pero en realidad 
puso rumbo a Naupacto * con cuarenta esquifes, aten- 


37 ¡Qué atinada observación de Polibio! En el mundo actual 
se arma la gran tremolina por un quítame allá esas pajas 
ocurrido en alguna nación libre de Occidente, y se acepta sin 
rechistar la opresión y la represión sistemáticas de más de 
medio mundo, porque le ha tocado vivir así. 

38 Este personaje ha salido ya en II 5, 6. Sobre Demetrio 
de Faros, cf. WALBANX, Commentary, ad loc. Sucedió a Teuta en 
el gobierno de Iliria. 

359 Cf. nota 36 del libro II, y, además, para la exacta situa- 
ción de la plaza, Weltatlas, pág. 9. 

40 Plaza etolia muy importante, situada en la costa S. de 
esta región. 


LIBRO IV 435 


diendo la petición del rey Aminas de Atamania *, pa- 
riente suyo. A través de Agelao pactó con los etolios 
la partición del botín, y les prometía unírseles si in- 
vadían la Acaya. 

Agelao, Dorímaco y Escopas, pues, tras hacer estos 
tratos con Escerdiledas, y entregárseles la ciudad de 
Cineta *, concentraron el ejército de los etolios y, jun- 
tamente con los ilirios, invadieron la Acaya. 

Aristón, el general de los eto- 

lios, afectaba ignorancia acerca 

Toma de Cineta de lo que ocurría, y estaba inac- 
tivo en su ciudad; afirmaba que 

no hacía la guerra a los aqueos, 

sino que mantenía la paz, con lo que se portaba de 
manera simple y pueril. Evidentemente, es natural que 
parezca necio y vano el que supone que con palabras 
logrará encubrir la evidencia de los hechos. Las tropas 
de Dorímaco hicieron la marcha a través de la Acaya 
y llegaron inesperadamente a Cineta. Los cinetenses, 
que eran arcadios, desde hacía mucho tiempo vivían 
revoluciones continuas y formidables; había entre ellos 
muchas matanzas y destierros, y además rapiñas y re- 
distribuciones de tierras. Al final se impusieron los 
partidarios de los aqueos, y retuvieron la ciudad, si- 
tuando una guarnición en las murallas y a un aqueo 
como general de la ciudad. Así estaban las cosas, cuan- 
do poco antes de la llegada de los etolios los exiliados 


41 La Atamania es un pequeño país sin poblaciones excesi- 
vamente importantes, separada de la Tesalia y de la Etolia por 
la cordillera del Pindo; limita el N. con la Macedonia y al O. 
con el Epiro y la Ambracia; entre la Ambracia y la Etolia tenía 
una mínima salida al mar por el golfo de Ambracia. En cuanto 
al rey Aminas, Dindorf apunta que la tradición manuscrita es 
errónea, y que se debe escribir Aminandro (cf. XVI y XVIII 1). 
Tomo la referencia del P. Antonio Ramon. 

4 Esta plaza debía de encontrarse en la Mesenia, pero su 
localización no se ha logrado. 


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436 HISTORIAS 


enviaban mensajes a sus conciudadanos y solicitaban 
la reconciliación y su regreso al país. Los que regían la 
ciudad se avinieron a ello, pero enviaron legados a los 
aqueos: querían que tal reconciliación se hiciera con 
su licencia. Los aqueos asintieron de buen grado, con- 
vencidos de que así se captaban la benevolencia de 
los dos bandos, la de los que gobernaban la ciudad, 
que ya habían depositado en ellos todas sus esperan- 
zas, y la de los repatriados, que iban a alcanzar su 
salvación debido a su conformidad. Los cinetenses des- 
pidieron de su ciudad la guarnición y al general aqueo, 
se reconciliaron con los exiliados, a los que invitaron 
a regresar, en número de casi trescientos, aunque les 
exigieron las garantías tenidas como las: más sólidas 
entre los humanos. Los expatriados regresaron, y aun- 
que no encontraron causa o pretexto para recomenzar 
las diferencias, todo lo contrario, así que llegaron em- 
pezaron a conspirar contra su país y sus salvadores. 
Yo creo que en el mismo instante en el que se juraban 
mutua fidelidad encima de los animales sacrificados, 
ya entonces maquinaban una impiedad contra lo divi- 
no % y contra los que les otorgaban su confianza. En 
efecto: así que gozaron de sus derechos políticos, al 
punto se atrajeron a los etolios y les vendieron la ciu- 
dad, deseosos de destruir irremisiblemente al mismo 
tiempo a los que les habían salvado y a la ciudad que 
los crió. 

Tramaron esta empresa con una gran audacia, como 
sigue: algunos de los repatriados habían sido nombra- 
dos polemarcos *: este cargo conlleva abrir y cerrar 


4 Creo que aquí hay un argumento muy fuerte para de- 
fender las creencias religiosas de Polibio. Cf. nuestro artículo, 
BaLascH, «La religiosidad...», pág. 385. 

4 Esta palabra, etimológicamente, significa «jefe militar», 
pero jurídicamente no designaba lo mismo en todas las ciu- 
dades de Grecia. En Atenas el polemarco era el tercero de los 


LIBRO IV 437 


las puertas de la ciudad, y en el tiempo intermedio 
ser depositarios de las llaves; además pasarse el día 
de guardia en los torreones. Los etolios, ya prepara- 
dos, con las escaleras dispuestas, aguardaban la opor- 
tunidad. Los anteriormente exiliados que ejercían el 
cargo de polemarcos degollaron a sus colegas en el 
mismo torreón y abrieron el portón. Hecho esto, algu- 
nos etolios penetraron por allí, mientras otros adosa- 
ban las escaleras y con ellas forzaron el paso y se 
apoderaron de las murallas. Todos los de la ciudad, 
intimidados ante aquellos hechos, estaban apurados, 
sin saber qué hacer ante tal situación. No podían acu- 
dir ininterrumpidamente contra los que habían pene- 
trado por el portón debido a que otros entraban por 
el muro, ni podían defender adecuadamente la muralla 
a causa de los que entraban por la puerta. Los etolios 
se hicieron rápidamente con la ciudad, y en medio 
de sus injusticias realizaron una obra justísima: a los 
primeros que decapitaron fueron a los que les habían 
introducido en la ciudad y se la habían entregado; así 
se adueñaron de sus bienes %. Pero con todos los demás 
cinetenses hicieron lo mismo. Al final se instalaron en 
las casas, agujerearon los muros para descubrir teso- 
ros y torturaron a muchos cinetenses de quienes sos- 
pechaban que habían escondido algún ajuar muy va- 
lioso o alguna otra cosa de gran precio. 

Tras maltratar de esta manera a los de Cineta le- 
vantaron el campo, dejaron allí una guarnición en la 


arcontes o magistrados, en Esparta era el comandante de una 
Imora, cuerpo de cuatrocientos hombres; en Etolia sus funcio- 
nes eran más bien ciudadanas, algo así como la policía (al 
igual que los escitas atenienses). 

45 Aquí la traducción es conscientemente algo inexacta; el 
griego, traducido rigurosamente, significa «medios de vida». Pero 
hay que pensar que las víctimas de la rapiña no serían precisa- 
mente los pobres. 


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438 HISTORIAS 


muralla y avanzaron en dirección a Lusos *, Llegados 
al templo de Artemis, que está entre Clítor y Cineta, 
considerado entre los griegos como lugar de asilo, ame- 
nazaron con robar el ganado y las otras posesiones de 
la diosa. Los lusiatas fueron astutos y les dieron al- 
gunos adornos de la divinidad, con lo que conjuraron 
la impiedad de los etolios y lograron no sufrir nada 
irreparable Y. Los etolios lo aceptaron así, levantaron 
al instante el campo y lo establecieron junto a la 
ciudad de Clítor. 

En aquel mismo tiempo Arato, el general de los 
aqueos, envió legados a Filipo en demanda de ayuda, 
concentró a los reclutados y mandó llamar a las tropas 
lacedemonias y mesenias consignadas en los pactos. 


2 Los etolios primero insinuaron a los de Clítor que aban- 


donaran a los aqueos y se les aliaran. Los de Clítor 
rechazaron de plano estas propuestas, y entonces los 
etolios les atacaron; adosaron las escaleras en los mu- 
ros e intentaron tomar la ciudad. Pero los de dentro 
se defendieron con valor y audacia y los etolios ce- 
dieron ante tal situación, y alzaron el campo,'se diri- 
gieron de nuevo hacia Cineta y saquearon de paso los 
ganados de la diosa, que se llevaron. Cineta, en primer 
lugar, la dieron a los eleos, quienes no aceptaron, y 
entonces los etolios decidieron reservársela para sí 


4 Lusos estaba a medio camino entre Cineta y Clítor; ya 
se ha advertido que la primera de las ciudades no se ha loca- 
lizado. 

47 La tradición manuscrita del texto griego es aquí dudosa, 
pero lo que, en todo caso, variaría sería el valor sintáctico de 
la expresión, no su sentido, que, en líneas generales, es el 
mismo siempre. Otra traducción posible es: «conjuraron la 
impiedad de los etolios para no sufrir nada irreparable». Aquí 
me aparto de la lectura de Biittner-Wobst, que abona la segunda 
traducción, y admito la de FoucauLrt, Polybe, TI, ad loc., que 
me parece, sintácticamente, más coherente (me refiero al texto 
griego, claro está). 


LIBRO IV 439 


mismos, y nombraron a Eurípidas gobernador de la 
plaza. Pero después temieron ante el anuncio de la 
expedición de los macedonios, por lo que incendiaron 
la ciudad y se retiraron, marchando de nuevo en di- 
rección a Rion *, pues habían decidido hacer por aquí 
la travesía. Taurión se enteró de la incursión de los 
etolios y de los hechos de Cineta, y al ver además que 
Demetrio de Faros había zarpado de las islas en direc- 
ción a Cencreas *%, le exhortaba para que apoyara a los 
aqueos, transportara sus esquifes a través del Istmo 


y acechara la travesía de los etolios. Demetrio regre-. 


saba de las islas con más provecho que gloria, puesto 
que los rodios le seguían de cerca, de modo que aten- 
dió con agrado la propuesta de Taurión, quien sufragó 
los gastos originados por el transporte de los esqui- 
fes. Demetrio, pues, atravesó el Istmo, pero llegó dos 
días después del paso de los etolios: saqueó algunos 
parajes de la costa etolia y zarpó de nuevo hacia 
Corinto. Los lacedemonios descuidaron culpablemente 
el envío de ayuda a que les obligaba el pacto; manda- 
ron unos destacamentos mínimos de infantería y de 
caballería, con lo que querían salvar las apariencias. 
Arato, que mandaba a los aqueos, en aquella ocasión 
pensó de manera más política que militar: hasta en- 
tonces permaneció a la expectativa. No olvidaba el de- 
sastre reciente, y aguardó a que Escopas y Dorímaco, 
tras la ejecución de todos sus planes, regresaran a su 
país, aunque lo hicieran por lugares estrechos, donde 
un ataque era fácil: sólo necesitaban de un toque de 
clarín. 

Los cinetenses, a los que los etolios habían causado 
grandes desgracias e infortunios, lo tenían mucho más 


48 Aquí Rion es un nombre aceptable. Cf. la nota 17 de este 
libro. 
49 Pequeña localidad al S. de Argos. 


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440 HISTORIAS 


merecido que todos los demás; así pensaba todo el 
mundo. 
El conjunto de los pueblos de 
Carácter de los la Arcadia goza de cierta fama de 
arcadios. Digresión virtud entre todos los griegos no 
sobre la música sólo por su humanitarismo y la 
hospitalidad % de sus usos y cos- 
tumbres, sino ante todo por su respeto ante lo divino. 
Por esto merece la pena investigar un poco el salva- 
jismo de los cinetenses y cómo, siendo innegable que 
eran arcadios, en aquella ocasión su ferocidad y su 
perfidia sobrepasaron en mucho a las de los demás 
griegos. 

Yo creo que fue porque los cinetenses fueron los 
primeros, y los únicos arcadios, que abandonaron algo 
que los antiguos habían instituido de manera admira» 
ble y muy adecuado por su propia naturaleza a todos 
los que habitan la Arcadia: a todos los hombres les 
es útil practicar la música, esto es, la verdadera mú- 
sica, pero a los arcadios les es imprescindible. No de- 
bemos dar crédito a la afirmación, indigna de él, que 
hace Éforo5! en el proemio de la Historia General, 
donde establece que la música ha sido introducida en- 
tre los hombres para seducirles y engañarles. Tampoco 
debemos creer que los antiguos cretenses y lacedemo- 
nios adoptaran sin ningún fundamento la flauta y el 


50 Todavía hoy la Arcadia, llamada la Suiza griega, porque 
es la única región griega que no sale al mar y es, además, mon- 
tuosa, es un país eminentemente agrícola. Sus alquerías o casas 
de campo, que recuerdan las masías catalanas, acostumbran a 
tener plantados, alrededor de la casa, una hilera de cipreses. 
El número de tales árboles significa el número de personas que, 
en caso de necesidad, puede albergar hospitalariamente la al- 
quería. 

51 Bforo de Cime, historiador griego procedente del Asia 
Menor. Fue discípulo de Isócrates. Vivió en el siglo tv a. C., sin 
que se pueda precisar más. Su obra se ha perdido. 


LIBRO IV 441 


ritmo para la guerra, en sustitución de la trompeta, 
ni que los arcadios primitivos incorporaran porque 
sí en su vida pública la música hasta tal punto que la 
hicieran como nodriza no sólo de los niños, sino aun 
de los jóvenes hasta los treinta años, a pesar de la 
gran austeridad con que vivían en todo lo demás. 

Es cosa reconocida y notoria que casi sólo entre 
los arcadios la ley 2 fuerza a los niños a acostumbrar- 
se ya desde su primera infancia a entonar himnos y 
peanes * con los cuales cada uno, según costumbres 
ancestrales, glorifica a los dioses y héroes del país. 
Posteriormente aprenden los aires de Filóxeno y de 
Timoteo *, y danzan en los teatros cada año, en las 
Dionisíacas 3, con gran emulación, acompañados por 
flautistas profesionales, los niños en competiciones in- 
fantiles y los jóvenes en las llamadas varoniles. 

E igualmente durante toda su vida, cuando organi- 
zan banquetes, llaman poco a cantores extranjeros; se 
llaman más entre sí, e imponen a cada uno que cante 


52 Aquí el texto griego es ambiguo, y se presta a dos sen- 
tidos: a) que la ley obliga a los niños a que aprendan música, 
o bien b) que se habitúa a los niños a cantar según las leyes 
de la música. Parece más lógica la primera interpretación. 

53 El peán era un canto solemne, ordinariamente polifónico, 
que se cantaba en ocasiones adecuadas, especialmente en honor 
de Apolo, pero también de otras divinidades. Homero ya lo 
menciona en sus poemas. Podía ser canto fúnebre, de gozo, de 
guerra, etc. 

5 Filóxeno de Citera (435-380) vivió en la corte de Dionisio 
el Tirano; era poeta ditirámbico. Timoteo, poeta y músico, fue 
contemporáneo suyo (450/360). Con él, acaba la gran poesía 
lírica griega. Los griegos conocían de oídas al autor de una 
melodía; cf. la primera escena de la comedia de ARISTÓFANES 
Los Acarnienses. 

5 Las fiestas en honor de Dionisio (el Baco de los latinos) 
se celebraban en diversas épocas del año, y su elemento prin- 
cipal eran las representaciones teatrales, aunque había también 
canto y danza. Sobre las Dionisíacas de Atenas, cf. MANUEL 
BaLasch, Aristófanes, 1, Barcelona, 1969, págs. 41-42. 


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442 HISTORIAS 


cuando le corresponda. No sienten vergiienza de con- 
fesar su ignorancia si se trata de otros conocimien- 
tos, pero no pueden negarse a entonar una canción, 
puesto que todos las aprendieron por obligación; no 
pueden tampoco reconocer que las saben, pero negarse 
a ejecutarlas: es entre ellos una cosa humillante. Los 
jóvenes se ejercitan en marchas militares al son de 
la flauta, en buen orden, y se entrenan en las danzas 
para ofrecer un espectáculo a sus conciudadanos todos 
los años en el teatro, a iniciativa del estado, que su- 
fraga los gastos. 

Creo que los antiguos introdujeron estas costum- 
bres no como un lujo o como algo superfluo, sino 
porque veían que cada uno trabajaba por su cuenta, y 
que la vida se les hacía dura y difícil; consideraron 
además la austeridad de costumbres que les ha tocado 
como consecuencia de la pobreza del medio y de la 
tristeza casi general de la región circundante, caracte- 
rísticas a las que todos los hombres hemos acabado 
por asimilar nuestra naturaleza. Es por ésta, y no por 
otra causa, por la que nos diferenciamos muchísimo 
unos de otros según las razas y los usos % de todo tipo 
en costumbres, talla y pigmentación, y aun en la ma- 
yoría de las actividades. Los antiguos arcadios querían 
suavizar y templar la dureza y la severidad de la na- 
turaleza, y por ello introdujeron el arte musical, y ade- 
más establecieron que la mayoría de las asambleas y 
sacrificios fueran comunes, sin diferencias para hom- 
bres y mujeres, e instituyeron también coros de don- 
cellas y de muchachos. Lo idearon todo, en suma, con 


56 El sentido griego de la palabra diástasis es aquí incierto; 
siguiendo a Schweigháuser, lo he traducido por «uso», muy 
afín a «institución». Walbank y Foucault interpretan el término 
en sentido temporal: las (grandes) distancias que nos separan 
a unos de otros. Pero es evidente que las instituciones «sepa- 
ran» a unos pueblos de otros. 


LIBRO IV 443 


el interés de amansar y de dulcificar por la institución 
de unas costumbres la rudeza de su espíritu. Los ci- 
netenses menospreciaron esto finalmente cuando en 
verdad necesitaban al máximo de esta ayuda, puesto 
que tienen el clima y el relieve peores de toda la Arca- 
dia. Además, impulsados por ofensas y por envidias 
mutuas, acabaron por convertirse en tan salvajes que 
en ninguna de las ciudades griegas hubo impiedades 
mayores ni más continuas. He aquí una prueba de la 
desgracia de los cinetenses en este punto concreto y 
de la aversión de los arcadios restantes hacia sus 
prácticas. 

En aquella ocasión ” en que los cinetenses cometie- 
ron la gran matanza, enviaron mensajeros a los lace- 
demonios: en las ciudades arcadias en las que entraron 
durante su marcha, todas las demás les echaron al 
punto por medio de heraldos, y los de Mantinea, cuan- 
do los cinetenses ya se hubieron ido, hicieron una 
purificación ritual y llevaron en círculo a las víctimas 
por toda su ciudad y todo su territorio. 

Debíamos decir esto para evitar que una sola ciudad 
acarree calumnias a todo el linaje de los arcadios, y 
también para que no haya en Arcadia habitantes que 
crean que Casi siempre la música se ejercita entre 
ellos como algo superfluo, y se apresten a desdeñar su 
cultivo. Y también de cara a los cinetenses, para que, 
si el dios les da buena suerte, se humanicen volvién- 
dose hacia la educación, y de ella principalmente a la 
música. Sólo así podrán acabar con el salvajismo que 
entonces se adueñó de ellos. Nosotros, tras haber ex- 
puesto los sucesos de los cinetenses, regresamos al 
punto donde iniciamos esta digresión. 


57 De todo lo que aquí cuenta Polibio no conocemos nada 
que no sea por él. En realidad, la historia de Cineta nos es 
desconocida. 


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444 HISTORIAS 


Los etolios, pues, tras realizar 
todo esto en el Peloponeso, regre- 
saron sin peligro a su territorio. 
Filipo, que acudió con tropas en 
ayuda de los aqueos, se presentó 
en Corinto, pero demasiado tarde, por lo que envió 
correos a todos los aliados; les urgía que enviaran in- 
mediatamente legados a Corinto para deliberar sobre 
los intereses comunes. Él mismo levantó el campo y se 
dirigió a Tegea, sabedor de que los lacedemonios se 
habían enzarzado en revoluciones internas y matanzas. 
Acostumbrados a ser gobernados por reyes y a obede- 
cer en todo a sus jefes, los lacedemonios, liberados 
entonces inesperadamente por Antígono, ya no tenían 
un rey entre ellos, por lo que se peleaban; suponían 
que todos tenían el mismo derecho a gobernar. Al 
principio dos de los éforos no manifestaban su opi- 
nión, pero los otros tres, convencidos de que por su 
juventud Filipo no podría jamás poner orden en la 
situación del Peloponeso, se habían hecho partidarios 
de los etolios. Pero cuando, contra lo que ellos espera- 
ban, los etolios desaparecieron a marchas forzadas del 
Peloponeso y Filipo se presentó todavía más aprisa 
desde Macedonia, los tres éforos desconfiaron de uno 
de los dos restantes, de Adimanto; éste conocía todos 
sus planes y no estaba muy de acuerdo con lo que es- 
taba pasando. Los tres éforos temían que, una vez 
Filipo allí, Adimanto le delatara todo lo que se había 
tramado. En connivencia con algunos jóvenes, estos 
éforos pregonaron por heraldos que los que estaban en 
edad militar se presentaran con sus armas en el templo 
de Atenea Calcieca %, como si los macedonios estuvie- 


Filipo, en el 
Peloponeso 


58 Calcieca significa «la de casa de bronce». Las ruinas de este 
templo han sido descubiertas en el N. de la Acrópolis de Es- 
parta. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc. 


LIBRO IV 445 


ran a punto de llegar a la ciudad. Ante cosa tan inespe- 
rada, los convocados se concentraron al punto. Adiman- 
to, disgustado por lo ocurrido, se adelantó e intentó 
exhortar y hacer comprender «que era antes cuando 
debían haberse ordenado estos pregones y estas con- 
centraciones, cuando oíamos que los etolios, nuestros 
enemigos, se acercaban a las fronteras de nuestro país, 
y no ahora, cuando nos enteramos de que los macedo- 
nios, que son nuestros bienhechores, nuestros salvado- 
res, se nos aproximan con su rey». Insistía todavía en 
este punto cuando los jóvenes conjurados se abalanza- 
ron sobre él y le mataron, y con él a Estenelao, a Alcá- 
menes, a Tiestes, a Biónidas y a muchos más ciudada- 
nos. Polifonte, y otros con él, previeron astutamente 
lo que iba a ocurrir y se pasaron a Filipo. 

Después de esto los éforos que quedaban en fun- 
ciones enviaron al punto a Filipo unos que acusaran 
a los asesinados y que le pidieran que retrasara su 
llegada hasta que la ciudad se hubiera recobrado de 
la revolución pasada; debían informarle también de 
que se proponían mantener toda su justicia y humani- 
dad para con los macedonios. Los legados encontraron 
al rey que estaba ya junto al monte Partenio*”, y ha- 
blaron según sus instrucciones. El rey les escuchó e 
indicó a los que habían llegado que regresaran inmedia- 
tamente a su país y que comunicaran a los éforos que 
él no interrumpiría su avance y que acamparía en 
Tegea; creía que los éforos debían mandarle sin tar- 
danza hombres prestigiosos que trataran con él aquella 
situación. Los que habían salido al encuentro de Fi- 
lipo hicieron lo que se les decía, y los jefes de los 
lacedemonios, al oír la solicitud del rey, le mandaron 
diez hombres. Éstos se dirigieron a Tegea y se presen- 


5 Situado entre Tegea y Argos. La primera de estas ciu- 
dades está en el centro de la Arcadia. 


10 


11 


12 


446 HISTORIAS 


taron en el consejo del rey, presididos por Omias. 
Allí acusaron a Adimanto y a los suyos como culpa- 
bles de la revuelta; prometieron a Filipo cumplir lo 
estipulado en la alianza, y en cuanto a su adhesión a 
Filipo, no ceder en ella ante nadie, ni aun ante los que 
parecieran ser sus amigos más verdaderos. Los lacede- 
monios manifestaron esto y otras cosas por el estilo 
y se retiraron, pero los participantes en el consejo di- 
ferían en sus opiniones. Algunos, conocedores de la 
perfidia de los espartanos y convencidos de que Adi- 
manto y los suyos habían perecido por su adhesión 
hacia ellos, y de que los lacedemonios proyectaban 
hacer causa común con los etolios, aconsejaban a Fi- 
lipo hacer un escarmiento con aquéllos tratándoles de 
la misma manera que Alejandro había tratado a los 
tebanos así que recibió el imperio %, Otros, en cambio, 
entre los más ancianos, afirmaban que una cólera así 
era excesiva ante lo ocurrido: lo que se debía hacer 
era Castigar a los culpables, destituirles y poner el 
mando y el gobierno en manos de amigos del rey. 
Finalmente habló el rey, si es que pueden atri- 
buirse al rey los pareceres de entonces, ya que no es 
natural que un muchacho de diecisiete años pueda to- 
mar decisiones acertadas en cuestiones de tal enver- 
gadura. Pero a los historiadores nos corresponde atri- 
buir a los jefes supremos las opiniones determinantes 
de las decisiones. Quienes las oyen, sin embargo, deben 
entender que es natural que tales argumentos y deci- 
siones correspondan a los que rodean al rey familiar- 
mente, y sobre todo a sus consejeros, en cuyo caso lo 
más normal será atribuir a Arato el parecer manifes- 
tado por el rey. Filipo dijo que las injusticias que entre 


60 Se refiere a Alejandro Magno, que, en el año 335, aplastó 
un levantamiento de los tebanos contra él y mandó arrasar la 
ciudad, a excepción de la casa del poeta Píndaro. 


LIBRO IV 447 


sí cometieran los aliados, le correspondía a él corre- 
girlas sólo de palabra o por escrito, con amonestacio- 
nes, y que sólo, añadió, «lo que dañaba a la alianza 
común necesitaba de una corrección y castigo por parte 
de todos. Públicamente, los lacedemonios no han per- 
judicado a la alianza común, y han anunciado que se 
comportarán con nosotros con toda justicia y así re- 
sultaría indecoroso disponer contra ellos algo irrepa- 
rable». En efecto, dijo que sería absurdo que si su 
padre, que les venció cuando eran enemigos, no les 
trató mal, él, en cambio, maquinase contra ellos, por 
una cosa tan pequeña, algo irremediable. Se impuso, 
pues, el parecer de que debía pasarse por alto lo ocu- 
rrido, y rápidamente el rey mandó a Petrayo, uno de 
sus familiares, junto con Omias y sus hombres, a com- 
prometer al pueblo espartano a favor de la adhesión 
hacia él y hacia los macedonios, y para que, al mismo 
tiempo, dieran y recibieran los juramentos de alianza. 
Él mismo, con su ejército, levantó el campo y se di- 
rigió a Corinto. En su decisión tocante a los lacedemo- 
nios había dado a los aliados un bello ejemplo de su 
espíritu político. 
Filipo acogió, pues, a los que le 
llegaban a Corinto desde las ciu- 
Inicio de la guerra dades aliadas, se reunió con ellos 
y les consultó qué debía hacer y 
cómo se debía proceder con los 
etolios. Los beocios les acusaron de que en tiempo de 
paz habían saqueado el templo de Atena Itona*!, los 
focenses de que habían salido en campaña contra Am- 
briso y Daulio % con el fin de conquistar estas ciuda- 
des, los epirotas de que les habían devastado el país. 


6l Este templo estaba en Coronea, y en él se celebraban 
los juegos beocios, de los que no sabemos casi nada. 

é2 Ciudades situadas en las estribaciones orientales del 
Parnaso; el ataque se produjo entre los años 228/224. 


448 HISTORIAS 


Los acarnanios expusieron de qué modo los etolios 
habían organizado una acción contra Turio %, y aún se 
habían atrevido a atacar, de noche, la ciudad. Además 
de todo ello los aqueos les reprochaban que habían 
ocupado Clario, en el territorio de Megalópolis, que 
en su marcha habían talado el país de los patreos y 
el de los fareos, que habían expoliado Cineta y, en 
Lusos, el templo de Artemis, que habían asediado Clí- 
tor; por mar habían acechado la ciudadela de Pilos y por 
tierra Megalópolis justo cuando empezaba a repoblarse, 
pues querían destruirla otra vez, ahora con el con- 
curso de los ilirios. Los diputados de los aliados oye- 
ron todo esto y decretaron por unanimidad declarar 
la guerra a los etolios. Encabezaron el decreto con las 
causas citadas, y añadieron la declaración. Acordaron 
que los aliados se prestarían ayuda mutua en el caso 
de retención, por parte de los etolios, del territorio o 
de la ciudad de algunos de ellos contando a partir de 
la muerte de Demetrio, el padre natural 4% de Filipo. 
Decretaron igualmente que restablecerían en todas 
partes las constituciones patrias en las ciudades que 
contra su voluntad se habían visto forzadas a ingresar 
en la Confederación etolia: los ciudadanos poseerían 
sus ciudades y territorios sin guarniciones, sin pagar 
tributos, como hombres libres, y vivirían según las 
leyes e instituciones ancestrales. Y redactaron en el 
decreto que se ayudaría a los anfictiones % a restable- 


63 La Acarnania es la región más occidental de la Grecia 
central; la plaza de Turio es ilocalizable. Walbank ni tan si- 
quiera la cita en su comentario. 

6 Cuando se dice de Amílcar Barca que es padre natural 
de Aníbal (III 9, 6), o aquí que Demetrio Il de Macedonia 
fue padre natural de Filipo V, se indica solamente que no son 
hijos adoptivos. Los griegos conocieron también la categoría 
de hijos ilegítimos, pero entre ellos no equivalía a nuestro con- 
cepto de hijos naturales. 

65 Los anfictiones eran los diputados de las ciudades grie- 


LIBRO Iv 449 


cer sus leyes y el dominio de su templo, del que los 
etolios les habían privado con la intención de disponer 
por sí mismos de los asuntos de este santuario. 

Se aprobó este decreto en el año primero de la 
Olimpíada ciento cuarenta %, y con ello la llamada 
Guerra Social se inició de modo justo para reparar las 
injusticias cometidas. Los diputados enviaron inmedia- 
tamente legados a los aliados para que en cada ciudad 
el pueblo ratificara el decreto, y así todos desde su 
país hicieran la guerra a los etolios. A éstos, Filipo 
les mandó una carta aclarándoles que si tenían algo 
justo para decir contra aquellas acusaciones, todavía 
ahora podía haber una reunión y saldar las diferencias 
mediante negociaciones. Pero si habían supuesto que 
el hecho de que lo expolien y lo saqueen todo sin 
ningún tipo de declaración previa haría que las víc- 
timas no fueran protegidas, y que, en el caso de serlo, 
ellas iban a ser consideradas como causantes de la 
guerra, los etolios serían los más necios de los hom- 
bres. Cuando los jefes etolios recibieron esta carta, 
primero creyeron que Filipo no acudiría, y así fijaron 
un día determinado en el que se presentarían en Rion. 
Pero cuando supieron que Filipo se había presentado, 
enviaron un correo que aclarara que antes de la asam- 
blea de los etolios ellos no podían decidir nada por su 
cuenta referente a los asuntos generales. Los aqueos 
se reunieron en la asamblea correspondiente, aproba- 
ron el decreto y autorizaron los saqueos contra los 
etolios. El rey se presentó en la asamblea de Egio e 
hizo un largo discurso que los aqueos acogieron con 


gas reunidos en confederación política y religiosa; sus asam- 
bleas se reunían en Delfos durante la primavera y en Antela 
(casi en el golfo de Malia, en su parte meridional) en el otoño. 
Su función consistía en velar por los intereses comunes de 
Grecia. 

66 El 220. 


38. — 29 


450 HISTORIAS 


agrado, y renovaron con el propio Filipo los sentimien- 
tos de amistad existentes ya con sus antepasados. 

En aquella época correspondía a los etolios elegir 
sus magistrados, y nombraron general a Escopas, pre- 
cisamente el culpable de todos los crímenes aducidos. 
Yo no sé cómo calificar esta elección. Pues hacer la 
guerra sin declaración, pero atacar con el ejército ín- 
tegro %, llevarse las propiedades de los vecinos, no cas- 
tigar a los culpables, al contrario, honrar y elegir por 
generales a los cabecillas de tales acciones, todo esto 
me parece que rebasa cualquier malignidad. ¿Qué otro 
nombre se podría aplicar a tales crímenes? Lo que sigue 
atestigua mis afirmaciones. Cuando Fébidas tomó a 
traición la plaza de Cadmea %, los lacedemonios cas- 
tigaron al culpable, pero no retiraron la guarnición, 
como si la injusticia se compensara con el daño de su 
causante: se debía hacer lo contrario, que era lo que 
realmente interesaba a los tebanos. Otra vez, cuando 
la paz de Antálcidas %, proclamaron que devolverían la 
libertad y la autonomía a las ciudades, pero no revo- 
caron a los harmostes 7. Echaron de su ciudad a los 
de Mantinea, aliados y amigos suyos, y afirmaron que 
no eran injustos con ellos, ya que les dispersaban de 


67 Cf. la nota 146 del libro IT. 

é8 Cadmea era la acrópolis o ciudadela de Tebas, que, según 
la tradición, había sido construida por el héroe legendario 
Cadmo. Fébidas era un general espartano que la tomó en el 
año 383. 

69 Por la paz de Antálcidas (386), llamada también paz del 
Rey, porque el emperador persa Artajerjes la impuso a los 
griegos, se disuelve la liga Beocia, y se determinan las esferas 
de influencia de Esparta y de Atenas; la ciudad de Mantinea, 
que es la que aquí interesa, fue demolida y sus habitantes 
esparcidos por los antiguos poblados que la habían convertido 
en una plaza fuerte. Cf. nota 20 del libro I. 

7% Los harmostes eran los gobernadores militares impuestos 
por los espartanos en las plazas que ocupaban. 


LIBRO IV 451 


una a muchas poblaciones. Es una maldad tan igno- 
rante como evidente”! la del que cree que si él cierra 
los ojos los vecinos no ven nada. A ambos estados, 
Esparta y Etolia, esta mala política les fue causa de 
los máximos desastres, y así los que reflexionan recta- 
mente no deberán jamás emularla, ni en privado ni en 
público. 

El rey Filipo ajustó los tratos con los aqueos, le- 
vantó el campo con su ejército y se dirigió a Macedonia. 
Quería efectuar los preparativos bélicos. Con el decre- 
to citado dio bellas perspectivas de una clemencia y 
una magnanimidad verdaderamente reales no sólo a 
los aliados, sino a todos los griegos. 

Todo esto se realizó en el mis- 

mo tiempo en que Aníbal, dueño 

Sincronismo va de todo el país al sur del Ebro, 

se disponía a atacar la ciudad de 

Sagunto. Si las primeras tentati- 

vas de Aníbal hubieran sido contemporáneas con las 
acciones de Grecia, es evidente que hubiéramos debido 
tratar estas últimas yuxtaponiéndolas a las otras del 
libro anterior, tras establecer un paralelismo con los 
asuntos de España, siguiendo un orden cronológico. 
Pero puesto que las operaciones de Italia, las de Gre- 
cia y las de Asia han tenido en sus guerras unos prin- 
cipios particulares, aunque el final haya coincidido en 
el tiempo, decidimos hacer la narración también por 
separado, hasta llegar a aquel momento en el que las 
empresas citadas se entrelazan y empiezan a tender a 
una única conclusión. Así la exposición de los inicios 
será siempre más clara y más evidente el enlace que 


71 En realidad, el texto griego presenta aquí una laguna que 
los editores restituyen cada uno a su manera. La laguna es 
larga, de toda una línea del manuscrito, lo que hace que sólo 
se pueda intuir vagamente el sentido de lo omitido. Aquí se 
traduce según la restitución de Bittner-Wobst. 


10 


452 HISTORIAS 


hemos indicado, pues mostraremos cómo, cuándo y 
por qué razones se ha dado. Lo que seguirá será ya 
historia general. 

El enlace de estas empresas se dio hacia el final de 
esta guerra, en el año tercero de la Olimpíada ciento 
cuarenta ”. Por eso expondremos los sucesos siguien- 
tes de un modo general, según el orden cronológico, 
y los anteriores por separado, como ya dije, sólo que 
en cada ocasión recordaremos lo ya explicado en el 
libro anterior. Así a los que atienden la narración les 
resultará no sólo fácil de seguir, sino también impo- 
nente. 

Mientras pasaba el invierno en 
Macedonia Filipo alistó con sumo 
cuidado a las tropas para la em- 
presa inminente. Al propio tiem- 
po aseguró sus fronteras contra 
los bárbaros que estaban junto a su país. Posterior- 
mente se reunió con Escerdiledas, se puso audazmente 
en sus manos y trató con él de amistad y de alianza. 
Le prometió, por un lado, que le apoyaría en sus ope- 
raciones contra la lliria, y por otro acusó a los etolios, 
fáciles de acusar; no le costó nada convencerle de que 
cediera a sus requerimientos. En efecto: las injusticias 
cometidas por las naciones se diferencian de las priva- 
das sólo por el número y la magnitud de sus conse- 
cuencias. En la vida privada, la asociación de sinver- 
gienzas y ladrones suele fracasar porque no se tratan 
con justicia unos a otros; en suma, por faltar a la 
palabra dada entre sí. Y es lo.que entonces ocurrió a 
los etolios, que habían pactado con Escerdiledas que 
le darían parte del botín si invadía con ellos la Acaya. 
Él se dejó convencer, y los ayudó; entre todos saquea- 
ron la ciudad de los cinetenses, cogieron prisioneros y 


Los preparativos 
bélicos 


72 El año 218. 


LIBRO IV 453 


ganado en gran cantidad, pero entonces los etolios no 
hicieron partícipe en nada a Escerdiledas de lo que 
habían cogido. Esto suscitó en él una cólera oculta. 
Filipo hizo una breve alusión al hecho, que Escerdile- 
das recogió al punto, y se dispuso a entrar en la alian- 
za general, a condición de cobrar veinte talentos anua- 
les y de luchar contra los etolios por mar, por lo que 
zarparía con veinte esquifes. 

Filipo, pues, se dedicaba a es- 


Actitud de los tas negociaciones. Los emba- 
acarnanios y jadores enviados a los aliados 
de los epirotas llegaron en primer lugar a la 


Acarnania y se entrevistaron con 
los jefes. Los acarnanios ratificaron noblemente el de- 
creto, y desde su país hicieron la guerra a los etolios, 
a pesar de que más que con cualquier otro se hubiera 
debido tener indulgencia con ellos si por temor hubie- 
ran diferido o, incluso, omitido la guerra contra sus 
vecinos. En efecto: están situados en la frontera etolia 
y reducidos a sus solas fuerzas resultan fácilmente 
superables. Téngase en cuenta ante todo que hacía 
muy poco que habían sufrido una experiencia terrible 
por el odio que profesaban a los etolios. Pero tanto en 
la vida privada como en la pública no hay nada que 
los hombres nobles valoren tanto como el deber, cosa 
que los acarnanios han observado casi siempre en 
grado no menor al de cualquier otro griego, a pesar de 
la pequeñez de su fuerza. Nadie, pues, debe vacilar, en 
momentos difíciles, en aliarse, para sus empresas, con 
los acarnanios no menos que con los otros griegos, 
pues tanto en la vida privada como en la pública tienen 
firmeza y amor a la libertad. Los epirotas, por el con- 
trario, cuando hubieron oído a los embajadores, rati- 
ficaron de modo semejante el decreto, pero votaron 
hacer la guerra a los etolios cuando el rey Filipo la hu- 
biera iniciado. Y a los embajadores de los etolios les 


31 


454 HISTORIAS 


declararon que habían decidido mantener la paz con 
ellos, actuando de manera equívoca e innoble. 

Los aqueos enviaron también legados al rey Pto- 
lomeo” a solicitar de él que no enviara dinero a los 
etolios y que no les aprovisionara de nada que per- 
judicara a Filipo y a sus aliados. 

Los mesenios, por cuya causa 
comenzó la guerra, respondieron 
a los embajadores aqueos que Fi- 
galea está en su frontera, pero 
que los etolios la retienen; ellos 
no iniciarían la guerra hasta que la plaza les fuera 
arrebatada a los etolios. Impusieron esta respuesta, 
contra el parecer del pueblo, los éforos en funciones, 
Enis y Nicipo y algunos otros del grupo oligárquico, 
unos ignorantes, al menos en mi opinión, que se apar- 
taron grandemente de una decisión correcta. Yo afir- 
mo que la guerra es algo terrible, pero no tanto, en 
modo alguno, que debamos soportarlo todo antes de 
entrar en un conflicto bélico. ¿Por qué nos enorgulle- 
cemos tanto de la igualdad, de la libertad de expresión, 
de la misma palabra libertad si luego no hay nada 
preferible a la paz? Desaprobamos a los tebanos su- 
pervivientes de las guerras médicas porque se aparta- 
ron de la lucha en pro de Grecia y eligieron, por miedo, 
la causa persa, y no alabamos a Píndaro, quien estuvo 
de acuerdo con ellos en que se mantuviera la paz en 
estos versos: 


Reacción de 
los mesenios 


Quien pretenda situar en la calma 

la comunidad de los ciudadanos, que busque 
de la magnánima tranquilidad 

la espléndida luz”. 


13 Ptolomeo IV Filopátor (221-204?). Cf. nota 180 del libro II. 
74 Es el fr. 109 de PÍNDARO en la edición de BERGK. 


LIBRO IV 455 


De momento dio la impresión de hablar persuasi- 
vamente, pero muy poco después se comprobó que 
había hecho la afirmación más perniciosa y vergon- 
zosa, pues la paz con justicia y decoro es la más bella 
y provechosa de las adquisiciones, pero si la acompa- 
ñan la maldad o la esclavitud censurables, es lo más 
vergonzoso y perjudicial de todo. 

Los jefes de los mesenios, de tendencia oligárquica, 
se guiaban por su provecho particular e inmediato, y 
tenían siempre a la paz en una estimación excesiva. 
Por ello, aunque se habían encontrado en situaciones 
críticas, lograron bastantes veces eludir horrores y 
peligros, pero esta política les acumuló cada vez más 
lo más duro de aquellos horrores, y fueron los causan- 
tes de que su patria debiera afrontar las desgracias 
más grandes. Creo que la causa es la siguiente: eran 
vecinos de los dos pueblos más importantes del Pelo- 
poneso, por no decir de toda Grecia, de los arcadios y 
los laconios. Uno de éstos les fue siempre enemigo 
irreconciliable desde que ellos ocuparon el país, el otro 
les fue amigo y protector. Ahora bien: los mesenios 
no dieron un tratamiento noble ni a su enemistad con- 
tra los lacedemonios ni a su amistad con los arcadios. 
Cuando los lacedemonios estaban en guerra civil o 
contra un tercero, ello les ocupaba, y ocurría lo que 
convenía a los mesenios, quienes siempre estaban en 
paz y sin peleas con los vecinos; su territorio no estaba 
en el lugar del conflicto. Pero cada vez que los lace- 
demonios estaban en paz y sin problemas, se dedicaban 
a dañar a los mesenios. Entonces éstos eran incapaces 
de afrontarles, porque los lacedemonios son potentes, 
pero los mesenios tampoco se habían ganado amigos 
verdaderos, por lo cual o bien se veían forzados a so- 
portar el peso de la servidumbre, o bien, si querían 
rehuir la esclavitud, debían exiliarse, dejando su país 
con sus mujeres y sus hijos. Esto último lo sufrieron 


456 HISTORIAS 


9 muchas veces y en tiempos no lejanos. ¡Ojalá que el 
estado actual del Peloponeso continúe prosperando, 
para que nadie necesite del consejo que les voy a dar! 

10 Pero si vuelven a verse poseídos por perturbaciones y 
cambios, para los mesenios y los megalopolitanos sólo 
veo una esperanza de que conserven su país por más 
tiempo: que, según el parecer de Epaminondas ”, se 
pongan de acuerdo y se alíen sinceramente, unos y 
otros, en todo tiempo y ocasión. 

3 Este consejo se ve innegablemente confirmado por 

2 hechos antiguos. Entre otras muchas cosas, los mese- 
nios dedicaron en tiempos de Aristómenes”$ incluso 
una estela junto al altar de Zeus Lobuno”; en ella gra- 
baron la inscripción siguiente: 


3 Halló el tiempo un castigo contra un mal rey, no lo dudes, 
y Mesenia el traidor, con el concurso de Zeus, 
cómodamente. No es fácil que al dios eluda un perjuro. 
¡Salve, rey Zeus, paladín! ¡Sé de la Arcadia tutor! 


4 Fue cuando se vieron privados de su patria cuando 
grabaron esta inscripción en la que suplican a los dioses 
que salven la Arcadia como si se tratara, creo yo, de 

5 una segunda patria. Y obraron así con razón, pues los 
arcadios no sólo acogieron a los mesenios huidos de 
su patria tras el desastre de la guerra de Aristómenes, 
y les hicieron ciudadanos partícipes de sus propios 
hogares, sino que decretaron dar a sus hijas en matri- 

6 monio a los mesenios que estuvieran en edad. Además, 


75 Esta opinión del famoso general tebano sólo la cita Po- 
tibio. 

76 Aristómenes es un personaje antiguo, y muy obscuro, del 
siglo vIi, o quizás del vI, pero no posterior. 

71 Este altar estaba en el monte Liceo, en la Arcadia, hacia 
el S. de la montaña. 


LIBRO IV 457 


al descubrir la traición del rey Aristócrates en la ba- 
talla llamada de Tafro”, le ejecutaron y extinguieron 
todo su linaje. Pero no es preciso remontarnos tan 
lejos: los últimos hechos después del sinecismo ”? entre 
Megalópolis y Mesene pueden ofrecer suficiente garan- 
tía acerca de nuestras afirmaciones. En aquellos tiem- 
pos en que tras la batalla de Mantinea no era clara la 
victoria de ningún griego debido a la muerte de Epa- 
minondas, los lacedemonios se oponían a que los me- 
senios participaran en los pactos, pues abrigaban la 
esperanza de apoderarse de la Mesenia. Sin embargo, 
los megalopolitanos y todos sus aliados de Arcadia pu- 
sieron tanto empeño en que los aliados aceptaran a los 
mesenios y éstos participaran en pactos y juramentos, 
que lo lograron; los lacedemonios fueron los únicos 
excluidos del tratado. Quien piense, en el futuro, en 
todo esto, ¿no juzgará que hemos dicho con razón lo 
que acabamos de exponer? 

Tenía que decir esto por los arcadios y los mese- 
nios, para que recuerden las calamidades que los lace- 
demonios han hecho caer sobre sus patrias, y manten- 
gan sinceramente la lealtad y la confianzas mutuas. No 
deben abandonarse al miedo Y ni desear excesivamente 
la paz; no deben dejarse en la estacada, unos a otros, 
en los momentos críticos. 





78 Cf. Pausanias, IV 17 y 22. Tomado como substantivo co- 
mún, Tafro significa «fosa»; algunos traducen «la batalla de 
la Fosa». 

7 Sinecismo o fundación. FoucauLt, Polybe, TIL, ad loc., 
traduce erróneamente «reagrupación». Cf. WALBANK, Commentary, 
ad loc. 

$ El miedo de la guerra. Pero se sobreentiende suficiente- 
mente, por lo que es excesivo ponerlo entre paréntesis en el 
cuerpo de la traducción, como hace Foucault. 


10 


11 


12 


458 HISTORIAS 


Los lacedemonios —pues esto 

se enlaza con lo anteriormente 

En la Lacedemonia  expuesto— acabaron haciendo *! 
lo que es usual en ellos: despa- 

charon sin respuesta a los emba- 

jadores de los aliados: su maldad y su necedad les 
habían puesto en un gran apuro. Creo que lleva razón 
el dicho de que muchas veces una audacia excesiva 
se convierte en locura, y suele acabar en nada. Des- 
pués fueron nombrados otros éforos; se trataba preci- 
samente de los hombres que desde el principio habían 
suscitado la revuelta y habían promovido la matanza 
a que aludimos. Estos éforos mandaron un mensaje 
a los etolios solicitando de ellos un embajador. Los 
etolios les atendieron satisfechos, y al cabo de poco 
llegó como embajador a Lacedemonia Macatas, quien 
se dirigió al instante a los éforos...*. ... (ellos) opina- 
ban que Macatas debía poder hablar al pueblo. Exigían, 
además, que se restableciera la realeza según las leyes 
patrias, sin dejar por más tiempo inactivo, de manera 
ilegal, el cetro de los Heraclidas. La situación, en con- 
junto, no satisfacía a los éforos, pero eran incapaces 
de afrontar las presiones, y temían además una conju- 
ración de los jóvenes. En cuanto al asunto de los reyes, 
aseguraron que pensarían sobre ello más tarde, y con- 
cedieron el acceso a la asamblea a Macatas. Reunido 


81 El texto griego es aquí algo equívoco, y se presta a dos 
traducciones igualmente aceptables: a) la que se da en el texto, 
y b) «hicieron, sin duda alguna». 

82 En el texto griego original hay, sin duda alguna, una la- 
guna que ocupa una línea. El sentido debe ser, más o menos: 
«y éstos le retuvieron e impidieron que se presentara en la 
asamblea del pueblo. Entonces los jóvenes, enfurecidos, acu- 
dieron allí y promovieron alborotos». Esto, naturalmente, es 
una paráfrasis del sentido de lo omitido en la laguna, pues en 
ella no hay espacio para tanto texto. Cf. WALBANK, Commentary, 
ad loc. 


LIBRO 1V 459 


el pueblo, Macatas avanzó e hizo una larga exhortación 
para que los lacedemonios se decidieran a aliarse con 
los etolios, a los que alababa sin razón y con mentiras; 
acusaba de manera temeraria y gratuita a los macedo- 
nios. Cuando Macatas se hubo retirado se armó una 
gran discusión: unos abogaban por los etolios e inci- 
taban a establecer una alianza con ellos, pero no fal- 
taban quienes les contradecían. Algunos ancianos re- 
cordaron al pueblo los beneficios recibidos de Antígo- 
no y de los macedonios, y los daños que les habían 


inferido Caríxeno y Timeo cuando los etolios salieron- 


a campaña con todo su ejército y les destruyeron el 
país $, llevándose como esclavos a los periecos **; lle- 
garon a acechar a la ciudad de Esparta, introduciendo 
en ella, con violencia y engaño, a los exiliados. Los 
lacedemonios cambiaron de opinión y al final se con- 
vencieron de que debían mantener su alianza con Fi- 
lipo y los macedonios; Macatas regresó fracasado a 
su país. 

Los que habían instigado la sedición desde el prin- 
cipio no podían ceder, en modo alguno, a las circuns- 
tancias, y de nuevo se propusieron cometer la más 
impía de las acciones; para ello corrompieron a algu- 
nos jóvenes. En cierto sacrificio tradicional los que 
estaban en edad militar debían desfilar con sus armas 
hacia el templo de Atenea Calcieca, y los éforos debían 
llevar los preparativos para el rito sin moverse del 


83 Esta invasión tuvo lugar hacia el año 240, y los citados 
eran los jefes etolios. 

8 Cuando los dorios invadieron el Peloponeso, en la Laconia 
dividieron a los nativos en dos grandes grupos, los hilotas y 
los periecos. Estos últimos eran fundamentalmente los habitan- 
tes del valle del Eurotas, y recibieron un status tolerable. No 
eran ciudadanos espartanos, pero sí hombres libres que podían 
ejercer libremente cualquier profesión. Su única obligación era 
la de acompañar, en calidad de infantería pesada, a los espar- 
tanos cuando salían en campaña. 


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10 


460 HISTORIAS 


recinto sagrado. En aquella ocasión algunos jóvenes 
que desfilaban con sus armas atacaron de golpe a los 
éforos mientras éstos realizaban el sacrificio y los de- 
gollaron, a pesar de que aquel santuario ofrecía asilo 
inviolable a todos los que se refugiaban en él, incluso a 
los condenados a muerte *. Pero entonces la crueldad 
de aquellos temerarios llegó a tal punto de desprecio 
que asesinaron a todos los éforos junto al altar y a la 
mesa del sacrificio. Y prosiguieron la ejecución de sus 
planes: de entre los ancianos mataron a Gíridas ya 
sus partidarios, y desterraron a los que se oponían a 
los etolios. Eligieron a los éforos de entre ellos mismos 
y establecieron una alianza con la Confederación eto- 
lia. Cleómenes y la simpatía que sentían por él fue 
sobre todo quien les impulsó a cometer estas infamias, 
a cargar con el odio de los aqueos, a mostrarse desagra- 
decidos ante los macedonios y, en suma, a ser incon- 
siderados con todos. No perdían la esperanza, y aguar- 
daban a que Cleómenes se presentara y les salvara. 
Los que saben tratar a los que les rodean no sólo 
cuando están presentes, sino incluso cuando están 
muy lejos, dejan un rayo muy fuerte de adhesión 
a su persona. Dejando otros aspectos aparte, desde la 
caída de Cleómenes, hacía ya casi tres años que los 
lacedemonios se gobernaban según las instituciones 
patrias, y no habían pensado jamás en restablecer 
reyes en Esparta, pero así que les llegó la noticia de 
la muerte de Cleómenes, el pueblo y los éforos actua- 
ban de acuerdo con las ideas de los revolucionarios, y 
eran ellos los que habían pactado la alianza con los 
etolios reseñada un poco más arriba $; nombraron de 


$5 Esta ceremonia ritual nos es desconocida; no nos ha He- 
gado por ninguna otra fuente, pero el desarrollo de esta con- 
jura recuerda fuertemente la muerte de los Pisistrátidas, cosa 
que no parece haber visto nadie. Cf. Tuctomes, VI 53, 2, y 59, 4. 
86 Cf. 34, 5. 


LIBRO IV 461 


modo legal y oportuno a uno de los reyes, a Agesípolis, 


que todavía era un muchacho, hijo de Agesípolis, y éste 
de Cleómbroto *, Este último había subido al trono 
cuando Leónidas fue expulsado de él, porque por paren- 
tesco resultaba el más afín a esta casa. Como tutor del 
muchacho nombraron a Cleómenes, hijo de Cleómbroto 
y hermano de Agesípolis. En cuanto a la otra dinastía, 
Arquidamo, hijo de Eudámidas, había tenido dos hijos 
de la hija de Hipodemonte *; éste vivía aún, hijo de Age- 
silao y nieto de Eudámidas. Además había muchos 
otros que descendían de esta familia, parientes más 
alejados que los citados, pero en línea directa. Los 
éforos dejaron a un lado a todos éstos y nombraron 
rey a Licurgo, cuando ningún antepasado suyo había 
gozado de este título. Pero Licurgo pagó un talento a 
cada éforo, y así se convirtió en descendiente de Hera- 
cles y en rey de Esparta. ¡No de otro modo se com- 
pran, en todas partes, las cosas apetecibles! Sin em- 
bargo, no fueron los hijos de los hijos, sino los mismos 
que hicieron este nombramiento los que pagaron el 
precio de su locura. 

Cuando supo lo ocurrido entre los lacedemonios, 
Macatas acudió de nuevo a Esparta y pidió a los reyes 
y a los éforos que hicieran la guerra a los aqueos. Pues 
sólo así, dijo, cesaría la hostilidad de los lacedemonios 
que intentan romper de cualquier modo las alianzas 
con los etolios y las de los que, en Etolia, se comportan 
como ellos. Los éforos y los reyes atendieron este rue- 


87 Cleómbroto, abuelo de Agesípolis II, era el segundo de 
este nombre, que reinó en Esparta del 243 al 240. Era yerno 
de Leónidas II, rey espartano que se vio depuesto y repuesto 
en el año 240. 

88 Arquidamo era el hermano pequeño de Agis, e Hipode- 
monte el hijo de Agesilao, cuya hermana, Agesístrata, fue madre 
del rey Agis. Cf. WALBANK, Commentary, ad loc. 


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462 HISTORIAS 


go, y Macatas se fue tras haber conseguido su propó- 
sito por la necedad de la otra parte. Licurgo tomó los 
soldados y a un cierto número de ciudadanos, e invadió 
la Argólida; los pactos establecidos anteriormente hi- 
cieron que los argivos no se hubieran precavido en ab- 
soluto. Licurgo, pues, atacó imprevistamente, y tomó 
Policna, Prasia, Léucade y Cifante; atacó también Glim- 
pas y Záraca Y, pero en ellas fue rechazado. Éstas eran 
las operaciones del rey espartano. Los lacedemonios 
promulgaron un decreto de rapiña contra los aqueos; 
Macatas consiguió persuadir a los eleos diciéndoles lo 
mismo que había dicho a los lacedemonios; los eleos 
hicieron la guerra a los aqueos. 

A los etolios las cosas les habían salido bien contra 
lo que ellos mismos esperaban, de modo que entraron 
en la guerra con buen ánimo, lo contrario de los 
aqueos, pues Filipo, en quien tenían depositadas sus 
esperanzas, estaba todavía en plenos preparativos, los 
epirotas diferían la entrada en la guerra y los mesenios 
no hacían nada. Los etolios se habían aprovechado de 
la simpleza de eleos y lacedemonios y rodearon por 
todas partes a los aqueos con un cinturón de guerra. 

Precisamente en este tiempo 

terminaba el período de mando 

Sincronismo de Arato, y correspondía reco- 
gerlo a su hijo, llamado también 

Arato, nombrado general por los 

aqueos. El general de los etolios era Escopas, que es- 
taba precisamente en la mitad del período de vigencia 
de su cargo. En efecto: los etolios elegían las magis- 


89 La región que ataca Licurgo está al E. de la cordillera 
del Parnón. Prasias y Cifante son ciudades costeras. Policna 
es la actual Vigla; la ubicación exacta de Léucade se desconoce. 
Záraca es la moderna leraca; la ubicación de Slimpas se des- 
conoce también. Esta región se la disputaban continuamente 
Esparta y Argos. 


LIBRO IV 463 


traturas inmediatamente después del equinoccio de 
otoño, los aqueos lo hacían en el orto de las Pléyades ”. 
Estaban ya en pleno verano; Arato el Joven había co- 3 
gido el mando; todas las guerras encontraron simul- 
táneamente su causa y su principio. Pues en la misma 4 
época Aníbal se disponía a asediar Sagunto, los roma- 
nos enviaban a Lucio Emilio a la Iliria, con un ejército, 
contra Demetrio de Faros. Todo esto se ha expuesto 
en el libro anterior. 

Antíoco, cuando Teodoto le hubo entregado Tiro y 5 
Ptolemaida *, intentaba ocupar la Celesiria; Ptolomeo 
se preparaba para la guerra contra Antíoco. Licurgo, 6 
que quería iniciar la guerra en las mismas condiciones 
que Cleómenes, había acampado delante del Ateneo de 
Megalópolis y lo asediaba. Los aqueos habían concen- 
trado caballería e infantería mercenarias con vistas a 
la guerra inminente. Filipo salió de Macedonia? con 7 
su ejército, con diez mil hombres de la falange *% ma- 
cedonia, cinco mil peltastas, y con ellos ochocientos 
jinetes. 

Éstos eran los preparativos que se hacían, y los 8 
proyectos. En aquel mismo tiempo los rodios hacían la 
guerra a los bizantinos por las razones siguientes: 


% O sea, en el mes de mayo. 

91 Polibio trata de esto en el libro siguiente: V 40 y 6l. 

a Filipo V (222-179). 

93 La falange macedonia fue un dispositivo militar que per- 
mitió a Filipo, padre de Alejandro, grandes éxitos militares; 
imitaba la falange tebana, creación de Epaminondas, pero con 
un armamento más eficaz. Básicamente consistía en dar, a un 
ala, una gran profundidad en hileras de hombres mediante 
cuya carga se aniquilaba el enemigo. 


464 HISTORIAS 


En cuanto al mar, los bizanti- 
nos ocupan el lugar mejor situa- 
do de todo el mundo que habita- 
mos, tanto por la seguridad de 
que goza como por la prosperi- 
dad de que disfruta, pero por tierra el más desfavo- 
rable de todos desde ambos puntos de vista. Por mar, 
Bizancio está junto a la entrada del Ponto Euxino *, en 
posición dominante, y ningún mercader puede entrar 
o salir por él sin el consentimiento de los bizantinos. 
El Ponto Euxino posee muchas de las cosas útiles qué 
los hombres necesitan para vivir; de todo ello son due- 
ños los bizantinos. En efecto: las regiones del Ponto 
nos proporcionan de manera abundante y lucrativa lo 
que resulta indispensable para la vida: rebaños y mu- 
chos hombres reducidos a la esclavitud; la cosa es bien 
notoria. Nos aprovisiona también copiosamente de ar- 
tículos más bien superfluos, miel, cera y salazón. Los 
bizantinos aceptan como pago nuestros excedentes de 
aceite y vinos de todo tipo. En cuanto al trigo, se hace 
un intercambio: a veces, si es oportuno, lo venden; 
otras lo compran. Si los bizantinos hubieran querido 
dañar a los griegos y unirse ya a los galos o, más fre- 
cuentemente, a los tracios, o bien hubieran querido 
abandonar sus tierras, los griegos se hubieran visto pri- 
vados de aquellos géneros, o cuando menos el comer- 
cio no les hubiera reportado ninguna ganancia: tanto 
la estrechez de la vía marítima como la gran cantidad 
de pueblos bárbaros que lo flanquean nos harían im- 
practicable el Ponto Euxino: la cosa no se puede negar. 
Sin duda, son los bizantinos los que, para su subsis- 
tencia, extraen mayor provecho de la excepcionalidad 
de sus parajes. Todo lo que les sobra, lo exportan; 
importan fácil y ventajosamente lo que les falta, sin 


Situación 
de Bizancio 


2% El Mar Negro. 


LIBRO IV 465 


ningún riesgo ni penalidad. Pero ya hemos apuntado 
que también los griegos restantes tienen muchas ga- 
nancias debidas a los bizantinos. Por esto los bizanti- 
nos se convierten en bienhechores comunes de todos, 
y es lógico que obtengan agradecimiento y ayuda de 
los griegos si se les vienen encima peligros por parte 
de los bárbaros. 

Puesto que la mayoría ignora las peculiaridades y 
la situación ventajosa de este país, algo apartado de 
lugares más visitados del universo, queremos que todos 
conozcan y se conviertan sobre todo en testigos ocu- 
lares de estos sitios que tienen algo distinto y curioso, 
y si ello no resulta hacedero, que posean cuando menos 
una idea y una noción lo más próximas posible a la 
realidad. Así que se debe declarar en qué consiste y 
qué es lo que logra una tal y tan grande prosperidad 
de la ciudad en cuestión. 

Lo que llamamos Ponto Euxino 
tiene un perímetro de cerca de 

El Ponto Euxino veintidós mil estadios y dos em- 

bocaduras, situadas una frente a 

otra, la de la Propóntide y la del 
Lago Meótido *; esta última tiene un perímetro de ocho 
mil estadios % Muchos grandes ríos de Asia y otros 
todavía más caudalosos y en mayor número, europeos, 
desembocan en estas dos cuencas; la del Lago Meó- 
tido, rebosante por estos ríos, vierte en el Ponto Euxino 
por una de sus bocas, y del Ponto Euxino a la Pro- 
póntide. La embocadura del Lago Meótido se llama 
Bósforo Cimerio ”; tiene unos treinta estadios de an- 


9 Son el Mar de Mármara, entre el Helesponto y el Bósforo 
de Tracia, y el actual Mar de Azov, respectivamente, 

9% Notan los comentaristas que las dimensiones indicadas 
por Polibio en todo este capítulo son notablemente próximas a 
la realidad. 

N Hoy es el estrecho de Yenikale. El otro es el Bósforo 
propiamente dicho, delante de Constantinopla. 


38. — 30 


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39 


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466 HISTORIAS 


cho y sesenta de largo; toda ella es poco profunda. La 
boca del Ponto se llama, paralelamente, Bósforo Tra- 
cio; su longitud es de ciento veinte estadios, su an- 
chura no es en todas partes la misma. El paso que 
hay entre Calcedonia y Bizancio, situadas a catorce 
estadios una de otra, empieza en la embocadura de la 
Propóntide. Por el lado del Ponto Euxino empieza en 
el llamado Hierón*, en cuyo lugar dicen que Jasón 
cuando regresaba de la Cólquide ofreció un primer sa- 
crificio a los doce dioses. Está situado en la costa de 
Asia, a una distancia de doce estadios de Europa, donde 
se levanta, precisamente enfrente, el Serapeo de Tracia. 

Dos son las causas por las cuales el agua fluye con- 
tinuamente del Lago Meótido y del Ponto Euxino. Una 
de ellas es obvia y evidente a todo el mundo: si mu- 
chas corrientes caen dentro de la circunferencia de 
unos recipientes limitados, entonces el nivel del agua 
sube continuamente. Ésta, si no encuentra salida por 
ninguna parte, necesariamente se elevará cada vez más 
y ocupará un área cada vez mayor de la cuenca. Pero 
si hay salidas, el agua sobrante irá creciendo y se ver- 
terá ininterrumpidamente por estas bocas. La segunda 
causa es que los ríos aportan gran cantidad de mate- 
rial de aluvión de todo tipo hacia las cuencas en cues- 
tión; ello es debido a la intensidad de las lluvias. En- 
tonces el agua se ve obligada a desplazarse por la 
presión de los bancos que se acumulan, y por eso crece 
continuamente, y se vierte de la misma manera por las 
desembocaduras existentes. Puesto que el depósito y 
el vertido de materia de aluvión son incesantes y con- 
tinuos, se sigue de ahí que también ha de ser constante 
y continuo el vertido por las bocas. 


9% Templo dedicado a Zeus Ourios (+= limítrofe), en la costa 
asiática. 


LIBRO IV 467 


Éstas son las razones verdaderas por las cuales el 
agua del Ponto Euxino vierte hacia afuera. Su credibi- 
lidad no se funda en narraciones de comerciantes, sino 
en una explicación natural; no sería fácil encontrar 
otra más exacta. 

Puesto que nos hemos detenido en este punto, no 
hay que dejar nada que no se haya fundamentado, ni 
tan siquiera lo que está en la propia naturaleza, que 
es lo que suele hacer la mayoría de los historiadores; 
debemos usar más de una exposición apodíctica *, pero 
no dejar dificultades a los interesados en nuestra in- 
vestigación. Esto es lo indicado para nuestra época, 
en la que todos los parajes se han convertido en acce- 
sibles por tierra o por mar, y no sería adecuado usar 
como testigos de regiones desconocidas a poetas y a 
mitógrafos. Esto lo han hecho casi siempre nuestros 
predecesores, quienes, según el dicho de Heráclito, 
«aportan como garantías, en puntos discutidos, a unos 
que no merecen crédito» '%, Debemos intentar que nues- 
tra historia ofrezca por sí misma confianza a sus lec- 
tores. 

Afirmamos, pues, que ya antiguamente, y también 
ahora, en el Ponto Euxino se acumula material de alu- 
vión, y que, con el tiempo, él y el Lago Meótido se lle- 
narán por completo si continúa la misma disposición 
de estos lugares y las causas de este acumulamiento 
van actuando ininterrumpidamente. Efectivamente: el 
tiempo es ilimitado, pero las cuencas son limitadas por 





9 Esta terminología de la época significaba exposición acom- 
pañada de pruebas. Referente a esto puede leerse con provecho 
Díaz TejeRa, Polibio, págs. LXXXV-XCI. 

100 Este fragmento de Heráclito no es conocido únicamente 
por este texto de Polibio. Cf. H. DieLs, Fragmente der Vorsokra- 
tiker, 1, Berlín, 1951, pág. 149. Si Polibio ha leído directamente 
a Heráclito o bien ha tomado la cita ya de otro autor, por 
ejemplo, Eratóstenes, cf. WALBANK, Commentary, ad loc. 


11 


10 


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468 HISTORIAS 


todos lados. Luego es evidente que, por mínima que 
sea la acumulación, con el tiempo se llenarán. Es ley 
de naturaleza que una cantidad limitada que crece o 
decrece continuamente durante un tiempo ilimitado, 
aunque se haga en proporciones mínimas, nótese ello 
bien, forzosamente llegue al término previsto según su 
sentido. Y si el aluvión que se acumula no lo hace en 
cantidades mínimas, sino lo contrario, muy grandes, 
esto que anunciamos ocurrirá dentro de poco. Y se ve 
que ya ha ocurrido, pues el Lago Meótido ya ahora se 
ha rellenado; en su mayor parte tiene de cinco a siete 
brazas de profundidad, y no es navegable por naves 
de gran calado si no las guía un práctico. Al principio 
era un mar que comunicaba con el Ponto Euxino, según 
el testimonio unánime de los antiguos, pero ahora es 
un lago de agua dulce, pues la del mar se vio impul- 
sada por aluviones, y ha prevalecido el agua de los 
ríos. Algo semejante ocurrirá en el Ponto Euxino, es 
más, ocurre ya, pero todavía hay muchos que no lo 
comprenden por la enormidad de su cuenca. Pero ya 
ahora es claro este hecho a los que se detienen algo a 
observarlo, por poco que sea. 

En efecto, el río Danubio, procedente de Europa, 
desemboca en el Ponto por numerosas bocas, y frente 
a él se ha formado una barra de casi mil estadios, que 
dista de tierra firme un día de navegación; esta barra 
se ha formado por el aluvión transportado desde las 
bocas. Los que navegan por el Ponto Euxino corren, 
aun en alta mar, por encima de esta barra, y por la 
noche embarrancan en estos lugares, de los que no se 
han apercibido. Los navegantes llaman a este paraje 
Stéthg ', He aquí la causa que, según parece, hace que 
el limo no se detenga junto a la tierra firme, sino 


101 Término griego, cuyo significado es «los pechos». 


LIBRO IV 469 


que se vea empujado mucho más lejos. Mientras 
las corrientes de los ríos, por la fuerza de su empu- 
je, dominan y desplazan el agua del mar, es inevita- 
ble que la tierra y todo lo que transportan las co- 
rrientes se vea impulsado y no encuentre reposo ni 
estabilidad. Pero cuando las corrientes ya se diluyen 
por la profundidad y la masa de las aguas marinas, es 
lógico que el limo caído hacia abajo por ley natural, 
se detenga y adquiera consistencia. Por esta razón las 
barras de los ríos grandes e impetuosos están lejos, y 
las aguas próximas a la tierra son profundas; las barras 
de los ríos pequeños y débiles se forman junto a las 
mismas desembocaduras. Esto resulta evidente especial- 
mente en las épocas de las grandes lluvias: entonces 
aún las corrientes pequeñas, cuando por su fuerza ven- 
cen al oleaje, empujan el limo mar adentro, de modo 
que en cada caso la distancia resulta proporcional a 
la fuerza de las corrientes que desembocan. Sería necio 
dudar de las dimensiones del banco citado y de la can- 
tidad de piedras y tierra que el Danubio transporta, 
cuando tenemos a la vista que un torrente cualquiera 
se abre paso en poco tiempo por lugares abruptos, y 
arrastra toda clase de maderas, tierra y piedras, y 
forma unas barras tan enormes que a veces varían el 
aspecto de los lugares y en poco tiempo los convierten 
en desconocidos. 

Por todo ello no es natural extrañarse si unos ríos 
tan caudalosos y tan rápidos en su fluencia ininterrum- 
pida producen el resultado antedicho y acaban por re- 
llenar el Ponto Euxino. Si se razona correctamente, se 
“ve claro que esto es no ya natural, sino ineludible. 
Una señal de lo que va a ocurrir: en el mismo grado 
que ahora el Lago Meótido es más dulce que el Mar 


Póntico se ve que éste difiere del Mar Mediterráneo. 


Esto evidencia que cuando el tiempo en que se ha lle- 
nado el Lago Meótido alcance una duración proporcio- 


42 


470 HISTORIAS 


nal al tiempo que exige la cuenca en relación a la otra, 
ocurrirá que el Ponto Euxino se convertirá en un lago 
limoso y dulce, exactamente comparable al Lago Meó- 
tido. 

5 Y hay que suponer que éste se llenará más veloz- 
mente, por cuanto son más numerosas y mayores las 
corrientes de los ríos que desembocan en el Ponto 
Euxino 1%, 

6 Teníamos que decir esto a quienes son escépticos 
acerca de si se rellena ahora y si se rellenará el Ponto, 

7 y si este mar será como un estanque cenagoso. Y había 
que decirlo, todavía más, ante los embustes y las fan- 
tasías de los navegantes, para que, por nuestra inexpe- 
riencia, no nos veamos en la situación de atender 
puerilmente a cualquier cosa que se nos diga. Si dis- 
ponemos de algún rastro de verdad, por él podemos 
juzgar si lo dicho es verdadero o falso. 

8 A continuación pasamos a tratar de la ventajosa si- 
tuación de los bizantinos. 

43 El estrecho que une al Ponto y la Propóntide tiene 
una anchura de ciento veinte estadios, tal como dije 
un poco más arriba; por el lado del Ponto Euxino lo 
delimita el Hierón, y por el lado de la Propóntide el 

2 espacio situado alrededor de Bizancio. En medio de 
ambos se encuentra el Hermeo 1%, por el lado de Euro- 
pa, en un promontorio formado por un saliente situado 
junto a la boca misma. Este saliente dista de Asia 
unos nueve estadios, y es el lugar más estrecho de 
todo este paso. Se afirma que fue aquí donde Darío 
unió las dos orillas cuando realizó su travesía contra 

3 los escitas. En todo el trecho restante, desde el Ponto 
la fuerza de la corriente es más o menos constante, 


102 El Dniéper, el Dniéster. 
103 Estaba emplazado donde hoy lo está el castillo de Bo- 
ghaskessen. 


LIBRO 1V 471 


porque la distancia entre las dos orillas opuestas es 
igual a las dimensiones de la embocadura. Pero así 
que llega al Hermeo, del lado de Europa, donde hemos 
dicho que hay el lugar más estrecho, entonces esta co- 
rriente que viene del Ponto Euxino se encuentra ce- 
rrada y ataca violentamente el promontorio, desde 
donde rebota como si fuera por un golpe, y se lanza a 
los parajes fronteros de Asia, desde los cuales nueva- 
mente da un giro y retrocede hacia las puntas de Euro- 
pa llamadas de Hestia *%, Desde ellas vuelve a lanzarse 


y se precipita sobre la llamada Vaca'”%, que es un. 


lugar de Asia en el que cuentan los mitos que se detuvo 
por primera vez lo cuando hubo cruzado el estrecho. 
Por último, la corriente, que arranca, ya al final, del 
lugar llamado la Vaca, es llevada hacia Bizancio, y 
cerca de la ciudad se escinde, y el brazo menor delimita 
un golfo denominado «El Cuerno» '%, mientras que el 
mayor retrocede otra vez, pero ya no tiene fuerza su- 
ficiente para alcanzar la costa que tiene enfrente, la del 
país de Calcedonia 17; tras haber cambiado muchas ve- 
ces de ruta y al tener el estrecho aquí más anchura, la 
corriente en estos parajes ya se va desvaneciendo, y 
los rebotes de costa a costa no se hacen bruscamente 
y en ángulo agudo, más bien en ángulo obtuso; por 
este motivo no llega a la ciudad de Calcedonia y fluye 
a lo largo del estrecho. 

Lo que ahora acabamos de exponer es lo que hace 
que la ciudad de Bizancio goce de la situación más ven- 


104 La palabra griega correspondiente significa «hogar» en 
sentido religioso; seguramente en la punta del promontorio 
había un templo. 

105 Polibio es el único que relaciona este lugar con el mito 
de lo. Está en el N. de Scútari. El lugar, exactamente, se llama 
Arnantkoi. 

106 El Cuerno de Oro, entre Estambul y Galata. 

107 Ciudad situada en la orilla asiática, en la entrada del 
Bósforo. 


472 HISTORIAS 


tajosa y la de Calcedonia lo contrario, aunque a simple 
vista la posición de ambas sea equivalente en cuanto a 
su ventaja. Sin embargo, no es fácil navegar hacia 
Calcedonia ni aún si se desea; en cambio, como ahora 
mismo hemos afirmado, la corriente te lleva de forma 
ineludible, aunque no quieras, hacia Bizancio. He aquí 
una prueba de ello: los que desde Calcedonia quieren 
dirigirse a Bizancio no pueden navegar en línea recta 
a través de la corriente que hay de por medio, sino que 
deben remontar hasta la Vaca y el lugar llamado Cri- 
sópolis '% (retenido tiempo atrás por los atenienses, 
por consejo de Alcibíades, cuando intentaron por pri- 
mera vez cobrar un peaje a los que navegaban hacia 
el Ponto), y delante de Crisópolis se abandonan a la 
corriente, con lo que son llevados automáticamente 
hasta Bizancio. Lo mismo sucede a los que navegan 
desde el otro lado de la ciudad, porque los que lo hacen 
con vientos del Sur desde el Helesponto o se dirigen, 
con los etesios '%, del Ponto al Helesponto, siempre 
encuentran el trayecto, desde Bizancio, a lo largo de la 
costa europea hasta el principio del estrecho de la 
Propóntide, entre Sesto y Abido 1%, directo y cómodo, y 
lo mismo desde aquí, el regreso hacia Bizancio. Pero 
desde Calcedonia, a lo largo de la costa de Asia, es lo 
contrario, pues se debe costear un golfo profundo, y 
el país de Cízico U!, penetra mucho en el mar. Tanto 
por la corriente como por lo indicado antes, si se pro- 
cede del Helesponto para dirigirse a Calcedonia, es em- 
presa no fácil navegar normalmente y costear Europa 
hasta llegar cerca de Bizancio, y aquí virar y poner 


108 Literalmente «ciudad de oro». Actualmente Scútari. 

109 Vientos del N. 

110 Ciudades que están frente a frente, en las costas asiá- 
ticas y europeas del Helesponto, respectivamente, en uno de los 
lugares en que éste es más estrecho precisamente. 

11 Plaza situada cerca de Abido, al N., en su misma costa. 


LIBRO IV 473 


rumbo a Calcedonia. De la misma manera, cuando se 
sale de este puerto es absolutamente imposible zarpar 
directamente hacia Tracia, porque la corriente central 
es excesivamente fuerte, y también por los vientos, 
que, tanto si son del Norte_como del Sur, siempre son 
desfavorables para las dos travesías, porque el del 
Sur empuja siempre hacia el Ponto y el del Norte 
aleja de él, y éstos son los vientos que se deben uti- 
lizar para la ruta de Calcedonia al Helesponto, o vi- 
ceversa. 

Éstos son los factores que otorgan a Bizancio, por 
mar, una situación ventajosa; los que por tierra se la 
dan desventajosa vienen referidos a continuación. 

La Tracia rodea a Bizancio por 
todas partes, de mar a mar, y por 
ello los bizantinos libran guerras 
continuas y difíciles contra los 
tracios; jamás han conseguido 
una preparación bélica que les dé una victoria defini- 
tiva; no son capaces de deshacerse de las guerras, 
porque en la Tracia hay gran cantidad de pueblos y 
de reyes. Si vencen a uno, surgen tres monarcas más 
poderosos que éste que les invaden el país. No logran 
gran cosa más si ceden y se avienen a pactos y tribu- 
tos. Si hacen concesiones a uno, esto mismo les quin- 
tuplica el número de enemigos. De modo que se ven 
implicados en guerras duras y continuas. ¿Pues qué 
hay más inseguro que un vecino malvado? ¿Qué hay 
más terrible que una guerra contra bárbaros? Y, con 
todo, a pesar de que por tierra pelean con males tan 
continuados, aún descontando los otros daños subsi- 
guientes a la guerra, sufren una especie de castigo de 
Tántalo, según el poeta!?, Dueños, en efecto, de un 


Los tracios y 
Bizancio 


112 El poeta, sin más, es Homero. La referencia debe ser a 
la Odisea XlI 582 y sigs. 


10 


11 


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46 


474 HISTORIAS 


país fertilísimo, siempre que lo han trabajado y las 
cosechas llegan a una madurez y sazón excepcionales 
por su vistosidad, entonces se presentan los bárbaros, 
devastan unas y se llevan las otras. Los bizantinos, 
cuando ven aquella ruina, la deploran por sus gastos 
y por su trabajo, y aún más por la belleza de los frutos 
que les:roban, y soportan con pesar lo sucedido. 

Acostumbrados a soportar la guerra contra los tra- 
cios, con todo siempre han tratado con justicia a los 
griegos; cuando se vieron atacados por los galos de 
Comontorio ** llegaron a una situación verdaderamente 
deplorable. 

Estos galos eran aquellos que 
salieron con Brenno de sus tie- 
rras; lograron escapar del de- 
sastre de Delfos, y llegados al 
Helesponto, no lo cruzaron en 
dirección a Asia, y se quedaron allí, porque los territo- 
rios que circundaban Bizancio les habían seducido. 
Estos galos vencieron a los tracios, establecieron su 
capital en Tile y pusieron en peligro la subsistencia 
de Bizancio. Al principio de su invasión, en tiempos 
de Comontorio, su primer rey, los bizantinos abonaron 
tributos, ya tres mil, cinco mil e incluso diez mil be- 
santes '!* de oro, a condición de que no les arrasaran 
el territorio. Y al final se vieron forzados y accedieron 
a pagar ochenta talentos anuales hasta tiempos de Cá- 
varo, en los cuales se disolvió el reino y el linaje de 


Los galos, 
en Bizancio 


113 Una horda de galos que, er oleadas sucesivas, había 
invadido Grecia desde el año 279, fue destrozada por Antígono 
Gonatas en 277. Los supervivientes, sin embargo, se apoderaron 
de Tile (cf. capítulo siguiente; su localización es dudosa, pero 
hay que situarla en Tracia) y fundaron allí un reino; su jefe 
fue Comontorio. 

114 El besante era una moneda que pesaba entre 8 y 8,5 
gramos. 


LIBRO IV 475 


estos galos fue aniquilado por los tracios, que lograron 
invertir la situación. Fue entonces cuando, oprimidos 
por los tributos, los bizantinos enviaron por primera 
vez embajadores a los griegos en demanda de ayuda y 
de subsidios en aquellas circunstancias. Pero la mayo- 
ría de griegos no les hizo ningún caso, y entonces, 
forzados a ello, los bizantinos empezaron a cobrar peaje 
a los que navegaban hacia el Ponto Euxino. 
El hecho de que los bizantinos 
cobraran una aduana a las mer- 

Rodas y Bizancio  cancías que salían del Ponto pro- 

dujo grandes perjuicios y males- 

tar a todos, la cosa se creyó 
insoportable y todos los mercaderes acudieron a los 
rodios, ya que la opinión popular creía que éstos de- 
tentaban la supremacía del mar. Y aquí se originó la 
guerra que ahora vamos a historiar. 

Los rodios, incitados tanto por los daños que Su- 
frían ellos mismos como por las pérdidas de sus ve- 
cinos, primero tomaron consigo a los aliados y envia- 
ron legados a Bizancio a exigir que se les eximiera 
del tributo. Pero los bizantinos no cedieron en nada; 
estaban convencidos de que sus representantes Heca- 
tontodoro y Olimpiodoro llevaban la razón en su po- 
lémica con los legados rodios. Los dos gobernantes 
citados presidían entonces la asamblea de Bizancio; 
los rodios se retiraron sin haber logrado nada. Llega- 
dos a su país, éste declaró la guerra a los bizantinos 
por las causas citadas. Y mandaron al punto enviados 
a Prusias '% bis pidiéndole que también declarara esta 
guerra, ya que sabían que por diversos motivos Prusias 
se sentía ofendido por los de Bizancio. 


114 bis Rey de Bitinia. 


47 


10 


476 HISTORIAS 


Los bizantinos hicieron algo parecido: enviaron le- 
gados a Átalo!'5 y a Aqueo!'!'* en demanda de ayuda. 
Átalo estaba interesado en ello, pero él tenía poco peso, 
porque Aqueo le había confinado a sus dominios he- 
reditarios. Aqueo, en cambio, dominaba toda la parte 
desde el Tauro hasta Occidente, y hacía poco que se 
había constituido rey; también prometió su apoyo a 
los bizantinos. Esto les infundió no poca esperanza, 
y, por el contrario, gran perplejidad a los rodios y a 
Prusias. Aqueo era pariente de Antígono '", quien, en 
Siria, acababa de alzarse con el poder; había logrado 
conquistar este imperio como sigue: al morir Seleuco, 
que era el padre del Antígono, poco ha, citado, le su- 
cedió en la monarquía Seleuco, el mayor de sus hijos, 
y con él, por la familiaridad que les unía, Aqueo cruzó 
el Tauro, dos años antes, a lo sumo, de la época de la 
que ahora estamos hablando. Seleuco el Joven, así que 
recibió el reino, sabedor de que Átalo se había apo- 
derado de todos sus dominios acá del Tauro, se lanzó 
en seguida a defender sus intereses. Atravesó el Tauro 
con un gran ejército, pero fue asesinado traidoramente 
por Apaturio el galo y por Nicanor; así fue como 
murió. Puesto que era su pariente, Aqueo vengó al 
punto esta muerte: mató a Nicanor y a Apaturio y di- 
rigió las tropas y los asuntos con prudencia y magna- 
nimidad. A pesar de que las circunstancias le eran 
favorables, y el sentimiento de las tropas le impelía a 
ceñirse la corona, prefirió no hacerlo, y conservó el 
reino para Antíoco, el hijo pequeño de Seleuco. Hizo 
una marcha enérgica y recuperó toda la parte perdida 


115 Atalo I de Pérgamo (241/197). Fue un fiel aliado de Roma. 
Cf. BENGTSON, Geschichte, págs. 448-451. 

116 Polibio trata, con alguna detención, de Aqueo en el 
libro V 77. 

117 Los parentescos no están muy claros. Cf. WALBANK, Com- 
mentary, ad loc. 


LIBRO IV 417 


acá del Tauro. Y cuando las cosas le marchaban in- 11 


creíblemente bien, pues logró reducir a Átalo a Pérga- 
mo, y se convirtió en señor de todos los territorios 
restantes, entonces sus éxitos le envanecieron y esto 
fue su perdición. Se impuso a sí mismo la diadema, 
se constituyó rey y se convirtió en el más duro y el 
más terrible de los príncipes y monarcas de acá del 
Tauro. Cuando se vieron envueltos en la guerra contra 
los rodios y Prusias, los bizantinos confiaron principal- 
mente en él. 

Prusias reprochaba a los bizantinos, en primer lu- 
gar, que habiendo votado levantarle algunas estatuas, 
después no lo hicieron, sino que lo retardaron y olvi- 
daron. Estaba disgustado también con ellos porque 
habían puesto todo su interés en poner paz entre Aqueo 
y Atalo, y en quebrar la enemistad que les separaba, 
Prusias estaba convencido de que la amistad entre los 
dos le perjudicaba de muchas maneras. Y le indig- 
naba por encima de todo el hecho de que los bizantinos 
habían enviado legados a participar en los sacrificios 
de las fiestas que Átalo había organizado en honor de 
Atenea; en cambio, no habían mandado a nadie a sus 
propias fiestas soterias. 

Por todo lo cual abrigaba secretamente gran cólera 
y acogió de buen agrado el pretexto de los rodios. Se 
puso de acuerdo con sus enviados; juzgó conveniente 
el que los rodios hicieran la guerra por mar, y creía que 
iba a dañar no menos por tierra a sus adversarios. 

La guerra entre rodios y bizantinos tuvo estas 
causas y principio. 


12 


13 


49 


10 


478 HISTORIAS 


Los bizantinos iniciaron la 
guerra con energía, convencidos 
de que Aqueo les apoyaría; ellos 
lograron por sí mismos que Tibe- 
tes 15 acudiera desde Macedonia; 
así rodearían a Prusias de guerras y peligros. Éste, 
empujado a la guerra por la cólera ya mencionada, 
había tomado a los bizantinos el lugar llamado Hie- 
rón '*, en la misma boca del Ponto. Los bizantinos lo 
habían comprado poco tiempo antes por una suma enor- 
me de dinero, porque el lugar era muy estratégico; no 
querían dejar a nadie ninguna base contra los mercade- 
res que navegaban por el Ponto Euxino, ni que traficara 
con esclavos o extrajera provecho del mismo mar. Pru- 
sias había privado también a los bizantinos del territorio 
asiático de Misia, que ellos poseían desde hacía mucho 
tiempo. Los rodios tripularon seis naves, y al propio 
tiempo tomaron cuatro de los aliados. Nombraron al- 
mirante a Jenofanto, y zarparon con las diez embar- 
caciones hacia el Helesponto. Fondeando las restantes 
naves ante Sesto para cortar el paso a los que navega- 
ran hacia el Ponto, el almirante navegó adelante con 
una sola y tanteó a los bizantinos por si se hubieran 
arrepentido, intimidados por la guerra. Pero ellos no 
le hicieron caso, y el rodio se retiró, recogió las naves 
restantes y llegó a Rodas con todas ellas. Los bizan- 
tinos enviaron legados a Aqueo en demanda de ayuda, 
y enviaron unos hombres que se trajeran desde Mace- 
donia a Tibetes. Parecía, en efecto, que el gobierno 
de Bitinia correspondía no menos a Tibetes que a Pru- 
sias, pues Tibetes era hermano del padre de Prusias. 
Los rodios, al ver la firmeza de los bizantinos, proyec- 
taron con realismo cómo lograr sus propósitos. 


Inicios de la 
guerra 


118 Rey de Bitinia, hermanastro del padre de Prusias. Es 
un personaje realmente oscuro. 
119 Cf. nota 98 de este mismo libro. 


LIBRO IV 479 


Veían que la decisión de los bizantinos en sopor- 
tar la guerra se fundamentaba en las esperanzas que 
habían depositado en Aqueo; consideraban, además, 
que el padre de Aqueo estaba retenido en Alejandría, 
y que Aqueo daba el máximo valor a la salvación de 
su padre; todo esto hizo que enviaran legados a Pto- 
lomeo para solicitar la entrega de Andrómaco. Ya 
antes lo habían hecho, pero sin poner demasiado inte- 
rés; ahora pusieron el máximo empeño en el asunto: 
querían poder ofrecer este servicio a Aqueo y propi- 
ciárselo para las demandas que eventualmente le di- 
rigieran. Cuando se le presentaron los enviados, Pto- 
lomeo '” pensó en continuar reteniendo a Andrómaco; 
creía que le sería útil en alguna ocasión, puesto que 
sus cuestiones con Antíoco *! estaban aún por dirimir, 
y Aqueo, que acababa de constituirse a sí mismo en 
rey, podía decidir aún en temas importantes. Andró- 
maco, padre de Aqueo, era hermano de Laódice, la 
esposa de Seleuco. Ptolomeo, sin embargo, que se incli- 
naba totalmente a favor de los rodios, para los que 
sentía una adhesión sin reservas, cedió y les entregó a 
Andrómaco para que lo restituyeran a su hijo. Ellos 
lo hicieron, y además decretaron determinadas honras 
para Aqueo, con lo que privaron a los bizantinos de su 
esperanza más capital. Y a los bizantinos se les sumó 
aún otro infortunio, pues Tibetes murió cuando se 
dirigía a ellos desde Macedonia, con lo que dio al 
traste con los proyectos de Bizancio. Ocurrido todo 
ello, los bizantinos decayeron en su empuje; Prusias, 
fortalecido en sus esperanzas ante la contienda, gue- 
rreaba personalmente desde las partes de Asia, y pro- 
seguía enérgicamente las operaciones; había tomado a 
sueldo a los tracios, quienes desde Europa no permi- 


120 Ptolomeo 11 Filadelfo (285/246). 
121 Antíoco 1 Soter (280/261). 


480 HISTORIAS 


tían a los bizantinos salir de sus puertas. Éstos, fra- 
casados en sus esperanzas, cercados y oprimidos por 
la guerra, buscaron una salida decorosa a aquella si- 
tuación. 

Cávaro, rey de los galos, se pre- 
sentó en Bizancio: tenía interés 
en que no hubiera guerra, porque 
estaba en buenas relaciones con 
ambos bandos, y tanto Prusias 
como los bizantinos siguieron sus consejos. Sabedores 
los rodios del interés de Cávaro y del cambio de pen- 
samiento de Prusias, se afanaron en llevar sus pro- 
yectos a término: designaron a Arídico como mensa- 
jero a los bizantinos, pero al propio tiempo enviaron 
a Polemocles con tres trirremes; querían, como se 
dice, enviar simultáneamente a los bizantinos la lanza 
y el caduceo '”. Llegaron, pues, los rodios y se hicie- 
ron los pactos; Cotón, hijo de Caligitón, era hieromne- 
mon!3 en Bizancio. Con los rodios las condiciones 
fueron muy simples: «Los bizantinos no cobrarán 
aduana a nadie que navegue hacia el Ponto; cumplida 
esta condición, los rodios y sus aliados se mantendrán 
en paz con los bizantinos.» Los pactos con Prusias fue- 
ron como sigue: «Prusias y los bizantinos tendrán 
paz y amistad para siempre. Que en modo alguno los 
bizantinos hagan la guerra contra Prusias, ni Prusias 
contra los bizantinos. Que Prusias devuelva a los bi- 
zantinos los territorios, las fortalezas, los siervos y los 


Intervención de 
los galos 


12 Es decir, la guerra o la paz, representada por estos em- 
blemas entre los griegos. El caduceo era la insignia de los 
heraldos, y de Hermes, el heraldo por excelencia. 

123 El hieromnemon era el primer magistrado o el gran 
sacerdote. Los años se contaban, en Bizancio, por esta magis- 
tratura, igual que en Roma por los cónsules o en Atenas por 
los arcontes. 


LIBRO 1V 431 


prisioneros sin rescate 1%, y además las naves que les 
tomó al principio de la guerra, y las armas ofensivas 
cogidas en las fortalezas, y al mismo tiempo la madera, 
la piedra y los ladrillos del territorio de Hierón» 
(porque Prusias, que temía la incursión de Tibetes, 
había arrasado todo lo que en las fortificaciones pa- 
recía útil) «Prusias obligará a devolver a los labrado- 
res todo lo que algunos bitinios habían cogido en 
aquella parte de Misia sometida a los bizantinos». 

De modo que la guerra que surgió entre los bizan- 
tinos por un lado y los rodios y Prusias por el otro 
tuvo tal comienzo y tal fin. 

En esta misma época los de 
Cnoso enviaron legados a los ro- 
dios y les convencieron de que 
les enviaran la escuadra manda- 
da por Polemocles, y además que 
añadieran tres naves no ponteadas '5. Los rodios asin- 
tieron, las naves llegaron a Creta y los habitantes de 
Eleuterna '% empezaron a sospechar que los hombres 
de Polemocles habían asesinado a su conciudadano 
Timarco para congraciarse con los cnosios. Primero 
exigieron una reparación a los rodios, y después les 
declararon la guerra. También poco antes los litios 
habían caído en una desgracia irreparable. He aquí, a 


Acontecimientos 
en Creta 


124 Aquí el griego presenta una cierta dificultad de léxico: 
en efecto, no se puede precisar el sentido del término laoí. 
Parece que significa las gentes adscritas a la tierra, algo así 
como los siervos de la gleba medievales, cosa que no se dio en 
todas las partes de Grecia. 

125 Un tipo de nave que, al menos con esta denominación, 
hasta ahora no había salido en Polibio. Eran naves en que los 
remeros remaban sin protección, sin una cubierta que prote- 
giera sus cabezas. 

126 Población al NO. de la cordillera del Ida, en el centro 
de la isla. 


38. — 31 


8 


9 


10 


s3 


482 HISTORIAS 


grandes rasgos, la situación general de Creta en esta 
época: 

Puestos de acuerdo con los gortinios'”, los de 
Cnoso % sometieron toda la isla, a excepción de la ciu- 
dad de los litios !”, que rehusó prestarles obediencia. 
Los de Cnoso decidieron hacerle la guerra, con el afán 
de arrasarla totalmente: así escarmentarían y aterro- 
rizarían al resto de los cretenses. Primero contra los 
litios guerrearon todos los cretenses, pero después, por 
unas naderías surgieron rivalidades entre ellos, cosa 
habitual en Creta, cuya población total se dividió en 
dos bandos. Los polirrenios, los céretes, los lapeos, 
además de los de Orio y de los arcadios de Creta !% 
rompieron conjuntamente su amistad con. los de Cnoso 
y decidieron aliarse con los litios. En Gortina los ma- 
yores tomaron partido por los cnosios, y los jóvenes 
por los litios, y hubo una revuelta civil. Los de Cnoso, 
a la vista del cambio producido inesperadamente entre 
sus aliados, llamaron a mil hombres de Etolia, según 
el pacto. 

Ocurrido esto, rápidamente en Gortina el partido de 
los mayores se instaló en la ciudadela, mandó acudir 
a los de Cnoso y a los etolios; mataron a unos jóve- 


127 Población hacia el S. de la isla, en su centro longitudinal. 
Está en la llanura de Mesana, y todavía hoy se pueden visitar 
sus interesantes ruinas. 

128 Cnoso, a ocho kilómetros de Heraklion, la población más 
importante de la isla. En Cnoso están las ruinas del formidable 
palacio de los reyes de aquel reino cretense. 

129 Lito está al E. de Cnoso, a unos veinticinco kilómetros. 

130 Polirrenia estaba al O. de Creta. Cerea debía de estar 
también por allí, pero su localización es dudosa. Lappa estaba 
tierra adentro, en la actual población de Argirópolis; de los de 
Orio se sabe vagamente su localización, pues su centro reli- 
gioso era el Dictineo de Liso, casi en la punta del cabo Psakos, 
en un largo brazo de tierra que se adentra en el mar. Los 
arcadios de Creta eran una confederación de villorrios del cen- 
tro de la isla. 


LIBRO IV 483 


nes y desterraron a otros, y entregaron la ciudad a los 
de Cnoso. 

En aquella misma ocasión los litios habían salido 
con todas sus tropas hacia territorio enemigo. Los de 
Cnoso lo supieron, y conquistaron la ciudad de Lito, 
desguarnecida de defensores. Los de Cnoso enviaron a 
su ciudad a niños y mujeres, y tras quemar Lito, arra- 
sarla y ultrajarla de todas las maneras posibles, se 
retiraron. Los litios acudieron allí de nuevo, al regresar 
de su marcha, y al comprobar lo ocurrido, quedaron 


tan dolidos en sus espíritus que nadie de los presentes. 


tuvo ánimos para entrar en la ciudad: todos dieron 
una vuelta a su alrededor, y tras gemir y lamentarse 
por el infortunio de su país y del suyo propio, vol- 
vieron la espalda y se retiraron a la ciudad de los 
lapeos. Éstos les acogieron con mucha humanidad y 
con gran afecto, y los litios, que en un solo día se 
habían convertido de ciudadanos en hombres sin ciu- 
dad y extranjeros, continuaron la guerra contra los 
cnosios conjuntamente con los demás aliados. Lito, 
que era colonia de los lacedemonios y ciudad empa- 
rentada con ellos, poseía y alimentaba a hombres va- 
lientes en extremo, a los más bravos de Creta, según 
todos reconocían; con todo, desapareció totalmente y 
de manera imprevisible. 

Los polirrenios y los lapeos, y todos sus aliados, se 
percataron de que los de Cnoso se habían aliado con 
los etolios; veían igualmente que éstos eran enemigos 
del rey y de los aqueos, y así enviaron legados a aquél 
y a éstos en demanda de alianza y de ayuda. Tanto 
los aqueos como Filipo les admitieron en su coalición 
y les mandaron refuerzos, cuatrocientos ilirios al man- 
do de Plátor, doscientos aqueos y cien focenses. La 
llegada de “éstos representó un gran alivio para los 
polirrenios y sus aliados. En efecto: en muy poco 
tiempo encerraron dentro de sus muros a los de Eleu- 


55 


484 HISTORIAS 


terna, a los cidoniatas *%!, e incluso a los de Aptera, les 
forzaron a abandonar su alianza con los de Cnoso, a 
unírseles y a participar de sus mismas esperanzas. 
Concluido esto, los polirrenios y sus aliados enviaron 
quinientos cretenses a Filipo y a los aqueos. Muy poco 
tiempo antes los de Cnoso habían enviado mil solda- 
dos a los aqueos. De modo que en esta guerra lucha- 
ron cretenses en ambos bandos. Los desterrados de 
Gortina tomaron el puerto de Festo '%?, al tiempo que 
retenían el suyo propio de Gortina con una audacia 
admirable; para sus salidas se servían de estos lugares 
como bases y hacían la guerra a los de la ciudad. 

Ésta era la situación de Creta. 
Por aquel mismo tiempo Mitrí- 
dates 13 declaró la guerra a los 
de Sínope “, y de ello resultó la 
ocasión y el principio de la ruina 
total que se abatió sobre los sinopeses. Ante el con- 
flicto, éstos enviaron legados a los rodios en demanda 
de ayuda; los rodios acordaron elegir a tres hombres 
y entregarles ciento cuarenta mil dracmas; los dele- 
gados, tomándolos, dispusieron lo que los de Sínope 
precisaban según sus necesidades. Los tres hombres 
nombrados prepararon diez mil ánforas de vino, tres- 
cientos talentos de crines trabajadas '* y cien de cuer- 


Los hechos 
de Sínope 


131 Cidonia estaba situada en la costa N., hacia -el O. de 
Creta, actualmente La Canea, que es capital administrativa de 
la isla. Aptera estaba un poco más al E. 

1322 Es algo exagerado hablar del puerto de Festo, que dista 
unos veinticinco kilómetros del mar; la referencia es segura- 
mente a la pequeña población marinera de Mascla. 

133 Mitrídates 1I, rey del Ponto: debemos hallarnos en el 
año 220. 

134 Sínope está situada a la mitad de la costa asiática, o 
sea la meridional, del Ponto Euxino. 

135 Cabellos humanos o crines de caballo, que servían, junto 


LIBRO IV 485 


das preparadas, mil armaduras, tres mil piezas de oro 
amonedado, cuatro catapultas y sus servidores. Los 
legados de los sinopeses, pues, tomaron consigo todo 
esto y regresaron a su ciudad; en Sínope se temía el 
intento, por parte de Mitrídates, de asediarles por mar 
y por tierra; por esto hacían toda clase de prepara- 
tivos contra tal eventualidad. Sínope está situada en la 
orilla derecha del Ponto si se navega en dirección a 
Fasis, levantada sobre un tómbolo que se adentra en 
el mar; la ciudad intercepta totalmente el brazo de 
tierra (de una anchura de no más de dos estadios) que 
une el tómbolo con Asia, Lo que queda de éste se 
adentra en el mar, es llano y presenta buenos accesos 
hacia la ciudad. Su extremidad es un arco circular 
acantilado y sin playa; fondear allí es difícil, y presenta 
muy pocas calas. Por eso los de Sínope temían que 
Mitrídates montara sus máquinas de guerra por el lado 
de Asia, y que hiciera simultáneamente un desembarco, 
desde el mar, por los parajes llanos próximos a la ciu- 
dad, y así iniciara su asedio. Emprendieron la fortifi- 
cación de la parte del tómbolo que se asemeja a una 
isla, para lo cual obstruyeron los accesos por mar con 
parapetos y estacadas; al propio tiempo situaron en 
posiciones estratégicas soldados y ballestas. Las di- 
mensiones del tómbolo no son considerables, sino re- 
ducidas; el espacio es fácilmente defendible. 
Tal era la situación de Sínope. 
Retorno a la El rey Filipo levantó el campo 
guerra de los con un ejército desde Macedonia 
aliados (pues es aquí donde hemos deja- 
do hace poco la guerra de la coa- 
lición) y avanzó por la Tesalia y el Epiro, pues quería 
efectuar su penetración en la Etolia a través de estos 


con tendones de animales, para fabricar los cables de torsión 
de las catapultas. 


57 


10 


486 HISTORIAS 


territorios. Precisamente entonces Alejandro y Dorí- 
maco 1% proyectaban una acción contra la ciudad de 
Egira, y concentraron para ello en Oyantia, ciudad de 
Etolia, situada frente a la que he citado, unos mil 
doscientos etolios, les proveyeron de los buques de 
transporte necesarios y aguardaron al tiempo propicio 
para la navegación y el ataque. Había un desertor etolio 
que llevaba mucho tiempo viviendo en Egira 4%; había 
observado que los centinelas de la puerta de Egio se 
embriagaban y hacían sus guardias con negligencia. 
Muchas veces se había arriesgado y había pasado al 
campo de Dorímaco y le había incitado a la acción, a 
él y a sus hombres, pues sabía que tales empresas les 
eran familiares. La ciudad de Egira está situada en el 
Peloponeso, en el golfo de Corinto, entre Egio y Sición, 
levantada en unas lomas escarpadas y poco accesibles. 
Se orienta hacia el Parnaso y hacia las zonas opuestas 
de la costa. Dista del mar unos siete estadios. Llegó el 
viento propicio para la navegación; Dorímaco zarpó 
con sus hombres y aún de noche fondeó no lejos del 
río que fluye junto a la ciudad. Alejandro y Dorímaco, 
y con ellos Arquidamo y el hijo de Pantaleón tenían 
consigo el contingente mayor de etolios y avanzaron 
contra la ciudad por la ruta que conduce a ella desde 
Egio. El desertor antes mencionado conocía bien el 
terreno; con veinte hombres escogidos se adelantó a 
los restantes por caminos difíciles e impracticables, se 
escurrió a través de un acueducto y sorprendió a los 
centinelas todavía dormidos, les degolló en sus mismos 
camastros, rompió a hachazos los cerrojos y abrió las 
puertas a los etolios. Éstos atacaron de modo impre- 
visto y allí se comportaron brillantemente '%, cosa que 


136 Dorímaco ya había salido al principio de este libro, 3, 5. 

137 Ciudad situada en la costa N. de la Acaya. 

133 Este adverbio aquí sorprende algo, pero la tradición 
griega manuscrita es unánime. Quizás Polibio se exprese iró- 


LIBRO IV 487 


les ocasionó, a fin de cuentas, la perdición y la salva- 
ción a los egiratas. Porque los etolios suponían que 
para apoderarse de una ciudad ajena bastaba con fran- 
quear sus puertas, y fue así como entonces llevaron a 
cabo la acción. 

Los etolios permanecieron muy breve tiempo reuni- 
dos en el ágora, y después, ávidos de botín, se espar- 
cieron, iban irrumpiendo en las casas y las saqueaban, 
quedándose con los objetos de valor; ya se había 
hecho de día. Para los egiratas, aquello fue un hecho 
inesperado y paradójico; los que tenían ya al enemigo 
dentro de sus casas, aturdidos y aterrorizados, se entre- 
garon a la fuga y huyeron de la ciudad; suponían que 
el enemigo ya la había ocupado, que la conquista se 
había consumado. Mas los que lo oían, pero tenían 
las casas todavía intactas, se aprestaron a la defensa; 
corrieron todos a su acrópolis. Su número iba cre- 
ciendo constantemente, y su valor aumentaba; el con- 
tingente de los etolios, por el contrario, por lo que ya 
hemos descrito, disminuía y se desordenaba cada vez 
más. Dorímaco comprendió el peligro que se les echa- 
ba encima, reunió a los suyos y atacó a los ocupantes 
de la acrópolis; creía que ante tal valor y audacia los 
que se habían agrupado para defenderse cederían. Pero 
los egiratas se exhortaron a sí mismos, se defendieron 
y presentaron animosamente batalla a los etolios. Aque- 
lla acrópolis no era amurallada, por lo que el choque 
fue cuerpo a cuerpo. Desde el primer momento fue 
una batalla en toda regla, y era lógico, porque unos lu- 
chaban por su ciudad y por sus hijos, y los otros para 
salvarse. Al final, los etolios que habían efectuado la 
irrupción huyeron, los egiratas aprovecharon la oca- 





nicamente, dado el desenlace de la pugna. Algunos editores han. 
propuesto corregir el texto original, y poner en él algún adver- 
bio que signifique «vergonzosamente» o cosa por el estilo. 


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2 


488 HISTORIAS 


sión de aquella fuga y acosaron al enemigo con energía, 
llenándole de pavor. El terror hizo que la mayoría de 
los etolios al huir se pisotearan unos a otros en las 
puertas. Alejandro murió en el choque, en la misma 
batalla; Arquidamo ** pereció estrujado y asfixiado en 
las puertas de la ciudad. Una parte de los restantes 
murió pisoteada, y los demás se desnucaron cuando 
huían monte a través por aquellos lugares abruptos. 
Los que lograron salvarse y llegar a las naves arro- 
jando sus armas, hicieron la travesía de regreso tan 
vergonzosa como imprevistamente. Y los egiratas, que 
estuvieron a punto de perder su patria debido a su 
negligencia, la salvaron contra toda esperanza por su 
bravura y su presencia de ánimo. 
En aquella misma época Eurí- 
pidas, general enviado por los 
Hechos de Acaya etolios a los eleos, había hecho 
una incursión por los territorios 
de Dime, de Farea y también de 
Tritea %, había acumulado un botín considerable y 
ahora se retiraba en dirección a Elea. Mico de Dime, a 
la sazón comandante segundo de los aqueos, acudió 
en socorro con todas sus fuerzas, dimeos, fareos y 
triteos; atacó vigorosamente a los etolios que se reti- 
raban. Pero cayó en una emboscada, fue derrotado y 
perdió a muchos de sus hombres, pues perecieron cua- 
renta infantes y alrededor de doscientos le fueron he- 
chos prisioneros. Eurípidas, tras lograr este éxito, se 
enorgulleció por lo ocurrido. Al cabo de pocos días 





139 Los manuscritos escriben, todos, Dorímaco, pero el error 
de Polibio es evidente, pues Dorímaco más tarde vuelve a salir 
(67, 1). La corrección «Arquidamo» se impone. 

140 Son ciudades de la Acaya: Dime cerca de la Élide, Farea 
(da grafía es dudosa, quizás sea Farai), en el curso medio del 
río Piero; Tritea está a unos veinte kilómetros en la misma 
orilla, aguas arriba. 


LIBRO IV 489 


efectuó una nueva salida y tomó a los dimeos una 
fortaleza situada estratégicamente junto al río Araxo, 
cuyo nombre era «la Muralla». Los mitos cuentan que 
en tiempos remotos Heracles luchó contra los eleos 
y que construyó aquí este bastión como base de sus 
incursiones contra ellos. 

Los dimeos, los fareos y los triteos, derrotados 
cuando prestaban auxilio, al ver, además, tomada su 
fortaleza, temieron por su futuro. Como primera me- 
dida enviaron mensajeros al general de los aqueos, a 
explicarle los hechos y a pedirle ayuda; luego remi- 
tieron embajadores que urgieran lo demandado. Pero 
Arato “ no logró reunir un cuerpo de mercenarios, 
porque en la guerra de Cleómenes los aqueos habían 
defraudado parte de sus soldadas a las tropas; él per- 
sonalmente, además, en sus proyectos, y en todos sus 
planes militares, era remiso e indolente. Por esto Li- 
curgo había tomado el Ateneo a los de Megalópolis y 
Eurípidas Gortina'?, en la Telfusia, además de las 
plazas mencionadas. Los dimeos, los fareos y los triteos 
desesperaron ya de la ayuda del general, y tomaron 
el acuerdo conjunto de negar a los aqueos el aporte 
de las contribuciones comunes. Reclutaron privada- 
mente mercenarios, trescientos hombres de a pie y cin- 
cuenta de caballería, con los cuales aseguraron el país. 
Con esta conducta dieron la impresión de haber tomado 
unas decisiones excelentes en cuanto a sus problemas 
particulares, pero todo lo contrario en cuanto a la 
problemática general. En efecto: parecieron ser los 
iniciadores y cabecillas de una agresión perversa, y 
ofrecieron un pretexto a los que querían disolver la 


141 Es Arato el Joven. 

1422 No hay que confundir esta ciudad con la que lleva el 
mismo nombre en la isla de Creta; la Telfusia está situada en 
la Arcadia, al S. de Telfusa. Sin embargo, en la tradición ma- 
nuscrita griega este nombre no es absolutamente seguro. 


10 


61 


490 HISTORIAS 


Liga aquea. La mayor culpabilidad ante tal proceder 
hay que achacarla con toda justicia al general, hombre 
negligente, que lo difería todo, y era desconsiderado 
con los que le pedían algo. Quien corre un peligro, por 
poco que espere de sus amigos y aliados, acostumbra 
a aferrarse a estas esperanzas. Pero cuando, en medio 
de sus dificultades, se desengaña, entonces busca for- 
zosamente ayuda en sí mismo, dentro de sus posibili- 
dades. Los triteos, los farieos y los dimeos no son 
dignos de reproche si privadamente reclutaron merce- 
narios: el general de los aqueos 1% les daba largas. En 
cambio, sí que debemos echarles en cara el que se 
negaran a abonar sus cuotas a la Confederación. 

Naturalmente, estas ciudades no debían posponer 
sus propios intereses. Pero su situación económica era 
próspera, y podían cumplir sus obligaciones para con 
la Confederación, tanto más cuanto su contribución era 
reintegrable según las leyes federales. Piénsese ante 
todo que estas ciudades habían sido las fundadoras 
de la Liga aquea. 

Tal era la situación en el Pelo- 
poneso. El rey Filipo atravesó la 
Tesalia y se presentó en el Epiro. 
Recogió a todos los epirotas jun- 
to con sus macedonios, a tres- 
cientos honderos que le habían venido desde la Acaya, 
a quinientos cretenses que le habían mandado los poli- 
rrenios, e inició el avance. Traspasó el Epiro y se plantó 
en la Ambracia '*, Si hubiera invadido la Etolia con- 
tinental de golpe y sin dilaciones, mediante un asalto 
inesperado con su potente ejército, hubiera podido aca- 
bar definitivamente la guerra. Pero ahora, los epirotas 


Filipo en el 
Epiro 


143 Es Arato el Joven; cf. 11 37, 3. 
144 Pequeña región al S. del Epiro, bañada por el golfo de 
su nombre. La capital tiene el nombre de la región. 


LIBRO IV 491 


le convencieron de que empezara por asediar Ámbra- 
co !%5, con lo que proporcionó un respiro a los etolios, 
que pudieron rehacerse, tomar sus previsiones y pre- 
pararse para el futuro. Los epirotas pusieron sus inte- 
reses por encima de los comunes de la coalición; em- 
peñados en apoderarse de Ámbraco, pidieron a Filipo 
que ante todo asediara este territorio y lo conquistara. 
En efecto, daban la máxima importancia a arrebatar 
Ambracia a los etolios, y creían que ello sólo sería 
posible si se apoderaban del territorio; luego se esta- 
blecerían en la ciudad. Ámbraco es una plaba bien pro- 
tegida por un muro y su falsabraga. Está situada en 
unas marismas y desde la tierra firme tiene un único 
acceso, angosto y hecho de tierra apisonada, domina 
estratégicamente el país y la ciudad de Ambracia. 

Los epirotas, pues, convencieron a Filipo, que acamn- 
pó no lejos de Ámbraco y dispuso las obras necesarias 
para el asedio. 

En aquel mismo tiempo Escopas tomó todas las 
tropas etolias, marchó a través de la Tesalia y penetró 
en Macedonia, recorrió la llanura de Pieria '% y la de- 
vastó; recogió una gran cantidad de botín y continuó 
su avance en dirección a Dión. Los habitantes de la 
ciudad abandonaron el lugar, Escopas penetró en él 
y destruyó las murallas, las casas y el gimnasio; incen- 
dió los pórticos que rodeaban al santuario y destruyó 
el resto de exvotos que había allí tanto para ornato del 
templo como para utilidad de los que se reunían en 
las panegirias. Incluso hizo añicos todas las estatuas 
de los reyes. De modo que este hombre, así que empezó 
el conflicto en su primera acción, declaró la guerra no 


145 Ambraco está en una pequeña isla (hoy Fidocastro) al 
S. de la Ambracia. Pero por la descripción que hace Polibio, 
en su época la isla no era tal. 

146 Al S. de la Macedonia, entre el Olimpo y el mar. En 
Dión había un templo de Zeus muy famoso. 

AS 


62 


492 HISTORIAS 


sólo a los hombres, sino incluso a los dioses; luego se 
retiró. Y cuando regresó a Etolia le recibieron no como 
a un sacrílego, sino que le honraron y consideraron 
como un hombre que había fomentado los intereses 
de la Confederación; lo que había hecho había sido 
llenar a los etolios de esperanzas infundadas y de un 
orgullo necio. En efecto: estos hechos les habían con- 
vencido de que nadie se atrevería ni tan siquiera a 
acercarse a Etolia; ellos, en cambio, devastarían impu- 
nemente no sólo el Peloponeso, que es lo que acostum- 
braban, sino incluso la Tesalia y Macedonia. 

Filipo se enteró de lo que ocurría en Macedonia; 
cosechó al punto el fruto natural del ignorante orgullo 
de los epirotas, y estableció el asedio de Ámbraco. 
Empleó activamente terraplenes y los demás prepara- 
tivos. Muy pronto intimidó a los asediados y les tomó 
la plaza en un lapso de cuarenta días. Dejó ir a los de- 
fensores, unos quinientos etolios, con los que estable- 
ció unos pactos, y satisfizo la avaricia de los epirotas 
entregándoles Ámbraco. Él mismo recogió a sus tropas 
y avanzó no lejos de Caradra ': quería cruzar el golfo 
Hamado de Ambracia en su parte más angosta, allí 
donde está situado el templo de los acarnanios deno- 
minado Accio. Este golfo citado se abre en el mar de 
Sicilia, entre el Epiro y la Acarnania; su boca es tan 
estrecha que no llega a los cinco estadios. Se adentra 
en dirección a tierra firme y se extiende a lo largo de 
cien estadios; desde el mar, recubre una extensión de 
trescientos estadios. Separa el Epiro y la Acarnania, 
el primero situado al Norte y la segunda al Sur. Filipo, 
pues, hizo pasar sus tropas por la boca mencionada, 
atravesó la Acarnania y se plantó en la Etolia, en la 
ciudad llamada Fitea '*%; en su marcha se había agre- 


142 Caradra, en la costa N. del golfo de Ambracia. 
148 Actualmente Palaikastro. 


LIBRO IV 493 


gado dos mil soldados acarnanios de a pie y doscientos 
de a caballo. Acampó delante de la ciudad en cuestión, 
durante dos días lanzó ataques vigorosos y formidables 
y la tomó bajo ciertas condiciones, dejando ir me- 
diante pactos a los etolios que estaban dentro. De éstos, 
a la noche siguiente llegaron quinientos más, creídos 
de que la ciudad aún resistía. El rey Filipo conoció su 
presencia y les tendió una emboscada en un lugar es- 
tratégico. Consiguió matar a la mayoría de ellos y cogió 
prisioneros a los restantes, salvo algunos, muy pocos, 


que lograron escapar. Después de todo esto repartió” 


a sus tropas para treinta días trigo procedente del sa- 
queo, pues en Fitea lo encontraron depositado en los 
graneros en gran cantidad, y luego hizo avanzar su ejér- 
cito en dirección a Estrato !'%. Pero se detuvo a unos 
diez estadios de la ciudad y acampó a la orilla del río 
Aqueloo. Tomando su campamento como base iba de- 
vastando impunemente el territorio y ningún adversario 
se atrevía a salirle al encuentro. 

En aquella misma época los aqueos se veían ago- 
biados por la guerra. Supieron que el rey no estaba 
lejos y le envían legados en demanda de ayuda. Éstos 
encuentran a Filipo todavía en Estrato; a él le expu- 
sieron los hechos según las instrucciones recibidas, 
pero ante todo ponderaron al ejército el provecho a 
obtener de la tierra enemiga. Así persuadieron a Filipo 
que atravesara por Rion'% y que invadiera la Élide. 
El rey les escuchó, y de momento retuvo a los envia- 
dos con la afirmación de que deliberaría acerca de sus 
consejos. Levantó el campo y avanzó; su marcha fue 
en dirección a Metrópolis y Conope *!. Los etolios se 


149 En la frontera entre la Acarnania y la Etolia, en terri- 
torio etolio. 

150 Cf. notas 17 y 48 de este mismo libro. 

151 Metrópolis debía de estar en la orilla derecha del Aque- 


10 


11 


494 HISTORIAS 


quedaron en la ciudadela de Metrópolis, aunque aban- 
donaron la ciudad. Filipo la incendió y avanzó, sin 
detenerse, hacia Conope. Los etolios concentraron su 
caballería y se arriesgaron a afrontar al enemigo en el 
vado del río que está antes de llegar a la ciudad, a unos 
veinte estadios de distancia. Creían que, de no impedir 
totalmente el paso, al menos le causarían un gran es- 
trago cuando saliera del agua. Pero el rey intuyó estos 
planes y ordenó a sus peltastas que fueran los primeros 
en entrar en el agua y que lo hicieran en formación 
compacta con los escudos de cada compañía en contacto 
cerrado !%, Éstos cumplieron sus órdenes, y así que la 
primera unidad se lanzó al agua, la caballería etolia 
hizo un breve tanteo, pero los macedonios mantuvieron 
su formación. La segunda unidad y la tercera se cerra- 
ron también bajo sus armas y se pegaron a la primera. 
Los jinetes etolios se vieron en dificultad y, además, su 
acción era ineficaz, por lo que se retiraron a su ciudad. 


8 Y desde entonces, a pesar de su altanería, los etolios 


huyeron a sus ciudades y permanecieron inactivos. Fi- 
lipo hizo que el resto de su ejército vadeara el río, taló 
impunemente esta región y llegó a Itoria 1%. Ésta es una 
plaza situada estratégicamente sobre el camino que atra- 
viesa el paso, destacada tanto por sus fortificaciones 
naturales como artificiales. Ante la aproximación del rey 
los defensores se asustaron y abandonaron el lugar; 
Filipo lo ocupó y lo arrasó totalmente. Ordenó, igual- 
mente, a sus forrajeadores que derrocaran los fortines 
restantes del país. 


loó, pero su situación no se ha localizado. Conope estaba a algo 
menos de diez kilómetros. 

182 Los tácticos antiguos militares llamaban a esto forma- 
ción de tortuga. 

153 Se han descubierto las ruinas de esta ciudad en la colina 
de San Elías, a la orilla izquierda del Aqueloo. 


LIBRO IV 495 


Una vez superados los desfiladeros, desde entonces 
Filipo hizo la marcha sin dificultades y a pequeñas jor- 
nadas; permitía a sus tropas que se hicieran con el 
botín del territorio. Su ejército disponía ya con abun- 
dancia de las provisiones necesarias, y se presentó de- 
lante de Eníade '* a orillas del Aqueloo. Acampó allí, 
ante Peanio'%, pues había decidido conquistar ante 
todo esta colina, lanzó sus ataques ininterrumpidamen- 
te y la ocupó por la fuerza, junto con el recinto de su 
ciudad, no muy grande, pues no llega a los siete esta- 
dios; sin embargo no es inferior a otras en el conjunto 
de murallas, casas y torres. Filipo demolió las murallas, 
destruyó todas las casas y fijó con gran cuidado, sobre 
las balsas, la madera y las tejas que por vía fluvial iba 
a trasladar a Eníade '%. Los etolios inicialmente se dis- 
pusieron a defender la fortaleza que hay en Eníade, 
tras fortificarla con muros y con los dispositivos res- 
tantes, pero al acercarse Filipo se aterrorizaron y hu- 
yeron. El rey tomó también esta ciudad, desde ella 
avanzó sin dilaciones y acampó en un lugar escarpado 
de Calidonia, llamado Elao '”, fortificado de manera ex- 
cepcional con muros y demás defensas, porque los eto- 
lios habían encargado a Átalo que lo acondicionara. 
Los macedonios se apoderaron de este lugar también 
por la fuerza, devastaron todo el territorio de Calidonia 
y se replegaron de nuevo a Eníade. Filipo vio que el 


15 En la misma frontera de Etolia y Acarnania, pero do- 
minio etolio. El texto griego presenta delante del nombre de 
la ciudad el adjetivo «aquea», pero aquí esto es absurdo, de 
modo que los editores atetizan el adjetivo. 

155' Peanio debía de estar en las inmediaciones de Eníade, 
pero su localización exacta se ignora. 

1565 Este texto parece absurdo; cf. WALBANK, Commentary, ad 
loc. Filipo se propone construir naves: ¿para qué las tejas? 
Quizás haya que entender que Filipo se proponía construir edi- 
ficios en la ciudad de Eníade. 

157 Este topónimo no se ha localizado. 


496 HISTORIAS 


lugar era estratégico desde muchos puntos de vista, pero 
principalmente para pasar al Peloponeso, y se dispuso 

9 a fortificar la ciudad. En efecto, Eníade está junto al 
mar, en un extremo de la Acarnania, su flanco limita con 

10 la Etolia, en la entrada del golfo de Corinto. Por el lado 
del Peloponeso, la ciudad está situada frente a la costa 
de los dimeos, y está muy próxima a la región del cabo 

11 Áraxo; dista de él no más de cien estadios. Filipo con- 
sideró este conjunto de cosas, fortificó la ciudadela 
propiamente dicha, y además rodeó de un muro el puer- 
to y los astilleros, que intentó comunicar con la ciu- 
dadela; para ello se servía del material recogido en 
Peanio. 

66 El rey se dedicaba todavía a ello cuando desde 
Macedonia le llegó un mensajero a exponerle que los 
dardanios, enterados de su expedición contra el Pelo- 
poneso, concentraban tropas y hacían grandes prepa- 

2 rativos; habían decidido invadir Macedonia. Al ente- 
rarse, creyó indispensable correr a defender su país. 
Remitió a los legados aqueos que tenía allí con la res- 
puesta de que, una vez solventado el problema del que 
le avisaban, no consideraría nada tan urgente como 
ayudar a los aqueos en la medida de sus propias po- 

3 sibilidades. Levantó el campo a toda prisa y deshizo 

4 el camino por el que se había presentado allí. Estaba 
ya a punto de cruzar el golfo de Ambracia, desde la 
Acarnania en dirección al Epiro, cuando en un esquife 
se le presentó Demetrio de Faros, a quien los romanos 
habían expulsado de Iliria. Esto lo hemos expuesto ya 

s más arriba *%. Filipo le acogió amistosamente y le or- 
denó que navegara hacia Corinto, para desde allí llegar 
a la Macedonia a través de la Tesalia. Él cruzó el Epiro 
y prosiguió su marcha sin detenerse, según sus pla- 


1588 TIT 19, 9. 


LIBRO IV 497 


nes. Llegó a Pella '%, ciudad de Macedonia; los darda- 
nios lo supieron por algunos desertores tracios, se 
asustaron y disolvieron su ejército inmediatamente, a 
pesar de que ya estaban próximos a Macedonia. Filipo 
supo este cambio de planes de los dardanios y licenció 
a todos sus macedonios para la cosecha de otoño '%; 
él marchó a la Tesalia, donde pasó el resto del verano 
en Larisa. 
Era el tiempo en que Paulo 
Emilio entró en Roma, proceden- 
Recapitulación te de la Iliria, con una magnífica 
pompa triunfal; en que Aníbal, 
tras tomar Sagunto por la fuerza, 
licenció sus tropas para que invernaran. Los roma- 
nos, al enterarse de la toma de Sagunto, enviaron le- 
gados a los cartagineses a exigir la entrega de Aníbal, 
al tiempo que se preparaban para la guerra, para lo 
cual habían nombrado cónsules a Publio Cornelio y 
a Tiberio Sempronio. Todo esto ha sido expuesto ya, 
en detalle, en el libro anterior '!; ahora lo hemos adu- 
cido para refrescar la memoria, según se ha expuesto 
al principio de la obra; así resultará notoria la corres- 
pondencia de los hechos. 
Y así terminó el primer año de esta Olimpíada. 
Había llegado ya la época de 
elecciones entre los etolios, que 
nombraron general a Dorímaco. 
Éste tomó el mando e inmedia- 
tamente concentró a los etolios 
con sus armas e invadió la parte norte del Epiro; iba 


Ataque de los 
etolios al Epiro 


159 Era la capital, situada tierra adentro, no lejos de la 
actual Tesalónica. 

160 Del año 219. 

161 Cf., para el triunfo de Paulo Emilio, MI 19, 12; para la 
toma de Sagunto, 111 17; para el envío de los diputados, II 
20, 6; para la elección de cónsules, III 40, 2. 


38. — 32 


10 


11 
61 


498 HISTORIAS 


talando el país, y lo destruía con un furor desmedido. 

2 Lo hacía no tanto por su propio lucro, como para 

3 perjudicar a los epirotas. Llegó al templo de Dodona !*, 

4 quemó los pórticos, arruinó la mayoría de exvotos y 
arrasó el santuario. Los etolios no tenían límites ni en 
la paz ni en la guerra: en ambas situaciones se compor- 
taban al margen de las leyes y costumbres de los hom- 

s bres. Dorímaco, pues, cometió tantos y tales desafue- 
ros, y luego se replegó a su país. 

6 El invierno era ya muy entrado, y debido al tiempo 
nadie esperaba ya la comparecencia de Filipo, pero el 
rey recogió tres mil escudados !%, dos mil peltastas, 
trescientos cretenses y, junto con todos ellos, cuatro- 

7 cientos hombres de su corte, y salió de Larisa. Hizo 
pasar todas sus fuerzas de Tesalia a Eubea, desde allí 
a Cinos 1%, y a través de Beocia y de la Megáride se. 
presentó en Corinto en el solsticio de invierno; lo hizo 
de manera oculta, pero enérgica, y nadie en el Pelopo- 

8 neso sospechó lo ocurrido. Obstruyó los accesos a 
Corinto, tomó las rutas mediante guarniciones y llamó 
hacia él inmediatamente a Arato el Joven, que estaba 
en Sición. Además envió cartas al general de los aqueos 
y a sus ciudades: en ellos indicaba la fecha y el lugar 

9 de una concentración general armada. Tras preocuparse 
de todo esto, levantó el campo, avanzó y se estableció 
ante el templo de los Dióscuros, no lejos de Fliunte *, 

68 En aquellos mismos días, Eurípidas con dos bata- 
llones de eleos, acompañados de piratas y de mercena- 
rios —en total eran unos dos mil doscientos hombres 


162 En Dodona había un templo de Zeus muy antiguo y muy 
famoso, en el cual, por el ruido que el oreo del viento hacía 
en las hojas de un roble centenario, los sacerdotes adivinaban 
el porvenir. 

163 Cf. nota 176 del libro II. 

16% En la costa de la Lócride, frente a la costa de Eubea. 

165 Fliunte, entre Sición y la Argólide. 


LIBRO IV 499 


y junto con ellos cien jinetes—, partió de Psófide 1% y 
efectuó una marcha a través del valle del Feneo y de 
Estinfalia. Ignoraba totalmente la expedición de Filipo, 
y se proponía devastar el territorio de Sición. En la 
misma noche en que Filipo acampaba frente al templo 
de los Dióscuros, Eurípidas rebasó el campamento del 
rey y al amanecer ya estaba en situación de atacar el 
territorio de Sición. Algunos cretenses de Filipo habían 
abandonado la formación y vagaban en busca de pas- 
tos; cayeron en manos de los hombres de Eurípidas. 
Éste les interrogó, y al averiguar la presencia de los 
macedonios, no comunicó a nadie lo acaecido, recogió 
sus fuerzas y retrocedió por el mismo camino que 
había recorrido antes. Pretendía, y esperaba lograrlo, 
que se adelantaría a los macedonios en la invasión de 
Estinfalia porque ocuparía antes que ellos los lugares 
difíciles que la dominan. El rey desconocía en abso- 
luto la presencia de los enemigos; según sus propios 
planes, levantó el campo al amanecer y avanzó; se 
proponía proseguir su ruta por la propia Estinfalia, 
en dirección a Cafias!%; era allí donde había escrito 
a los aqueos que se concentraran con sus armas. 

La vanguardia de los macedonios había alcanzado 
ya la cumbre de una loma llamada Apelauro *%; de 
esta cumbre a la ciudad de los estinfalios hay unos 
diez estadios. Y ocurrió casualmente que también la 
vanguardia de los eleos llegó a aquella cima. Ante lo 
que le decían, Eurípidas intuyó lo sucedido, tomó 
consigo algunos de los hombres de a caballo y se esca- 
bulló, en aquellas circunstancias, retirándose hacia 


166 Al N. de la Arcadia, en sus confines con la Acaya. No 
lejos estaba Estinfalia, célebre por el trabajo de Heracles, que 
mató en ella los pájaros estinfalios. 

167 Lugar ya conocido, especialmente por la batalla que se 
libró en él; cf. este mismo libro, 11, 2. 

1688 Al SE. de Estinfalia. 


6 


500 HISTORIAS 


Psófide por vericuetos impracticables. El resto de los 
eleos, abandonado por su general y empavorecido ante 
aquellos sucesos, se detuvo en su marcha sin saber qué 
hacer -ni hacia dónde dirigirse. Primero sus jefes supu- 
sieron que se trataba sólo de unos pocos aqueos que 
habían acudido a prestar socorro; se engañaron más 
que nada por la presencia de los escudados. En efecto: 
creían que se trataba de hombres de Megalópolis, y 
que éstos en la batalla de Selasia contra Cleómenes !% 
habían usado este armamento: el rey Antígono les 
había armado así para aquella ocasión. Por ello se re: 
tiraron guardando la formación hacia unos lugares for- 
tificados, sin desesperar de su salvación. Pero cuando 
vieron que los macedonios avanzaban y se les iban 
acercando se percataron de la realidad, arrojaron las 
armas y se lanzaron todos a la fuga. Unos mil dos- 
cientos fueron capturados vivos; la masa restante mu- 
rió, unos a manos de los macedonios y otros despe- 
ñados; lograron huir no más de cien. Filipo envió los 
despojos y los prisioneros a Corinto, y se afirmó en 
sus propósitos. Lo ocurrido fue inesperado para todos 
los del Peloponeso: se enteraron a la vez de la presen- 
cia y de la victoria del rey. 
Filipo marchó a través de la 
Arcadia y en las cimas del monte 
Toma de Psófide  Oligirto padeció por la nieve y 
por otras penalidades; al cabo de 
tres días llegó, de noche, a Ca- 
fias , Durante dos jornadas hizo descansar a sus tro- 
pas. Allí se le juntó Arato el Joven y los aqueos que 
se le habían unido. En conjunto la fuerza era de unos 
diez mil hombres, con los que a través de Clitoria 
avanzó contra Psófide; en las ciudades que iba cruzan- 


169 Cf. 11 65, 3. 
170 Cf. la nota 28 de este libro. 


LIBRO IV 501 


do recogía armas ofensivas y escaleras. Todo el mundo 
sabe que Psófide es una antigua fundación de los ar- 
cadios de Azanis?*”!; está situada en el mismo centro 
del Peloponeso, en la parte occidental de la Arcadia, 
y limita con la parte más occidental de la Acaya. Su 
emplazamiento es muy estratégico en cuanto al país 
de los eleos, con el cual entonces estaba unido polí- 
ticamente. Filipo, que había partido de Cafias, llegó 
al cabo de tres días y acampó en unas lomas que do- 
minan las ciudad; desde ellas la podía observar sin 
riesgos, y también los lugares que la rodeaban. Al darse 
cuenta de que Psófide era difícilmente expugnable, el 
rey no sabía qué partido tomar. Pues por su lado occi- 
dental fluye un torrente impetuoso, imposible de vadear 
en la mayor parte del invierno; su lecho, excavado poco 
a poco por el tiempo desde las vecinas alturas, es muy 
ancho, lo cual convierte a la ciudad en inaccesible e 
inexpugnable. Y por la parte de Oriente está el Eri- 
manto, un río a su vez importante y caudaloso, sobre 
el cual muchos autores han compuesto muchas fábulas. 
El torrente desemboca en el Erimanto por la parte 
occidental de la ciudad, de donde resulta que ésta, 
rodeada en tres de sus lados por corrientes de agua, 
está fortificada de la manera dicha. Además, por el 
Norte hay una colina escarpada y bien defendida, tanto 
por su posición como por obras de protección; se trata 
de una ciudadela natural y eficaz. La ciudad posee, 
además, unas murallas muy importantes, tanto por 
sus dimensiones como por sus dispositivos. Añádase a 
esto que habían llegado allí refuerzos enviados por los 
eleos, y que Eurípidas, que en su huida se había sal- 
vado, se encontraba en ella. 


171 Ningún comentarista, ni tan siquiera Walbank, dice nada 
acerca de este topónimo, que, por lo demás, no encuentro en 
los atlas de la antigiiedad que tengo a mi disposición. 


10 


71 


502 HISTORIAS 


Filipo veía todo esto y lo comprendía; a veces re- 
nunciaba a sus cálculos de forzar la ciudad por asedio, 
y a veces se mostraba muy decidido, seducido por lo 
estratégico del lugar. En la medida en que entonces 
era una amenaza para los aqueos y para los arcadios, 
y para los eleos una base excelente para sus operacio- 
nes bélicas, igualmente sería, una vez tomada, un ba- 
luarte de los arcadios, y para los aliados, un buen dis- 
positivo contra los eleos. Prevaleció, pues, esta segun- 
da opinión, y Filipo ordenó a los macedonios que al 
alborear tomaran alimentos y que estuvieran prestos 
y dispuestos. Después cruzó el puente sobre el Eri- 
manto; debido a lo extraño de la empresa lo realizó 
sin encontrar resistencia. Llegó a la ciudad de manera 
enérgica y que daba miedo. Tanto Eurípidas como los 
habitantes de la ciudad no sabían qué hacer ante tales 
acontecimientos; anteriormente se habían convencido 
de que el enemigo no se atrevería a un ataque súbito 
para forzar una ciudad tan difícilmente expugnable, ni 
osaría establecer un asedio prolongado debido a la 
época invernal. Y al tiempo que pensaban esto, des- 
confiaban unos de otros, temerosos de que Filipo es- 
tuviera en connivencia con algumos habitantes de la 
ciudad. Pero cuando se percataron de que entre ellos 
no ocurría nada de esto, la mayoría de ciudadanos se 
lanzó a defender las murallas, y los mercenarios eleos 
salieron por una puerta superior para lanzarse contra 
el enemigo. El rey había distribuido previamente en 
tres lugares los hombres que debían aplicar las esca- 
leras a los muros, y dividió en tres partes igualmente 
al resto de los macedonios; después, dando la señal a 
cada grupo con las trompetas, comenzó por todas par- 
tes a un tiempo el asalto a las murallas. Los defenso- 
res de la ciudad primero combatieron corajudamente, 
y arrojaron a muchos de las escaleras. Pero se les 
agotaron las provisiones de proyectiles y de lo demás 


LIBRO IV 503 


necesario para aquella acción, porque los preparativos 
se habían hecho sobre la marcha y los macedonios no 
se habían intimidado ante lo que ocurría; si un hombre 
era derribado de una escalera, el siguiente ocupaba 
inmediatamente su lugar. Al final los de la ciudad die- 
ron todos la vuelta y huyeron en masa hacia la ciu- 
dadela; los macedonios franquearon las murallas, los 
cretenses trabaron combate con los mercenarios que 
habían salido por la puerta superior, les obligaron a 
arrojar vergonzosamente las armas y a huir. Les aco- 
saron pisándoles los talones y se precipitaron junto 
con ellos en las puertas: la ciudad fue tomada por 
todas partes. Los habitantes de Psófide se refugiaron 
con sus mujeres y sus hijos en la ciudadela, y con ellos 
Eurípidas con sus hombres, e igualmente el resto de 
los supervivientes. 

Los macedonios irrumpieron en la ciudad y pillaron 
inmediatamente todo el ajuar de las casas y después 
se instalaron en ellas y así retuvieron la plaza. Los que 
se habían refugiado en la ciudadela, totalmente despro- 
vistos de vituallas, previeron el futuro y determinaron 
rendirse a Filipo. Enviaron, pues, un heraldo al rey, 
quien les otorgó licencia para que le enviaran una em- 
bajada. Entonces los de Psófide le enviaron a sus jefes, 
y con ellos a Eurípidas: concertaron una tregua, y ob- 
tuvieron seguridades tanto para los refugiados de otras 
ciudades como para sus propios conciudadanos. Unos 
y otros regresaron a sus puntos de partida, con la orden 
de quedarse en el país hasta que el ejército macedonio 
levantara el campo; se quería evitar que algunos solda- 
dos desobedecieran y se entregaran al pillaje. Hubo una 
gran nevada, y el rey se vio forzado a permanecer unos 
días en aquel lugar. Durante ellos congregó a los aqueos 
allí presentes, y primero les mostró cómo la ciudad, 
con sus fortificaciones, era muy estratégica para aque- 
lla guerra. Afirmó, además, su inclinación y su adhesión 


11 


12 


13 


504 HISTORIAS 


a la Confederación aquea, y dijo que, por encima de 
todo, ahora se alejaría y les entregaría la ciudad, pues 
tenía el propósito de hacer todo lo posible para com- 
placerles, y no omitir nada que probara su simpatía 
para con ellos. Arato y los suyos le manifestaron su 
agradecimiento; Filipo disolvió la asamblea, levantó el 
campo con su ejército y se puso en marcha hacia La- 
sión '?, Los de Psófide descendieron de la ciudadela y 
recuperaron su ciudad y sus casas y Eurípidas y los 
suyos se retiraron hacia Corinto, y desde allí a la Etolia. 
Los comandantes aqueos presentes allí establecieron en 
la ciudadela a Prolao de Sición, con una guarnición 
suficiente; como gobernador de la ciudad nombraron 
a Pitias de Pelene. 
Y éste fue el final de la operación de Psófide. 
La guarnición elea de Lasión se 
enteró de la presencia de los ma- 
Toma de Lasión cedonios, y sus hombres, sabedo- 
res de lo ocurrido en Psófide, 
abandonaron al punto la ciudad. 
El rey, así que llegó, tomó al punto la plaza, y para de- 
mostrar más la benevolencia que tenía para con los 
aqueos, les entregó la ciudad de Lasión. Los eleos 
habían abandonado también Estrato, y el rey resti- 
tuyó esta plaza a los telfusios 3, Llevó a cabo todo 
esto, y en cinco días se presentó en Olimpia. Ofreció 
un sacrificio al dios, dio un banquete a los oficiales y 
concedió un descanso de tres días al resto de su ejér- 
cito. Después volvió a levantar el campo. Avanzó hacia 
la Elea, y envió al país a los forrajeadores y él acam- 


12 En la Elide, ya en la frontera con la Arcadia, al SE. de 
Psófide. 

13 Cf. nota 142 de este libro. Aquí es la Telfusia de la Ar- 
cadia. 


LIBRO 1V 505 


pó en un lugar llamado Artemisio "*, Recibió allí su 
botín, y regresó de nuevo a Dioscurio. 

Devastó el país y el número de prisioneros fue 
grande, y aún mayor el de hombres que huyeron a las 
aldeas vecinas y a lugares fortificados. 

El país de los eleos, en efecto, 
está muy poblado, y supera en 
número de esclavos y de bienes 
materiales al resto del Pelopone- 
so. Algunos eleos aman tanto la 
vida en el campo, que entre ellos hay hombres que, 
a pesar de ser dueños de una hacienda que les faculta 
para ello, en dos o tres generaciones no se han presen- 
tado en absoluto a la asamblea elea. Esto sucede por- 
que los gobernantes ponen gran interés y providencia 
en favor de los que viven en la campiña: se les admi- 
nistra justicia en sus propios lugares, y no les falta 
nada de lo preciso para vivir. Me parece que los eleos 
idearon y legislaron todo esto ya desde antiguo debido 
a las dimensiones del país, y por su existencia llamé- 
mosla sagrada. Todos los griegos les concedieron la 
organización de los Juegos Olímpicos, y así la Élide fue 
para ellos morada sagrada e inviolable: jamás experi- 
mentaban daño alguno, y eran neutrales ante cualquier 
acontecimiento guerrero. 

Pero más tarde los arcadios les disputaron Lasión 
y los territorios de Pisa 5, y los eleos se vieron forza- 
dos a defender su país, cambiando así su género de 
vida. Y desde entonces ya no se preocuparon en 
reclamar de los griegos su ancestral inviolabilidad ante- 
rior, sin que continuaran en su situación, y no previe- 
ron correctamente el futuro, al menos según mi pa- 


Situación de 
la Elide 


174 Seguramente un santuario de Artemis Alfea. 
5 Su situación no es segura: quizás estuviera cerca de 
Olimpia. 


10 


11 


74 


506 HISTORIAS 


recer. Pues si lo que todos pedimos a los dioses y 
soportamos cualquier cosa para conservarla, me re- 
fiero a la paz, el único bien que los hombres juzgan 
indiscutible, si quienes pueden obtenerla de los grie- 
gos con justicia y honor, para siempre y de manera 
indisputada, la desprecian o juzgan alguna otra cosa 
preferible a ella, ¿cómo no será notoria su ignorancia? 
¡Por Zeus!, quizá una gente así resulte fácilmente vul- 
nerable, por su género de vida, para los inclinados a 
guerrear y a violar los pactos. Pero hay que decir que 
esto ocurre poco, y si alguna vez pasa, las víctimas 
podrían alcanzar el apoyo de los griegos. Y ante daños 
parciales y temporales, dada la abundancia de recursos 
que lógicamente tienen, ya que viven en paz ininte- 
rrumpidamente, no les faltarán mercenarios ni solda- 
dos que les protegerán en todo lugar y circunstancia. 
Pero ahora los eleos, por un temor extraño y muy poco 
probable, tienen su territorio y sus bienes en perpetuas 
guerra y destrucción. 

Teníamos que decir esto para refrescar la memoria 
de los eleos: en efecto, nunca como ahora tienen una 
oportunidad más favorable de recuperar una inviola- 
bilidad que les reconocen todos; habitan su país, como 
señalé anteriormente, como si guardaran alguna cen- 
tella de sus costumbres de antaño. 

Por esto la presencia de Filipo 
produjo un gran número de pri- 
sioneros, y aún otro mayor de 
huidos. La mayor cantidad de ma- 
terial y la mayor concentración 
de prisioneros y de cabezas de ganado se reunió en el 
lugar llamado Talamas, porque allí el territorio es an- 
gosto y el lugar impracticable y de salida difícil. El 
rey se había enterado de la gran cantidad de huidos 


Filipo, en 
Talamas "6 


116 En el N. de la Élide, pero su localización es insegura. 


LIBRO IV : 507 


hacia esta región, y creyó que no debía dejar nada o 
incompleto o al menos sin ser intentado: se anticipó 
a ocupar con sus mercenarios los lugares que dominan 
estratégicamente la entrada. Él dejó en su campamento 4 
su bagaje y la mayor parte de su ejército; tomó con- 
sigo a los peltastas y a la mayor parte de la infantería 
ligera y penetró por los desfiladeros; mo encontró re- 
sistencia y se presentó en el territorio. Los que se 5 
habían refugiado allí se asustaron ante la incursión, 
porque carecían de experiencia y de preparación para 
acciones militares, y además se había juntado allí una 
multitud heterogénea; la rendición fue inmediata. Entre 6 
ellos había doscientos mercenarios de muy diversos 
orígenes; Anfidamo, el general de los eleos, había llega- 
do con ellos. Filipo se adueñó de material en abun- 7 
dancia, hizo más de cinco mil prisioneros y, además, 
se llevó una cantidad innumerable de cabezas de gana- 
do, con todo lo cual regresó a su campamento. Pero 8 
luego resultó que el botín tan enorme no sólo colmaba 
de provechos de todo tipo a su ejército, sino que lle- 
gaba a embarazarle y a hacerse pesado, por lo que se 
replegó de nuevo a Olimpia. 
Apeles, uno de los que Antígo- 76 
no había nombrado tutor de su 
Intrigas de Apeles hijo, en aquel tiempo gozaba de 
eran influencia ante el rey. Que- 
ría llevar a la Confederación 
aquea a una situación semejante a la tesalia, para lo 
que se propuso una intriga perversa. Los tesalios da- 2 
ban la impresión de regirse por unas leyes que diferían 
mucho de las macedonias, pero en realidad no se dis- 
tinguían en nada, sino que, tratados en todo igual que 
los macedonios, hacían todo lo que los oficiales del rey 
les mandaban. El hombre citado acomodó su plan a 3 
esta situación, e hizo un tanteo entre sus compañeros 
de armas. Primero permitió a los macedonios que ex- 4 


508 HISTORIAS 


pulsaran de sus alojamientos a los aqueos que los ocu- 
paban en calidad de jefes, y que se quedaran con el 
botín que les pertenecía. Después hacía que sus servi- 
dores les golpearan sin el menor motivo; a los aqueos 
que se indignaban y corrían en ayuda de los agredidos, 
les metía en la cárcel él personalmente. Apeles creía 
que con un proceder semejante, en poco tiempo e inad- 
vertidamente habituaría a todo el mundo a no creer 
nada terrible si se sufría de parte del rey. Sin em- 
bargo, hacía muy poco que había salido a campaña 
con Antígono y había visto que los aqueos eran capaces 
de soportar cualquier penalidad con tal de no obedecer 
las órdenes de Cleómenes. 

Algunos soldados aqueos jóvenes se reunieron y fue- 
ron a encontrar a Arato!” y le expusieron las maquina- 
ciones de Apeles. Arato, a su vez, se presentó a Filipo, 
convencido de que era preciso detener esto en sus 
comienzos sin dilación alguna. Trataron el tema con 
el rey en persona, Filipo oyó lo sucedido, y dijo a los 
jóvenes que cobraran ánimo, que a ellos no iba a ocu- 
rrirles nada semejante; a Apeles le intimó que no diera 
ninguna orden a los aqueos sin consultarla previamen- 
te con el general. 

Tanto por su afabilidad para 

con sus camaradas de campaña 

Elogio de Filipo como por su habilidad y su auda- 

cia en las operaciones bélicas, 

Filipo gozó de gran estima no 

sólo entre los soldados, sino también entre las gentes 
restantes del Peloponeso. No es fácil encontrar un rey 
más dotado por la naturaleza de las cualidades reque- 
ridas para dirigir empresas. En efecto: era de inteli- 
gencia pronta, y poseía una memoria y un gracejo 
excepcionales, además una majestad y una autoridad 


177 Arato el Viejo, sin duda. 


LIBRO IV 509 


propias de un rey y, por encima de todo, una gran 
experiencia y audacia guerreras. Pero no es fácil ex- 
poner en pocas palabras lo que se opuso a esto y le 
convirtió de monarca benigno en tirano cruel. Poste- 
riormente se presentará una ocasión más adecuada que 
ésta para considerar la cuestión y discutirla 178, 

Filipo partió de Olimpia en di- 
rección a Farea 1”: se presentó en 
Telfusa, y desde aquí en Herea, 
donde vendió el botín y reparó el 
puente sobre el río Alfeo: preten- 
día penetrar por él en Trifilia '*. Era el tiempo en que 
Dorímaco, el general etolio, ayudó a los eleos a petición 
de éstos, pues se veían devastados; les envió seiscien- 
tos etolios al mando del general Fílidas. Éste se pre- 
sentó en Elea, recogió a los mercenarios de que dispo- 
nían los eleos, unos quinientos, mil soldados de la 
ciudad y además los de Tarento, y se fue a la Trifilia 
a prestar ayuda. Esta región ha tomado el nombre de 
Trifilo, uno de los hijos de Arcas; está situada en el 
Peloponeso, junto al mar, entre Elea y Mesenia: orien- 
tada hacia el mar de África, se encuentra en la extre- 
midad occidental de la Arcadia. En ella hay las ciuda- 
des siguientes: Sámico, Lepreo, Hipana, Tipanea, Pirgo, 
Epión, Bólax, Estilangio y Frixa '%. Poco tiempo antes 


Campaña 
de Trifilia 


173 Lo aquí prometido, lo encontramos en VI li y 13 y 
siguientes. 

179 Ciudad en el curso del Alfeo, al S. de Olimpia. 

180 Pequeña región costera entre la Élide y la Arcadia, como 
dice el mismo Polibio más abajo. 

18 Sámico está sobre el monte Kaiafa; Lepreo está a cien 
estadios de Sámico y a cuarenta del mar. Hipana y Tipanea 
no sabemos dónde estaban, verosímilmente al N. de éstas. Pirgo 
estaba en la misma costa, en el cabo hoy llamado de San Elías. 
Epión, Bólax y Estilangio están al N. de la cadena de Kaiaphas, 
pero su localización es incierta. Frixo está en una altura, en 
un recodo del Alfeo, al E. de Olimpia. 


4 


10 


510 HISTORIAS 


los eleos las habían sometido, junto con la plaza de 
Alífera '%, que primero dependió de la Arcadia y de 
Megalópolis. Pero Lidíadas de Megalópolis la cedió a 
los eleos durante su tiranía, a cambio de ciertas ven- 
tajas personales. 

Fílidas mandó a los eleos a Lepreo, a los mercena- 
rios a Alífera, y él afrontó el futuro, con sus etolios, 
en Tipanea. El rey dejó su bagaje, cruzó por el puente 
el río Alfeo, que fluye junto a la misma ciudad de 
Herea, y se presentó en Alífera. Esta ciudad está situa- 
da sobre una cima escarpada en todas las laderas, y 
el camino para llegar a ella supera los diez estadios. 
En la cumbre, encima de la loma, tiene una ciudadela 
y una estatua de bronce, hermosa y de grandes dimen- 
siones, de la diosa Atenea. Incluso los habitantes del 
país discuten por qué se colocó la estatua y quién su- 
fragó el monumento: no se ve claramente quién mandó 
erigirla ni quién la dedicó. Pero, en cambio, todos están 
de acuerdo en que es una obra de arte excepcional, 
trabajo de unos artífices muy hábiles y de gran pres- 
tigio: la fundieron Hecatodoro y Sóstrato 1%, 

En la jornada siguiente amaneció un día claro y 
espléndido; el rey, al alborear, dispuso en muchos lu- 
gares a los portadores de escaleras, protegidos por 
unos mercenarios. A continuación iban los macedonios 
situados detrás de cada sección. Cuando el sol subió 
en el cielo mandó un avance general contra la loma. 
Los macedonios avanzaron de manera valerosa y esca- 
lofriante, pero los de Alífera se les oponían siempre 
y corrían hacia los lugares a los que veían aproximarse 
más a los macedonios. En aquel momento el rey en 
persona, con los soldados más aguerridos, logró tre- 


182 Alífera está a diez kilómetros de Herea. WALBANK, Com- 
mentary, da su plano en la pág. 530. 
183 Dos escultores del siglo Iv a. C. 


LIBRO IV 511 


par sin ser visto a través de lugares escabrosos, hasta 
las proximidades 1% de la ciudadela. Dada la señal, to- 
dos a la vez aplicaron las escaleras e intentaron pene- 
trar en la ciudad. Y el rey fue el primero en ocupar 
las inmediaciones de la ciudadela, que encontró des- 
guarnecidas. Pegó fuego a este lugar, y los defensores 
de la muralla previeron el futuro: temieron que, al 
perder la ciudadela, se desvanecieran sus esperanzas, 
y abandonando los muros corrieron a su acrópolis. 

Los macedonios se apoderaron al punto de las mu- 
rallas y de la ciudad. Y, tras esto, los de la ciudadela 
enviaron legados a Filipo, quien les ofreció seguri- 
dades, y, bajo pacto, se apoderó también de aquel re- 
ducto. 

Ante estos acontecimientos, todos los habitantes 
de la Trifilia se atemorizaron y deliberaron acerca 
de sí mismos y de sus patrias. Fílidas abandonó Ti- 
panea, saqueó algunas casas y se retiró a Lepreo. Éste 
fue el pago que entonces recibieron los aliados de los 
etolios: no sólo se vieron abandonados a las claras 
precisamente cuando necesitaban de más ayuda, sino 
que después del pillaje y de la traición, sus aliados les 
trataron tal como el enemigo suele tratar a sus adver- 
sarios derrotados. Los de Tipanea entregaron la ciudad 
a Filipo, y lo mismo hicieron los habitantes de Hipana. 
Los de Fíale se enteraron de lo ocurrido en Trifilia y 
descontentos, por otro lado, de sus alianzas con los 
etolios, ocuparon con las armas la residencia del Po- 
lemarco *, Unos piratas etolios que aguardaban en esta 


18% La palabra griega correspondiente (proasteion) crea al- 
gunas dificultades. Su traducción rigurosa sería «suburbio o 
«arrabal». Pero una fortificación difícilmente tiene arrabales. 
Quizás se trate, simplemente, de un barrio o distrito de la 
ciudad que sea a la vez extremo y que contenga en él la for- 
taleza. Una traducción posible sería «barbacana». 

125 Cf. la nota 44 de este libro. 


10 


11 


12 


512 HISTORIAS 


ciudad una ocasión propicia para saquear la Mesenia, 
primero se creyeron capaces de ponerse manos a la 
7 Obra y atacar a los de Fíale, pero al comprobar que 
éstos se reunían como un solo hombre para defen- 
derse, renunciaron a su proyecto: pactaron con ellos, 
8 recogieron su propio bagaje y se alejaron de Fíale; los 
fialenses enviaron legados a Filipo y le confiaron sus 
personas y la ciudad. 
$0 Simultáneamente, los lepreatas se concentraron en 
cierta parte de su propia ciudad y exigieron a los eleos 
y a los etolios que abandonaran la ciudad y la forta- 
leza, y lo mismo a algunos que estaban allí de parte 
de los lacedemonios, pues también los lacedemonios 
2 habían enviado alguna ayuda. Primero, los hombres de 
Fílidas hicieron caso omiso y se quedaron, convenci- 
3 dos de que así intimidarían a los de Lepreo. Pero el 
rey envió a Fíale a su general Taurión con un contin- 
gente, y él en persona avanzó hacia la ciudad, y cuando 
ya se aproximaba a ella los de Fílidas lo supieron y se 
desanimaron; los lepreatas, por el contrario, cobraron 
4 ánimo con los ataques. Entonces los lepreatas realiza- 
ron una hermosa gesta: tenían dentro de la ciudad un 
millar de eleos, otro millar entre los etolios y los pi- 
ratas que les acompañaban, quinientos mercenarios y 
doscientos lacedemonios y, encima, ocupada la ciuda- 
dela. Y, sin embargo, reivindicaron su patria y no per- 
s dieron las esperanzas. Fílidas vio que los lepreatas se 
habían levantado varonilmente y que los macedonios se 
aproximaban, por lo que dejó la ciudad, abandonó a 
los eleos y a los que estaban allí por los lacedemonios. 
6 Los cretenses llegados desde Esparta volvieron a su 
país a través de la Mesenia, los de Fílidas se retiraron 
7 hacia Sámico. Los habitantes de Lepreo, dueños ya de 
su patria, enviaron legados a Filipo y le confiaron su 
8 ciudad. Sabedor de lo ocurrido, el rey envió parte de 
su ejército a Lepreo, pero se reservó los peltastas y la 


LIBRO IV 513 


infantería ligera, y avanzó, interesado en establecer con- 
tacto con Fílidas. Le alcanzó, en efecto, y se apoderó de 
su bagaje íntegro, pero Fílidas se le anticipó y ocupó 
Sámico. 

Filipo acampó en aquel lugar, mandó acudir al con- 
tingente que tenía en Lepreo y dio la impresión a los 
de dentro de que quería asediar la plaza. Los etolios 
y los eleos que estaban con ellos no disponían de nada 
para soportar el cerco, a excepción de sus manos. Ame- 
drentados ante su situación, trataron con Filipo acerca 
de su seguridad. Obtuvieron licencia para retirarse con 
sus armas y se dirigieron a Elea; el rey se apoderó in- 
mediatamente de Sámico. Posteriormente se le presen- 
taron todos los demás a suplicarle, y él acogió en su 
alianza las ciudades de Frixa, Estilangio, Epión, Bó- 
lax, Pirgo y Epitalio. Lo dispuso todo y regresó a Le- 
preo: en seis días había sometido la Trifilia entera. 
Dirigió a los lepreatas una exhortación adecuada a 
aquella oportunidad, y se retiró con sus fuerzas a He- 
rea; dejó como gobernador de la Trifilia a Ládico de 
Acarnania, llegó a la ciudad mencionada antes y distri- 
buyó todo el botín entre sus soldados, recogió los ba- 
gajes dejados en Herea, y a mitad del invierno se pre- 
sentó en Megalópolis. 

En el mismo tiempo en que Fi- 
lipo realizó la campaña de Tri- 
filia, el lacedemonio Quilón, con- 
vencido de que la realeza le 
correspondía, por su linaje, y mo- 
lesto porque los éforos habían prescindido de él cuando 
eligieron como rey a Licurgo, determinó promover una 
revolución. Juzgó que si seguía el mismo camino de 
Cleómenes, es decir, si insinuaba al pueblo la espe- 
ranza de una repartición y redistribución de tierras, 


Quilón 186, en 
Esparta 


86 De este personaje no sabemos nada. 


38. — 33 


10 


11 


12 


13 


14 


15 


16 


81 


10 


11 


514 HISTORIAS 


la masa le seguiría al punto, de modo que se puso a 
realizarlo. Comunicó sus planes a sus partidarios, 
tomó unos doscientos como colaboradores de su auda- 
cia y se dedicó a poner en práctica su idea. Compren- 
día que el mayor obstáculo que se oponía a su proyecto 
lo constituían Licurgo y los éforos que le habían nom- 
brado rey, por lo que primero procedió contra éstos. 
Sorprendió a los éforos mientras comían y los degolló 
allí mismo: la Fortuna les infligió un justo castigo. 
En efecto: si se considera quién les linchó, y por qué, 
debe decirse que fue en venganza justa. Quilón, una 
vez ejecutados los éforos, se presentó en casa de Li- 
curgo, que se encontraba en ella; sin embargo, no pudo 
echarle mano: se escapó por unos huertos 1% próximos 
y logró huir sin que Quilón se diera cuenta. Por sen- 
deros de montaña se fue a Pelene !%, en la región de 
Trípoli. Quilón, cuando vio que lo esencial de su pro- 
yecto le había fallado, se desalentó, pero se veía for- 
zado a proseguir: invadió el ágora, encarceló a sus 
enemigos, exhortó a sus amigos y familiares e insinuó 
a los demás las esperanzas que he mencionado hace 
poco. Pero nadie se declaró partidario de él, bien al 
contrario, los hombres se concertaban en su contra, 
ante lo que Quilón, previendo el futuro, se retiró ocul- 
tamente, atravesó el país y se presentó, fracasado y so- 
litario, en la Acaya. Los lacedemonios temían la llegada 
de Filipo, recogieron las cosechas de sus campos, de- 
molieron el ateneo de Megalópolis y abandonaron la 
ciudad. 


187 La lectura del texto griego no es segura, y la idea de los 
manuscritos parece excesivamente ingenua, pero de todas for- 
mas en el texto griego es difícil dar con una solución que sa- 
tisfaga. 

188 Pelene, en el valle del Eurotas. Con Calibia y otra ciudad 
de nombre desconocido formaba la Trípolis laconia. 


LIBRO IV 515 


Desde la legislación de Licurgo los lacedemonios 
habían gozado de uma constitución excelente y fueron 
muy poderosos hasta la batalla de Leuctra *', pero en- 
tonces la Fortuna les volvió las espaldas, y su gobierno 
cayó cada vez más de mal en peor. Al fin experimenta- 
ron las máximas penalidades y contiendas civiles, de- 
bieron afrontar muchos repartos de tierras y proscrip- 
ciones y probaron la esclavitud más amarga, hasta la 
tiranía de Nabis'%, ellos, que anteriormente ni tan 
siquiera podían tolerar tal nombre. 

Muchos han expuesto ya con pormenor la historia 
antigua de Esparta, su ascenso y declive. Su época más 
brillante '*! empieza cuando Cleómenes abolió totalmen- 
te la constitución nacional, cosa que expondremos 
cuando se presente la ocasión oportuna. 

Filipo abandonó Megalópolis, marchó a través de la 
región de Tegea, se presentó en Argos y pasó allí lo 
que quedaba del invierno '%, Aquella campaña le había 
ganado la admiración de todos por la moderación de 
su comportamiento y además por la brillantez de los 
mencionados éxitos que su juventud no podía hacer 
esperar. 

Pero Apeles no cejaba en su in- 
tento, sino que se disponía a so- 
meter, poco a poco, los aqueos 
a su yugo. Entendía que Arato y 
su hijo obstaculizaban su propó- 
sito, y que Filipo era muy amigo de ellos, principal- 


Maniobras de 
Apeles 


182 En el año 371 los tebanos, con Epaminondas, destruyen 
definitivamente el poder de Esparta. Ya se ha visto anterior- 
mente. Se trata de la batalla de Leuctra. 

19 Polibio expone esto en XIII 6. 

19 Aquí el texto griego no es seguro; véase alguna edición 
crítica. La traducción dada sigue el texto de Biittner-Wobst. 
Con todo, las posibles diferencias en el texto griego son simple- 
mente de matiz. 

12% Del año 219/218. 


38. — 33* 


12 


14 


82 


2 


3 


s16 HISTORIAS 


mente del padre. Éste, en efecto, había colaborado con 
Antígono, gozaba de gran prestigio entre los aqueos y, 
sobre todo, era hombre de gran habilidad y prudencia. 
Apeles, pues, quiso empezar contra ellos, y se propuso 
desacreditarles como sigue: 

Procuró enterarse de quiénes eran los enemigos po- 
líticos de Arato, les hizo acudir desde sus ciudades, se 
relacionaba con ellos, cautivó su espíritu y les instaba 
a que fueran amigos suyos. Los presentaba también a 
Filipo, pero respecto a cada uno puntualizaba que si 
continuaba siendo amigo de Arato, debería tratar a los 
aqueos según la alianza puesta por escrito; en cambio, 
si le hacía caso a él y aceptaba la amistad de éstos, 
podría tratar a todos los peloponesios según quisiera. 
Y Apeles se preocupó al punto de las elecciones a ma- 
gistratura: quería que alguno de aquellos hombres 
pretendiera el generalato, y expulsar así a Arato y a 
sus partidarios de su posición. Logra convencer a Fi- 
lipo de que acuda personalmente a las elecciones que 
los aqueos iban a celebrar en Egio, aprovechando su 
marcha hacia Elea. El rey le hizo caso y se presentó 
en la oportunidad señalada: con exhortaciones a unos 
y amenazas a otros, Apeles consiguió a duras penas, 
pero lo logró, que el general nombrado fuera Epérato 
de Farea; Timóxeno, el candidato de Arato, salió de- 
rrotado. 

Después, el rey levantó el campo, marchó a través 
de los territorios de Patras y de Dime, y llegó a la for- 
taleza llamada Tico, que domina la entrada en los 
territorios de los dimeos; ya dije anteriormente '% que 
hacía muy poco que lo habían conquistado las tropas 
de Eurípidas. Filipo quería de cualquier modo restituir 
el fortín a los dimeos, de modo que acampó allí con 
todo su ejército; los eleos que estaban allí de guarni- 


193 Cf. 54, 9, 


LIBRO IV 517 


ción se alarmaron y entregaron el baluarte a Filipo; 
sus dimensiones no eran muy grandes, pero estaba ex- 
celentemente fortificado. Su perímetro no medía más 
de un estadio y medio, pero la altura del muro supe- 
raba siempre los treinta codos. El rey, pues, entregó la 
plaza a los dimeos y se fue a talar Elea: lo hizo, juntó 
un gran botín y regresó con su ejército a Dime. 

Apeles, convencido de que había progresado algo 
en su propósito al haber logrado imponer a su candi- 
dato como general de los aqueos, renovó su ataque 
contra Arato, con la intención de arrancar definitiva- 
mente a Filipo de su amistad. Se propuso calumniarle 
mediante la argucia siguiente: 

Anfidamo, el general de los eleos, cayó prisionero 
en Talamas, junto con los demás que huían, como ya 
expusimos más arriba '% al tratar de este tema. Así 
que llegó a Olimpia, pues le condujeron allí junto con 
los demás cautivos, se esforzó, a través de terceros, 
por tener una entrevista con el rey. Logrado su obje- 
tivo, dijo a Filipo que él era capaz de llevar a todos 
los eleos a su amistad y alianza. El rey le creyó y 
envió a Anfidamo sin rescate, con el encargo de que 
declarara a los eleos que, si se decidían por su amistad, 
les restituiría todos sus prisioneros sin rescate, y ga- 
rantizaría la seguridad al país contra todos sus ene- 
migos exteriores. Encima, les aseguraba la libertad sin 
tropas de ocupación, y el poder usar sus constitucio- 
nes respectivas. Los eleos escucharon estas proposicio- 
nes, pero no las atendieron en absoluto, a pesar de 
que parecían amplias y tentadoras. Apeles aprovechó 
esta circunstancia para urdir su calumnia: fue al en- 
cuentro de Filipo y le manifestó que Arato no era un 
amigo fiel a los macedonios, y que en modo alguno 
tenía sentimientos benévolos hacia él. Ahora Arato y 


194 Cf. 75, 6. 


518 HISTORIAS 


los suyos habían sido los causantes de la animadver- 
s sión de los eleos. Porque —le aseguró—, cuando remi- 
tió a Anfidamo de Olimpia a Élide, estos le habían to- 
mado privadamente y le habían excitado, diciéndole 
que no favorecería en nada a los peloponesios que 
9 Filipo fuera dueño de la Élide. Y ésta fue la causa de 
que los eleos desdeñaran sus proposiciones, conserva- 
ran su amistad con los etolios y siguieran en guerra 
contra los macedonios. 
85 Cuando Filipo oyó estas palabras, mandó llamar a 
los dos Aratos, y que Apeles repitiera delante de ellos 
2 sus afirmaciones. Ambos se presentaron, y Apeles se 
reiteró en lo dicho de manera audaz e intimidatoria. 
El rey, sin embargo, guardaba silencio, por lo que él 
3 añadió: «Arato, puesto que os ha encontrado tan in- 
gratos, el rey decide congregar a los aqueos, defen- 
derse de posibles alegaciones y regresar a Macedonia.» 
4 Arato el viejo le interrumpió y pidió al rey que a 
nada de lo dicho diera crédito a la ligera y sin investi- 
s gación previa. Siempre que él o uno de sus amigos y 
aliados fueran acusados, antes de admitir la inculpa- 
ción debían hacer una investigación minuciosa. Esto era 
lo propio de un rey y lo que convenía desde cualquier 
6 punto de vista. Por esto también exigía ahora que se 
convocara a los que habían informado a Apeles, que 
se colocara allí, en medio, el que había hablado con 
él, y que no se omitiera nada de lo posible para averi- 
guar la verdad, antes de revelar cualquier cosa de 
éstas a los aqueos. 
86 El rey se mostró de acuerdo con todo lo dicho, 
afirmó que no descuidaría nada en su investigación y 
2 ordenó que de momento se retiraran. En los días si- 
guientes, Apeles no pudo aportar ninguna prueba de 
lo que había manifestado, y, en cambio, ocurrió algo 
3 que favoreció a los de Arato. Cuando Filipo iba devas- 
tando el país de los eleos, éstos no se fiaban de Anfi- 


LIBRO IV 519 


damo, y decidieron cogerle y mandarlo encadenado a 
la Etolia. Anfidamo se enteró de su intención, y pri- 
mero se alejó de Olimpia; después, sabedor de que 
Filipo se encontraba en Dime ocupado en la reparti- 
ción del botín, se apresuró a ir a su encuentro. Los 
partidarios de Arato, informados de que Anfidamo es- 
taba allí desterrado de la Élide, exultaron de gozo, 
porque no tenían nada de qué reprocharse: acudieron al 
rey, porque creían que éste debía convocar a Anfidamo 
y también que Anfidamo iba a declarar la verdad, pues 
era el mejor conocedor de las acusaciones formuladas 
contra ellos: en efecto, había huido de su patria a 
causa de Filipo, quien entonces era su única esperanza 
de salvación. El rey se dejó convencer por estas pa- 
labras, mandó llamar a Anfidamo y comprobó que la 
acusación era calumniosa. Desde aquel día demostró 
más amistad y confianza a Arato, y en cuanto a Apeles, 
sospechó algo de él. Pero, a pesar de todo, también 
estaba muy predispuesto a favor suyo: se veía obliga- 
do a no advertir muchas de las cosas que Apeles co- 
metió. 

Y ni aun así Apeles desistió de sus propósitos: al 
propio tiempo calumniaba también a Taurión, encar- 
gado de los asuntos del Peloponeso. No le reprochaba 
nada, antes bien, le alababa, y afirmaba que era un 
hombre merecedor de acompañar al rey en sus expe- 
diciones; lo que pretendía era colocar a otro al frente 
de los asuntos del Peloponeso. Ciertamente, perjudicar 
al prójimo no hablando mal de él, sino alabándole, es 
un género nuevo de calumnia. Esta maldad, esta envi- 
dia y este engaño se encuentran principalmente entre 
los cortesanos, por la envidia y ambiciones de unos 
contra otros. Apeles, así que encontró ocasión, ofendió 
igualmente a Alejandro, un servidor personal del rey: 
quería disponer a su antojo de la guardia real y des- 


10 


11 


12 


13 


520 HISTORIAS 


hacer completamente la ordenación establecida por 
Antígono. 

Éste, durante su vida, dirigió acertadamente el reino 
y educó convenientemente a su hijo; al morir, lo dis- 
puso con una previsión admirable: rindió cuentas al 
pueblo de su administración, dio prescripciones a los 
macedonios en cuanto al futuro: señaló quién debía 
administrar cada cosa y cómo debía hacerlo. No quería 
dejar ningún pretexto a los cortesanos que excusara 
envidias y rivalidades entre ellos. Entonces formaban 
la corte regia el mismo Apeles, nombrado tutor; Leon- 
cio al frente de los peltastas, Megaleas que era el se- 
cretario real, Taurión el encargado de los asuntos del 
Peloponeso, y Alejandro que era el administrador de 
la casa real. Apeles manejaba, a su antojo, a Leoncio 
y a Megaleas; a Alejandro y a Taurión les había hecho 
remover de sus cargos, y ahora le urgía disponer de 
esto y de todo lo demás, o personalmente o por medio 
de sus títeres. Y lo habría logrado fácilmente si no se 
hubiera conjurado la enemistad de Arato: ahora iba a 
comprobar rápidamente la necedad de sus ambiciones: 
lo que se disponía a hacer a los otros lo iba a sufrir 
él mismo 1%, y sin tardar demasiado. 

Pero cómo y cuándo ocurrió, de momento lo omi- 
timos, y aquí damos por terminado este libro; en los 
siguientes intentaremos exponer todos estos temas con 
claridad. 

Filipo realizó todo lo apuntado y regresó a Argos; 
allí envió a sus tropas a Macedonia y él pasó el invierno 
con sus amigos. 


195 Fue acusado de traición, y murió entre torturas. Cf. V 
15, 9 y 28, 8. 


INDICE ONOMAÁSTICO * 


Abido: IV 44, 6. Adriático (golfo): 11 14, 4, 11; 
Abílix: III 98, 2, 6, 11; 1, 4, 16, 7. 1 47, 2. 

5, 6. Adriático (mar): 1 2, 4. 11 14, 
Acarnania: II 45, 1. IV 6, 2; 30, 6; 16, 4, 12; 17, 5, 7; 19, 13; 

1; 63, 5, 6, 7; 65, 9; 66, 4. 26, 1. 111 47, 4; 61, 11; 86, 2, 
Acaya: II 41, 4. IV 7, 4; 9, T 8; 87, 1; 110, 9. 

15, 2; 16, 10, 11; 17,3; 29,5; — África: 12, 6; 3,2, 4; 10, 5; 13, 

61, 2; 70, 3; 81, 10. 3; 20, 7; 26, 1, 2; 29, 1; 36, 
Acayátide: IV 17, 3. 5, 8, 11, 12; 39, 1, 11; 41, 4; 
Accio: IV 63, 4. 47, 2; 66, 1; 67, 1; 70, 8, 9; 
Acerra: II 34, 4, 5, 10, 12. 71,1; 72, 1; 73,1, 3; 75, 4; 
Acmeto: II 66, 5. 82, 8; 83, 7; 88, 1, 5. 11 1, 5; 
Acrocorinto: 11 43, 4; 45, 3; 13, 2; 37, 2. 111 3, 1; 8, 2, 4; 


50, 9% 51, 6; 52, 4, 5; 5, 1. 22, 9; 23, 4, 5; 24, 11, 13; 27,7; 


IV 8, 4. 28, 3; 32, 2; 33, 7, 8, 9, 12; 
Adda: 11 32, 2. 34, 1; 35, 1; 37,2, 5,7; 38, 1; 
Adérbal: 1 44, 1; 49, 4, 7, 11; 39, 2; 40, 2; 41, 2; 56, 4; 57, 

50, 6; 52, 1; 53, 1. 2; 59, 7; 61, 8. 

Adimanto: IV 22, 7, 9; 23,5,8. Africa (mar de): 1 42, 6, 8. IV 
Adis: 1 30, 5. 71, 8. 
Adria: TI 88, 3. Afrodita: 1 55, 6. 11 97, 6. 


* Las cifras romanas indican el libro. Las cifras arábigas 
que siguen inmediatamente a las romanas o a un punto y coma 
indican el capítulo del libro en cuestión. Y las cifras siguien- 
tes, separadas por comas, indican los parágrafos correspon- 
dientes dentro del capítulo. 


522 


Afrodita Ericina: 
7,9. 

Agatocles: 1 7, 2; 82, 8. 

Agelao: IV 16, 10, 11. 

Agesilao (hijo de Eudámidas): 
IV 35, 13. 

Agesilao (rey de Laconia): III 
6, 1. 

Agesípolis: IV 35, 10, 12. 

Agrigento: 1 17, 5, 7, 8, 13; 20, 
1, 4, 6; 23, 4; 27, 5; 43, 2. 

Agrón: 11 2, 3, 5; 4, 6. 

Alba Longa: II 18, 6. 

Alcámenes: IV 22, 11. 

Alcibíades: 1V 44, 4. 

Alejandría: II 69, 11. IV 51, 1. 

Alejandro (hijo de Acmeto): II 
66, 5; 68, 2. - 

Alejandro (no precisable del 
todo, pero ciertamente dis- 
tinto a los demás citados): 
II 66, 7; 68, 1. IV 87, 5, 8, 9. 

Alejandro de Epiro: II 45, 1; 
11, 5. 

“Alejandro de Etolia: IV 57, 2, 
7; 58, 9. 

Alejandro Magno: II 41, 6, 9: 
71, 5. 1IT 6, 14; 59, 3. IV 23, 8. 

Alexón: I 43, 2, 4, 5, 8. 

Alfeo: 77, 5; 78, 2. 

Alífera: IV 77, 10; 78, 1, 2, 8. 

Alpes: 11 14, 6, 8, 9: 15, 8, 9; 
16, 1, 6, 7, 8; 21, 3; 22, 1; 23, 
1, 5; 32, 4; 35, 4, IIT 34, 2, 4, 
6; 39, 9, 10; 47, 2,3, 6, 9; 48, 
6, 7, 12; 49, 4, 13; 50, 1; 53, 6; 
54, 2; 55, 9; 56, 2, 3; 60, 2, 
8; 61, 3, 5; 62, 3; 64, 7; 65, 1 

Altea: TIT 13, 5. 


I 55, 8. Il 


HISTORIAS 


Ambracia: IV 61, 2, 6, 7. 

Ambracia (golfo de): IV 63, 4; 
66, 4. 

Ambraco: IV 61, 4, 5, 7, 8; 63, 
1, 3. 

Ambriso: IV 25, 2. 

Amílcar (almirante cartaginés): 
TIT 95. 


Amílcar Barca: I 56, 1, 9; 58, 
2; 60, 3, 8; 62, 3; 64, 6; 66, 1; 
68, 12; 74, 9; 75, 1, 3, 7, 9; 
76, 3, 7, 10; 77, 6; 78, 1, 4, 6, 
9, 10, 11, 13; 79, 8; 81 1; 82, 
1, 12, 13; 4, 2, 3,7; 85,2, 4, 
5, 7; 86, 1, 3, 8; 87, 3, 6; 88, 
4. 11 1,5, 6, 9, MI 9, 6, 7, 8; 
10, 5, 7; 11, 5,7; 12, 2; 13, 3; 
14, 10. 

Amílcar el Viejo: I 24, 3; 27, 5, 
6, 10; 28, 6; 30, 1, 2; 4, 1. 
Arintas de Atamania: IV 16, 

9; 48, 2. 

Ampurias: III 39, 7; 76, 1. 

Andrómaco: IV 51, 1, 3, 4, 5. 

Aneroesto: YI 22, 2; 26, 5, 7; 
31, 2. 

Anfidamo: IV 75, 6; 84, 2, 3,8; 
86, 3, 4, 5, 6, 7. 

Aníbal: 11 24, 1, 17; 36, 4. MI 
8, 1,5, 6,7, 9, 11; 9, 6; 11, 1, 
2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9; 12, 3, 4, 
7: 13, 4,5,7; 14, 5, 8, 10; 15, 
3, 6, 8, 9; 16, 5; 17, 1, 4; 20, 
8; 27, 10; 28, 5; 30, 1, 4; 32, 
7; 33, 5, 13, 17, 18; 34, 1, 4, 6; 
35, 1; 36, 1; 39, 6, 10; 40, 1, 
2; 41, 1,6, 7; 42, 1, 5, 10; 43, 
2,6, 11; 44, 9, 13; 45, 5; 47, 1, 
5, 7, 10; 48, 1, 4, 6, 10; 49, S, 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 


8 

1 

4, 8; 54, 1, 3, 6, 8; 

4; 60 

8; 62 

, 8; 65, 6; 66, 3, 8, 10; 67, 4, 

6, 7; 68, 1, 7, 8; 69, 1, 6; 70, 

9, 12; 71,1,6, 9 7,3; 78, 

5, 7; 79, 1, 12; 80, 1, 4, 5; 81, 
12; 82, 1, 9; 83, 2, 5; 84, 1, 14; 
85, 1; 86, 3, 4, 8, 11; 87, 1, 3; 
88, 1, 4; 89, 1; 90, 10; 91, 1; 
92, 1,8,9; 93,3; 94,1,5, 7; 
96, 9; 97, 3; 98, 1; 100, 1, 7; 
101, 2, 4, 5, 8, 11; 102, 3, 5, 7, 
10; 104, 1, 6; 105, 2, 7; 106, 6; 
107, 1; 110, 1, 5; 111, 1, 3; 112, 
3; 113, 6, 9; 114, 1, 7; 115, 11; 
116, 4; 117, 6, 8, 9, 10, 11; 118, 
3, 5. IV 1, 1; 2, 9; 28, 1, 2; 
37, 4; 66, 8, 9. 

Aníbal (hijo de Amílcar, como 
el anterior, con el cual no 
debe confundirse): 1 4, 1, 2, 
6; 46, 1; 82, 12, 13; 86, 1, 3, 5. 

Aníbal (prefecto cartaginés de 
Agrigento): I 18, 7; 19, 7, 12, 
14; 21, 6, 8, 9; 23, 4,7; 24, 5; 
43, 4,5. 

Aníbal el rodio: I 46, 4; 64, 6; 
65, 8. 11 1, 6; 14, 2; 36, 3. HI 
6, 1. 

Antálcidas: 1 6, 2. IV 27, 5. 

Antigonea: 1I 5, 6; 6, 6. 


Antígono Dosón: II 45, 2, 3; 47, 


5, 6; 48, 3, 5, 6, 8; 49, 1, 6; 
50, 1, 4, 5, 6, 9, 10; 51, 2, 4; 
52, 4, 5, 8; 53, 4; 54, 1, 8, 12; 
55, 1, 2, 6; 57, 2; 59, 1; 60, 2; 


523 


63, 1, 4; 64, 1, 3 
10, 13; 66, 3, 5, 8; 
1; 70, 1, 4. II 1 
3,8; 6, 4, 5; 9, 4; 16, 5; 22, 
4; 34, 9; 69, 5; 76, 1, 7; 82, 3; 
87, 5. 

Antígono Gonatas: 11 41, 10; 
43, 4, 9; 4, 1; 45, 1. 

Antígono el Tuerto: 1 63, 7. 

Antio: III 22, 11; 24, 15. 

Antíoco el Grande: 1 5, 1. Jl 
71, 4. II 2, 4, 8; 3, 3, 4, 8; 6, 
4,5;7,1,2,3; 11, 1, 2, 8; 12, 
1; 32,7. IV 2,7, 11; 3, 2; 37, 
5; 48, 5, 6, 10; 51, 3. 

Apaturio: IV 48, 8, 9. 

Apelauro: IV 69, 1. 

Apeles: IV 76, 1, 6, 
3,6,8;84,1,7; 85,1 , 2,6; 86, 
2,8; 87, 1,5, 8,9. 

Apeninos: 1I 14, 8, 10; 16, 1, 4, 
8: 17, 7; 24, 7. HI 9%, 7; 
110, 8. 

Apolonia: II 11, 6, 8. 

Aptera: IV 55, 4. 

Aqueloo: IV 63, 11; 65, 2. 

Aqueo: IV 2, 6; 48, 1, 2, 3, 5, 6, 
9; 49, 2; 50, 1, 8; 51, 1, 2, 3, 
4,6. 

Arato el Joven: II 51, 5; 52, 3, 
4, 5,7. 1V 37, 1, 3; 60, 2; 70, 2. 

Arato el Viejo: 1 3, 2. IT 40, 2, 
4: 43,3, 7,9: 44, 3; 45,5, 6; 
46, 1, 4; 47, 4, 5; 43, 1, 2, 3; 
49, 9, 10; 50, 1, 5; 51, 5; 56, 
1, 2,6; 57, 2, 4, 8; 59, 8; 60, 2. 
IV 2, 1; 6,7; 7,8, 11; 8, 1, 6; 
9,7; 10, 1; 10, 3, 7, 9; 11, 6; 
12, 2; 14, 1,7, 8; 19, 1, 11; 2, 


, 5,6; 65, 1, 
68, 1, 2; 69, 
3. . 


524 


3; 67, 8; 70, 2; 72, 7; 76, 8; 
82, 3, 4, 5, 6, 8; 84, 1,7, 8; 85, 
1, 3, 4,; 86, 2, 5; 86, 8; 87, 10. 


Áraxo (cabo de): IV 6s5, 10. 
Áraxo (río): IV 59, 4. 
Arbón: II 11, 15. 

Arbucala: II 14, 1. 


Arcadia: 11 54, 2; 56, 6. IV 20, 
1, 3; 21, 5, 10; 33, 3, 4, 9; 70, 


1, 3; 77, 8, 10. 

Arcas: IV 77, 8. 

Ardea: JII 24, 15. 

Arezzo: II 19, 7. 

Argiripa: 1II 88, 6; 118, 3. 

Argólide: IV 36, 4. 

Argos: H 44, 6; 52, 2; 53, 5, 6; 
54, 1; 59, 8; 64, 1; 70, 4; 82, 1; 
87, 13. 

Ariarates: 11 3, 6; 5, 2. IV 2, 8. 

Arídico: IV 52, 2. 

Aristócrates: IV 33, 6, 

Aristómaco: 11 44, 6; 59, 1, 2, 
4, 5,7, 9; 60, 1, 4. 

Aristómenes: IV 33, 2, 5. 

Aristón: IV 5, 1; 9, 9; 17, 1. 

Aristóteles de Argos: II 53, 2. 

Arquidamo: IV 35, 13; 57, 7. 

Artemidoro: 1 8, 3. 

Artemis: IV 18, 10; 25, 4. 

Artemisio: IV 73, 4, 

Asclepio: 1 18, 2. 

Asdrúbal (hijo de Hannón): 1 
30, 1, 2; 38, 2, 4; 40, 1, 4,5, 
11. III 33, 6, 14, 16. 

Asdrúbal (prefecto militar del 
ejército de Aníbal): III 66, 6; 
93, 4; 95, 1. 

Asdrúbal (yerno de Amílcar 
Barca): 113,3. 11 1,9; 13, 1, 


HISTORIAS 


6, 7. 11 22, 11; 36, 1. 111 8, 1, 
4, 5; 12, 3, 4; 13, 3; 15, 5; 21, 
1; 27, 9; 29, 2, 3; 30, 3; 56, 5; 
76, 8, 11; 98, 5; 102, 6; 114, 7; 
116, 6, 7. 

Asia: 12, 2, 5; 3, 1, 4, 6; 6, 5. 
11 37, 6; 71, 9. 111 3,3; 5,2; 
6, 4, 10, 11, 14; 37, 2, 4, 7; 
38, 1; 59, 3. IV 28, 3; 39, 2 6; 
43, 2, 6; 4, 7; 46, 1; 51, 8; 
56, 5, 7. 

Aspis: 1 29, 2, 5, 6; 344, 11; 36, 
6, 12. 

Átalo: 111 3, 2; 5, 2. IV 48, 1, 
2, 7, 11; 49, 2, 3; 65, 6. 

Atena: II 32, 6. IV 22, 8; 35, 2; 
49, 3; 78, 3. 

Atena Itonia: IV 25, 2. 

Atenas: Il 62, 6. 

Ateneo: II 46, 5. IV 37, 6; 60, 3. 

Ática: II 62, 7. 

Atilio Calatino, Aulio: 1 24, 9; 
38, 6. : 

Atilio Régulo, Cayo: 1 25, 1; 
39, 15. 11 23, 6; 27, 1, 2, 4, 6, 
7. 11 28, 4, 10. 

Atilio Régulo, Marco: 1 26, 11; 
28, 7, 10; 29, 9; 30, 4; 31, 4, 
6, 7; 34, 8, 10; 35, 2, III 106, 
2; 114, 6; 116, 11. 

Atintania: II 5, 8. 

Atis: II 21, 5. 

Aufidio: TIT 110, 8, 9. IV 1, 2. 

Autárito: 1 77, 1, 4; 78, 12; 79, 
8; 80, 1, 5; 85, 2, 5. 

Azanis: IV 70, 3. 


» dy day 


» 


Babirtas: IV 4, 5, 6. 
Beocia: IV 67, 7. 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 


Belminátida: II 54, 3. 

Benevento: III 9, 8. 

Bibio Duilio, Cayo: 
23, 1 

Biónidas: 1V 22, 11. 

Bisatis: IM 23, 2. 

Bitinia: IV 50, 9. 

Bizancio: IV 38, 2; 39, 5. IV 
43, 1,7; 44, 1, 2,3, 4, 6, 3, 11; 
45, 1; 46, 2; 47,3, 5, 6; 51, 7; 
52, 1, 4. 

Bodinco: II 16, 12, 

Bólax: 1V 77, 9; 80, 13. 

Bomíflcar: HI 42, 6. 

Boodes: I 21, 6, 7. 

Bósforo Cimerio: IV 39, 3. 

Bósforo Tracio: IV 39, 4. 

Bóstar: 1 30, 1; 79, 2; 111 98, 5, 
6, 7, 8, 11; 99, 5, 3. 

Bóstaro: 1 30, 1; 79, 2. 

Brenno: 1V 46, 1. 

Bríndisi: 11 11, 7. III 69, 1. 

Brutio: 1 56, 3. 

Buda: II 41, 8, 14. 


1 2, 1; 


Cadmea: IV 27, 4. 

Cafias (batalla de): IV 11, 2, 3; 
12, 4. 

Cafias (ciudad): IV 12, 13; 68, 
6; 70, 1, 5. 

Cafias (llanura de): IV 13, 3. 

Calcedonia: IV 39, S; 43, 8, 10; 
44, 1,2, 3,7, 8, 10. 

Calcídico (monte): 1 11, 3. 

Calena: III 101, 3. 

Calidonia: IV 65, 6, 7. 

Caligitón: IV 52, 4. 

Camarina: I 24, 12. II 19, 5. 


38.— 4 


525 


Campos Flegreos: II 17, 1. III 
91, 7. 

Cannas: 11 107, 2: 117, 1. IV 
1, 2. 

Canusio: II 107, 3. 

Capadocia: III 5, 2, IV 2, 8. 

Capitolio: 1 6, 2. 11 18, 2; 31, 5. 

Capua: 11 17, 1. III 90, 10; 91, 
1, 6; 118, 3. 

Caradra: IV 63, 4. 

Caria: II 52, 2, 111 2, $. 

Caríxeno: IV 34, 9. 

Cartagena: II 13, 7; 15, 3; 17, 
1; 33, 5; 39, 6, 11; 56, 3; 76, 
11; 95, 2; %6, 10. 

Cartago: 1 18, 7; 24, 5; 29, 4; 
30, 2, 15; 32, 1; 42, 6; 4, 1, 
2; 46, 4; 53, 1; 58, 7; 66, 3, 5; 
67, 13; 70, 9; 73, 4; 74, 4; 75, 
4; 79, 6; 81, 4; 82, 5, 11; 83, 
7, 10, 11; 86, 2, 3; 88, 4, 10. 11 
13, 1; 71, 8. 1IT 15, 8, 12; 17, 
10; 20, 6, 9; 23, 1, 4; 24, 12; 
32, 2; 33, 12; 34, 7; 40, 2; 41, 
3; 61, 8; 87, 4. 

Cartago (golfo de): 1 29, 2. 

Cartalón: 1 53, 2, 4; 54, 6, 7. 

Casandro: II 41, 10. 

Caulón: 11 39, 6. 

Cávaro: IV 46, 4; 52, 1, 2. 

Cecilio Metelo, Lucio: 1 39, 8; 
40, 1,3, 4,5, 6, 7, 14, 16. II 
19, 8. 

Celesiria: 1 3, 1. 11 71, 9 M 1, 
1; 2, 4, 8, 11. IV 37, 5. 

Celtiberia: 11! 17, 2. 

Cencreas: II 59, 1; 60, 7, 8. IV 
19, 7. 

Centenio, Cayo: III 86, 3, 5. 


526 


Centóripa: 1 9, 4. 

Cércidas: 1I 48, 4, 6; 50, 3; 
65, 3. 

Cercina: 11 9%, 13. 

Cerdeña: 1 2, 6; 2, 5, 6, 7; 43, 
4; 79, 1, 6, 9, 14; 82, 7; 83, 11; 
88, 8, 9, 12, 11 23, 6; 27, 1. 111 
10, 3; 13, 1; 15, 10; 22, 9; 23, 
4, 5; 24, 11, 13; 27, 8; 28, 1, 
2; 30, 4; 75, 4; %, 9, 10. 

Cerdeña (mar de): 1 10, 5. II 
14, 6, 8. 111 37, 8; 41, 7; 47, 2. 

Cerinea: II 41, 8. 

Ciamosoro: 1 9, 4. 

Cícladas (islas): TI 16, 3. IV 
16, 8. 

Cifante: IV 36, 5. 

Cilene: IV 9, 9, 

Cineta: IV 16, 11; 17, 13; 18, 9, 
10; 19, 4, 5, 7; 25, 4. 

Cinos: IV 67, 7. 

Circe: TI 22, 11; 24, 15. 

Cisa: IHI 76, 5. 

Citera: IV 6, 1. 

Ciudad Antigua: lI 38, 9. 

Ciudad Nueva: 1 38, 9. 

Cízico: IV 44, 7. 

Clarión: IV 6, 3; 25, 4, 

Clastidio: 11 34, 5. 111 69, 1. 

Claudio Caudex, Apio: 1 11, 3, 
4, 9, 14; 12, 1, 4; 16, 1. 

Claudio Marcelo, Marco: II 34, 
1, 6. 

Claudio Pulcher, Publio: I 49, 
3,5; 50, 1, 5; 52, 2. 

Cleómbroto: IV 35, 10, 12. 

Cleómenes: 1 13, 5. HL 45, 2; 
46, 2,3, 5, 7; 47, 3,7, 48, 3; 


HISTORIAS 


6, 7, 9, 10; 66, 3, 8; 67, 2; 69, 
6, 10; 70, 3. 1H 1 ; 32, 3. 
IV 1,8; 5,5; 6,5;7,7;9,4; 
35, 6, 8, 9; 37,6; 60, 2; 69, 5 
76, 7; 81, 2, 14. 

Cleómenes (hijo de Cleómbro- 
to): IV 35, 12. 

Cleone: 1I 32, 2. 

Cleónimo de Fliasio: II 44, 6. 

Clítor: IT 55, 9. IV 10, 6; 18, 10, 
12; 19, 1,3; 25, 4. 

Clitoria: IV 11, 2; 70, 2. 

Clusio: 11 25, 2; 32, 5. 

Cnoso: IV 53, 1, 4, 6, 8, 9; 54, 
2; 55, 1, 4, 5. 

Cócito: 11 14, 5. 

Cóleo: 11 55, 5. 

Cólquide: IV 39, 6, 

Comontorio: IV 45, 10; 46, 3. 

Concolitano: II 22, 2; 31, 1. 

Confederación aquea: 11 10, 5; 
12, 4; 40, 5; 41, 15; 43, 3, 4, 
10; 57, 1; 60, 5; 70, 5. III 5, 6. 
IV 1, 4, 5; 60, 6, 10; 62, 4; 
72, 6; 76, 1. 

Confederación etolia: II 46, 2. 
IV 3, 6; 4, 4; 5, 9; 25, 7; 35, 5. 

Conope: IV 64, 3, 4. 

Corcira: 11 9, 2, 7, 9; 11, 2; 
12, 5. 

Corinto: II 51, 6; 52, 2; 54, 5. 
IV 6, 5; 13, 7; 19, 9; 22, 2; 
24, 9; 25, 1; 66, 5; 67, 7, 8; 
69, 8; 72, 8. 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 


Corinto (golfo de): IV 57, 5; 
65, 9. 

Cornelio Escipión, Cneo (el Cal- 
vo): II 34, 1, 11, 12, 13, 15. 
Cornelio Escipión, Cneo (Asi- 
na): 1 21, 4, 7, 9; 22, 1; 38, 6. 
Cornelio Escipión, Cneo (tío de 
Escipión el Africano): 11 56, 
5; 76, 1,5, 6, 12; 95, 4, 8; 9, 

1, 2; 106, 4, 9. 

Cornelio Escipión, Publio (pa- 
dre de Escipión el Africano): 
III 40, 2, 14; 41, 2, 4, 3; 45, 2, 
4; 49, 1; 56, 5; 61, 1, 4, 5; 62, 
1; 64, 1, 9; 11; 65, 3, 5; 66, 1, 
9; 67, 8; 68, 5, 13, 15; 70, 2, 
3, 7,9, 10; 76, 1; 97, 2, 4; 9, 
4, 6, 9. IV 66, 9. 

Coruncanio, Cayo: Il 8, 3. 

Coruncanio, Lucio: 11 8, 3. 

Cosira: 111 96, 13. 

Cotón: IV 52, 4. 

Cremona: 1H 40, 5. 

Creta: 1 53, 2, 3, 5, 6; 54, 6; 
55, 6. 

Crisópolis: IV 44, 3, 4. 

Crotona: II 39, 6. TIT 82, 9. 

Cuerno (golfo del): IV 43, 7. 

Cumas: 1 56, 11. III 91, 4. 

Curio Dentato, Manio: II 19, 8. 


Danubio: 1 2, 4. IV 41, 1, 8. 

Darío: 1V 43, 2. 

Daulio: IV 25, 2. 

Daunia: III 88, 6, 8. 

Decio Campano: 17, 7. 

Delfos: 1 6, 5. II 20, 7; 35, 7. 
IV 46, 1. 

Demetrias: II 6, 4; 7, 3. 


527 


Demetrio (hijo de Antígono 
Gonatas): 1 3, 1. IV 25, 6. 
Demetrio de Faros: I 63, 7. 1 
2, 5; 10, 8; 11, 3, 5, 6, 15, 17; 
44,1,2, 3, 5; 46, 1; 49, 7; 60, 
4: 65, 4; 66, 5; 70, 8. III 5, 2, 
16, 2, 4; 18, 1, 7, 12; 19, 4, 
, 38. IV 2, 5; 16, 6, 8; 19, 7, 

8, 9; 37, 4; 66, 4. 

Demetrio Poliorcetes: 11 41, 10. 

Dímale: III 18, 1, 3. 

Dime: II 41, 1, 8, 12; 51, 3. IV 
59, 1; 83, 1, 5; 86, 4. 

Dión: IV 62, 1. 

Dionisio, tirano de Siracusa: 
16, 2. 11 39, 7. 

Dioscurio: IV 73, 5. 

Dióscuros: IV 67, 9; 68, 2. 

Dodona: IV 67, 3. 

Dorímaco: IV 3, 7, 8, 9, 11, 12; 
4,1,2,3,4,5,6,7; 5, 1, 2, 9; 
6, 7; 9, 8; 10, 3, 5, 8, 10; 14, 
4; 16, 11; 17, 3; 19, 12; 57, 2, 
4, 6,7; 58, 5, 9; 67, 1, 5; 77, 6. 

Drépana: 1 41, 6; 46, 1; 49, 3, 
7; 55, 7, 10; 56, 7; 59, 4, 9, 10; 
61, 2. 


3; 
7 


Ebro: II 13, 7. 11I 6, 2; 14, 9; 
15, 5; 27, 9; 29, 3; 30, 3; 35, 2; 
39, 7; 40, 2; 76, 2, 6, 8, 11; 9, 
3, 5, 8; 97, 5. IV 28, 1. 

Eca: III 88, 9. 

Écnomo: I 25, 8. 

Eforo: IV 20, 5. 

Egesta: 1 24, 2. 

Egio: II 41, 8, 14; 5, 3, 13; 55, 
1. IV 7, 1; 26, 8; 57,3,5, 7; 
82, 7. 


528 


Egipto: 11 37, 6. MI 2, 8; 3, 8; 
49, 7. IV 2, 8. 

Egira: II 41, 8. IV 57, 2, 3, 5. 

Egítida: 11 54, 3, 

Egospótamos: 1 6, 1. 

Egusa: 1 60, 4. 

Egusas (islas): I 44, 2. 

Elea: II 5, 1; IV 9, 9, 10; S9, 1; 
73, 4; 80, 12. 

Eleo: IV 65, 6. 

Eléporo: 1 6, 2. 

Eleuterna: IV 53, 2; 55, 4. 

Élide: IV 64, 2; 73, 10; 77, 7, 8; 
82, 7; 83, 5; 84, 8; 86, 5. 

Emporio: III 23, 2, 

Emporios: 1 82, 6. 

Eníade: IV 65, 2, 4, 5, 7, 9. 

Enialio: II 25, 6. 

Enis: IV 31, 2. 

Enna: I 24, 12. 

Enunte: 11 65, 9; 66, 7. 

Epaminondas: IV 32, 10; 33, 8. 

Epérato de Farea: IV 82, 8. 

Epidamno: II 9, 2; 10, 9; 11, 8, 
17. 

Epidauro: II 52, 2. 

Epión: IV 77, 9; 80, 13. 

Epiro: 11 5, 3; 6, 5, 8; 8, 4. IV 
6, 2; 57, 1; 61, 1, 2; 63, 5, 6; 
66, 4, 5; 67, 1. 

Epístrato de Acarnania: IV 
11, 6. 

Epitalio: IV 80, 13. 

Equetla: 1 15, 10. 

Eribiano: TI 92, 1. 

Érice: I 55, 6, 7; 56, 3; 58, 2, 
7; 59, 5; 60, 2, 3; 66, 1; 77, 5 
8; 9,7. 


, 


HISTORIAS 


Erídano: Il 16, 6. 

Erimanto: IV 70, 8, 9; 71, 4. 

Escerdiledas: II 5, 6; 6, 3, 6. 
IV 16, 6, 9, 11; 29, 2, 5, 6, 7. 

Esciro: IV 4, 3, 4, 6. 

Escopas: III 5, 1, 3. IV 5, 9; 
6, 7; 9, 8; 14, 4; 16, 11; 19, 12; 
27, 1; 37, 2; 62, 1, 2. 

España: 1 10, 5. II 1, 6; 13, 1, 
2,3, 7; 22, 9, 10; 36, 1, 3. TIL 
3, 1; 8, 2, 5; 10, 5, 6; 11, 5; 
13, 2; 15, 1, 3, 13; 16, 6; 17, 3, 
5; 21, 4; 27, 9; 30, 2; 33, 8, 14, 
17; 34, 1; 35, 1, 8; 37, 10; 39, 
4: 40, 2; 41, 2; 49, 4; 56, 5; 
57, 2, 3; 59, 7; 61, 8: 64, 10; 
76, 1; 77, 1; 87, 5; 89,6; 95, 1; 
96, 7; 97, 1, 2, 4; 98, 6; 99, 9; 
106, 7; 118, 10. IV 28, 2. 

Esparta: II 41, 4; 45, 2; 43, 1; 
53, 6; 65, 9, 10; 70, 1. 111 32, 
3. IV 7,7; 27,8; 34, 9; 35, 8, 
14; 36, 1; 80, 6; 81, 14. 

Espendio: 1 69, 4, 6, 9, 10, 14; 
70, 5; 72, 6; 76, 1; 77, 1, 4, 6, 
7; 78, 10, 12; 79, 1,8, 11, 14; 
80, 11; 82, 11, 13; 84, 1; 85, 2, 
5: 86, 4, 6. 

Estenelao: IV 22, 11. 

Estilangio: 1V 77, 9; 80, 13. 

Estínfale: IV 68, 6. 

Estinfalia (valle de): 
1, 5. 

Estrato: IV 63, 10; 64, 2; 73, 2. 

Etiopía: IT 38, 1. 

Etna: 1 55, 7. 

Etolia: IV 4, 8; 6, 1; 27, 8; 36, 
2; 53, 8: 57, 1, 2; 61, 3; 62, 4 

5; 63, 7; 65, 9; 72, 8; 86, 3. 


IV 68, 


» 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 


Etruria: II 16, 2; 19, 2; 23, 4, 
5; 24, 6; 25, 1, 2; 26, 1; 27, 2; 
49, 4, TIL 56, 6; 6Ll, 2; 75, 6; 
77, 1; 78, 6; 80, 1; 82, 6, 9; 
84, 15; 86, 3; 108, 9. 


Eubea: I 62, 9. II 52, 7. IV” 
67, 7. 

Euclides: 11 65, 9; 67, 3, 8; 68, 
3, 9. 


Eudámidas: 1V 35, 13. 

Eumenes: III 3, 6. 

Eurípidas: IV 19, 5; 59, 1, 4; 
60, 3; 68, 1, 2, 3; 69, 2; 70, 11; 
71, 5, 13; 72, 3, 8; 83, 1. 

Eurípides: 1 35, 4. 

Europa: 1 2, 4, 6; 13, 4. 11 2, 
1,7, 14, 7. HI 3, 4; 37, 2,7, 
10; 39, 6; 41, 1; 43, 2, 4, 5; 
44, 8; 51, 8. 

Evas: II 65, 8, 9; 66, 5. 

Exterior (Mar): 1H 37, 9, 10, 
11; 57, 2; 59, 7. 


Fabio Máximo, Quinto: TIT 8, 
1,8, 10; 9, 1; 87, 6, 7; 89, 1, 
2,8: 90, 6, 10; 92, 3, 5, 9; 93, 
1; 94, 4, 8, 10; 101, 1; 103, 3, 
6; 105, S, 6, 8, 10. 

Faetón: 11 16, 13. 

Falerno: 111 90, 10; 92, 6; 94, 7. 

Farea: IV 59, 1. 

Fares: IV 6, 9; 7, 2, 3. 

Farnaces: II 3, 6. 

Faros: 11 11, 15. 111 18, 2, 7; 
19, 12. IV 16, 6. 

Fase: IV 56, 5. 

Feas: IV 9, 9. 

Fébidas: IV 27, 4. 

Feneo: II 52, 2; 68, 1. 


525 


Fénice: II 5, 3, 5; 6, 3; 8, 2, 4. 

Fenicia: 11 5, 4. III 2, 8. 

Feras: II 41, 8, 12. 

Festo: IV 55, 6. 

Fíale: IV 79, 5, 6, 7; 80, 3. 

Fiésole: II 25, 6. 

Figalea: IV 3, 5, 6, 8; 6, 10; 
31, 1. 

Filarco: 11 56, 1, 3, 7, 13; 58, 
11, 12; 59, 1, 7; 60, 7; 61, 1, 
4, 11; 62, 1, 11; 63, 1, 5. 

Fileno: III 39, 2. 

Fílidas: IV 77, 6; 78, 1; 79, 2; 
80, 2, 3, 5, 6, 8, 9. 

Filino: 1 14, 1, 3; 15, 1, 5, 11. 
11 26, 2, 4, 5. 

Filipo 11 de Macedonia: 11 41, 
6; 48, 2. MI 6, 5, 12. 

Filipo V de Macedonia: 1 3,1. 
11 2, 5; 37, 1; 45, 2; 70, 8. TI 
2,3, 8, 11; 3, 2; 7, 2; 19, 8, 
11; 32,7, 8. 1V 2,5; 3,3; 5,3; 
9,3; 13,7; 15, 1; 16, 1, 5; 19, 
1: 22, 2,5, 6,7, 12; 23, 1, 4, 
6, 8; 24, 4; 25, 1, 6; 26, 3, 5, 6, 
8; 27, 9; 29, 1,7; 30, 1, 6, 3; 
34, 10; 36, 8; 37, 7; 55, 2, 5; 
57, 1; 61, 1, 5, 8; 63, 1, 7, 
64, 2, 4, 9, 10; 65, 1, 4, 5, 
11: 66, 5, 7; 67, 6; 68, 1, 2 
69, 8; 70, 1, 5; 71,1, 3, 6: 7, 
2,7; 75,1, 7; 76,8, 9; 7, 1, 
5:78, 12; 79, 4, 8; 80, 7, 10, 
11; 81, 1, 11; 82, 1,3, 5, 7; 83, 
2, 3: 84, 1,3, 7,8: 85, 1; 86, 
3, 4, 6; 87, 13. 

Filopemén: 1I 40, 2; 67, 4, 8; 
69, 1. 

Filóxeno: 1V 20, 8. 


9; 
8, 
3 


, 


530 


Fitea: IV 63, 7, 10. 

Flaminio, Cayo: 1 21, 8; 32, 1; 
33, 7. 111 75, 5; 77, 1; 78, 6; 
80, 1, 3, 4, 5; 82, 2, 5, 11, 83, 
6; 84, 2, 6; 86, 3; 106, 2. 

Fliunte: 1I 52, 2; 67, 9. 

Frixa: IV 77, 9; 80, 13. 

Fulvio Centumalo, Cneo: II 11, 
1, 2; 12, 1. 

Fulvio Flaco, Quinto: TI 31, 8. 

Fulvio Petino, Servio: 1 36, 10. 

Furio Filo, Publio: 11 32, 1. 

Furio Pácilo, Cayo: 1 39, 8. 


Gálato: II 21, 5. 

Galia: UI 59, 7. 

Galia Cisalpina: 11 32, 1. 111 
40, 3; 41, 1; 118, 6. 

Gerunio: III 100, 1, 3; 101, 2; 
102, 6, 10; 107, 1. 

Gescón: 1 66, 1, 4; 68, 13; 69, 1, 
8, 9; 70, 1,3, 4, 5; 79, 10, 13; 
80, 4, 8, 11; 81, 3. 

Gíridas: IV 35, 5. 

Gitio: II 69, 11. 

Glimpas: IV 36, 5. 

Górgilo: II 66, 1, 10. 

Gortina: IV 53, 7, 9; 55, 6: 
60, 3. 

Gorza: I 74, 13, 

Gran Mar: TI 37, 11. 

Grecia: 1 3, 4, 6; 13, 5; 32, 
42, 1,2. 11 9,1; 35, 7; 37, 
39, 8, 10; 41, 10; 49, 3, 4, 
711,2,8.1112,3:;3,2,4: 5, 
6, 11; 22, 2; 118, 10. IV 1 
4; 2,1; 16, 4; 28, 2, 3; 31, 
32, 3. 


5 
4; 
6; 
6; 
3, 
5 


HISTORIAS 


Guerra Social: 1 3, 1. IV 13, 6; 
26, 1. 


Hannón (general de las tropas 
cartaginesas en Sicilia): 1 18, 
8; 19, 1, 4, 5; 27, 5; 28, 1, 8; 
30, 1; 60, 3, 4, 7; 79, 3. 

Hannón (general cartaginés dis- 
tinto del anterior): 1 67, 1, 
10, 13; 72, 3; 73, 1; 74, 1, 7, 
12, 13; 75, 1; 81, 1; 82, 1, 12; 
87, 3,6; 88, 4. 

Hannón (hijo de 
JII 42, 6; 114, 7. 

Hannón (prefecto de Aníbal en 
España): TI 35, 4, 5; 76, 5. 

Hecatodoro: 1V 78, 5. 

Hecatompeo: IT 51, 3. 

Hecatómpilon: 1 73, 1. 

Hecatontedoro: IV 47, 4. 

Helesponto: IV 44, 6, 8, 10; 46, 
1; 50, 4. 

Hélice: YI 41, 7, 8. 

Helícranon: IT 6, 2. 

Heraclea: I 18, 2, 9; 19, 2, 11; 
30, 1; 38, 2; 53, 7. 

Heraclea de Minos: T 25, 9. 

Heracles: II 1, 6. IV 35, 14; 
59, 5. 

Heráclito: IV 40, 3. 

Herbeso: I 18, 5, 9. 

Hercte: 1 56, 3. 

Hércules (columnas de): III 
37, 3, 5, 10; 39, 2, 4, 5, 6; 
57, 2. 

Herea: II 54, 12. IV 77, 5; 78, 
2; 80, 15, 16. 

Hermeo: I 22, 2; 36, 11. IV 43, 
2, 4, 


Bomilcar): 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 531 


Hermión: II 52, 2. 

Hermoso (cabo): [li 22, 5; 23, 
1, 4; 24, 2, 4; 43, 5. 

Hierón (fortaleza en la costa 
asiática del Bósforo Tracio): 
1V 39, 6; 43, 1; 50, 2; 52, 7. 

Hierón (rey de Siracusa): 1 8, 
3,4, 5; 11, 7, 15; 15, 3; 16, 4, 
8, 10; 17, 1, 3, 6; 18, 11; 62, 8; 
83, 2. 11 1, 2; 2, 7. HI 75, 7. 

Hímera: 1 24, 4; 

Himilcón: I 42, 12; 43, 4; 45, 1, 
4, 6; 53, 5. 

Hípana: 1 24, 10; 
79, 4, 

Hipomedonte: IV 35, 13. 

Hipozarita: 1 70, 9; 73, 3; 77, 
1; 82, 8; 88, 2, 

Hirpino: ITI 91, 9. 

Horacio, Marco: HI 22, 1. 


IV 77, 9; 


Iberia: 1H 17, 2. 

Ibonio: III 88, 6. 

lliria: 1 13,4. 112, 1, 5; 6, 4; 
8,3; 11, 10, 17; 12,3, 7; 44, 2. 
TI 16, 1, 7; 18, 3; 19, 12. 1V 
29, 3; 37, 4; 66, 4, 8. 

indibil: II 76, 6. 

lo: IV 43, 6. 

Isa: 11 8, 5; 11, 11, 15. 

Isara: III 49, 6. 

Iseas: II 41, 14. 

Islas Británicas: 1II 57, 3. 

Istmo de Corinto: 11 12, 8; 52, 
5,7. HI 32, 3. IV 13, 5; 19, 
7,9. 

Italia: 13, 2,4; 5,1, 2: 6, 2, 6, 
7, 8; 7, 6; 10, 6, 9; 12, 5, ?; 


13, 4; 20, 7, 10; 21, 10, 11; 40, 
1; 42, 1,2, 5; 47, 2; 55, 7; 56, 
2, 7; 63, 3; 79, 5; 83, 7. 11 1, 
1; 7, 10; 8, 1; 13, 6, 7; 14, 3, 
4, 7; 15, 3; 16, 4, 8; 20, 6, 10; 
23, 13; 24, 17; 31, 7; 39,1; 41, 
11; 71, 7. MI 2, 2, 6; 15, 3; 
16, 4, 6; 23, 6; 26, 3; 27, 2; 32, 
2; 33, 18; 36, 1; 39, 6, 9, 10; 
44, 7, 47, 5; 49, 2, 4; 54, 2; 
57, 1; 59, 9; 60, 1; 61, 3, 6, 8; 
76, 5; 71, 7; 86, 2; 87, 4, 5; 91, 
1, 2; 9, 7; 95, 1; 97, 3; 98, 1; 
110, 9; 111, 9; 118, 2, 9, 10. 
IV 1, 1; 28, 3. 

Italia Central: 111 91, 8. 

Itoria: IV 64, 9. 


Jantipo: 132, 1,3, 4, 6,7; 33, 4, 
5, 6; 34, 1; 36, 2, 4. 

Jasón: IV 39, 6. 

Jenofanto: IV 50, 4. 

Jenofonte: 1II 6, 10. 

Jenón de Hermione: 1 44, 6. 

Jerjes: TI 22, 2. 

Jonio (mar): IT 14, 4, 5. 

Junio Bruto, Lucio: 1H 22, 1. 

Junio Paulo, Lucio: 1 52, 5, 6; 
54, 3, 55, 5, 10. 

Júpiter: 11 22, 1; 25, 6, 7; 26, 1. 


Lacedemonia: 11 65, 1. HI 6, 11. 
IV 9, 5; 34, 4. 

Lacinio: HIT 33, 18; 56, 4. 

Lacio: 11 18, 5. MI 22, 13, 23, 
6; 24, 5, 15; 91, 9. 

Laconia: 11 54, 8. 

Ládico de Acarnania: IV 80, 15. 


532 HISTORIAS 
Ladocea: Il 51, 3; 55, 2. Lisos: II 12, 3. III 16, 3. IV 
Laódice: IV 51, 4. 16, 6. 


Larino: III 101, 3. 

Larisa: IV 67, 6. 

Lasión: IV 72, 7; 73, 1, 2; 74, 1. 

Laurento: 111 22, 11. 

Leónidas: IV 35, 11. 

Leontio: 11 41, 8. IV 87, 8, 9. 

Lépido Emilio, Marco: Il 21, 7. 

Lepreo: IV 77, 9; 78, 1; 79, 2; 
80, 2, 7, 8, 10, 14. 

Leptines: 1 9, 2, 3. 

Leptis: 1 97, 7. 

Léucade: IV 36, 5. 

Leuctra: 1 6, 1. 11 39, 8; 41, 7; 
81, 12. 

Libia: II 5, 1. 

Liburno: IM 100, 2. 

Liceo: MI 51, 3; 55, 2. 

Licortas: 11 40, 2. 

Licurgo (legislador espartano): 
IV 81, 1, 4, 6, 12. 

Licurgo (tirano de Esparta): 
IV 2, 9; 35, 15; 36, 4, 5; 37, 6; 
60, 3. 

Lidíadas de Megalópolis: 11 44, 
5; 51, 3. IV 77, 10. 

Liguria: II 31, 4; 41, 4. 

Lilibeo (ciudad): I 25, 9; 38, 4; 
39, 5, 12; 40, 2; 41, 4; 42, 7; 
46, 3, 6; 47, 10; 48, 11; 52, 5; 
53,3, 5,7, 54, 1; 55, 3; 56, 7; 
59, 9; 60, 4; 61, 8; 66, 1. IM 
41, 3; 61, 9; 68, 14; 96, 13; 
106, 7. 

Lilibeo (cabo de): 1 42, 6; 44, 2. 

Lilibeo (puerto de): 1 46, 4. 

Lípari: 1 21, 5; 24, 13; 39, 13. 

Lisímaco: 1I 41, 2; 71, 5. 


Lito: IV 54, 2, 6. 

Lócride: 1 56, 3. 

Longano: 1 9, 7. 

Luceria: III 88, 5; 100, 1, 3. 

Lucio Emilio, Papo: 1l 23, 5; 
26, 1, 8; 27, 3, 6; 28, 1, 2, 3. 

Lucio Emilio, Paulo: II 16, 7; 
19, 12; 106, 1, 2, 3; 107, 8; 108, 
1, 2; 109, 13; 110, 2, 4, 8; 112, 
2; 114, 6; 116, 1, 9; 117, 8. IV 
37, 4; 66, 8. 

Lusos: IV 18, 9; 25, 4. 

Lutacio Cátulo, Cayo: 1 59, 8; 
60, 4, 6, 10; 62, 7. IM 21, 2; 
29, 3; 30, 3; 40, 9. 


Mácara: 1 75, 5; 86, 9. 

Macatas: IV 34, 4,5, 6,7, 8, 11; 
36, 1,3, 6. 

Macedonia: II 37, 7; 40, 5; 41, 
9; 45, 3; 49, 6; 50, 9; 51, 2; 70, 
1,5, 8; 71, 2, 8. H1II 1, 9; 16, 
3,4. IV 1,5; 2, 5; 22, 6; 27, 
9; 29, 1; 37,7; 50, 1, 8; 51,7; 
57, 1; 62, 1, 5; 63, 1; 66, 1, 2, 
5, 6; 85, 3, 13. 

Maceta: I 24, 2. 

Magna Grecia: II 39, 1. 


Magón: HI 71, 5, 6; 79, 4; 
114, 7. 

Maharbal: III 84, 14; 85, 2; 
86, 4. 


Manilio Vítulo, Quinto: 1 17, 6. 

Manlio, Lucio: II 40, 11. 

Manlio Torcuato, Tito: 11 31, 8. 

Manlio Vulso, Lucio: 1 26, 11; 
28, 7, 10; 29, 10; 39, 15, 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 533 


Mantinea: 11 46, 2; 53, 6; 54, 
11; 56, 6; 57, 1, 5, 6, 8; 58, 1, 
2, 4, 5, 7, 12, 15; 61, 1; 62, 11. 
IV 8, 4; 21, 9; 27, 6. 

Mantinea (batalla de): 1V 33, 8. 

Marco Emilio, Paulo: 1 36, 10. 

Margos de Carinea: II 10, 5; 
41, 14; 43, 2. 

Marsella: J1 14, 6, 8; 16, 1; 32, 
1. 111 37, 8; 41, 4; 47, 4; 61, 2. 

Marte: HI 25, 6. 

Masinisa: III $5, 1. 

Mastia: III 24, 2, 4. 

Mato: 1 69, 6, 7, 9, 14; 70, 3, 5, 
8: 72,6; 73, 3; 75, 4; 77, 1; 
79, 1, 8: 82, 11, 13; 84, 1; 86, 
2, 5; 87, 7, 10: 88, 6. 

Máximos (cognomen de la fa- 
milia de los Fabios): TI 
87, 6. 

Medión: H 3, 2. 

Mediterráneo: 1H 37, 6, 9, 10; 
39, 2, 4. IV 42, 3. 

Megaleas: IV 87, 8, 9. 

Megalópolis: 11 46, 5; 48, 1, 2, 
4, 6; 50, 2,6; 51, 3; 55, 1, 3; 
61, 4, 8; 62,1, 9; 64. 1; 66, 11; 
68, 2. 1V 6,3; 7, 10; 9, 1; 10, 
10: 13, 1; 25, 4; 33, 7; 37, 6; 
60, 3; 69, 5; 77, 10; 80, 16; 81, 
11; 82, 1. 

Mégara: II 43, 5. 

Megáride: IV 67, 7. 

Meninx: 1 39, 2. 

Meótico (lago): IV 39, 1, 2, 3, 
7; 40, 4,8; 52, 3, 4. 

Mergane: I 8, 3. 

Mesene: II 61, 4; 62, 10. III 19, 
11. IV 33, 7. 


Mesenia: II 5, 1. 

Mesenia (ciudad): IV 3, 12, 13; 
4,1,5;5,3, 4,5; 6, 8; 33, 3, 
8; 77, 8; 79, 6; 80, 6. 

Mesenia (montes de): IV 3, 6; 
9, 8. 

Mesina: 17, 1, 2; 8,1: 9, 3; 10, 
4,8,9; 11,3, 6,7, 9, 15; 12, 4; 
15, 1, 7, 11; 20, 13; 21, 4, 5; 
25, 7; 38, 7; 52, 6. II 26, 6. 

Metagonia: III 33, 12. 

Metidrion: IV 10, 10; 13, 1, 3. 

Metrópolis: IV 64, 3, 4. 

Mico de Dime: IV 59, 2. 

Milán: 11 34, 10, 11, 15. 

Milas: 1 23, 2. 

Milea: 1 9, 7. 

Minucio Rufo, Marco: TIT 87, 
9: 90, 6; 101, 1, 6; 102, 1, 8, 
9: 103, 3, 5, 7, 8; 104, 1, 2, 3, 
6; 105, 8. 

Misia: IV 50, 4; 52, 8. 

Mitístrato: I 24, 11. 

Mitrídates: IV 56, 1, 4, 7. 

Múgilo: TIT 44, 5. 

Mutina: TIT 40, 8. 


Nabis: IV 81, 13. 

Nápoles: TIT 91, 4. 

Naravas: l 78, 1, 4, 5, 6. 8, 9, 
11: 82, 13; 84, 4; 86, 1. 

Narbona: 111 37, 8; 38, 2. 

Naupacto: IV 16, 9. 

Nicanor: TV 48, 8, 9. 

Nicipo: IV 32, 2. 

Nicófanes: TJ 48, 4, 6, 8: 50. 
3, 5. 

Nicóstrato: IV 3, 5. 

Nilo: 11 37, 3, 4, 5. 


534 HISTORIAS 


Nola: II 17, 1. 
Nuceria: III 91, 4, 
Nutria: II 11, 13. 


Octacilio Craso, Manio: I 16, 1. 

Octacilio Craso, Tito: 1 20, 4. 

Ogigo: 11 41, 5, 1V 1,5. 

Olana: 11 16, 10, 11. 

Olena: II 41, 7, 8. 

Oligirto: IV 11, 5; 70, 1. 

Olimpia: IV 10, 5; 73, 3; 78, 8; 
77, 5; 84, 2, 8; 86, 4. 

Olimpíada: II 41, 1,9. IV 14, 9; 
26, 1; 66, 11. 

Olimpiodoro: 1V 47, 4. 

Olimpo: II 65, 8, 9; 66, 8, 10; 
69, 3. 

Omias: IV 23, 5; 24, 8; 52, 5. 

Orcómeno: II 46, 2; 54, 10: 55, 
9. 1V 6,5, 6; 11,3; 12, 13. 

Orestes: 11 41, 4. 1V 1,5. 

Orio: IV 53, 6. 

Orión: 1 37, 4. 

Orofernes: III 5, 2. 

Ovantia: IV 57, 2. 


Padua: TI 16, 11. 

Palermo: T 21, 6; 24, 3, 9; 39, 5: 
40, 1, 2,4: 55, 7; 56, 3, 12. 

Palermo (puerto de): 1 38, 7. 

Pantaleón: IV 57, 7. 

Paquino: T 25, 8; 42, 4; 54, 1, 6. 

Parnaso: 57, 5. 

Páropo: I 24, 4. 

Partenio: IV 23, 2. 

Patras: II 41, 1,8, 12. IV 6,9; 
7,2, 3; 10, 2; 83 1. 

Paxos: II 10, 1. 


Peanio: IV 65, 3, 14. 

Pelene: II 41, 8; 52, 2. IV 8, 4; 
13, 5; 81, 7. 

Peloponeso: I 42, 1, 2. II 37, 
11; 43, 4, 7; 44, 3; 49, 3,4, 6; 
52, 5, 9; 54, 1; 60, 7; 62, 3, 4. 
111 3,7. 1V3,3,6,7; 5,5; 
6,3, 4,6, 8; 8,6; 9, 10; 13, 4; 
14, 4; 22, 1,5, 6; 32, 3, 9; 57, 
5; 61, 1; 52, 5; 65, 8, 10; 66, 1; 
67, 7; 69, 9; 70,3; 73,6; 77, 1, 
8; 87, 1, 2, 8. 

Peloríade: I 11, 6; 42, 5. 

Pella: IV 66, 6. 

Pérgamo: IV 48, 11. 

Perseo: 1 3, 1. III 5, 4; 32, 8. 

Persia: 11 37, 4. 

Petrayo: IV 24, 8. 

Picerno: II 21, 7. 

Pictor, Fabius: 
12; 58, 5. 

Pieria: IV 62, 1; 16, 7. 

Pilos: IV 25, 4. 

Píndaro: IV 31, 5. 

Pirgo: IV 77, 9; 80, 13. 

Pirineos: TI 35, 2, 4, 7; 37, 9, 
10; 39, 4; 41, 6. 

Pirro: 1 6, 5, 7; 7, 6; 23, 4; 37, 
4, 11 20, 6, 9; 41, 11. HI 25, 1, 
3:32, 2. 

Pisa: 1I 16, 2; 28, 1. III 41, 4: 
56, 5; 96, 9. 1V 74, 1. 

Pitias de Pelene: IV 72, 9. 

Placencia: TIT 40, 5; 66, 9; 74, 
6, 8. 

Plátor: IV 55, 2. 


T 14, 1, 3; 15, 


. Pleurato: II 2, 3. 


Plévades (constelación): TIT 54, 
1. 1V 37, 2. 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 


Po: 11 16, 6, 7; 17, 3, 4, 7; 19, 
3; 23, 1; 28, 4; 31, 8; 32, 2; 
34, 4, 5; 35, 4. III 34, 2; 39, 
10; 40, 5; 44, 5; 47, 4; 54, 3; 
56, 3,6; 61, 1, 11; 64, 1; 66, 1, 
5, 9; 69, 5; 75, 3; 86, 2. 

Polemarco: IV 79, 5. 

Polemocles: IV 52, 2; 53, 1, 2. 

Policna: 1 36, 5. 

Polifonte: IV 22, 12. 

Póntico (mar): IV 42, 3. 

Ponto: JH 2, 5. 1V 38, 4; 39, 4; 
41, 4; 42, 6; 433, 1, 3; 4, 4, 
6, 10; 47, 1; 50, 2, 6; 52, 5; 
56, 5. 

Ponto Euxino: IV 38, 2, 3, 7; 
39, 1,2, 6,7, 11; 40, 4, 9, 10; 
41, 2; 42, 1, 4, 5; 43, 1, 4; 46, 
6; 50, 3. 

Postumio Albino, Aulio: 11 11, 1. 

Postumio Albino, Lucio: II 11, 
7; 12, 2, 4. 111 106, 6. 

Postumio Megelo, Lucio: 1 17, 6. 

Prasias: IV 36, 5. 

Propo: IV 11, 6. 

Propóntide: 1V 39, 1, 2, 5; 43, 
1; 44, 6. 


Proslao de Sición: IV 72, 9. 

Prusias: TIT 2,5; 3,6; 5, 2. IV 
47, 6; 48, 4, 13; 49, 1, 2; 50, 1 
4, 9; 51,8; 52, 1,2,6,7,8,9, 


10. 
Psófide: IV 68, 1; 69, 2; 70, 2, 
3,6; 71, 13: 72, 3, 8, 10; 73, 1. 
Ptolemaida: IV 37, 5. 
Ptolomeo Epífanes: 1IT 2, 4, 8. 
Ptolomeo Evergetes: Il 47, 2; 
51,2; 63,1,3,5;71,3. IV 1,9. 
Ptolomeo Filopátor: I 3, 1. 11 


535 


71, 2, 5. 1V 1, 9; 2, 11. IV 2, 

8; 30, 8; 37,5; 51, 1, 3, 5. 
Ptolomeo Lago: 1 63, 7. 11 41, 2. 
Puzzoli: HI 71, 4. 


Quereas: III 20, 5. 
Quilón: IV 81, 1, 6, 7, 8, 10. 


Regio: 1 6, 2, 8; 7, 1, 10; 8, 1, 
2; 10, 1. 111 2, 6. 

Rímini: 1 21, 5; 23, 5. II 61, 
10; 68, 13, 14; 75, 6; 77, 2; 86, 
1; 88, 8. 

Rion: IV 6, 8; 10, 4, 6, 8; 19, 6; 
26, 5; 64, 2. 

Rizon: II 11, 16. 

Ródano: II 15, 8; 22, 1; 34, 2. 
HI 35, 7; 37, 8; 39, 8, 9; 41, 5, 
7; 42, 2; 47, 2,4, 5; 48, 6; 49, 
6; 60, 5; 61, 2; 64, 6; 76, 1. 

Rodas: MI 3, 7. IV 50, 7. 

Roma: 1 6, 2; 7, 12; 16, 1; 17, 
1,6, 11; 29, 6, 8, 10; 31, 4; 38, 
10; 39, 6, 7; 41, 1; 52, 2; 553, 
3; 58, 7; 63, 1: 83, 8; 88, 10. 
11 8, 13: 11, 1; 12, 1; 18, 2; 
21, 9; 22, 4; 23, 7; 24, 5, 9, 10, 
15; 25, 1,2; 26, 1,6; 27,1; 31, 
3,4,6,9; 33,9. 111 2,2;15,1; 
16, 6; 19, 2; 24, 6, 12; 40, 14; 
54, 3; 61, 7; 63, 4; 68, 9; 75, 1; 
82, 6, 9; 85, 7; 86, 6, 8; 87, 8; 
88, 8; 92, 2; 94, 9; 96, 10; 103, 
1; 105, 9; 107, 6; 112, 6; 116. 
11; 118, 4, 6. IV 66, 8. 


Sagrada (isla): TI 60, 3: 61, 7. 
Sagunto: HI 6, 1; 8, 7; 14, 9; 
15, 13; 16, 5; 17, 1; 20, 1, 2; 


536 


21, 6; 29, 1; 30, 3; 61,8; 97,6; 
98, 1,5,7; 99, 5. IV 28, 1; 34, 
7; 66, 8, 9. 

Salamanca: III 14, 1. 

Sámaco: IV 77, 9. 

Sámico: 1V 80, 6, 9, 12. 

Samos: II 2, 8. 

Selasia: II 65, 7; 69, 5. 

Seleuco Calínico: III 5, 3. IV 
48, 6, 7, 10; 51, 4. 

Seleuco Cerauno: II 71, 4, 5, 
IV 1, 9; 2,7; 48, 9. 

Seleuco Nicátor: II 41, 2. 

Selinunte: 1 39, 12. 

Sempronio Bleso, Cayo: I 39, 1. 

Sempronio Longo, Tiberio: III 
40, 2; 41, 2; 61, 9, 10; 68, 6, 
12; 69, 8, 11; 70, 1, 6, 8, 12; 
72, 1, 10, 11, 13; 74, 2; 75, 1. 
IV 66, 9. 

Sena: IT 16, 5; 19, 12, 13. 

Sentino: II 19, 6. 

Serapeo de Tracia: IV 39, 6. 

Servilio Crepio, Cneo: T 39, 1. 

Servilio Gémino, Cneo: 1 39 1. 
11 75, 5: 77, 2; 86, 1; 88, 8; 
96, 11; 106, 2; 114, 6, 11. 

Sesto: IV 44, 6; 50, 6. 

Síbaris: II 39, 6. 

Sica: 1 66, 6, 10; 67, 1. 

Sicilia: 1 2, 6: 5, 2: 8, 1, 3; 10, 
6,7; 11,7; 13, 10: 16,1, 3: 17, 
1,3,4, 6; 18,8; 20, 2,4; 22,1; 
24, 2, 8; 25, 8; 26, 1; 27, 1; 
29, 2, 10: 36, 10, 12; 37, 4; 38, 
2,7: 39, 1,5, 8; 41, 3, 6; 42, 
1,2, 3; 49, 2; 52, 6: 55, 7; 59, 
9; 62, 2, 8; 63, 3; 67, 12; 68, 7, 
11, 13; 71, 3, 5; 74, 9; 83, 3, 


HISTORIAS 


8. II 1, 1, 2; 20, 20; 24, 13; 
36, 6; 37, 2; 43, 6. 111 2, 6; 3, 
1; 9,7; 13, 1; 21, 2, 3; 22, 10; 
23, 4, 5; 24, 12, 14; 25, 1; 26, 
3, 4, 6; 27, 1, 2; 28, 1; 29, 4; 
32, 2, 7; 75, 4; 96, 13; 108, 8. 

Sicilia (guerra de): 1 13, 2. 

Sicilia (mar de): 1 42, 4, 6. II 
14, 4, 5; 16, 4. IV 63, S. 

Sición: II 52, 2, 5; 54, 5. IV 8, 
4: 13, 5; 57, 5; 67, 8; 68, 1, 2. 

Sine: 1 11, 6. II 14, 11. 

Sínope: IV 56, 1, 2, 4, 5, 7, 9. 

Sinuesa: IIT 91, 4. 

Siracusa: 1 9, 5, 8; 10, 8; 11, 8, 
13, 15; 12, 4; 15, 3, 6, 8, 10; 
52, 6,7, 8; 53, 9; 54, 1. III 2, 7. 

Siria: 1 71, 4, 111 5,3. 1V 2,7; 
48, 5. 

Sirio: II 16, 9. 

Sirte Mayor: TIT 39, 2. 

Sirte Menor: I 39, 2. IIT 23, 2. 

Sósilo: TIT 20, 5. 

Sóstrato: IV 78, 5. 

Sulpicio Patérculo, 
24, 9. 


Cavo: 1 


Tafias: IV 33, 6. 

Tajo: TI 14, S. 

Talamas: IV 75, 2; 84, 2. 

Tanais: III 37, 3, 4, 8; 38, 2. 

Tannes: II 40, 13. 

Tántalo: IV 45, 6. 

Tarento: 11 24, 13; 75, 4. IV 
7,7. 

Tarragona: YU 76, 13; 95, S. 

Tarsevo: TIT 24, 2, 4. 

Taurión: IV 6, 4; 10, 2, 6; 19. 
7, 8; 80, 3; 87, 1,8,9. 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 537 


Tauro: III 3, 4, 5. IV 2, 6; 48, 
3, 6, 7, 8, 10, 12. 

Tearques: 1I 55, 9. 

Tegea: 11 46, 2; 54, 6; 58, 13, 
14; 70, 4. IV 22, 3; 23, 3, 5; 
82, 1. 

Telamón: U 27, 2. 

Telfusa: H 54, 12; 77, 5. 

Telfusia: IV 60, 3. 

Teódoto: IV 37, 5. 

Terencio Varrón, Cayo: II 106, 
1; 107, 7; 110, 3, 4; 112, 4; 
113, 1; 114, 6; 117, 2; 116, 13. 

Termes: 1 39, 13, 

Termópilas: 1I 52, 8. 

Terracina: III 22, 11; 24, 15. 

Tesalia: 11 49, 6; 52, 7. IV 57, 
1; 61, 1; 62, 1, 5; 66, S, 7; 
67, 7, 76, 1. 

Tesino: III 64, 1. 

Teuta: 11 4, 7; 6, 4, 10; 8, 4, 7, 
10; 9, 1; 11, 4, 16; 12, 3. 

Tibetes: IV 50, 1, 8, 9 51, 7; 
52, 8. 

Tico: IV 83, 1. 

Tiestes: IV 22, 11. 

Tile: IV 46, 2. 

Timarco: IV 53, 2. 

Timeo: 1 5, 1. 11 16, 15, TI 32, 
2. IV 34, 9. 

Timoteo: IV 20, 8. 

Timóxeno: 11 53, 2. 1V 6, 4,7; 
7, 6, 10; 82, 8. 

Tíndaris: 1 25, 1. 

Tíndaro: 1 27, 6. 

Tipanea: 
2,4. 

Tirio: 1V 6, 2. 


IV 77, 9; 78, 1; 79, 


Tiro: II 24, 1, 3. IV 37, 5. 
Tirreno (mar): 1 10, 5. II 14, 4; 
16, 1. III 61, 3; 110, 9. 


Tisámenes: 11 41, 4. IV 1, 5. 

Toro: 1 19, 5. 

Tracia: IV 44, 9; 45, 1, 2. 

Trasimeno: HI 82, 9. 

Trebia: III 69, 5, 9; 72, 4. 

Trebia (río): TI 67, 9; 68, 4; 
108, 8. 

Trecén: 1I 52, 2. 

Trifilia: IV 77, 5, 7; 79, 1, 5; 
80, 14, 15; 81, 1. 

Trífilo: IV 77, 8. 

Trigábolo: 11 16, 11. 

Trípoli: IV 81, 7. 

Tritea: HI 41, 8, 12. IV 6, 9; 
59, 1. 

Túnez: 1 30, 15; 67, 13; 69, 1; 
73, 3, 5; 76, 10; 77, 4; 79, 10, 
14; 84, 12; 85, 1; 

86, 2, 9. 

Turio: IV 25, 3. 


Útica: 1 70, 9; 73, 3, 5; 74, 3; 
76, 1, 9; 82, 8; 83, 11; 88, 2. 
TIT 24, 1,3. 


Vaca: IV 43, 6,7; 44, 3. 
Vadimón: II 20, 2. 

Valerio Flaco, Lucio: 1 20, 4. 
Valerio Máximo, Manio: 1 16, 1. 
Venusa: TI 9%, 8; 116, 13; 
117, 2. 


Volturno: TIT 92, 1. 


538 HISTORIAS 


Zeus: 14,6; 5, 5. JII 11, 5; 20, 
1, 4. IV 16, 4; 33, 3; 74, 4. 

Zeus Homario: 1l 39, 6. 

Zeus Lobuno: IV 33, 2. 


Yapigia: III 88, 3. 


Záraca: IV 36, 5. 
Zarzas: 1 84, 3; 85, 2. 


ÍNDICE GENERAL 


INTRODUCCIÓN +0. 0.0. ..0oceoo ono eno en ro 


L 
IT. 


TIT. 


Vida de Polibio ... 


La obra de Polibio ... AN 
A) Estructura de las Historias, 14.— B) Fecha 
de composición de las Historias, 21.—C) Con- 
cepción historiográfica de -Polibio, 24. — D) His- 
toria pragmática y método apodíctico, 32.—E) 
La noción de Fortuna en la historiografía poli- 
biana, 33. —F) El concepto de historia univer- 
sal, 37.—G) Las fuentes «de la historiografía po- 

libiana, 39. 

Transmisión del texto de las Historias de 
Polibio ... 0... 0.0. .ooo ooo oooooeno eno eno 
A) Tradición manuscrita, 43.—B) Ediciones 

y traducciones, 47. 


BIBLTOGRAFÍA +... 000 00.000 .on enn e 
LIBRO Ue... ccoo coo eno an o 
LIBRO IL 0. 0.0... 0.0 enn en o e 
LIBRO TÍ +... 0... co ono or o 
LIBRO 1V 0... 0. 0.o ce. 0 00 enn ro 


ÍNDICE ONOMÁSTICO 0.0 0.0.0... ..oo+.oo..- 


Págs. 


14 


43